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La misión

Por Ana Belén Herrera

 

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Dice Martín Caparrós sobre Esteban Echeverría que fue el primer cronista argentino y el primer antiperonista, antes de que Perón existiera y antes, casi, de que existiera la misma Argentina. En Echeverría (Anagrama, 2016) el periodista porteño retrocede un par de siglos en la historia para calzarse la personalidad del poeta que se autoadjundicó la misión de sentar las bases de la tradición literaria de su país. De paso, reflexiona sobre el origen de la identidad argentina y el uso de la literatura como arma política.

Echeverría lo tenía: siempre pendiente, siempre algún combate. Fundar una literatura, por ejemplo, o un país o, por lo menos, el hueco de su ausencia.

En la actualidad, Echeverría es conocido por ser el autor de una obra de lectura obligada en los colegios argentinos, El matadero, y por dar nombre a una calle de Buenos Aires donde, por cierto, vivió Caparrós. Poco más. Se le considera un personaje extravagante (querer crear la literatura de un país), del que nos ha llegado el retrato de un hombre de apariencia remilgada y barba un poco ridícula. Barba, por otro lado, que llevaba como símbolo de su posición política.

320px-EstebanEcheverriaEl bigote fue el primer estandarte federal (…). Nunca fue tan elocuente, tan gritón, tan potente prepotente un bigote. La manera de decir yo soy de ésos; para ellos, los de la barba en U, la manera de decir que yo no soy.

Echeverría era un niño cuando las provincias argentinas se independizaron de España. El Partido Unitario, defensor de un gobierno centralizado en Buenos Aires, y el Partido Federal, que luchaba por mantener la autonomía de las provincias, andaban a la greña por el gobierno de la joven nación. En tiempos de Echeverría gobernaba el federal Juan Manuel de Rosas, precedente feroz del estilo de gobierno de Perón, que mejoró las condiciones de vida del pueblo a cambio de un poder ilimitado que acabó en tiranía. Mientras, los indígenas que habían dejado vivos los españoles morían a manos de argentinos que limpiaban de obstáculos sus nuevas tierras.

Le costaba mucho soportar que el gobierno de don Juan Manuel obligara a todo el mundo a practicar la santa religión, (…) a llevar la divisa punzó (…), que obligara a todos a encabezar sus cartas privadas con un Viva la Santa Federación Mueran los Salvajes Unitarios.

Caparrós recrea una Buenos Aires sucia, envuelta en barro y conspiraciones, a la que un joven poeta Echeverría vuelve después de unos años de formación en París. Tanto sus modales como sus trajes a la moda europea desentonan con la mugre de su alrededor. En su mente se va perfilando un objetivo, el de crear una literatura en un país sin literatura propia. ¿Y cómo se hace eso?, nos lanza la pregunta Caparrós. En un contrasentido lógico, Echeverría toma como arranque de esa literatura propia una literatura ajena: el romanticismo europeo. Siguiendo este movimiento publica sus primeros poemas. Su nombre comienza a ser conocido y le piden que use su escritura para ensalzar al gobernador Rosas. Echeverría se niega, sus amigos le recriminan. Echevarría nunca cederá. Su postura contra el régimen le acabará costando el exilio.

Ellos (sus amigos) no están contra Rosas ni con Rosas. Que ésas son disyuntivas antiguas (…) que les importa hacer un país grande y moderno, que no tenga nada que envidiar a ninguno del mundo.

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En El matadero, Echeverría compara el gobierno de Rosas con la matanza de animales en un matadero. Esta obra destaca, además de por su contenido político, por la descripción del ambiente popular y del habla porteño, algo innovador en su época.  El autor siempre subestimó la calidad literaria de este relato y no fue publicado hasta veinte años después de su muerte. Sin embargo, es el único de sus textos que sigue vigente en nuestros días. El rechazo del escritor por esta narración da pie a Caparrós a discurrir sobre el binomio creador-creación, y la visión no necesariamente objetiva, ni afectuosa, de un artista por su obra.

Piensa en el matadero: ese mundo que conoce tan bien (…): los gritos, los olores, los gestos sin espejo. Piensa si ese mundo no es una especie de resumen del país que no quiere: un teatro de la tragicomedia patria.

A lo largo de Echeverría, la voz de Martín Caparrós se siente vigorosa, ligeramente poética, en las distintas capas que componen el relato. Por un lado, se siente su voz en el poeta Echeverría, personaje solitario que más que habla piensa: sobre su actos, sus querencias, sobre la situación que le rodea. Por otro lado, está la voz narradora de Caparrós, que guía al protagonista por los espacios que ocupó el Echeverría real, y por los que no ocupó, porque no hay que olvidar que el Echeverría de Caparrós no deja de ser una invención del propio Caparrós. Por último, está el Caparrós que habla en su propio nombre en acotaciones, que detiene la acción para explicar a los lectores algunos detalles de la construcción de la historia, o para interpretar los hechos que está narrando, haciendo de cronista de su propia creación.

Aquella patria era violentamente nueva: no tenía treinta años. Digamos: para un lector contemporáneo, el gol de Maradona a los ingleses o el surgimiento de internet no son más viejos que la Argentina para Echeverría.

Argentina acabó siendo una República Federal con un gobierno centralizado en Buenos Aires, en una fusión de las propuestas de federales y unitarios. La figura de Echeverría se fue perdiendo en la memoria colectiva conforme sus poemas se oxidaban, a excepción de El matadero. El rechazo a los españoles ha mutado en una sarta de chistes sobre gallegos tontos. Y los indígenas siguen llevando una mísera existencia. Todo nos lo cuenta Caparrós, en una crónica del ayer que le sirve para explicarse como argentino. Si para Caparrós Echeverría fue el primer cronista argentino, para mí Caparrós es el cronista cuántico, ya que toma una historia individual, la pasa por los hilos del espacio-tiempo, la pule con el dominio de la palabra, y de ello surge un pedazo puro de compleja realidad como es Echeverría.