Berlín Ostalgie, un Paso de Juan Trejo

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Esta es la tercera crónica de la serie «Vida portátil» del escritor Juan Trejo en los Pasos de Altaïr Magazine con «Berlín Ostalgie». Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Esto ocurrió antes de que Rusia volviese a dar miedo; si es que alguna vez dejó de dar miedo.

Me encontraba en el Mausoleo Soviético de Treptower Park, en Berlín. Acababa de sentarme en la escalinata que lleva al pabellón de mármol ubicado en lo alto de la montículo que preside el monumento. Sobre dicho pabellón se yergue la imponente estatua de bronce, ennegrecida por el tiempo, del Soldado Libertador con la triste niña perdida, aunque ahora ya a salvo, entre los brazos. La no menos imponente espada que el soldado empuña en su mano derecha, y con la que no duda en hacer pedazos la esvástica nazi que se encuentra a sus pies, parecía apuntar en ese momento directamente a mi cabeza. Como si se tratase de una admonición. Como si el dichoso soldado me estuviese exigiendo algo.

Desde el punto en el que me encontraba podía disfrutar de una panorámica completa del Mausoleo, aunque una panorámica invertida, por así decirlo, pues la figura central, como ya he dado a entender, quedaba a mi espalda. Tenía frente a mí los cinco enormes parterres centrales, con su radiante césped perfectamente cuidado, y también los dieciséis sarcófagos blancos, a ambos lados, con relieves esculpidos para recordar por siempre jamás el sacrificio del pueblo soviético durante la Segunda Guerra Mundial. Y al fondo, flanqueando el paso a las instalaciones, los dos gigantescos triángulos gemelos de granito rojo, inclinados como dos banderas indestructibles, luciendo ambas la hoz y el martillo en la esquina superior, apuntando hacia el cielo. 

Entendí que aquella impotente espada de bronce que pendía sobre mi cabeza suponía una recriminación, o un gesto de reprobación si se prefiere, porque en ese momento, sentado en la escalinata del Mausoleo Soviético de Berlín, me sentía absolutamente desolado, triste como pocas veces en mi vida. De hecho, estaba haciendo un serio esfuerzo para no echarme a llorar. 

Y lo peor del asunto era que no sabía por qué.

Supongo que lo que corresponde ahora es intentar explicar cómo había llegado hasta ahí. Con la distancia que me ofrece el tiempo puedo decir que estando en esa ciudad viví, en un breve lapso de tiempo, dos sucesos que, a pesar de no guardar una vinculación evidente, resultaron devastadores para mi percepción. Dos sucesos que fueron como dos oscuras revelaciones en el devenir de ese viaje. 

Empezaré diciendo que estaba en Berlín acompañando a mis alumnos de segundo de bachillerato. Era su viaje de fin de curso, lo que venía a ser el cierre de su etapa escolar. Más que un viaje para hacer balance se trataba de una breve pausa en la que relajarse antes de llevar a cabo el último esfuerzo que entrañaba la Selectividad. De hecho, íbamos a estar en Berlín tan solo cuatro días.

Era el primer año en que los alumnos de la escuela llevaban a cabo ese viaje, y si yo estaba allí con ellos se debía a que había sido uno de los ideólogos del mismo. Había pensado y diseñado ese viaje junto a la tutora del curso, a la que a partir de ahora llamaré M., con la que compartía por aquel entonces una visión global e inclusiva de lo que podía llegar a ser la enseñanza de las humanidades. Por aquel entonces, me veo obligado a aclarar, todavía confiaba mínimamente en el sistema educativo. Por ese motivo, habíamos pensado que yendo a Berlín los alumnos recibirían una buena dosis de datos históricos, de detalles económicos, de arte antiguo y contemporáneo y de literatura a través del proceso que mejor vehicula la adquisición del conocimiento: el paseo. Por todo lo dicho, cuando la dirección de la escuela aprobó el proyecto y me propuso que, junto a mi compañera M., acompañase a los alumnos a Berlín me sentí la mar de satisfecho. 

Sin embargo, cuando llegó el mes de mayo me di cuenta de que aquel viaje me pillaba a pie cambiado. Me encontraba en un momento muy extraño de mi vida. Tenía la sensación de que las fuerzas que me habían llevado hasta donde me encontraba se habían agotado. Los códigos en los que había creído, a los que me había aferrado para superar toda clase de retos y dificultades desde que salí de la universidad, casi veinte años atrás, habían agotado su valor simbólico. 

Estaba convencido de que mi estado respondía, al menos en buena medida, al conflicto que entrañaba para mí lidiar con mi vocación literaria. Había logrado acabar una novela y publicarla en una editorial bastante decente, tras nueve larguísimos años en los que había tenido que simultanear la escritura con formar una familia; entre otros pequeños detalles. Pero la editorial en cuestión había desaparecido sin dejar rastro año y medio después de la caída de Lehman Brothers. Por lo que, de algún modo, me sentía de nuevo en la casilla de salida como escritor.

Por otra parte, estaba aproximándome a esa edad en la que se empieza a mirar hacia el pasado con creciente congoja, pues la carga de los años que han quedado atrás empieza a resultar no solo más amplia sino también más peligrosamente atractiva que la perspectiva que ofrecen los que quedan por venir. Sin embargo, me costaba tanto admitir esa situación, la del paso del tiempo asociado a mi persona, que ni siquiera fui consciente, hasta que estuve en la habitación del hotel en Berlín, del clarividente título del libro que me había llevado conmigo: No es país para viejos de Cormac McCarthy.

La agenda de actividades para los días que íbamos a estar en la ciudad era muy apretada e intensa. Mi querida compañera M. era una verdadera experta en gestión e intendencia, amén de tener un sólido criterio estético y una fe en las bondades de la docencia a prueba de bomba; una fe que me permitía a mí, algo más descreído, desempeñar el agradecido papel de lugarteniente o incluso de secundario de humor. Gracias a la capacidad organizativa de M. habíamos visto prácticamente todo lo que se puede ver en tres días en esa ciudad, desde la Puerta de Brandenburgo al Pergamonmuseum, pasando por la East Gallery del Muro o el Museo de la Stasi. 

Fue precisamente en el Museo de la Stasi donde experimenté la primera de mis oscuras revelaciones berlinesas.

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