A bordo de una camioneta roja, por Gabriel Peveroni

camioneta¿Cuándo se convierte Montevideo en campo, y cuándo el campo deja de serlo para convertirse en la capital uruguaya? En nuestro 360º, subimos a una camioneta roja con Gabriel Peveroni para hacer un recorrido a la uruguaya: sin prisas, con tranquilidad, en una deriva urbana para entender qué hace especial a esta ciudad. Aquí dejamos un fragmento.


Algunos argentinos o, mejor dicho, porteños —seres de alta autoestima que habitan la ciudad de Buenos Aires— tienen la sensata costumbre de viajar periódicamente a Montevideo con la consigna de desenchufarse. Les alcanza con cruzar el Río de la Plata, en un barco construido en Tasmania que navega a 55 nudos y tiene mil metros cuadrados de tiendas de artículos de lujo exentas de impuestos. Son, técnicamente, 135 minutos entre puerto y puerto.

Apenas llegan a la capital uruguaya, estos argentinos hacen lo mismo que puede hacer un madrileño —por ejemplo— si decide darse una escapada a Zaragoza: dejarse llevar por una buena siesta, callejear por un territorio definitivamente unplugged y prometerse que, cuando regrese a la metrópolis, rebajará la intensidad de sus recorridos emocionales. Es un buen plan, sobre todo si se está a una distancia de 122 minutos en tren rápido, con la simple meta de tomarse una selfie en la basílica del Pilar y no demorarse mucho tiempo más, ante el riesgo de quedar atascado en una dimensión zombi.

135 minutos o 122. Poco importa la diferencia. Da lo mismo. Es más o menos el tiempo que suelen durar las mejores películas, las que terminan en el mar, y recuerdo varias de esas —ahora mismo, entre ellas, Deprisa, deprisa, de Carlos Saura— pero sobre todo recuerdo un mediometraje uruguayo de los ochenta, de nombre Tahití, firmado por Pablo Dotta. Tal vez esa cinefilia, en blanco y negro y calles solitarias, derive de vivir en una ciudad recostada a un río al que le decimos mar: el Río de la Plata. No se ve la otra orilla. No se ve Argentina. No queda claro si existe Argentina, si hay algo más al Sur. Porque mirar hacia el Sur y sólo ver mar aturde un poco. Porque recorrer la Rambla montevideana, los veinte kilómetros de una costanera panorámica, se parece demasiado a circular un abismo, bellísimo pero también oscuro, si se piensa en los años del fascismo, los años setenta, de las dictaduras militares de la derecha y el siniestro Plan Cóndor. Desde los aviones de la muerte lanzaban los cuerpos de los militantes de izquierda que no soportaban la tortura y que luego aparecían en las playas. Cadáveres descompuestos por el agua barrosa del Río de la Plata. Decían de ellos, en los periódicos y en los noticieros, que debían ser tripulantes de pesqueros asiáticos muertos en motines de ultramar.

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Es por todo eso que amo y odio la Rambla, como le pasa a cualquiera con el mayor encanto de su ciudad. A la hora de estar montado en una bicicleta, como hago algunas mañanas, elijo eludirla y recorrer Montevideo con rumbo al Norte. Atravesar la ciudad, salir desde la Rambla, sí, pero con la intención de alejarme del río, para luego pasar por barrios de clase media, clase media baja, más adelante zonas de fábricas abandonadas, basurales, blur, discontinuidad, frontera, y por fin el campo, el ansiado campo. Como si fuera una postal de la campiña francesa en un camino lateral, entre pastizales, viñedos, cañadas, un paisaje bucólico, el sol de media mañana, la respiración pausada. Es ahí cuando empiezo a pensar en todo esto de los recorridos y de los ciento y pico de minutos que mide una posible película personal, hecha de fragmentos de memoria de caminos montevideanos, buscando en fronteras imperceptibles la evidencia de que la ciudad se vuelve campo, y al momento del regreso es el campo el que se vuelve ciudad, hasta bajar la leve pendiente que me lleva al mar, hasta mi casa a una cuadra de la Rambla.

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