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UN RETO SOBRE DOS RUEDAS

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Por Paty Godoy

En la plaza mayor de Burgohondo aún queda rastro de las últimas fiestas del pueblo. Las gradas que cada año se habilitan para que la gente disfrute del tradicional encierro de toros y vaquillas siguen en pie. Los vecinos de esta pequeña localidad de Ávila no se han repuesto de la resaca que les dejó los seis días de celebración y ya tienen de nuevo en casa otro festejo.

Son las 5 de la tarde y  la plaza está rodeada por unos 200 curiosos. Justo aquí están a punto de cruzar los primeros ciclistas de una de las carreras de mountain bike más duras y exigentes del mundo. Uno de esos vecinos curiosos es Justino García, un veterano habitante de Burgohondo que espera sentado y con cierta ilusión a que pase el espectáculo sobre dos ruedas. «Si no fuera por estas cosas, todo aquí estaría muy apagado», me dice Justino, que reconoce que no es aficionado ni a las bicicletas ni a ningún otro deporte, pero le gusta que «haya vida» en el pueblo.

El ir y venir de decenas de forasteros, el veloz pedaleo de los ciclistas y una música disco  a todo volumen, han roto la habitual calma de Burgohondo, que según el censo oficial tiene unos 1.300 habitantes. Un pintoresco pueblecito que presume de poseer una de las joyas turísticas de la región: la antigua Abadía románica de Burgohondo.

***

Subir a una bicicleta de montaña y pedalear sin parar 770 kilómetros que separan Madrid de Lisboa. Ese es el reto que plantea esta carrera de larga distancia en formato non stop. O lo que es lo mismo, montar una bici todo terreno sin descanso. Solo o en relevos. Día y noche. Es la «Powerade Non Stop Series» una competición de categoría extrema que ya en su titulo invita al reto: «Desafía tus límites».

Es viernes al mediodía y la carrera, formada por un pelotón de 800 ciclistas, parte del Polideportivo Navalcarbón de las Rozas en Madrid con rumbo a la capital portuguesa, a donde los mountain bikers más experimentados llegarán unas 30 horas más tarde. Entre medio, 10 pequeños pueblos convertidos en estaciones de hidratación en las que los ciclistas hacen una miniparada, y, quienes compiten en equipo, cambian de relevo.

Mi misión aquí es seguir, durante dos días y a bordo de un coche, esta carrera non stop. (Aunque esta regla solo se aplicará a los ciclistas, no a los periodistas). Cinturón bien puesto, que vienen curvas. El camino que transitamos bordea la Sierra de Gredos, el Valle del Jerte y sigue la estela del río Tajo.

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En las primeras etapas de este recorrido nos internamos en la España profunda: Burgohondo y Navalperales de Tormes en Ávila; Navaconcejo, Cañaveral, Alcántara y Cedillo en Cáceres; este último pueblo de casi 500 habitantes es la última frontera española antes de llegar a Portugal. Es fin de semana y estamos de suerte: el  puente privado de la central hidroeléctrica (propiedad de Iberdrola) está abierto. Así nos ahorramos los 100 kilómetros por la carretera. Cruzar el río Tajo por esta particular frontera privada nos toma unos 10 minutos, lo equivalente a transitar solo 14 kilómetros.

Una vez entramos en territorio luso, la expectación y el entusiasmo que se vivió en las estaciones de hidratación instaladas en los pueblecitos españoles disminuye al mínimo. El cansancio entre los mountain bikers comienza a hacer estragos. Son las últimas etapas, las más duras.

A esta hora, los equipos de dos, tres o cuatro participantes e incluso quienes hacen el formato Solo, ya han pasado una noche en el camino: cruzando pistas, senderos y carreteras. La gran hazaña de la carrera la han hecho los casi 60 ciclistas que participan en la categoría más dura y exigente: el Solo. Quizá por eso en la meta final instalada en el Parque de las Naciones de Lisboa, a un costado del gran río Tajo, todos estamos pendientes de la llegada de las estrellas de esta carrera: lo que se atrevieron a pedalear solos los 770 kilómetros. Si ya el reto es mayúsculo para quien lo hace en equipo. No puedo ni imaginar el esfuerzo físico y mental que supone este desafío para una sola persona.

Para intentar entenderlo pregunto a Jordi Pereira, que obtuvo el tercer lugar en esta categoría con un tiempo de 40 horas y 53 minutos. Este apasionado mountain biker, originario de Avinyonet de Puigventós me da algunas pistas.

«Si a ti te gusta algo y lo quieres conseguir tienes que esforzarte, y después lo disfrutas.

Para mi es muy sencillo, lo puede hacer cualquiera».

—¿No hay misterio?

—Bueno, hay que saber sufrir.

 

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Ciudades enredadas

Por Jaime Gárate

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«Admitamos el fracaso de la hegemonía de los Estados-Nación. El futuro es la ciudad global». Dice Simon Curtis como el que habla con una chinita en el zapato. Es el primer ponente del  foro de estrategias de áreas metropolitanas celebrado en Barcelona. Sus palabras invitan a un cambio. Es entonces, al escucharle, cuando sobrevuela en mi cabeza la frase de la periodista Jane Jacobsen: «El desarrollo no es un cambio: es una mejora». Y me pregunto si sería posible que el cambio que sugiere Curtis conllevase una mejora. ¿Es posible un nuevo orden mundial basado en las alianzas entre metrópolis? Las palabras de Curtis están legitimadas, Londres —ciudad que si fuese un Estado, tendría uno de los 10 PIB más elevados del mundo— no quiere Brexit. Pero lo habrá.

Sin redes no hay pescado. Ni desarrollo. El primer ladrillo del rascacielos al que llamamos globalización se puso hace 30 siglos en Grecia. Varias comunidades y aldeas trataron de resistir las invasiones enemigas: agruparse era la solución. Juntas y unidas eran más fuertes. Así nació la Polis —ciudad-Estado soberana que genera sus propios recursos. Y con ellas, una nueva forma de gobernar el espacio de manera independiente respecto al Estado central. Este proceso de transformación, este agrupamiento físico de personas antes aisladas, se llama sinecismo. También se llama así el primer ladrillo de la globalización: el mundo acababa de empezar a conectarse a través de redes.

Varias comunidades y aldeas trataron de resistir las invasiones enemigas: agruparse era la solución. Juntas y unidas eran más fuertes. Así nació la Polis.

Hace tiempo que las ciudades dejaron de ser competencia. Donde antes había rivales hoy hay vínculos. Es la vuelta al sinecismo, pero esta vez a gran escala. Es un agrupamiento ya no físico, si no a distancia. Generado a través de redes para, como en la época de la polis, derrotar al enemigo. Uno de ellos es fruto de las políticas de los Estados-Nación: el cambio climático.

Para Curtis es «el ideal a seguir». C40 es una red que engloba 83 ciudades que luchan por la sostenibilidad mundial —contra el cambio climático. Su importancia radica en que ha sobrepasado las políticas pactadas por los Estados: trabajan con organizaciones privadas en paralelo a los gobiernos. Mientras que en las cumbres contra el cambio climático de las Naciones Unidas se firman pactos económicos, C40 emprende acciones. Van casi 10.000 desde su creación en el año 2.005. También, se encarga de acciones en pro de la sostenibilidad energética. El 40% del uso de la energía mundial se consume en los edificios de ciudades.

La gran ciudad es como un imán. Tiene polos magnéticos, positivos y negativos, que atraen y repelen a la inversión y al capital intelectual. Pero el mundo rural mantiene su importancia, al menos desde un punto de vista tradicional. Y la propuesta de Curtis de la ciudad global —núcleos urbanos con más peso en la configuración de la agenda mundial que el que tienen los gobiernos estatales— la ignora. Para él, sin embargo, el fracaso de su planteo no pasa por la falta de inclusión. Va en otra dirección.«Lamentablemente mi idea es utópica. Las ciudades dependen de la estabilidad geopolítica que ofrecen los Estados-Nación”. Dice mostrándonos la chinita que tenía en el zapato.

La gran ciudad es como un imán. Tiene polos magnéticos, positivos y negativos, que atraen y repelen a la inversión y al capital intelectual. 

Juan Pablo Soriano, politólogo y relator de la conferencia. Me encuentro con él —todavía afectado por el bofetón forrado de palabras de Curtis— durante el desayuno que hay entre charla y charla. Hablamos sobre alianzas entre ciudades y la exportación de modelos de gestión de unas a otras. Lo tiene claro, «cada ciudad tiene su propia dinámica. Se puede aprender, pero no copiar», dice.

«Precisamente para aprender». Para eso dice que ha venido Jaime Salinas, concejal  metropolitano de Lima. Esta urbe es el ejemplo perfecto del magnetismo de la ciudad-imán: ha atraído a tantas personas que el 30% de la población de Perú vive en la capital. Salinas pide que «las políticas locales tengan más competencias». ¿Quién puede tener un mayor conocimiento de la situación general de una ciudad que su alcalde? Salinas reclama un modelo de autogestión con políticas transversales. Un sistema en el que las decisiones que afectan directamente a la metrópoli sean tomadas desde ella. La vuelta de la Polis, pero sin obviar al Estado: conviviendo en armonía.  Al escucharle me pregunto cómo sería el mundo si estuviese gobernado por alcaldes y redes entre metrópolis. Para Salinas el reto a conseguir es internacionalizar las agendas locales.

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Las murallas de la polis prevenían ataques. Pero hoy, aunque el Otro ya no sea enemigo, las metrópolis siguen estando amuralladas. Y no de piedra, si no de leyes y acuerdos que impiden a habitantes de países en conflicto, activistas y artistas encontrar asilo en grandes núcleos urbanos. No se mandan construir desde las urbes, si no desde el poder central. Afrontan unas dinámicas diferentes a las de los Estados. Desde ciudades como Madrid y Barcelona se dan respuestas a preguntas que no quieren ser escuchadas por los Estados-Nación y ni por las Naciones Unidas. Las alcaldesas  de Madrid y Barcelona —Carmena y Colau— propusieron  la creación de una red ciudadana de acogida a refugiados. Imposible de crear sin la aprobación del Estado. Y a día de hoy la situación se mantiene.

Y no de piedra, si no de leyes y acuerdos que impiden a habitantes de países en conflicto, activistas y artistas encontrar asilo en grandes núcleos urbanos.

A pesar de ello, Eugene Zapata cree que el cambio es posible. «Quiero convenceros de que una nueva forma de mundo es posible. La horizontalización pasa a través de las ciudades. », dice durante su intervención. Proyecto AL-LAS es una alianza euro-latinoameracana de cooperación entre metrópolis, una red de ciudades.  Zapata es su representante en la conferencia —ágora— de hoy. Según él, la alianza ya no es necesaria para combatir al otro. «Todos estamos en el mismo barco y si se hunde, adiós mundo», dice. —Lo intento. Pero me cuesta imaginarme a cientos de subsaharianos cruzando el Merditerráneo rumbo a Europa apiñados en el yate de cualquier deportista de élite—. «Necesitamos complicidad entre ciudades. Con el aprendizaje y juntos seremos más resilientes », añade.

A veces la mejor receta para prevenir el error es mirar al vecino. Aprender de él. Las ciudades resilientes son las que tienen una rápida capacidad para recuperarse de los fallos del sistema. Que cada metrópoli tenga propia dinámica es compatible con aprender del vecino. De los fallos que colapsan sus sistemas. «Juntos», vuelve a repetir Zapata. Es como en la época de la Polis, unidos somos más fuertes.

Pero no hay ciudades, sino ciudadanos. Esa es la idea con la que salgo del ágora de las metrópolis. Para la mayoría de las personas que han participado en este foro el futuro, el nuevo orden mundial, pasa inevitablemente por los grandes núcleos urbanos. Hoy día más de la mitad de la población del planeta vive en ciudades. Y se calcula que para dentro de 30 años lo hará más del 65%. Sin embargo, muchas veces el contenido es más importante que el continente; el magnetismo es inútil si no hay nada que atraer.

Imagen de cabecera de Rich

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El fenómeno Wally Ballago Seck

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Por Jordi Brescó

Llegaba al Poble Espanyol de Barcelona con el tiempo justo y entré en el recinto a pasos apresurados. Cuando me identifiqué como periodista en la puerta me calmaron: «Tranquilo, Wally aún no ha llegado. Tómatelo con calma. Los senegaleses van a su ritmo.»

Los senegaleses van a su ritmo… ¡Y que lo digas!

El teatro dónde el cantante de moda en Senegal tenía que realizar su rueda de prensa estaba prácticamente vacío. A dos minutos de la (teórica) hora de empezar. No conseguía entenderlo.

Todo el mundo estaba fuera: por cada rincón del Poble Espanyol encontraba pequeños grupos de jóvenes senegaleses comentando la jugada. Todos iban vestidos como un pincel. Siempre les he envidiado por eso: a esa gente todo le queda bien, se ponga lo que se ponga: Colores chillones, gorras de rapero, enormes gafas de sol, collares que llegan hasta el ombligo, pantalones arrapados como mallas, zapatillas de astronauta… Todo acompañado de peinados coloridos y de grandes dimensiones.

Todos arreglados cómo si salieran de fiesta. De hecho, yo aún no lo sabía, pero esa era su intención. Aunque fueran las seis de la tarde. Aunque el evento al que acudían fuera una «rueda de prensa».

Dentro del teatro, un DJ amenizaba la espera con las canciones del senegalés del momento: Wallly Ballago Seck. Nacido en Dakar hace 31 años, Wally iba para futbolista. Probó suerte en Francia, en Londres y en Italia, pero su sueño no llegó nunca a convertirse en realidad. Al volver a casa, su padre le tenía preparado otro objetivo que perseguir: el de continuar con su legado como gran músico senegalés.

Wally Seck 2Sacó su primer single en 2007 y en 2010 su primer álbum, Voglio. En 2012 produjo su segundo, Louné. Su creciente éxito le llevó a actuar en importantes salas como el Gran Théâtre National o el Zenith de París, y con su tercer álbum, Xel, Wally terminó de explotar. Ahora encara su reto más ambicioso: realizar un concierto en el mítico recinto de París-Bercy, dónde este año, entre otros, también tocarán Bruce Springsteen, Adele y Paul McCartney. Sin presión, Wally…

El teatro barcelonés se iba llenando poco a poco mientras los jóvenes asistentes pasaban el rato bailando. Lo hacían siguiendo una especia de protocolo por turnos: una chica a mi derecha se levantaba, bailaba de pie durante cinco segundos y se volvía a sentar. Seguidamente, otra chica dos filas más adelante imitaba a la primera, y al sentarse se levantaba un chico a mi derecha, y así sucesivamente. Yo temía por si llegaba mi turno… cosa que afortunadamente nunca sucedió.

El tiempo pasaba pero las sonrisas nunca desaparecían de los rostros de los asistentes. Wally hacía una hora tarde, pero allí nadie se inquietaba. No podía entenderlo. Luego lo recordé: «los senegaleses van a su ritmo».

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Finalmente llegó el momento más esperado. Wally apareció acompañado por toda su tropa, y en el teatro se desató la histeria colectiva. Gritos, flashes, lágrimas, selfies, bailes e incluso una señora entregando su criatura al cantante. Periodistas senegaleses luchando por conseguir el mejor plano de Wally mientras la cónsul de Senegal en Barcelona, Claudia Vila de Font-Riera, intentaba abrirse paso entre la muchedumbre. El DJ pedía calma y que todo el mundo se sentara: habían pasado ya una hora y veinte minutos y temía que les echaran del recinto. Supongo que los responsables del teatro ya estaban avisados de que los senegaleses van a su ritmo.

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La «nueva» literatura africana

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A principios de marzo de 2015, la cadena de televisión norteamericana Fox emitió el episodio número quince de la vigésimosexta temporada de Los Simpsons, de nombre «The princess guide». En él, la hija del rey de Nigeria regala a Moe, el dueño del bar, cuatro libros de su «amada, aunque un poco depresiva, literatura nigeriana». Los libros eran Algo alrededor de tu cuello, de Chimamanda Ngozi Adichie; El camino hambriento, de Ben Okri (ganador del premio Booker); y la novela Todo se desmorona y el ensayo Home and exile de Chinua Achebe.

El hecho de que la literatura nigeriana haya aparecido de forma clara y frontal en la que seguramente es la serie más icónica y fundamental para entender la cultura popular de los Estados Unidos indica que sus autores y sus obras han entrado a formar parte del imaginario colectivo del país. Los Simpsons son un validador mediático y sus referencias tienen valor de certificado cultural popular.

¿Es una cuestión de moda? ¿Está occidente mirando fijamente a la «nueva» literatura africana con una atención desconocida hasta la fecha?

En las Voces de Altaïr Magazine hemos publicado hace muy poco la muy irónica guía del escritor keniano Binyavanga Wainaina sobre cómo se hace un buen libro sobre África: cuidado con su lectura, porque dispara con bala. De hecho le damos la razón en este propio texto a Wainaina, cuando preguntamos por la nueva literatura africana. ¿De qué África? ¿Del África árabe, de la zona del Magreb, de Egipto, de Argelia, de Marruecos? ¿Del África subsahariana, de África Central, de la muy occidental Sudáfrica? ¿De los países que fueron colonia portuguesa, como Mozambique, Angola o Cabo Verde? ¿De la literatura en español producida en Guinea? Y, ¿por qué «nueva»? ¿Nueva para quién? ¿Para occidente? Es como si las autoras y autores del continente africano hubiesen adquirido tridimensionalidad, entidad, alma al fijarnos nosotros, blancos occidentales, en ellos.

Pero sigue siendo un lugar común: África es un solo sitio. Tan cerca en el tiempo como en el año 2007, la Feria del Libro de Madrid tuvo a África como «país» invitado. Tampoco hubo demasiada gente que se preguntase por qué no podía serlo Senegal, Nigeria o Marruecos de forma independiente.

Es como si las autoras y autores del continente africano hubiesen adquirido tridimensionalidad, entidad, alma al fijarnos nosotros, blancos occidentales, en ellos.

AmericanahLo cierto es que el enorme éxito de Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie, publicado en 2013 y muy premiado por la crítica norteamericana e inglesa, ha hecho que editores, público y medios de comunicación giren la cabeza hacia las letras que se producen en el continente africano, y no solo desde Nigeria. En Americanah se narra el proceso de cómo su protagonista, Ifemelu, llega a convertirse en escritora en los Estados Unidos pero también de cómo llega a tomar conciencia de todo aquello en lo que nunca pensó mientras vivía y estudiaba en Lagos: su raza y su procedencia.

Para muchos, Americanah y en general Ngozi Adichie es la cabeza más visible de los «Afropolitas», ese término que acuñó la escritora ghanesa Taiye Selasi, autora de la novela Lejos de Ghana, para designar a los jóvenes africanos cosmopolitas que tratan de cambiar la percepción occidental sobre el continente y que viven en una constante interrelación y mezcla con Europa y América. Con ella hablamos al respecto hace unos meses también en Altaïr Magazine.

Sin embargo hay toda una corriente crítica hacia ese «afropolitismo», del que señala que principalmente se preocupa de escribir sobre África sólo desde el momento en que esta se relaciona con occidente, o mirando hacia Europa y los Estados Unidos. Autores como el senegalés Boubacar Boris Diop, con el que hablamos en Altaïr Magazine, en su libro África más allá del espejo; o el keniano Ngũgĩ Wa Thiong’o, con sus conferencias recogidas en el volumen Descolonizar la mente, hablan de una literatura y una cultura tendente al panafricanismo, de una resistencia cultural que empieza por la recuperación del idioma propio, el wólof para Boris Diop y el gikuyu para Wa Thiong’o.

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El periodista Aaron Bady resume bien la contradicción que supone el éxito de Chimamanda Ngozi Achidie para la apertura de la literatura del continente africano en los Estados Unidos y, por extensión, en occidente:

«Ya sea como causa o consecuencia, el propio éxito de Adichie ha sido una parte importante de esta reapertura del mercado de Estados Unidos a los escritores africanos. Pero mientras que algunos verían su notable popularidad como la creación de espacios para otros escritores, otros lo perciben como el cierre de la posibilidad de otros tipos de narrativas: ser un escritor “africano”, después de Adichie, puede significar escribir solo un tipo muy concreto de historia.kintu

(…) Por mi parte, intento entender por qué no puede Kintu, de Jennifer Nansubuga Makumbi, encontrar un editor en Occidente: el libro es una obra maestra, una joya total, la gran novela de Uganda que no sabías que estabas esperando. Pero si nos fijamos en el hueco con forma de Adichie de la literatura africana en el mercado editorial estadounidense, la pregunta se responde sola. Los editores están mucho menos interesados en la gran novela de Uganda que en el último rey de Escocia (o en la película Americanah actualmente rodándose). Sospecho que el primer libro de Jennifer Makumbi que se publicará fuera de África será un libro que trata sobre los inmigrantes africanos en Europa.» (Texto original en inglés).

Y así es: evidentemente ni Achidie, ni Teju Cole, ni Sefi Atta, ni Selasi, ni Dinaw Mengestu, ni Chigozie Obioma, ni la novela negra de Moussa Konaté son responsables de ese viento que sopla solo en una dirección, pero tal vez la oportunidad cultural (y también editorial, por qué no) pase por mirar el otro lado de los afropolitas y empezar a bucear en la literatura creada en África desde África y para África. El debate está abierto


Cómo escribir sobre África, por Binyavanga Wainaina

Dakar en Altaïr Magazine

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Breve guía electoral de Irán

El presidente de Irán, Hasán Rouhaní (Fuente: Kremlin.ru [cc])
El presidente de Irán, Hasán Rouhaní (Fuente: Kremlin.ru [cc])
Este viernes 26 de febrero, los más de cincuenta millones de iraníes mayores de 16 años están llamados a las urnas para elegir a dos de los órganos de gobierno del país: la Asamblea de expertos y la Asamblea Consultiva Islámica. Echemos un vistazo a cuáles son los órganos principales de gobierno en Irán y qué es exactamente lo que se vota en estas elecciones.

LOS ÓRGANOS DE GOBIERNO EN IRÁN

Desde la Revolución Islámica de 1979, Irán es una República Islámica, un sistema de gobierno en cuya cúspide está situado el Líder Supremo. Es la autoridad máxima tanto en asuntos religiosos como políticos, y es elegido por la Asamblea de Expertos. La Asamblea puede revocar su nombramiento, pero en la práctica, el Líder Supremo lo es hasta su muerte. Desde 1979 sólo ha habido dos Líderes Supremos, el Ayatolá Jomeini, hasta su muerte en 1989; y su sustituto desde entonces, el ayatolá Alí Jamenei, que es el líder actual.

La Asamblea de Expertos es un órgano compuesto por 86 clérigos (no puede ser miembro de la Asamblea un civil) que es elegido por el pueblo en elecciones cada ocho años. Una de sus funciones principales es la de elegir, supervisar e incluso -llegado el caso- destituir al Líder Supremo.

La Presidencia de la República es el cargo de mayor rango de Irán, solo por debajo del Líder Supremo, y se elige cada cuatro años por medio de elecciones generales. El presidente ejerce como jefe de gobierno y actualmente el cargo es ocupado por Hasán Rouhaní desde 2013, fecha en la que sustituyó a Mahmud Ahmadineyad.

La Asamblea Consultiva Islámica (o Maylis) es el Parlamento iraní. Es la cámara legislativa del gobierno del país y está compuesta pro 290 miembros, no necesariamente clérigos, que se eligen por representación territorial en su mayoría. Cinco miembros son elegidos para representar a minorías religiosas reconocidas expresamente en la Constitución, tales como las comunidades armenias cristianas, los asirios y caldeos católicos, los judios y los zoroastrianos. A diferencia de lo que sucede en otros órganos de gobierno, en el Maylis sí suele haber representación de parlamentarias mujeres. Desde 1983 no están permitidos los partidos políticos en Irán, así que las candidaturas a la Asamblea en las elecciones son siempre individuales, aunque luego los candidatos se agrupen según sus afinidades ideológicas.

El Consejo de Guardianes es un órgano compuesto por 12 personas de las cuales seis son elegidas directamente por el Líder y las otras seis por la Asamblea Islámica. Son elegidos cada seis años en dos tandas, así que cada tres años se renuevan seis de sus componentes. Entre otras muchas funciones, el Consejo tiene la facultad de supervisar las elecciones en Irán y de revisar las candidaturas que concurren a todos los comicios, pudiendo admitir o rechazar esas candidaturas según su propio criterio. Eso lo convierte en una institución especialmente poderosa y decisiva en las configuración de los diferentes órganos de gobierno.

QUÉ SE VOTA EN ESTAS ELECCIONES

En las elecciones del viernes lo que se vota es tanto la Asamblea de Expertos como el Maylis. La Asamblea Constitutiva es un órgano de importancia legislativa, pero sus decisiones deben someterse a otros estamentos como el Líder Supremo o el Consejo de Guardianes. Sin embargo la elección de la Asamblea de Expertos tiene una importancia especial en esta ocasión, ya que la salud del ayatolá Jamenei, de 76 años, es bastante frágil, y cabe suponer que dentro de no demasiado tiempo tendrá que ser elegido un nuevo Líder Supremo, que es algo que compete a la Asamblea de Expertos. Es por eso que en estas elecciones la competencia entre conservadores (ya sean tradicionales, pragmáticos o neo-conservadores) y reformistas esté siendo particularmente feroz.

Además, actualmente hay un enfrentamiento ideológico entre el Consejo de Guardianes, de corte conservador, y el presidente Rouhaní, de tendencia moderada y aperturista. El Consejo ha utilizado su poder de veto para rechazar a numerosos candidatos reformistas, pero aún así es difícil aventurar qué va a suceder en las elecciones. En las últimas presidenciales, los sondeos daban apenas un 5% de intención de voto para el reformista Rouhaní, que sin embargo obtuvo más del 50% de los votos el día de las elecciones, ganando directamente en la primera vuelta.

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Las elecciones del día 26 de febrero determinarán, en suma, si la política de apertura hacia occidente del presidente Rouhaní tendrá una continuidad y será avalada por Parlamento y Asamblea, o si el jefe de gobierno tendrá que luchar contra el resto de órganos de gobierno del país durante el año y medio que le resta de mandato.


Instituciones electivas y elecciones en el sistema político de Irán, por Luciano Zaccara

Las elecciones de Irán, una prueba para la República Islámica, artículo de Farhar Jahanpour

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Uruguay: un turismo nuevo

Tiene algo de contagioso el optimismo de Doña Liliam Kechichián, Ministra de Turismo de Uruguay, y no cuesta entender su entusiasmo por las perspectivas, presentes y futuras, de la industria turística en este país sudamericano. Ella misma confiesa que costó convencer a los uruguayos, y a sus dirigentes, de que el turismo podía ser parte fundamental del tejido productivo de la nación, que Uruguay tenía mucho que ofrecer desde el punto de vista turístico y que había millones de visitantes que querrían ir a conocerlo. Tanto es así que Uruguay, hoy día, es uno de los pocos países del mundo que cuenta con el mismo número de turistas que de habitantes.

Pero escuchemos a la propia Ministra de Turismo de Uruguay hablar del turismo en su país, del modelo español, de aprender de los errores ajenos y de la relación con nuestro país. Hemos hablado con ella y esto es lo que nos dijo:


Mañana, sábado 23 de enero, Doña Liliam Kechichián, Excma. Ministra de Turismo de Uruguay, y Pep Bernadas, co-fundador de Altaïr y editor de Altaïr Magazine, acompañarán a Gustavo Laborde, periodista y antropólogo, en un Viaje por la Gastronomía Uruguaya.

A las 12:30 en la Librería Altaïr de Barcelona. (¡Y degustación al final!)

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La última frontera de Baltasar

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Por Berta Jiménez

El Rey Baltasar también saltó la valla de Melilla. Al menos el de Sant Boi de Llobregat, Roland Fosso. El joven camerunés decidió emprender un viaje tras la muerte de su madre; un camino tortuoso desde su país hasta Europa, a través de doce países que se prolongó dos años, siete meses y dieciocho días. Una década después de su llegada a Cataluña, Roland es un vecino muy activo en el pueblo, tanto que cada 5 de enero se convierte en el Baltasar de la cabalgata de reyes: «Hay que adaptarse, acostumbrarse e implicarse en el ambiente en el que vives».

El germen se encuentra en el casal del barrio de Casablanca. Concretamente Roland cuenta que todo comenzó en CoBoi, el laboratorio cívico de emprendeduría y economía social de Sant Boi, un proyecto puesto en marcha por el ayuntamiento, que le permitió lanzar La última Frontera. En este libro relata sus más de dos años de travesía.

El gran aprendizaje de este viaje fue que en el mundo siempre encontrarás buenas personas.

Una afirmación valiente cuando, como relata, también ha encontrado, ladrones, esclavitud, explotación sexual. Mafias y hambre. Cuando ha recibido una paliza por tener blancas solo las palmas de las manos. Cuando se ha rasgado piernas y manos con las criminales cuchillas de Melilla.

Pero aún así insiste: «Si estoy aquí a día de hoy es gracias a las buenas personas que me he encontrado en el camino. Además, si yo no creyera en el ser humano, tampoco creería en mí mismo».

El día que llegó a Cataluña asegura que se sintió aún más feliz que el día que saltó la valla: «Tenía 15 euros en el bolsillo y era mi cumpleaños. Pero no conocía a nadie y no hablaba español, me quedé como un niño recién nacido que tiene que empezar de cero».

Se siente afortunado porque encontró donde poder dormir, debajo de un puente de Barcelona. Aunque pronto un amigo suyo fue al «gueto» y le acogió en su casa alegando que «en esas condiciones no podía a estar». En ese momento comenzó su vida en Sant Boi.

Desde que lo publicó solo ha vuelto a leer La última frontera en una ocasión: «Me resulta muy duro, es una historia que tengo dentro, en mi sangre, no quiero leerlo más». Quizás en poco tiempo dentro de poco le ocurra todo lo contrario. Roland trabaja en su segundo libro, Cartas a Baltasar, una recopilación de algunos de los deseos que los niños le piden para Reyes. Le sorprende que, en la mayoría de las ocasiones, el bien más demandado no sean los juguetes. En muchas de esas cartas encuentra generosidad, preocupación y ternura: «Unos eligen más trabajo para su padres, estabilidad en el hogar, o simplemente besos y abrazos ilimitados».

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Cuando ya no haya barrera

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Hoy debería comunicarse al mundo el primer acuerdo internacional vinculante contra el cambio climático, fruto de las dos semanas de reuniones en París de la COP21, la gran conferencia de Naciones Unidas que incluye —con más o menos voluntad de llegar a un acuerdo— a representantes de los países presentes en el Protocolo de Kioto de 1997. Hoy debería comenzar, de algún modo, por fin, una reacción ante el calentamiento global, la forma más específica de fin del mundo que tenemos aquí y ahora, en nuestras manos. También porque somos la especie responsable de provocarlo.

El calentamiento global no sólo nos sitúa frente a la posibilidad de nuestra extinción (lenta, dolorosa, injusta, cuajada de frustración). También nos obliga a reflexionar sin utilitarismos sobre nuestra relación, como simples organismos vivos, con el planeta que nos acoge. Con los otros seres que lo comparten. Con nuestra finitud individual, el futuro y sus posibilidades, sus barreras y sus esperanzas. Altaïr se enorgullece de haber publicado un libro que, desde la perspectiva del viaje heterodoxo y amplio, se enfrascaba hace ya unos años en estas cuestiones. Un libro con el que Gabi Martínez caminaba en paralelo a la Gran Barrera de Coral australiana, termómetro de la salud de nuestro planeta y de nuestra propia fiebre suicida.

«¿Dónde hay, en el mundo entero, un solo gobierno, siquiera un comité, por muy selecto que sea, capaz de conceder la debida importancia a los orígenes de los acontecimientos?»

Laurens van der Post

No resulta difícil averiguar cuál era el objetivo inicial de Gabi Martínez cuando empezó a planear su viaje a Australia. Lo contó él mismo en su blog, pocos días antes de que saliese a la venta el fruto literario de ese viaje, En la barrera (Altaïr, 2012), un libro de viajes sobre la Gran Barrera de Coral australiana. ¿Es de eso de lo que habla el libro?

Dice Gabi: «Todo empezó en el Aquarium de Barcelona, cuando mi hijo de dos años se detuvo ante una pecera donde se alertaba sobre el estado de la Barrera. Me hice varias preguntas y una de ellas fue qué mundo le quedaría a él después de mí. De modo que viajé y escribí mirando, esta vez sin duda, al futuro».

Sin embargo, apenas avanzamos por las páginas del libro nos encontramos con una crónica poco usual, un viaje tan interior como exterior por el continente australiano donde se entremezclan las voces del propio Gabi Martínez como narrador, pero también la de los nativos que se encuentra por el camino, vivos o muertos; y también las voces de otros viajeros que estuvieron allí antes de él, incluso al mismo tiempo que él, y que nos sumerge a nosotros, lectores, en el mismo estado de confusión, de abrumada superación, que sintió el autor al enfrentarse a tan vasto, inabarcable e inaprensible territorio.

«Pero lo que Australia es, según los científicos, es el laboratorio del planeta. Este continente anuncia los cambios socioclimáticos que afectarán a buena parte del resto del globo y de momento las noticias son terribles, hasta el punto de que los australianos han hecho de la preservación de la Gran Barrera un desafío.»

Hay un cierto aire de fatalismo, de inevitabilidad, cuando Gabi se acerca a la ecología y a los aspectos que van a condicionar el futuro del planeta. Especies en peligro de extinción, nativos con una profunda conciencia ecológica pero que sin embargo no pueden prescindir de los ingresos que reciben esquilmando la Gran Barrera, cazadores selectivos, guías para turistas… El libro no puede dejar de reflejar cómo para combatir una plaga se pone en peligro todo el ecosistema; cómo la protección de una zona concreta puede acarrear consecuencias por la superpoblación de las especies que la habitan; cómo, en fin, parece que la humanidad estuviese atrapada en un callejón sin salida del que no hay manera de salir para revertir el crack definitivo de la bioesfera.

En la barrera es un relato a ratos optimista y a ratos nihilista sobre la relación del ser humano con su entorno, sobre ecología y sobre el futuro que le espera al planeta. Pero también es un relato sobre la soledad y sobre el extrañamiento que sigue produciéndonos nuestra propia existencia y nuestro lugar en el mundo. Cuando la Barrera de Coral se vuelva completamente blanca, como una tumba de más de dos mil kilómetros, tal vez comencemos a comprender si no de dónde venimos, al menos sí hacia dónde vamos.

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Julio Verne y Juan Olivert

El Sr. Olivert en su aeroplano, Paterna. En Valencia Literatura-Arte y Actualidad, n 17. 12 de septiembre de 1909.

Una historia que podría haber escrito Julio Verne.

Esta historia comienza cuando Juan Olivert, un decidido muchacho de Cullera (Valencia), huérfano de padre y madre, heredero de tierras, portador de un bigote aristocrático y elegante, conoce al profesor Gaspar Brunet en la escuela de ingeniería industrial de Barcelona. Estamos en 1908: hacía poco más de cinco años que los hermanos Wright habían conseguido hacer volar su artefacto pero las escuelas de ingeniería de todo el mundo ya se iniciaban con pasión los primeros estudios aéreos. Pocos meses antes los Wright habían hecho un vuelo de prueba en público en París y el mundo se había vuelto loco por los aparatos voladores.

Olivert y Brunet se pasan las horas hablando de las posibilidades de la aviación y de formas de mejorar el vuelo de los aparatos. Hasta que finalmente el chico de Valencia se decide: acaba de recibir un dinero inesperado en un sorteo de lotería y además tiene patrimonio propio, así que quiere pilotar uno de esos nuevos ingenios aéreos y quiere que su buen profesor Brunet le diseñe el aparato. El profesor se lanza con pasión a la tarea y Olivert utiliza sus contactos y su posición (Sección de Aviación del Círculo de Bellas Artes de Valencia) para ser invitado a la Exposición Regional de Valencia de 1909. Se construye el armazón y se le da de nombre, precisamente, Olivert.

En la exposición, el público contempla maravillado el aeroplano, que dicen que podría volar, y a su promotor, el apuesto y carismático Juan Olivert que explicaba a quien quisiese oírle las características técnicas del aparato. Uno de esos espectadores es el Rey Alfonso XIII, quien escucha con atención las explicaciones del joven, quien aprovecha para decirle que el aparato sólo está a falta del motor y de la hélice, pero que su presupuesto ha menguado demasiado y necesita financiación para terminarlo. La estrategia funciona y el monarca envía varios mensajes al ayuntamiento de Valencia, que subvenciona con veinticinco mil pesestas a Olivert y Brunet, y a algunos altos cargos del ejército, que cede un hangar construido en un campo de maniobras del Regimiento de Artillería número 11, en Paterna. Con ese dinero consiguen un motor de 25 caballos y una hélice y durante el mes de agosto de 1909 hacen varias pruebas de movilidad y de control del aparato. Las pruebas en tierra eran positivas.

 

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Un periodista del diario El Pueblo, fundado unos años antes por Vicente Blasco Ibáñez, presencia alguna de los ensayos y se entera de que el 5 de septiembre Olivert va a hacer una prueba de más recorrido en la explanada junto al hangar de Paterna. La noticia es publicada por el periódico a bombo y platillo y lo que iba a ser un ensayo más se convierte en el acontecimiento del momento en la zona. Para cuando llega la fecha divulgada por el periodista, los curiosos se acumulan alrededor del hangar, y no solo los vecinos de Paterna: trenes llenos de otras localidades llevan una cifra de cerca de cuatro mil personas ávidas de ver si aquel aeroplano construido en España sería capaz de volar.

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Diez metros de largo, unos doscientos kilos de peso, hecho en madera. Motor de 25 cv, ruedas cogidas de una bicicleta, manillar cogido de una motocicleta y un sillón de mimbre por asiento. Brunet y Olivert miran la multitud que se congrega fuera del hangar y comprenden que, aunque no lo habían previsto todavía y quizás era demasiado pronto, no les queda más remedio que intentar volar. Juan Olivert, vestido con cazadora, con botas de cuero y con gorra de marinero, arrojado y valiente como pocos, se acomoda en el sillón de mimbre y pone en marcha el aparato. El aeroplano rueda perfectamente y vuelve al punto de partida. Es el momento. Dos de los ayudantes de Brunet sostienen con todas sus fuerzas el aeroplano desde atrás y Olivert acelera todo lo que puede con el aparato retenido. En el momento que la aguja del contador de revoluciones marca 750, el piloto hace una señal y los ayudantes lo sueltan de golpe. Casi inmediatamente la cola desciende y el aeroplano se eleva casi medio metro del suelo.

Juan Olivert está volando.

Durante cuarenta o cincuenta metros continúa el vuelo y es entonces cuando el temple del piloto entra en juego. En mitad de su hazaña se da cuenta de que una gran cantidad de personas está observando boquiabierta lo que está ocurriendo y del propio asombro no se están quitando de en medio del recorrido del aeroplano. Toma una decisión que seguramente salvó la vida de muchos de los presentes: desconecta de golpe el motor y gira el manillar hacia la derecha. El aeroplano toma tierra de golpe y con el giro desvía su trayectoria hasta meter una de las ruedas en una de las zanjas laterales. Así concluye el primer vuelo en aeroplano de la historia de la aviación española. Olivert y Brunet ya son parte de la historia.


Esta historia nos la cuenta entusiasmado Luis García Valls, aficionado a los aviones y aeromodelista. Durante trescientas horas ha estado construyendo un modelo a escala del Olivert, ese primer aeroplano que pasó a la historia. Lo ha construido a escala 1:20 y ha usado exactamente los mismos materiales que en la construcción del original, tras años de estudios y de planos.

Hemos ido a ver la exposición «Julio Verne. Los límites de la imaginación» que estará en la Fundación Telefónica de Madrid hasta el 21 de febrero de 2016. Hacemos la visita dos días antes de que la exposición se inaugure y experimentamos esa sensación extraña de cuando se ven las bambalinas, los camerinos, lo que hay detrás del escenario. En mitad del frenesí de los últimos días, sus comisarios nos atienden con muchísima amabilidad. Uno de ellos, Miguel Ángel Delgado, nos explica cómo son los recorridos de la exposición («La idea es que el visitante pueda ver la expo sala por sala, como cualquier otra, pero que también pueda decidir seguir los recorridos que hemos creado según los elementos que predominan en las novelas de Verne: aire, agua, tierra, fuego, hielo y cosmos») y nos insiste en que, aunque hay algunas joyas, como primeras ediciones de alguna de sus novelas, la muestra trata sobre todo sobre el legado de Verne más allá de sus obras, en como lo que él escribió ha influido en la ciencia, la sociedad, en todos nosotros como imaginadores y viajeros. La otra comisaria, María Santoyo, nos enseña las fotografías de la expedición de Shackleton cuyos negativos congelados se encontraron el año pasado en la Antártida, y que se exhiben por primera vez en España; imágenes fantasmales que nos sobrecogen, y también a ella, a pesar de que lleva semanas viéndolas.

Make: Lanovia Model: C-550 Digitised by NZMS for the Antarctic Heritage Trust from original negatives. Copyright Antarctic Heritage Trust
Make: Lanovia Model: C-550 Digitised by NZMS for the Antarctic Heritage Trust from original negatives. Copyright Antarctic Heritage Trust

Sin embargo la historia que más nos engancha es la que nos cuenta Luis, la historia del aviador Olivert y su profesor Brunet, y mientras hablamos con él y nos relata con entusiasmo la hazaña de aquellos dos hombres, de repente llega la caja que contiene la maqueta en la que ha estado trabajando durante tanto tiempo. Así asistimos a ese momento mágico en el que todos, autor de la maqueta, comisarios, nosotros mismos, nos reunimos en torno a la caja para ver la maqueta de ese aeroplano que no escribió Julio Verne pero que podría haber imaginado perfectamente.

En eso consiste esta exposición y el legado de Julio Verne: en la capacidad que tuvo para, siglo y pico después, mantener intacto en todos nosotros el sentido de la maravilla.

 

La exposición «Julio Verne. Los límites de la imaginación» estará en la Fundación Telefónica de Madrid hasta el 21 de febrero de 2016

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Los idiomas del cine

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Fotograma de la película Loreak, dirigida por Jon Garaño y Jose Mari Goenaga

Loreak fue una de las películas sorpresa de la temporada pasada, a nivel de premios y reconocimiento crítico, pero también en cuanto a público: rozó los cincuenta mil espectadores —una cifra alta teniendo en cuenta las escasas copias con las que se estrenó—, un número que superará seguramente en las próximas semanas con la segunda vida comercial que se le abre ahora. La Academia de Cine ha escogido Loreak como representante de España en los próximos premios Oscar y si finalmente es escogida como una de las cinco finalistas, será la primera película en euskera en competir en los premios de Hollywood y la lengua principal con menos hablantes en la historia de la categoría «Mejor película de habla no inglesa».

El caso de Loreak recuerda a otro similar que tuvo lugar en 1993. El año en el que Fernando Trueba conseguía su Oscar por Belle Epoque, una de sus rivales fue la producción británica Hedd Wyn, del director Paul Turner, una biografía del poeta Ellis Humphrey Evans, que murió en combate durante la Primera Guerra Mundial. La película estaba rodada en galés, la lengua en la que escribió su obra Evans, un idioma hablado por menos de 800.000 personas en todo el mundo de las cuales aproximadamente una décima parte se encuentra en la provincia de Chubut, en la Patagonia argentina.

Cuando se habla del Oscar a la mejor película de habla no inglesa, francés, español e italiano han sido los idiomas predominantes. Japonés, sueco, danés, ruso o alemán son otras de las lenguas que han frecuentado la ceremonia, fruto de la tradición y la riqueza de sus cinematografías. Sin embargo, la lengua más hablada del mundo, el chino mandarín, no tuvo representación alguna hasta la década de los noventa, con la candidatura de la película de Zhang Yimou Ju Dou, semilla de crisantemo. Peor aún es la estadística para la cuarta lengua más hablada en el planeta, el hindi, que además es la más hablada en India, uno de los países con una cinematografía más rica y con mayor producción de películas al año del mundo. Sólo tres películas indias han sido alguna vez candidata a los Oscar desde en 1947 la Academia premiase de forma especial El limpiabotas, de Vittorio De Sica, considerada la primera película ganadora en la categoría de mejor película de habla no inglesa. Tampoco han tenido más reconocimiento el árabe, presente casi exclusivamente en coproducciones con países europeos, o el portugués, que solo ha estado presente en cuatro películas brasileñas (cinco, si contamos la francesa Orfeo negro). Otras lenguas que superan ampliamente los cien millones de hablantes como el bengalí, el indonesio o el urdu nunca han sido oídas en la ceremonia de los Oscar.

Y, a pesar de esto, los Oscar pueden presumir de haber nominado o premiado películas habladas en lenguas tan poco comunes como el estonio, el tibetano, el islandés o el mongol. Los a priori mucho más diversos, abiertos de mente y de fronteras y proclives a la amplitud de miras festivales europeos de clase A —esto es, Cannes, Venecia, Berlín y San Sebastián— han sido, paradójicamente, mucho menos variados a la hora de premiar películas en lenguas diferentes a las europeas, encabezadas, evidentemente, por el inglés. La Palma de Oro de Cannes es particularmente etnocéntrica y ha girado constantemente en torno al inglés, el francés y el italiano (ni siquiera el español entra en esta terna). Una película como El Tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas, rodada en tailandés, es una excepción, como también lo es que haya habido un premio tan solo a películas rodadas en chino o hindi. En Venecia aparece el vietnamita y en Berlín el xhosa, lengua sudafricana. En San Sebastián lo más exótico es el islandés que se habla en la recién premiada (hace apenas una semana) Sparrow y una coproducción palestina con parte hablada en árabe.

La posible aparición del euskera en los Oscar, si Loreak finalmente es seleccionada por la Academia de Hollywood, aportaría un grano de arena más a la lenta apertura del mundo del cine a otras lenguas y otras regiones del mundo. Que cinematografías interesantes y a veces prolíficas y ricas como la india, la china o la nigeriana (la africana en general) estén condenadas a pasar bajo el radar de los premios y festivales internacionales de cine es un acto de ombliguismo antropológico que el mundo del séptimo arte, sus críticos y sus valedores culturales debe corregir y eliminar. El cine, como la literatura, es un modo indispensable para atravesar fronteras que de otro modo siguen sumidas en las zonas oscuras de los mapas mentales de occidente.