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Más allá del asado, por Titina Núñez

gastronomiaLos uruguayos están orgullosos de su gastronomía. Para no perderte ningún detalle, en nuestro 360º sobre Montevideo la gastrónoma Titina Núñez te da las diez claves de qué y cómo comer en Montevideo. Hay vida más allá del asado y los chivitos… Dejamos aquí un adelanto para nuestros lectores del blog.


Hace doce años, cuando comenzamos a elaborar con Revista Placer la Guía de Restaurantes, Bares y Cafés de Montevideo, surgió en el equipo una duda: ¿cómo denominar a aquellos establecimientos que sólo ofrecían pizza, pasta, pescado y parrilla? «Pónganle “Cocina Montevideana”», respondió rápidamente a la consulta Sergio Puglia, el principal cocinero-comunicador del país.

El gobierno ejercido por estos cuatro platos sigue congregando al 80% de los restaurantes a los que cada día acuden los montevideanos por un almuerzo o cena, y une las dos vertientes de la cocina uruguaya: la herencia inmigrante y el plato nacional, el asado.

En Montevideo viven la mitad de los uruguayos, un millón y medio de personas. A pesar de gozar de una amplísima costa, los uruguayos siguen siendo carnívoros por excelencia. En la dieta de los uruguayos, el pescado y el marisco tienen una participación minúscula. El pollo y el cerdo ocupan un porcentaje algo mayor, aunque el 89% de las carnes consumidas son vacunas.

El uruguayo (y el montevideano, en consecuencia) come carne casi que sin pensarlo. A pesar de la carestía del producto —cuyo valor ha aumentado sensiblemente en los últimos diez años— en el país se disfrutan algunos de los mejores cortes del planeta; la mayor parte de los vacunos aún se alimentan en praderas y en libertad, pastando a su antojo, y esto es sin duda un diferencial a la hora de evaluar sabor y terneza.

En todo el territorio nacional podemos identificar tres tipos de cocina, como nos dice el antropólogo Gustavo Laborde: «La cocina de origen criollo, con el asado como plato consular, el mate, los guisos, los platos atávicos y rurales; la cocina inmigrante, que fue muy fuerte en Montevideo pero se desdibuja en las zonas rurales; y por último la nueva cocina, que retoma los frutos nativos como el guayabo, la pitanga, el butiá y los productos regionales, como los de la Laguna de Rocha, que están siendo reclamados por muchos cocineros».

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Estas son ideas generales sobre la cocina uruguaya y por ende la montevideana, pero ¿cómo comen exactamente los montevideanos? ¿Cómo optan por unos platos u otros, cómo es su comensalidad? A continuación, diez pautas que nos ayudan a entenderlo.

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Una ciudad diversa, por P. Godoy y B. Jiménez Luesma

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A través de Caín, el primer boliche gay de todo Montevideo, Paty Godoy y Berta Jiménez Luesma se adentran en los últimos 20 años de la ciudad: cómo ha pasado a convertirse en «la isla» latinoamericana en lo que a diversidad sexual se refiere. Una urbe LGTBIQ, abierta y friendly no sólo en el ámbito institucional, sino también en el social. Dejamos aquí un adelanto de este texto de nuestro 360º sobre Montevideo.


Un día más, Gerardo Palabés se dirige hacia el barrio Cordón, a unos 40 minutos de la Ciudad Vieja. Baja por Arenal Grande y tuerce la esquina al llegar a Cerro Largo. Ahí está su negocio, Caín, el primer boliche gay que abrió en la ciudad, y que todavía hoy ameniza las noches montevideanas. La fachada, cubierta de un grafiti en tonos fríos, plasma la dualidad que ha representado Caín: el yo público y el yo privado, el libre o el liberado, y el oculto o enclosetado. Un rostro dividido: una mitad tradicional y otra mitad, transformada, maquillada y con una larga y furiosa melena azul que se enreda por toda la pared: la normatividad y lo queer. El transformismo, la performance del género y la textualidad de los cuerpos. Parece que Montevideo es una ciudad LGTBIQ (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans, Intersexuales y Queer), diversa y abierta, pero un día todo fue marginal, minoritario. Todo fue secreto.

En estos últimos años, Uruguay —y en concreto Montevideo— ha (re)aparecido en el mapa. El ahora expresidente Mujica, o el Pepe, como lo conocen los uruguayos, ha convertido al país en uno de los punteros en lo que a derechos sociales se refiere. Unas reformas que buscan la diversidad interseccional: por etnia, clase, género y sexualidad. En 2013 se aprobó la ley que permitía el matrimonio igualitario, coronándose así Uruguay entre los 12 países mundiales en tenerla —y siendo el segundo país en Latinoamérica en hacerlo, después de Argentina—. Pero no se trata sólo de una diversidad oficial e institucionalizada. La sociedad uruguaya parece haberlo interiorizado: en pocos años, la LGTBIQfobia ha dejado paso a generaciones inclusivas. Jóvenes abiertos, que no temen y que trascienden la norma heterosexual y cisgénero (cuando la identidad de género de una persona concuerda con la que le asignaron al nacer) y que acogen todas las opciones. La esfera social ha crecido y evolucionado, y con ella (¿qué fue antes, el huevo o la gallina?) la legal. Y, cuando lo social y lo legal van de la mano, todo se armoniza para que lo económico también encuentre su nicho.

Gerardo levanta la persiana metálica de Caín; un gesto que repite desde hace 19 años, jornada tras jornada, y cuyo significado ha pasado del activismo y la clandestinidad a la modernidad y la reinvención.

La localización de Caín no es casual. Como el homónimo bíblico, expulsado al este del Edén por homicida, el boliche se instaló en el extrarradio. Fruto del pecado, que no podía sino ser origen de más pecado, Caín fue condenado a vagar eternamente por la Tierra. Dice Gerardo: «En aquel momento nadie quería que lo vieran entrar a una disco gay, por eso estamos aquí, en un barrio que no está dentro de la movida de fiesta de la noche».

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En ese momento, como nos cuentan sus propietarios, se trataba de un lugar underground, escondido; recuerdan que hasta había gente que, para no ser reconocida, llevaba ropa para cambiarse dentro de Caín.

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Las poéticas espaciales, por Eduardo Álvarez Pedrosián

pedrosianMontevideo nació como opuesta al campo y, tras la aparición de una amplia clase media, fue creciendo mediante ensanches basados en diferentes proyectos arquitectónicos. Comprender los barrios de la capital es una forma de comprender la identidad uruguaya, y es lo que intenta hacer Eduardo Álvarez Pedrosián en nuestro 360º monográfico montevideano. Dejamos aquí un fragmento.


Los territorios del histórico Segundo Ensanche montevideano (la «Ciudad Novísima» de 1878), son de un eclecticismo «laburante»: fruto de las manos de constructores inmigrantes, planificado para promover el crecimiento de los sectores medios de una sociedad que, a finales del siglo XIX, cuadruplicaba su población. Barriadas de tango y candombe, fútbol en las calles, esquinas de bares, lazos vecinales intensos que se vieron paulatinamente deteriorados, crisis tras crisis. Un mundo que también incluye sus diferencias, desde las calles junto a la codiciada costa hasta lo más profundo de los dameros interiores.

Hoy son potencia de transformación, espacio de ensoñación donde encontrarse con uno mismo entre veredas poco transitadas, el art déco de las fachadas y la urbanidad inconclusa de un entorno céntrico y al mismo tiempo poco explotado. O que sólo ahora comienza a serlo. Es el Montevideo que supo encantar a Borges, el que hoy vuelve a mostrar lo novísimo de su condición, alumbrando la imaginación urbana de un nuevo tiempo.

La Ciudad Vieja aún guarda sus encantos. Se trata de una pequeña península donde los españoles fundaron la urbe a principios del siglo XVIII, muy tardíamente en comparación a las que crearon en el resto del continente americano. Y es que todo el territorio de la entonces Banda Oriental (del Río de la Plata) fue el escenario de las disputas entre españoles y portugueses. Una frontera seca muy reñida incluso hasta los primeros tiempos de la independencia de Brasil, quien mantuvo la ocupación de lo que denominaba la Cisplatina. Una ciudad-puerto con una muralla que, apenas terminada de construirse, comenzó a demolerse —al perder utilidad ese paradigma de arquitectura militar—.

Montevideo nació como opuesta al campo, un medio rural salvaje y anárquico a ojos de los poderes coloniales. Esto se mantuvo luego del proceso de independencia y conformación del Estado uruguayo, gestando en gran medida la idiosincrasia de sus habitantes, incluso hasta hoy perceptible en lo político y cultural.

La primera expansión extramuros de la ciudad se da en los tiempos de la conformación definitiva del Uruguay independiente, por 1829. Llega hasta los ejidos, los terrenos limítrofes con el campo ya definidos desde la fundación siguiendo las Leyes de Indias: allí donde llegaban los cañonazos desde la muralla.

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Hoy en día, ese nuevo damero es el Centro, atravesado en su medio por la Avenida 18 de julio, la principal de la ciudad. Entre sus calles se puede encontrar la fusión de comercios de todo tipo con la mayoría del equipamiento cultural y artístico —teatros, salas de cine y de espectáculos— así como restoranes, bares, hoteles… Desde mediados de los años ochenta del siglo pasado sufrió el deterioro característico de los centros urbanos a partir de la llegada de los shopping centers, ubicados en otras zonas. Ha ido recuperándose paulatinamente, redefiniendo su rol. Muchas de las construcciones de fines del siglo XIX y principios del XX se han convertido en pensiones donde habitan por temporadas quienes no acceden al arrendamiento de una vivienda. También se pueden encontrar los típicos entornos de arrabal donde la noche se despliega en ambientes de música y fiesta, desde pubs que ofrecen espectáculos de bandas jóvenes y músicos consagrados a clubes nocturnos.

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Rubén Rada, por Paty Godoy y Berta Jiménez Luesma

radaAbanderado del candombe, aunque ha trabajado múltiples estilos —pop, rock, hip-hop, plena…— fue el primer Grammy Uruguayo, el orgullo de un país y de una ciudad. El Negro Rada cuenta a Paty Godoy y Berta Jiménez Luesma cuándo empezó a cantar, cuál era su verdadera vocación y cómo es posible luchar con el ritmo. Un texto de nuestro 360º dedicado a Montevideo, del que dejamos aquí un adelanto para nuestros lectores.


Apoyado en el marco de la puerta de su pequeño estudio de música, próximo a la Ciudad Vieja, en el centro de Montevideo, Rubén Rada nos recibe agitando el brazo. Pasan apenas unos segundos —ni siquiera llega a pisar la calle, está con un pie dentro y el otro fuera— cuando desde una camioneta en marcha se oye el chillido de dos voces extáticas, entre el asombro y la admiración:

—¡Rada! ¡Rada!

No son necesariamente fans, seguidores de esos que, enfurecidos, meten codazos en primera fila. Es más que probable que no hayan escuchado todos los discos que tiene en el mercado —produce en torno a dos al año desde hace más de 40—. Y seguro que siempre discuten al enmarcarlo en un estilo: desde la cumbia hasta el candombe, el espectáculo infantil y el pop, el jazz y la murga, Rubén Rada lo ha tocado todo. Pero no importa. Cuando se trata de Rada y de los uruguayos todo se traslada a otro plano: con solo nombrarlo se enternecen, se les achinan los ojos y se les hincha el pecho. Rada trasciende el fenómeno del ídolo. No es sólo un cantante, un gran músico, o el primer Grammy de Uruguay. Es su voz, su raíz, su pase internacional (junto a Luis Suárez y a Pepe Mujica). Es el Negro Rada.

Nos acoge en su estudio, alegre pero sin ostentaciones ni aspavientos o excesos. Y como si nuestra visita fuese algo cotidiano, de inmediato nos inserta en su rutina. La primera impresión de Rubén Rada es poderosa: es alto, muy grande, de barba cana, lo que inevitablemente le hace tener un aire al promotor de boxeo Don King —pero en una versión gaucha y socialista—. Dos pendientes largos de madera cuelgan rozando su cara a la altura de la sonrisa. Pantalón de camuflaje, chaqueta ancha y zapatos pop-art. Se sienta en la caja rumbera, en la zona de grabación, la del «on air», la del barro y la acción.

—Este lugar, para grabar… —clap,clap,clap,clap; da cuatro palmas para demostrar la buena acústica— ¡Es bárbaro!

Rada hoy es músico, pero hasta los 17 años quiso ser futbolista. «El plan uno era el fútbol, el plan b, la música». Una tuberculosis le tuvo dos años en el hospital y le dejó fuera de juego: «Un día le dije a Dios —tuve una época en la que era muy católico— que me diera otra oportunidad para poder jugar». Pero nada. Así que empezó a cantar, y más tarde se hizo judío.

—Yo era de una familia pobre. Aunque para «hacer paquete» y ser fino ahora se diga «humilde», yo era de una familia pobre, pobre. Yo vivía muy cerca del estadio. Yo pedía plata en el estadio. Yo abría la puerta de los taxis… El fútbol estaba ahí.

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Siempre formó parte de su entorno y lo tenía in mente aún cuando «de muy chiquito», ya empezó a hacer imitaciones sobre una mesa: «¡Cuando salí de mi Españaaa!», canta poniendo voz de Juanito Valderrama. Rada asegura que interpretaba cualquier cosa, que era un showman… ¡Era un pájaro! Hasta que aparecieron los Beatles.

—Con ellos me morí, ¡me emocioné tanto..! Y a partir de ahí empecé a componer.

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Ellas abren sus casas, por Mª Ángeles Fernández y J. Marcos

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El turismo comunitario en Latinoamérica se ha convertido en una herramienta para favorecer la emancipación de la(s) mujer(es). Esta iniciativa no sólo trata de romper con los roles de género, sino también con los de clase, etnia, religión e idioma. «Ellas abren sus casas» como lucha por la independencia económica, el crecimiento personal y la conservación de la cultura. Un trabajo de Desplazados.org para nuestro 360º «A bordo del género», del que dejamos aquí un fragmento.


Calles de arena, de polvo. Sol tan sofocante como vitalizante. Gente de piel morena. Las puertas de sus casas están abiertas. También las ventanas. Cualquier persona es bienvenida. A comer. A beber. A dormir. A hablar y a visitar. A conocer. Ostional, una pequeña comunidad de unos mil habitantes, está lejos de cualquier punto de Nicaragua, país en el que se encaja. Cerca, eso sí, de Costa Rica.

Las impresionantes playas de este rincón del Pacífico, a veces sólo accesibles en barca, aún no han sido pateadas por el turismo masivo. Las tortugas gigantes lo saben y acuden en masa cada año a desovar, sin que nadie les moleste. El hormigón escasea, y la uralita, la madera y el adobe son los materiales utilizados en las escasas construcciones. Personas de avanzada edad miran pasar el tiempo, que camina despacio e incluso retrocede en este meridiano. Los minutos no se miden sólo en segundos.

No hay hoteles que rompan el horizonte ni restaurantes que borren las esencias ni tampoco bares que igualen sabores. En Ostional beben «tibio», una mezcla de maíz tostado triturado con cacao, canela y aroma de clavo; y comen gallopinto, que combina arroz con frijoles. Desayunos, comida y, casi siempre, cena.

Uno de los mejores lugares para degustarlo es el Comedor Blanca Rosa. Ella es una de las mujeres que forma parte del proyecto de la cooperativa que nació hace unos diez años para ofrecer a quienes visitan esta comunidad nicaragüense —perteneciente a la más masificada San Juan del Sur— otra forma de viajar.

La necesidad de ofrecer servicios a quienes visitaban el lugar y lograr así una fuente de ingresos hizo que se organizaran para que sus casas fueran de acogida. Blanca Rosa cocina y ofrece su porche como comedor, Glenda tiene un cuarto con dos camas para las visitas, Eunice hace de guía. La lista es amplia: Comedor Adrianita, Comedor Rosita, Comedor Ana María, Comedor Mi Casita… Todas mujeres. Como las responsables de los hospedajes: doña Alba, Sonia, Marta, Eleodora, Amalia y Blanca.

La cercanía en el trato, la posibilidad de conocer de cerca la vida en una comunidad tradicional de Nicaragua, la belleza del paisaje y también la crudeza de la realidad hacen de la oferta de turismo rural comunitario de Ostional una opción de calidad. Única. Diferente. Singular. Porque ellas son tus madres, tus hermanas, tus amigas, tus maestras, tus hijas, tus tías, tus primas durante unos días. La familia recobra aquí otro valor.

«Las mujeres de la comunidad son las que pasan la mayoría del tiempo en la casa, por lo que son las mejores administradoras y las más interesadas en esta idea, que les permite independencia económica, emancipación y también la oportunidad de aportar a su gente y crecer personalmente», sintetiza Eunice Sánchez, encargada durante un tiempo de las labores de comunicación del colectivo.

El turismo de calidad, potenciado a través de una cooperativa, cambia el horizonte de las mujeres de este remoto rincón. La dificultad de acceso, sólo apta en invierno para automóviles 4×4, hace que los 26 kilómetros que les separan de San Juan del Sur se conviertan en un largo recorrido. Aunque está cerca de la frontera con Costa Rica (en este país hay otra zona con este mismo nombre) la situación del turismo y de la oferta están enormemente distanciadas. La escasez de los servicios en algunos puntos de Nicaragua convierte a este estado en un lugar único y con una naturaleza absolutamente indómita. No es ni siquiera descabellado que paseen tranquilamente cocodrilos por las inmediaciones de Ostional. Tampoco que se coman algún perro despistado.

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El turismo puede ayudar a las mujeres a salir del círculo de la pobreza a través del empleo formal o informal, la iniciativa empresarial, la formación y el bienestar comunitario, recogía en 2010 el Informe mundial sobre las mujeres en el turismo de la agencia de Naciones Unidas OMT (Organización Mundial de Turismo), realizado junto con ONU Mujeres y una de las escasas publicaciones sobre la materia.

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Entre agujas y plumas, por Bárbara M. Díez

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Durante mucho tiempo, la historia «oficial» ha olvidado el papel jugado por las mujeres en la literatura, la política, la ciencia… En el 360º «A bordo del género», Bárbara M. Díez nos habla de las mujeres de la Generación del 27, ejemplo de una España que cambiaba en los años 30 —esposas y acompañantes pero también protagonistas—, donde se repite una afirmación: «Ellos sin ellas no hubieran llegado». Dejamos aquí un adelanto del texto.


Por la sastrería de mis bisabuelos Leonardo y Eugenia, situada en la calle de Antonio Palomino, en pleno barrio de Argüelles, pasó parte de la sociedad madrileña desde finales del siglo XIX hasta que estalló la Guerra Civil.

«La casa tenía una subida de escalones de madera que daba a un patio de vecindad tipo corrala. Era preciosa, con un salón muy grande con chimenea —que nunca se usaba— y un hall de entrada que comunicaba con cinco habitaciones. Siempre había gente, sobre todo cuando mis padres alquilaban un organillo para las fiestas de Madrid, y luz, mucha luz que entraba por los tres balcones que tenía a la calle, llenos de flores que regaba mi madre, quien cuidaba tanto de mis hermanos como de mi padre», me contaba mi abuela sábado tras sábado cada vez que bajaba a verla cuando era pequeña.

Ella, Dolores —o Lola, como la conocían en el barrio— era la menor de diez hermanos, nacida en 1920, y fue la última en irse. En su pisito cerca de la antigua sastrería familiar que arrasó la Guerra siempre se oía alguna historia del periodo de la segunda República (1931-1936) que le contaba su padre, o lo que ella recordaba de muy joven: cómo las mujeres podían votar, divorciarse, cómo podían tener acceso a otros puestos de trabajo que no fueran el de maestra o el de enfermera y cómo, en pocos años, las mujeres habían dado un gran avance en su papel social, que antes se reducía a ser madre y ama de casa.

Todas las anécdotas eran bastante pintorescas. De la que más presumía era de la del balcón en una tarde de verano: «Allí estaba yo tomando el fresco y los hombres pasaban y me tiraban besos.» Un hecho que ella contaba con mucho cariño, pero que hoy nos llamaría la atención y, para muchos, hasta sería denunciable. Sin embargo, la historia que sonaba por encima de las demás, tanto que ya no sabíamos —ni mi familia ni yo— dónde quedaba lo real y dónde empezaba lo inventado, como si de un cuento se tratara, era el chascarrillo de Don Benito. Sí, sin duda el más repetido por mi abuela, más cuando le dije que iba a dedicarme a esto de juntar letras, ya que el relato de «Don Benito» correspondía a Don Benito Pérez Galdós (novelista y político español, y autor de los Episodios Nacionales, entre otros).

«Tu bisabuelo atendía a todos, a los ricos y a los pobres. Por aquel entonces había mucha diferencia. A los pobres se les cobraba muy poquito, hacía remiendos en faldas, pantalones… a los del barrio de Salamanca [uno de los distritos con renta per cápita más elevada del municipio de Madrid] era otra cosa. Encargaban trajes, sombreros, corbatas… Y entre muchos clientes apareció Don Benito a confiar un traje. Nunca se casó, pero una vez vino con una de sus amantes, la escritora y condesa Emilia Pardo Bazán y estuvieron tomando un café en la sastrería mientras esperaban la entrega del pedido», me contaba.

—Y, abuela ¿fueron los únicos conocidos que pisaron el taller?

—No, también María Teresa de León en uno de sus viajes a Madrid desde Barcelona

—¿María Teresa de León? No sé quién es.

—La mujer de Alberti, el escritor. Tu bisabuelo me contaba que estaban siempre juntos con los de la Generación del 27…

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Y aquí y ahora escribiendo sobre las mujeres olvidadas por la historia de España durante los años 20, echando la vista atrás a esta conversación con mi abuela, recordé lo que —no— había aprendido en la escuela, en los manuales de literatura e historia. Y empecé a pensar que igual que no conocía a María Teresa porque no me la habían enseñado, puede que otras mujeres tampoco hubieran pasado a la historia… perdón, rectifico, que otras mujeres tampoco hubieran pasado a la historia oficial, porque estar están ahí: Ernestina de Champourcín, Concha Méndez, María Zambrano, Rosa Chacel, Josefina de la Torre, Zenobia Camprubí, Maruja Mallo, Marga Gil…

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Tailandia no es el paraíso, por Ana Salvá

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Contra lo que se piensa, Tailandia no es el paraíso del mundo transexual. Los distintos testimonios que recoge Ana Salvá, periodista afincada en Bangkok, en nuestro 360 «A bordo del género», demuestran que la real aceptación de la cuestión es un tema pendiente en el país asiático. Aquí dejamos un adelanto para nuestros lectores del blog.


Kath nunca pensó que su aspecto sería un obstáculo para conseguir un trabajo en la Universidad de Thammasat, una de las más liberales en Tailandia. Después de trabajar como profesora externa durante cuatro años en esta institución pública, solicitó un puesto permanente y esperó varios meses para ver si su candidatura había sido aprobada. Su sorpresa llegó cuando el Comité Administrativo la rechazó por utilizar un «lenguaje inapropiado en las redes sociales que afecta a su imagen como profesora universitaria». La actividad en las redes sociales no es parte de los criterios oficiales considerados para trabajar como profesora en Thammasat. Esta es la razón por la que Kath, que es la primera profesora universitaria transexual que habla abiertamente sobre su identidad en el país, afirma que la decisión se basa en su género. «Voy a ir a los tribunales. Me rechazan porque buscan un motivo para hacerlo, el Comité son personas mayores y muy conservadoras», dice enfadada.

Tailandia tiene la fama internacional de ser uno de los países más tolerantes del mundo respecto a la comunidad transexual y es el destino extranjero más popular para los pacientes que buscan someterse a la cirugía de reasignación de género. Sin embargo, muchas personas trans se encuentran excluidas del mundo laboral y relegadas a realizar exclusivamente trabajos relacionados con el entretenimiento o el espectáculo.

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Los que consiguen un empleo además se encuentran pronto con un techo de cristal. Aún teniendo las mismas cualificaciones que otros compañeros, son tratados con menos seriedad, se les niegan ascensos y están completamente excluidos de los altos cargos ejecutivos. Algunas veces, también son acosados sexualmente.

La desigualdad continúa aún cuando trabajan en el sector público, trabajos en los que se ven obligados a llevar ropa y uniformes que corresponden a su sexo de nacimiento. «Me piden que lleve ropa de hombre», asegura Yollie Yollada, una conocida transexual que encabeza su lucha por la igualdad desde la Asociación Femenina para Transexuales, de la que es presidenta.

Kath es la primera profesora universitaria transexual que habla abiertamente sobre su identidad en el país. (Fotografía cedida por Kath)
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La niña que a veces era niño, por Lucía Martínez Odriozola

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En 2008, en una alocución parlamentaria, una ministra se dirigió a los «miembros y miembras» del legislativo. Fue tildada de «ignoranta». Ello desencadenó un intenso debate sobre la corrección del término. Citando aquel suceso y determinados usos y situaciones de la lengua española, Lucía Martínez Odriozola analiza, en nuestro 360º sobre viaje y perspectiva de género, temas tales como el sexismo en el uso del lenguaje, la inclusión y el femenino genérico. Dejamos aquí un fragmento.


El experimento se realizó con escolares de España y Alemania. Se les pidió que dibujaran la boda entre una cuchara y un tenedor. Todos los dibujos de la escuela española eran similares: a la cuchara la vistieron de novia y al tenedor, de novio. También los dibujos de la escuela alemana eran idénticos. Con una diferencia. En este caso, la novia era el tenedor y la cuchara, el novio. El experimento lo contó Álvaro García Meseguer en julio de 2007, en uno de los últimos cursos de verano que impartió.

Él fue uno de los pioneros en hablar de sexismo y lengua. Su libro ¿Es sexista la lengua española? fue publicado en 1994. Pero la especialidad de este profesor del Centro Superior de Investigaciones Científicas no fue, como podría imaginarse, la Filología, sino el hormigón armado. Meseguer era ingeniero y una de las referencias del movimiento feminista en los años ochenta.

Pero, ¿cómo se explica que en un país la cuchara fuera la novia y en el otro, el tenedor, y viceversa? En alemán, «löffel» es «cuchara» y «gabel», «tenedor». Pero, contrariamente a la norma española, «löffel» es masculino, mientras que «gabel» es femenino. El experimento no dejaría de ser un divertimento si no fuera por la importancia que parece tener el género, también el gramatical, a la hora de configurar nuestra forma de concebir el universo que nos alberga.

El gramático Ignacio del Bosque elaboró en 2012 un informe sobre las muchas guías para usos no sexistas de la lengua, en el que hablaba de la falta de correspondencia entre género (gramatical, claro) y sexo. Ese informe fue ratificado por cuantos académicos acudieron al pleno que la Real Academia Española (RAE) celebró el 1 de marzo de aquel año. No seré yo quien enmiende la plana a los miembros de tan importante institución. Aunque es cierto que hay muchas palabras de género femenino que se aplican a varones —alteza, eminencia—, también es cierto que no es inhabitual, como en el caso de los escolares, relacionar las palabras de género femenino con las mujeres y las de género masculino con los varones.

De ahí la importancia de que uno de los primeros pasos que se dieron en este mundo de los lenguajes inclusivos tuviera que ver con las profesiones. En la primera mitad del siglo XX, las mujeres salieron de los espacios privados, de los hogares en los que vivían con «la pata quebrada» y se incorporaron al mundo del trabajo, primero tímidamente, y en profesiones consideradas «femeninas» y propias de su sexo. Pocos años después, y de forma más decidida, lo hicieron al mundo de la universidad y del trabajo, y ahí surgió la necesidad de enunciar las profesiones en femenino. No sólo las profesiones; también los cargos y la práctica de otras actividades.

La mujer tenía conquistadas ciertas parcelas: había lavanderas, enfermeras, costureras, bordadoras, cocineras, remendadoras… En esos primeros momentos, se crea la necesidad, hasta entonces inexistente, de expresar en femenino ciertas profesiones y oficios que antes ejercían ellos en exclusiva: carpintero, minero, juez… Y cuando las mujeres alcanzan esas plazas, se produce un chirrido en nuestro viejo oído castellano: esos oficios en femenino suenan raro —carpintera, minera, jueza—, pero suenan peor cuando se produce la falta de concordancia entre el artículo femenino y el nombre en masculino: «¡La carpintero!» Aquellas palabras que acaban en «o», dan el salto al femenino con absoluta rapidez y agilidad: carpintera, minera, herrera.

Otras, por el contrario, producen dudas que pueden confundirse con la timidez: ¿la jueza o la juez? ¿La presidente o la presidenta? El uso de este término en femenino es viejo, se introduce en los diccionarios de la Real Academia Española en 1803. Sin embargo, las juezas no son incorporadas al DRAE hasta 1992.

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Pikara/Altaïr Magazine. Un encuentro feliz

De: June Fernández – Pikara Magazine

A: Altaïr Magazine – Director

Hola, Pere:
He trasladado vuestra propuesta al colectivo editor de Pikara. Todas están entusiasmadas con la propuesta. En su lluvia de ideas han salido tres temas que nos parecen muy importantes y atractivos:

En realidad no es necesario desglosar esos tres temas que comentaba June Fernández, directora de Pikara Magazine, a Pere Ortin: podéis verlos vosotros mismos (esos temas y muchos más) en nuestro monográfico 360º especial «A bordo del género» dedicado a los viajes desde una perspectiva de género. Aquel e-mail fue enviado a principios de junio de 2015, y siete meses y pico después lo que fue un encuentro feliz en unas jornadas apenas unos días antes se ha concretado en uno de los 360º de los que nos sentimos más orgullosos en Altaïr Magazine.

Pere nos cuenta cómo empezó todo: «Me encontré con June en la Universidad de Zaragoza, en un acto sobre crónica periodística en el que también participaban otros medios amigos como Frontera D o El Estado Mental. Lo organizaba la profesora María Angulo y la revista Zero Grados. Nos entendimos rápidamente: comimos, intercambiamos ideas, análisis, correos, algún skype… al final nos vimos en junio en la librería Altaïr. Recuerdo que cuadramos el encuentro después de una reunión que tenía June con Oxfam y también de entrevistar a FEMEN. Ahí empezó a coger forma todo.»

Hablar de viajes y género no es solo hablar de mujeres viajeras: es cuestionarnos toda la cultura viajera en sí.

En la presentación del monográfico el sábado 13 de febrero en la librería Altaïr, June nos decía: «Una de las cosas que más me ha gustado de cómo hemos enfocado el monográfico ha sido que hablar de género no ha significado sólo hablar de mujeres. Nos hemos cuestionado toda la cultura viajera, vivida siempre desde un punto de vista masculino, de la conquista, de la hombría. Pero hemos ido más allá, y hemos conseguido también hacer un auto cuestionamiento sobre nosotras mismas, las mujeres viajeras, que nos recorremos el mundo desde nuestros propios privilegios de mujeres blancas occidentales. Y eso es un enfoque muy interesante.»

Mario Trigo, el redactor jefe de Altaïr Magazine, explicaba los contenidos del monográfico y el enfoque que, Pikara y Altaïr Magazine juntos, se le ha dado al 360º.

El editor del magazine, Pep Bernadas, califica este 360º como «atípico», y Pere va más allá y afirma sentirse «orgulloso de lo que hemos hecho. Creo que sus contenidos abordan unas perspectivas complejas y lo hacen construyendo un relato tan ágil, inteligente, divertido (o no), profundo y contradictorio como la vida misma.»

Y una conclusión del director de Altaïr Magazine: «Es un número que demuestra que los viajes (al menos como los entendemos en Altaïr Magazine y Pikara) también pueden servir para analizar y cambiar perspectivas, para mirar con unas gafas diferentes y para subvertir ideologías.»


Si quieres leer el 360º «A bordo del género» puedes comprarlo en nuestra tienda.

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Oriente de mujer, por Patricia Almarcegui

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Acosadores, interpretaciones machistas, juicios familiares. Autoprotección y reflexión sobre las barreras culturales. A una viajera le pasan estas cosas. Con estas tres estampas, Patricia Almarcegui aterriza en su propia experiencia personal muchas de las vivencias que afrontan las mujeres que deciden desplazarse solas por el mundo. Un texto para nuestro 360º «A bordo del género» del que dejamos un adelanto aquí.


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Me gustan las noches en los viajes. Ver las ciudades iluminadas y descubrir por las ventanas el interior de las casas. Elegir un sitio para cenar y pasear después en el silencio y la oscuridad para recordar y fijar el día. No recuerdo qué cené aquella noche, probablemente raviolis o mantis, almendras tiernas y albaricoques perfumados naranja oscuro, pero sí recuerdo que fui después a un pequeño parque detrás de la Mezquita Azul. La cúpula irisada se recortaba espléndida en el cielo. Busqué un banco donde hubiera mujeres —quién sabe si consciente o inconscientemente— y me senté a su lado. No sé cuándo pasó. Debí de quedarme escribiendo en mi cuaderno o mirando el mapa y, al levantar la cabeza para ver de nuevo la cúpula, me di cuenta de que las mujeres ya no estaban y que, en su lugar, se habían sentado un padre con su hijo. El joven se puso a mi lado y el padre en el extremo izquierdo del banco. Me preguntaron de dónde venía. Con cierta parquedad, casi descortesía, contesté y centré de nuevo la mirada en el cuaderno.

—¿Tiene un mapa?— preguntó el hijo.

Extendí la mano y se lo di. Se puso a mirarlo dándole vueltas y buscando la luz de las farolas para iluminarlo. Seguí con la vista fija en el cuaderno. El joven se levantó y se acercó a la luz para verlo mejor. En un segundo, el padre le quitó el puesto y se apostó a mi lado. El hijo volvió a sentarse. Noté que un brazo me rodeaba por los hombros y me abrazaba por detrás.

—¿Qué hace?— pregunté al padre.

Sonrió y continuó con su brazo.

—¡No!— exclamé y empujé mi cuerpo hacia adelante.

Me preguntó con suavidad.

—¿No quieres?

No contesté. Me levanté y volví al hotel. Durante varios años seguí saliendo después de cenar a dar un paseo. Si no me equivoco, la decisión la tomé en Isfahán. Fue allí donde opté por recogerme en el hotel tras la cena. Es más, cenar en el hotel en el que me alojara para no tener que andar sola por la noche. Tengo recuerdos de los pasos huecos de un hombre en Damasco; los ojos desmesuradamente abiertos de un demente en la estación central de Bruselas; los gritos de dos bárbaros extramuros del Coliseo. Aunque no hace falta irse muy lejos, también ocurre en el parque de la Ciutadella de Barcelona. A una viajera le pasan estas cosas.

(…)


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