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Hasta la cumbre, siempre

Por David Torres Bosque

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¿Tiene sentido escalar las grandes paredes alpinas de forma acelerada con el único propósito de batir un nuevo récord? Para Ueli Steck sí: esta era su forma de vida, su manera de sentir la escalada. Aunque él parecía restar importancia al éxito o al fracaso, a si rebajaba los tiempos o no, lo cierto es que siempre andaba pendiente del cronómetro —o mejor dicho de los cronómetros, ya que solía ir con dos—.

Es evidente que puede criticarse lo que hacemos, pues en el fondo no tiene ningún sentido. Pero lo que vives ahí arriba no lo puede vivir ningún otro, ni tampoco te lo puede quitar nadie. La vivencia, ese momento, es la mayor recompensa. Es algo que no puede explicarse y que nadie puede aprender de un libro, pues te pertenece únicamente a ti

Ueli empezó a escalar a la edad de 12 años a través de Fritz Morgenthaler, un amigo de su padre que lo llevó al Schrattenfluh (2.092 m) en Suiza. Fritz era escalador de la vieja escuela y le enseñó poco a poco y con disciplina todo lo que hacía falta para llevar a cabo una escalada de forma segura. Más tarde ya de manera frecuente iban a los Heftizähne (Suiza) y esta pasión que comenzó a crecer fue lo que le llevó a dejar de lado el hockey —deporte que hasta ese momento practicaba con regularidad—. A pesar de que su padre no estaba muy conforme con la decisión, le dijo una frase que le marcaría para siempre: «si haces algo, hazlo de la mejor manera posible». Tal vez fue aquí cuando comenzó su obsesión con el rendimiento: pasaba la semana leyendo los relatos de la revista Rotpunkt sobre los que entonces eran sus mitos Wolfgang Güllich i Kurt Albert, mientras esperaba a que llegase el fin de semana para ir a escalar. Primero se acercó a Grindelwald, y marcó su primer objetivo: subir el Eiger (3.970 m). Para entonces tenía 19 años y una lectura obligada La araña blanca de Heinrich Harrer (Ediciones Desnivel, 2016). Fue aquí, en 2007, cuando ganó fama a nivel mundial tras escalar los 1.800 metros de desnivel de la cara norte del Eiger en tan solo 3 horas 54 minutos. Solo un año más tarde él mismo rebajó el récord a 2 horas 47 minutos 33 segundos. En 2015 lo volvió a pulverizar dejándolo en 2 horas 22 minutos 50 segundos, sin cuerda ni arnés. A lo largo de su vida Ueli acabó subiendo al Eiger 28 veces, llegando a pasas más de cincuenta días de su vida en esa pared.

Ueli se propuso completar la trilogía de las grandes caras norte de los Alpes en un tiempo récord. En el 2008 subió por la Vía Colton-McIntyre (1.200 metros de desnivel) en las Grandes Jorasses (4.208 m) en 2 horas 21 minutos 26 segundos y un año más tarde, 2009, la del Cervino (4.478 m) en 1 hora 56 minutos 40 segundos. Estas experiencias, junto a las conversaciones que mantuvo con Reinhold Messner, Christophe Profit y Walter Bonatti, así como una serie de entrevistas con la periodista Karin Steinbach, autora de las biografías de Ines Papert, Peter Habeler y Gerlinde Kaltenbrunner, son el resultado del libro Speed (Ueli Steck, Ediciones Desnivel, 2017).

Las ascensiones rápidas fueron para mí también un modo de seguir escribiendo la historia del alpinismo, la historia de la humanidad a través del alpinismo, en este caso con las caras norte

Aunque ya había realizado alguna ascensión en Nepal, —cara este del Tawoche (6.515 m) y la norte del Cholatse (6.440 m) en 2005; la cumbre este del Gasherbrum II (7.710 m, Karakórum) donde realizó la apertura de la vía Magic Line en 2006; Pumori (7.161 m, Nepal) el 2007; Teng Kampoche (6.500 m, Nepal) por una vía nueva de 2.000 metros en su cara norte el 2008 o el Ama Dablam (6.856 m, Nepal) por la vía normal en 2011—, su gran ambición eran los ochomiles. En el libro 8.000+, Ueli Steck junto con Karin Steinbach (Ediciones Desnivel, 2017) narra sus expediciones a través de varias cimas como Gasherbrum II (8.035 m, Karakórum), Makalu (8.463 m, Nepal), Shishapangma (8.027 m) o el Cho Oyu (8.201 m, Tíbet) y el Everest (8.848 m, Nepal).

Para mí la escalada no es una disciplina deportiva más, y supone mucho más que una afición. La escalada se ha convertido en algo que da sentido a mi vida. Yo me defino en gran medida a través del alpinismo, y por lo tanto a través de mis logros. Tal vez no sea muy buena astucia, pero el camino que me he trazado transcurre entre el éxito y el fracaso. Así es como encuentro mi bienestar

La cima del Annapurna se había convertido en su imprescindible tras dos intentos fallidos. El primero en el año 2007 cuando estaba subiendo por su cara sur y una roca golpeó su casco dejándolo inconsciente y provocando que se deslizase durante 70 metros por la vertiente. El segundo fue debido a una avalancha que le impidió el ascenso. Ya en el campamento, mientras estaba cenando junto a su compañero Simon Anthamatten, recibió una llamada del alpinista rumano Horia Colibasanu, donde le pedía ayuda para poder salvar al navarro Iñaki Ochoa de Olza que se encontraba en el campo IV con síntomas de mal de altura. Tanto Ueli como Simon no se lo pensaron y corrieron hacia el campo base del Annapurna para ayudar en el intento de rescate. Por desgracia no pudieron salvar a Iñaki, quién murió el 23 de mayo del 2008: 

«también soy consciente de que en la vida no existe el riesgo cero. Eso deberíamos aceptarlo todos»

. Finalmente, en otoño de 2012 consiguió escalar el Annapurna (8.091 m, Nepal) ida y vuelta en 28 horas en solitario por la vía comenzada por Pierre Beghin y Jean-Christophe Lafaille. 

Ya el mero hecho de ascender una montaña a un ritmo normal, únicamente para tener que descenderla a continuación. Tiene poco sentido, dejando a un lado los intensos momentos y emociones que dicha experiencia proporciona al alpinista que la realiza. Son sensaciones y experiencias que nadie más le puede dar, que se le graban en la memoria y que yo encuentro que merece la pena vivir

El 30 de abril del 2017, Ueli Steck, todavía por causas desconocidas, sufrió un accidente en Nepal que lo llevó a la muerte. Según afirma Reinhold Messner, cuando murió podía estar realizando la llamada «Herradura del Khumbu», es decir, ascender las cimas del Nuptse (7.861 m), Lhotse (8.516 m) y el Everest (8.848 m) en el menor tiempo posible. Hasta el momento esta proeza solo ha sido efectuada por el británico Kenton Cool y el sherpa Dorje Gylgen que lo hicieron en tres días consecutivos en mayo del 2013 utilizando oxígeno artificial.

Para mí, el alpinismo significa que salgo a la naturaleza y me expongo a ella. Y cuanto más directamente lo haga, más cerca estaré de ella. Otro ejemplo: cuando vivaqueo al raso, percibo la naturaleza de una forma completamente distinta a si duermo en una tienda, y en una tienda de forma diferente a si lo hago en la furgoneta. Con el alpinismo ocurre lo mismo: cuantos menos medios de ayuda empleo, menos adulterada, más pura es la experiencia. En el mundo actual todo es posible, técnicamente todo es factible. Si quieres que te lleven a la cumbre, puedes volar hasta lo alto del Eiger en helicóptero y que te dejen ahí arriba, pero la experiencia sería nula. Habrás contemplado unas vistas hermosas, pero al día siguiente ya no recordarás nada de ello. Será banal

La familia del suizo, el día de la incineración del cuerpo en el monasterio de Tengboche (Nepal), manifestó que […el 20 de abril del 2017, Ueli Steck ascendió desde el campo base del Everest al Campo II, a unos 6.400 m. Su plan original era escalar a la mañana siguiente para seguir aclimatando por la ruta normal hacia el Collado Sur a casi 8.000 m de altura, para regresar al Campo II el mismo día. Desde este campo, Ueli percibió que las condiciones de la pared del Nuptse eran ideales, razón por la cual decidió por la tarde modificar su plan y escalar el Nuptse a la mañana siguiente. El 30 de abril, salió a las 4:30 h junto con el francés Yannick Graziani, cruzando el gran glaciar. Después, Graziani continuaba por la ruta normal del Everest hacia el Campo III, mientras que Ueli entraba en el flanco del Lhotse. El accidente del suizo sucedió a unos 7.600 m hacia las 9:00 h (hora local). Su cuerpo fue finalmente recuperado por el piloto de helicóptero italiano Maurizio Folini a una altura de unos 6.600 m…]

Al final, la meta no fue la cumbre, sino tener el valor de atreverse a probarlo. La meta siempre es el desafío personal. Para algunos, la meta puede ser pisar la cumbre del Everest, para lo que puede ayudarse con sherpas y oxígeno, lo que siempre es una decisión personal. El que uno suba una montaña en estilo alpino o en expedición pesada, lo haga en solitario o con un equipo numeroso, es realmente secundario. Cada persona debe encontrar su propio camino, tanto en alpinismo como en la vida normal. Reglas del juego hay muchas, pero al final es uno mismo quien debe poner sus propias reglas y guiarse por ellas. Lo que cuenta son las impresiones y las sensaciones que uno vive, y para ello hay que salir y hacerlo

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Toda la noche en la sangre

Por Jordi de Miguel Capell

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Lo que dice Lolita Bosch en el epílogo es que, más allá de los vergonzosos resúmenes de la realidad (porque decir «200.000 asesinatos en diez años, 98% de impunidad, 54% de pobreza» omite el dolor y la brutalidad) y más allá de interesados estereotipos del narco, hay dos elementos fundamentales para tratar de entender lo que pasa en México: Uno, que ese es el lugar donde se ha producido el principal colapso del capitalismo que todo lo vende y trafica (personas, drogas, armas); y dos, que la locura social desatada en los últimos años puede suceder en cualquier país del mundo y en cualquier momento, pues México es tan sólo el epicentro de un problema global.

Fue el estado. Los ataques contra los estudiantes de Ayotzinapa (Pepitas de Calabaza, 2016) es la brutal sacudida de ese epicentro.

En la noche del 26 al 27 de septiembre de 2014, decenas de estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa fueron atacados en Iguala por distintos cuerpos de las fuerzas de seguridad cuando se disponían a tomar unos autobuses para conmemorar en el D.F. la matanza de Tlatelolco (1968). Como hiciera Elena Poniatowska entonces, John Gibler (Texas, 1973) viaja a Iguala para reconstruir una historia oral de la infamia. Aquella fue saldada con doscientos o trescientos jóvenes muertos (todavía no hay seguridad); ésta, con 6 asesinados, un estudiante en coma y 43 desaparecidos (todavía sin paradero, pues el estado bloquea toda investigación fehaciente). No esperen una crónica al uso ni una primera voz imponente: Como La noche de Tlatelolco (1971), Fue el estado es una investigación hilvanada con decenas de testimonios. ¿De qué otra manera se puede llegar a lo más hondo?

Las primeras páginas aportan contexto sobre las víctimas directas del ataque: ¿Quiénes son los estudiantes de Ayotzinapa? ¿Cómo funciona una Escuela Normal? ¿Qué valores promueve? En primera persona, se nos cuenta que la mayoría son hijos de campesinos pobres y familias rotas, de pueblos «jodidos» donde «nomás hay primaria, secundaria y colegio», si es que en realidad hay algo. «Yo me decidí a entrar a esta escuela, a venir a estudiar, a ser alguien, para ir a mi pueblo y ser maestro allá, dar clases a los chavos», dice uno de ellos. Muchos entraron a la Normal para ser maestros, todos lo hicieron para demostrar que los nadies también podían.

Aunque la introducción sea breve, por sus palabras podemos intuir que la Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa no es sólo una escuela gratuita de pizarra y cartabón, sino, ante todo, una forja de compromiso político y solidaridad. «Si es que unos ya no podían correr nos decían: “Ayúdense entre ustedes, ayúdense, nunca dejen a un compa solo, nunca se tiene que quedar nadie, cuando acaben de correr nadie se tiene que quedar”. Si se quedaba uno se quedaban todos». Para hablar con Gibler, los que la noche del 26 no se pudieron quedar, los sobrevivientes, pidieron proteger sus identidades con el uso de seudónimos. Poco importa. La edad (19, 20, 21) y el curso al que pertenecían acompañan a todos los testimonios, como un martilleo constante que repite: «Eran sólo unos chamacos. Eran tan sólo unos chamacos».

Es por eso que nosotros venimos a Ayotzinapa, porque somos hijos de campesinos. No tenemos recursos necesarios para irnos a estudiar a otra escuela. Y esta es una escuela de lucha, donde nos inculcan valores para seguir luchando por tener un buen futuro más adelante, para poder apoyar a nuestras familias. ¿Y qué hace el Gobierno? Mata estudiantes.

Luego viene el lento descenso hacia el horror. El cese de las actividades culturales y agrícolas para ir a tomar los autobuses, el viaje a Iguala, el cerco policial. La masacre. Gibler reconstruye la acción desde múltiples voces: Cada peldaño es descrito de forma repetida por cada uno de los entrevistados. Así, no sólo se apuntala una verdad levantada desde ángulos disímiles; también se va amasando un sólido coro de incredulidad ante los hechos: los policías disparando a matar, primero, y recogiendo los casquillos, después; las ambulancias demorándose; el ejército, ausentándose.

En su laborioso trabajo de edición, el periodista estadounidense conserva, en la justa medida, la frescura del registro oral: se mantienen tanto giros y muletas como deícticos («aquí, así de grande»), de modo que entre acción y escena se puede visualizar el momento del testimonio y la escucha política.

No es hasta la página 65 que esa escucha trasciende el espacio de los estudiantes. Gibler habla con el corresponsal de la Jornada Sergio Ocampo, uno de los periodistas que acude al lugar de los hechos y que transcribe, atónito, la respuesta del alcalde de Iguala ante sus preguntas: «No, hombre, no hay nada. Todo está tranquilo. No hay ningún herido, no hay ningún muerto. Está en paz aquí Iguala».

Página a página, Fue el estado va dejando al descubierto la locura social mencionada por Lolita Bosch. La sed de muerte de las autoridades, el miedo atenazador en gran parte de la población, la solidaridad de los maestros, el racismo en las instituciones que debieran sanar.

Cuando llegué al hospital, el director del hospital de Iguala me preguntó mi nombre. Yo le di mi nombre. Después me preguntó de dónde venía. Le contesté que soy de la Normal de Ayotzinapa. Lo que él me contestó, lo que me dijo fue: «Te hubieran matado, maldito ayotzinapo»

En Fue el estado se dan varios desplazamientos: del testimonio directo al indirecto, de los hechos a la (no)investigación, de la tortura baleada a la tortura administrativa. El libro se despliega como una flor de papel en el tramo final. Aparecen más testimonios: padres de desaparecidos que escarban la tierra sin ayuda, periodistas que relatan lo que vieron, incluso trabajadores del basurero donde, según las autoridades, habrían sido incinerados los estudiantes (y no). Todos contradicen la versión oficial. No hace falta conocer de antemano los detalles de los hechos ni los intentos por esclarecerlos, una única verdad se levanta incólume: Hay una maquinaria del olvido al servicio del gobierno.

Gibler no fue a Iguala a sostener el llanto, fue a investigar. Sus pesquisas ayudaron a desentramar una parte de lo sucedido: gracias a ellas se pudo saber que fueron cinco los autobuses atacados y que el ataque y la posterior desaparición de estudiantes no fue un asunto confuso de mecha corta, sino un operativo de casi diez horas, necesariamente planificado.

Como un círculo, el libro se cierra con el deseo de los estudiantes de estudiar. De resistir. De no ceder. «Hay una frase que muchos dicen aquí», dice uno de ellos: «Quien ve una injusticia y no la combate, la comete».

Fue el estado sirve para ver y no olvidar.

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La voz de la Laponia española

Por Anna María Iglesia

 

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«La situación actual es apocalíptica, pero el escenario al que estamos abocados es aún peor. En diez años desaparecerán la agricultura y la ganadería en los 631 municipios de menos de 100 habitantes. En veinte años su población permanente se extinguirá porque la pérdida de población es exponencial debido al envejecimiento: cuatro de cada diez municipios superan los 50 años de edad media». Con estas palabras describe el geógrafo Francisco Burillo la trágica situación que vive la Serranía Celtibérica, cuyos pueblos recorre Paco Cerdá en busca de los últimos habitantes de lo que él llama «la Laponia española». Para Burillo, sin embargo, no se trata solo de «un problema de despoblación. Es fundamentalmente un problema de desarticulación. La poca población que vive aquí está muy alejada de los servicios básicos, lo cual invita a los residentes a marcharse por no poder vivir con unas condiciones mínimas».

En diez años desaparecerán la agricultura y la ganadería en los 631 municipios de menos de 100 habitantes. En veinte años su población permanente se extinguirá porque la pérdida de población es exponencial debido al envejecimiento: cuatro de cada diez municipios superan los 50 años de edad media

De Guadalajara a Cuenca, de La Rioja a Segovia, de Teruel a Castelló; Los últimos. Voces de la Laponia española (Pepitas de Calabaza, 2017) es la escritura de este viaje, uno en el que Cerdà da voz a los últimos «lapones españoles», a los últimos habitantes de pueblos que sobreviven lejos de todo, en un tiempo y en un lugar diferente, en el abandono institucional y, como consecuencia, en el abandono demográfico. «Una intensa sensación de lejanía respecto a toda civilización, a pesar de que a veinte kilómetros esté Santa Engracia del Jubera y Logroño quede a una hora en coche, aborta los sueños y las utopías que apenas acaban de despuntar», escribe Cerdà mientras llega a La Rioja en busca de El Collado. «La constatación de adentrarse en un desierto humano precario de recursos, de innecesario e inexplicable retiro eremítico, alza una barrera de realismo pragmático en el espíritu del viajero cuando llega a esta Tierra Media de La Rioja en la que, a pesar de aparecer como despoblado con cero habitantes en la Wikipedia, aún es habitada por cuatro seres», cuatro personas que Cerdà no duda en definir como auténticos quijotes, como «quijotes sin luz». Entre ellos, Marcos Moya, que «rezuma un aire a Che Guevara», fue uno de los expatriados que a inicio de los noventa decidieron restaurar y resucitar el pueblo y, en parte, lo lograron: el 14 de setiembre de 1992, el día de las fiestas del pueblo, El Collado reunió a más de 400 personas. Hoy, sin embargo, en El Collado quedan solo cuatro. La casa de Marcos, profusamente equipada con 13 placas solares y 32 acumuladores, con un pequeño molino eólico y un generador de energía, —que le permite tener televisión y frigorífico, pero no lavaplatos—, contrasta con el pueblo donde ninguna compañía de telefonía proporciona cobertura y donde la escasez lumínica conlleva frecuentes apagones de luz casi totales. Marcos no sólo pone rostro a las palabras de Burillo, sino que las reafirma: el problema no es tanto la falta de habitantes, sino la desarticulación y el abandono institucional. Y la razón es casi siempre económica: «la ganadería extensiva permite tener a los animales sueltos y sin cuidado. El ayuntamiento cobra por pastos y los políticos de aquí son ganaderos. Ven esto como una zona de pasto libre para las vacas y no quieren que resurja la aldea y los animales vean limitada su libertad», explica Marcos para concluir. «Somos los últimos quijotes. O los últimos de Filipinas. Estamos luchando por una causa que defiende lo nuestro a sabiendas de que el sistema se opone a ello».

La constatación de adentrarse en un desierto humano precario de recursos, de innecesario e inexplicable retiro eremítico, alza una barrera de realismo pragmático en el espíritu del viajero cuando llega a esta Tierra Media de La Rioja en la que, a pesar de aparecer como despoblado con cero habitantes en la Wikipedia, aún es habitada por cuatro seres

En Sesga, Valencia, viven más quijotes. «¿Cómo se puede decir que Valencia recuerda a sus pueblos?», se pregunta indignado Toni Gómez, presidente de la Asociación para el Desarrollo Integral del Rincón de Ademuz: «Mira este camino y compáralo con todo lo que se ha derrochado estos años en la capital: el circuito urbano de Fórumula I, la Copa América, el Palau de les Arts. Primero debería atenderse lo prioritario y más básico de un territorio; y luego, con lo que sobre, despilfarrar. Pero en esta provincia el dinero llega hasta Llíria. De ahí no pasa». Tierra de maquis, la Serranía sigue siendo una tierra de resistencia, así se lo cuenta Alfons Cervera a Paco Cerdà, que no se limita a observar el aislamiento que define estos pueblos, sino que, además, (se) pregunta sobre el aislamiento; sobre por qué la Serranía tiene como correlato el sustantivo «conflicto»: todo empezó en 1988, cuando la Generalitat Valenciana quiso instalar un almacén de pararrayos radiactivos en la Serranía, comarca donde los pueblos estaban muy aislados los unos de los otros. Para sorpresa de todos, sobre todo de la Generalitat, la comarca se opuso, demostrando así un sentido de grupo y de pertenencia a una tierra y a una zona inesperado. Se mostró ante la opinión pública una realidad que—a pesar de su invisibilidad— existía. Y si bien Alfons Cervera no se muestra particularmente satisfecho con el hecho de que «la imagen que hemos proyectado» se parezca «más a Belfast que a la Toscana», lo cierto es que el carácter quijotesco de resistencia es imprescindible para sobrevivir en la Laponia española, en pueblos cuya vida o, peor aún, cuya muerte parece no importar a nadie. Porque la Laponia española es todavía peor que la Laponia auténtica, donde la despoblación no significa ni abandono ni desarticulación.

Mira este camino y compáralo con todo lo que se ha derrochado estos años en la capital: el circuito urbano de Fórumula I, la Copa América, el Palau de les Arts…

«Yo a veces me pregunto si este desprecio al mundo rural responderá a una maniobra para vaciarlo y luego especular con sus tierras. De lo contrario, no se entiende cómo el Estado no pone en valor su territorio con semejante patrimonio agrícola, ganadero, paisajístico, minero y cultual», comenta Miguel Ángel Fortea refiriéndose a Teruel. Sus palabras no sólo son aplicables a los otros lugares visitados por Paco Cerdà, sino que son la perfecta conclusión de Los últimos, un libro necesario, un libro sin proclamas ni gestos panfletarios. Un libro que denuncia una realidad dando voz a sus protagonistas, a los que el tema de la despoblación interior ha puesto en el foco. Hablan los supuestos expertos, los periodistas, pero no ellos, los propios habitantes que se resisten a marchar a pesar de la soledad y el aislamiento de sus pueblos. Sin embargo, ¿quién sino ellos tienen la legitimidad de hablar? Cerdà no busca protagonismo, sino que, como en los mejores trabajos periodísticos, desaparece tras la noticia, se esconde para que ellos y el paisaje hablen por sí solos. Por esto, el libro de Paco Cerdà es necesario, tan necesario como darse cuenta de que «si no se interviene y nadie asume un compromiso, pronto tenderemos media España superpoblada y otra medio vacía».

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Dulceagrio: ¿A qué sabe crecer?

Por Berta Jiménez Luesma

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Los tránsitos son una de las etapas más confusas y complicadas de la vida, aunque dejando pasar el tiempo suelen ser los momentos que se recuerdan con mayor nostalgia. Con distancia es más fácil valorar la valentía, la inocencia y las primeras veces. En el momento, solo hay caos y niebla. Desconcierto, miedo, y diversión un poco amarga. Dulceagrio (Malpaso, 2016) es una historia sobre una fase, o más bien una fase a secas. Stephanie Danler narra desde la novela —pero con tintes biográficos— el secreto de crecer. ¿Pero qué es exactamente crecer? Quizá algo que nos acompaña siempre. Pero a los 22 años una se hace mayor más intensamente.

(El queso Dorset) era como la mantequilla pero más arenoso y compacto, quizá como los rebozuelos que no dejaba de manosear. Me dio otra uva, y cuando la mordía, busqué las pepitas con la lengua y ladeé la cabeza para escupirlas en la mano. Vi vides moradas engordando al sol.

Tess —de la que no sabremos el nombre hasta más de la mitad del libro, y no por casualidad— viene de un pueblo del que apenas habla, tiene un pasado que nadie conoce que nadie pregunta y que nunca será revelado; y aterriza en la gran ciudad. Ya ha hecho todo lo que se esperaba de ella y ahora ha llegado el momento de hacer lo que ella espera de sí misma: o sea, algo. Lo que sea.

La protagonista es presentada como una joven —muy joven y no por la edad— confusa que no sabe lo que quiere. Nueva York la recibe con una hostilidad que ella no siente, y la empuja a un remolino de desorden en el que parece sentirse muy cómoda. Como con facilidad consigue un trabajo en un afamado restaurante neoyorquino, de esos que no representan las gastronomía estadounidense mainstream sino que tienen productos frescos, de temporada. Exclusivos platos, únicos en la metrópoli para ricos comensales exquisitos amantes de lo exquisito.

Nunca ha sido camarera, nunca ha sido independiente, y sin embargo, más que su inseguridad y sus errores laborales y personales impresiona su soledad. Tess está sola en el mundo. Tess vive una página de un libro que por delante y por detrás está en blanco. No conoce a nadie, no tiene amigos y posiblemente sí seres queridos, pero no lo parece. Su estancia en el restaurante funciona narrativamente como un viaje físico pero sin coche, sin paisaje y sin destino. Un viaje entre quemaduras, platos rotos, gritos de superiores, moscas de la fruta y caídas por las escaleras; donde la Tess desorientada observa, aprende y desde la espontaneidad y la soberbia de la edad, va afinando sentidos, especialmente el gusto.

El desagüe que había debajo del fregadero era la causa. Fruta descompuesta, trozos de pan, posos de vino y restos solidificados que formaban un barrio gris opaco (…) Era el hogar de la mosca de la fruta. No eran tan peligrosas por sí solas. Pero tenían una molesta tenacidad cuando aterrizaban. Salían volando a miles cuando las espantabas y luego volvían a posarse en el mismo sitio

Dulceagrio es un relato agridulce pero al revés. Dulce como los ojos que ven por primera vez. Agrio como el punto cero. Dulce como encontrar —al fin— un referente adulto. Agrio como la cocaína. Dulce como el primer amor. Agrio como la gentrificación de la ciudad. Dulce como el vino. Agrio como las decepciones. Dulce como el sexo. Agrio como la envidia. Dulce como los sueños. Agrio como los finales, como crecer. Y con este sabor de boca, completo pero raro, deja Danler pasear al lector por el día a día simple de Tess —casa, trabajo, fiesta—. Tres únicos escenarios con una única y constante problemática: quererlo todo.

Tess, quien parece tener un carácter débil, se va descubriendo como poderosa, categórica, determinada. Con grandes aspiraciones y sin frenos. Pero sería injusto decir que en el relato alguien podría estrellarse. El mundo que la autora crea pertenece a una esfera tan elevada que en ocasiones es difícil empatizar con los dramas de los personajes demasiado frívolos e irreales para la inmensa mayoría de los lectores. Aún así el relato llega, y los caprichos de Tess, los excesos y frustraciones se viven en la propia piel.

—Mademoiselle, Puffeney Arbois, 2003.

La abrió con brusquedad, de una manera que a mí no me salía nunca, como un barman que abriera botellas baratas sin apoyarlas (…) El vino era del color de los rubíes turbios, teñía el cristal y era audazmente fragante y cristalino

Aunque en parte represente el espíritu de una generación, la protagonista es diferente y pasa de no ser ni saber nada a saber demasiado. Deja de dudar y de tener miedo. Se planta, se posiciona y decide. Y lo hace bien, sabe lo que quiere y lo que no, y no duda en dejarlo claro en todo momento. Tess aprende a saborear las ostras y el vino, como la vida.

Dulceagrio no es sino un ritual de iniciación. Tan simple como complejo. Y duele porque todos conocemos este sabor.

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VOLVER A CASA

Por Sonia Fernández

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En un momento determinado de esta historia, casi al final del relato y ya en los tiempos actuales, una profesora pone en su sitio a una joven descendiente de ghaneses (Marjorie), la cual estudia en un instituto estadounidense. El suceso se produce cuando ésta intenta explicar que en casa tienen otra palabra para denominar a los afroamericanos; utilizan la palabra «Akata». A través de dicho término designan a las personas que llevan ya demasiado tiempo fuera de Ghana como para seguir considerándose ghanesas. La profesora ataja la explicación de la alumna subrayando que a los blancos «que manejan el cotarro» no les importa el origen de ningún negro, «aquí un negro es un negro y punto» concluye. Con Volver a casa (ed. Salamandra, traducción de Maia Figueroa), Yaa Gyasi, nacida en Ghana y emigrada con su familia a los dos años a Estados Unidos, nos ha querido mostrar precisamente eso; la búsqueda de sus orígenes, el recorrido posterior y la necesidad de recuperar la propia «casa».

Gyasi debuta con una primera novela sobre la que ya hubo una puja millonaria y que no ha dejado de cosechar premios y críticas favorables. A través de ella, la escritora, quien admira de manera abierta la novela Cien años de soledad, muestra un mosaico de hechos y acontecimientos que abarcan desde el siglo XVIII hasta el comienzo del XXI, partiendo de un tronco común que pronto se bifurca a partir de dos mujeres, dos hermanas que no llegarán a conocerse, y sus descendientes. Así, como si se tratara de una colección de relatos, se presentan las vidas de los descendientes de Effia (la bella, que se queda en Ghana) y de los de Esi (la esclava, que será llevada a Estados Unidos).

La profesora ataja la explicación de la alumna subrayando que a los blancos «que manejan el cotarro» no les importa el origen de ningún negro, «aquí un negro es un negro y punto» concluye

Y en el centro la esclavitud, sobre todo, como el detonante de esas vidas condenadas a ser nada. Un «período» histórico que no ha sido objeto de demasiadas expresiones escritas, y que, además, ha silenciado parte de lo que ocurrió.

Ukawsaw Gronniosaw, Olaudah Equiano «El africano», cuya autobiografía está traducida a castellano o Venture Smith, contaron sus vidas desde el momento de su apresamiento en su África natal. Después, la narrativa de la esclavitud abarca la novela de Alex Haley, Raíces (¿quién no recuerda a Kunta Kinte?), con la que obtuvo el Premio Pulitzer en 1977 y que supuso un éxito total, a pesar de la polémica en la que se vio envuelto, sobre todo cuando se adaptó a la pequeña pantalla. Once años después, Toni Morrison conseguiría también el Pulitzer con su novela Beloved, poseedora de un enfoque diferente. Ya en 2013 pudimos leer una nueva revisión de este período de la mano de Leónora Miano y su La saison de l’ombre (traducida a castellano para «Casa África» por Arantza Mareca). En La estación de las sombras, precisamente, Miano componía una historia original, con las voces de las mujeres de una aldea, en la que no se nombraba en ningún momento lo que había ocurrido al pasar del día a la noche, y que, sin embargo, había sufrido uno de los acontecimientos más atroces y cruciales de la historia de África. Pero, además, incidía en lo que también el escritor Alain Mabanckou en su ensayo Le sanglot de l’homme noir adelantaba: que los mismos africanos tenían su parte de responsabilidad en lo ocurrido. 

La joven Gyasi no elude tampoco este punto en Volver a casa, mostrando la complicidad que hubo en este sentido. Al tiempo, que acierta al conseguir conectar el esclavismo y sus consecuencias con el continente africano. En este sentido logra algo muy importante: el contar la historia desde dos epicentros que, a la postre, beben el uno del otro.

La joven Gyasi consigue conectar el esclavismo y sus consecuencias con el continente africano

A Gyasi no le falta imaginación, en su titánica labor, para crear mundos íntimos a partir de selecciones de momentos históricos por los que hacer discurrir la narración, a pesar de que  sentimos, por otra parte, demasiados recortes dejándonos con una sensación extraña, como si algo nos faltara. Sin embargo, Volver a casa tiene la virtud de mostrar tanto la resistencia contra el invasor en un lado, como la lucha continua por el reconocimiento de los derechos y contra el racismo en el otro, a través de unos protagonistas que incluyen desde «locas» a «drogadictos». Y nos habla de la importancia de reconstruir un pasado que forma parte de nuestro presente. Un presente, en el que cada persona negra, nos cuenta cada vez con más frecuencia su propia historia, que, al contrario de lo que piensa la profesora de Marjorie, posee su propia trayectoria, sus propios fallos y desencuentros, su propia lucha y su propia belleza.

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EL METEORÓLOGO

Por Silvia Cruz Lapeña

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Esta es la historia de Alekséi Feodósievich Vangengheim, meteorólogo que empezó su carrera como representante de la URSS en la Comisión Internacional para el Estudio de las Nubes. «Las nubes no eran un pretexto para soñar», dice Olivier Rolin en las páginas de El meteorólogo (Libros del Asteroide, 2017) informando de lo literales que eran la ciencia, el lenguaje y la muerte en manos de Stalin.

Vangengheim, burgués que renunció a su clase y sus privilegios por el socialismo, fue movilizado como Jefe de Meteorología en la I Guerra Mundial porque «para los ataques de gas es importante prever por dónde vendrá el viento». Poco después lo nombran director del Servicio Hidrometeorológico del Partido, un cargo importantísimo en un país con once husos horarios y del que deberá obtener y analizar sus pulsos atmosféricos y climáticos.

Más allá de las guerras, esa información es vital para beneficiar a la agricultura socialista. Entre sus tareas, crear una red de estaciones meteorológicas e iniciar un «catastro de los vientos». Rolin lo califica de profeta porque anticipa la importancia de la energía eólica cuando aún ni se sospechaba su enorme potencial y su limpieza: «El viento permitirá calentar e iluminar», escribió el científico antes de convertirse en enemigo de la Unión Soviética.

«También en el cielo se edificaba el socialismo», dice Rolin en este perfil apasionante que construye con entrevistas, trabajo de hemeroteca e investigación de archivos que ha realizado en sus viajes a Rusia, país que visita y conoce desde hace décadas. Cuando le faltan datos, completa el relato con referencias literarias y pictóricas. Entre las más logradas, la descripción de un paisaje del pasado hecho a partir de fotografías tomadas a principios del siglo XX por Serguéi Prokoudin-Gorski, un noble aficionado a la ciencia. Con una vida cercenada y falta de documentos, esta es una solución que Rolin, viajero aguafiestas y autor de La invención del mundo (Reverso Ediciones, 2005), maneja con maestría: no novela, no fábula y si infiere algún detalle, advierte siempre de que son suposiciones suyas.

Una biblioteca en el campo de concentración

En 1933 se descubre en las filas del Comisariado del Pueblo para la Tierra, del que dependen los servicios que dirige Vangengheim, una supuesta organización contrarrevolucionaria formada por burgueses y terratenientes. Las cartas de un subordinado en su contra acaban de ponerlo en la diana. Él no sabe de qué le hablan pues es un socialista convencido, un hombre de ciencia con fe en Stalin, un padre que ha llamado a su hija Eleonora, como hizo Karl Marx con la suya.

Le acusan de falsear resultados meteorológicos para perjudicar a la agricultura socialista y también de recopilar datos para el espionaje. De nada sirven sus súplicas, ni su rango: lo retienen cuatro meses y después, lo transportan a la Lubianka, sede de la policía política de la URSS. «Lo que significa dejar de disponer del cuerpo propio, no se sabe hasta después del primer registro en la Lubianka». Las palabras son de Margaret Buber-Neumann, miembro del Partido Comunista alemán, deportada por Stalin y entregada a Hitler. En ese sótano pasará Vangengheim poco tiempo: su próximo destino es un campo de concentración en Solovkí.

Aquel campo eclipsó a todos los campos. Construido tras expulsar a los monjes del monasterio allí enclavado y pegarle fuego al edificio, sirvió para desarrollar y probar las técnicas de adiestramiento que permitían explotar hasta la muerte a la inmensa fuerza de trabajo en forma de hombres que habitaba esos infiernos. «Reeducar por el trabajo» era el lema  que ejecutó tan al dedillo que logró pasar a la Historia como «la madre del gulag».

Que tuviera una biblioteca con 30.000 volúmenes convirtió a Solovkí en un ejemplo para la propaganda, que lo vendía más como un balneario que como un campo de concentración. De esa librería se encargaría durante su estancia Vangengheim, a quien le ayudó un quinceañero deportado, Yuri Chirkiv, que dejó unas memorias por las que sabemos que en Solovkí había libros en muchos idiomas, primeras ediciones e incluso ejemplares que habían pertenecido a gente ilustre: un ejemplar de La doncella de Orleans, de Voltaire propiedad de Ivan Turguenev era un ejemplo.

En Solovkí malviven con Vangengheim otros intelectuales y científicos: desde uno de los traductores de Dante al ruso hasta el barítono Leónid Priválov o el matemático Florenski. Había también una orquesta al completo y su director, Gogo Stanescu, rey de los zíngaros. Montan un teatro, hay conciertos y el meteorólogo sigue dando conferencias sobre la conquista del Ártico, los vientos o el mar. Sigue fiel a sus principios socialistas, sigue haciendo retratos de Stalin con piedrecitas y enviándolos a su mujer y a su hija mientras comprueba que su nombre se ha borrado de las traducciones que un día firmó y que ayudaron a divulgar la obra del meteorólogo sueco Bergeron.

Un buen militante

Vangengheim no fue un héroe. El meteorólogo no cuenta la historia de un hombre que se rebela y da la vida luchando por mantenerla. Su ceguera decepciona, pero es un inocente. Y como recuerda Rolin, eso ya es mucho. «Nos habría gustado que hubiera sido más lúcido, más rebelde, pero no, seguía siendo un buen militante comunista». Y es cierto, tanto como que toda la potencia del relato y de la investigación de Rolin pierden algo de fuerza cada vez que intenta aleccionar al lector con sus opiniones sobre lo que supuso el estalinismo.

Uno de los detalles más emotivos del libro son las cartas que Vangengheim envía a su hija, que tiene cuatro años cuando a él lo deportan y a la que no volverá a ver. Están llenas de ilustraciones hermosas y detallistas hechas a color. Se pueden ver algunas en las láminas finales que incluye el libro. “Juzgarme ante sus ojos llegó a ser mi forma de vida», dijo sobre su padre Eleonora. A ella le escribe para no caer en el olvido, para que sepa que logró cosas, que su padre no fue un «ahumador del cielo», es decir, un vago. A ella le dibuja fresas, cerezas, mirtillas, arándanos y todo tipo de frutas rojas. También hay setas y bichos de todas clases con los que fragua adivinanzas para su pequeña.

Un día de 1937, un convoy lo recoge a él y a otros 1.115 hombres junto a los que morirá esa misma noche aunque su mujer, a la que dejó plantada sin querer a las puertas del Teatro Bolshói la noche que lo detuvieron, no lo sabrá hasta 19 años más tarde. La confirmación de su ejecución la obtendrá el mismo día en que las investigaciones iniciadas por el XX Congreso del Partido, ya en manos de Nikita Kruschev, reconocen los abusos cometidos por Stalin y determinan que Vangengheim era inocente. Su mujer no sabrá nunca qué ocurrió aquella noche, pues murió antes de que la asociación Memorial reconstruyera esta y otras historias a partir de los años 90.

Gracias a dicha entidad, se conoció el final de miles de personas, también la de Vangengheim, estudioso y relator de vientos, lluvias y auroras boreales, que descansa en un paraje donde hay un cartel que dice: «Hombres, no os matéis unos a otros» y las flores con las que se les recuerda son todas artificiales.

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El último británico en pie

Por Cristian Segura

Ultimos tiempos del club del autobus, Los_300_CMYK

El Reino Unido se prepara para encerrarse en sus islas. Medio siglo de fraternidad europea se desvanecen en un día de referéndum. La gloria que le espera al Reino Unido no es el sol eterno de la Commonwealth sino el sol de tinta roja del tabloide The Sun. Entre tanta mediocridad, hay un británico que continúa cultivando su huerto y cocinando su pan en un cortijo de Las Alpujarras: es un verdadero Sir, un George Orwell en Birmania, Sean Connery cuando pudo ser rey. Su nombre es Chris Stewart y debería ser catalogado como Patrimonio de la Humanidad.

Stewart nació en 1951 en el condado de Sussex. En una vida anterior fue batería de Genesis –sí, la banda de Phil Collins; nadie es perfecto–, trabajó en un circo, esquiló ovejas en Suecia y se sacó el título de piloto de avión en California, entre otras peripecias que destaca la editorial Salamandra en la solapa del libro de Stewart Los últimos tiempos del club del autobús. El último trabajo de Stewart hará las delicias de sus incondicionales; para los que no lo somos –o no lo éramos–, Los últimos tiempos del club del autobús es una lectura que sirve de reflexión y de entretenimiento de calidad. El Club del autobús no es otra cosa que el encuentro de los vecinos del Valle de Guadalfeo que llevan a sus hijos al punto de la pista de montaña en el que el autocar escolar les recoge cada mañana. Stewart se enfrenta a un fin de ciclo, puesto que su hija abdona nido familiar para estudiar en Granada. El acontecimiento sirve al escritor para recopilar historias vividas en familia o con los otros miembros del club del autobús. La melancolía domina quizá incluso más que el humor característico de Stewart, y que puede llegar a cargar por excesivo. Es la añoranza de lo que se fue y solo vive en la memoria, incluso un detalle tan sencillo como preparar el bocadillo a la niña:

«Abría el panecillo con un cuchillo afiladísimo, dejando una bisagra infinitesimal de corteza. Luego le ponía el chorrito de aceite de oliva virgen doble extra, prensado en frío, sin refinar, obtenido de una única variedad de aceituna, de los picuales cultivados en nuestra propia finca, y añadía una capa de tomate cortado muy fino (ya salado para realzar el sabor), un pellizco de azúcar para contrarrestar la acidez, un par de rodajitas de ajo fresco, casi transparentes de tan finas, un poquito de albahaca genovesa y, como remate una buena cucharada de mayonesa para ligarlo todo y que pasara mejor… ah, y unos cebollinos asomando en el extremo como los bigotes de un langostino.»

Entre esto y las rebanadas de pan Bimbo con mortadela Campofrío que me preparaban en casa, está claro con cuál me hubiera quedado siendo niño.

Los lectores de Stewart en inglés celebran sus habilidades gastronómicas y la autosuficiencia, el ecologismo, que desempeñan él y su mujer, Ana. Uno de los capítulos iniciales del Club del autobús es la visita accidentada de un programa de televisión para filmar su destreza en la cocina. La primera Navidad que su hija, Chloé, volvía de Granada, fue un desastre climatológico, de fuertes lluvias y de operaciones de rescate de las ovejas de toda la comunidad. Pese a ello, los Stewart se las apañaron para preparar este almuerzo divino:

«Uno no puede pensar en la sopa de ortigas para un menú de celebración pero, créanme, si baten las urticantes hojas junto con un poco de patata para mejorar la textura, añaden ajo y cebolla y una guindilla muy picante para darles un poco de tono, y las sirven en un cuenco bonito con un chorrito de nata agria y un puñado de picatostes dorados, y acompañadas de un vino intenso y con cuerpo y de color rubí… bueno, pues van a quedarse sin habla, como me pasó a mí. Luego vino el cordero. En Navidad siempre toca cordero. Si uno tiene ovejas, come cordero. Aquel resplandecía con su picante glaseado de jarabe de granadas y guindillas, y tenía un ramillete de hierbas de la montaña. Como guarnición llevaba un mojón picón, a base de perejil, aceite y sal molida en el mortero con una pizca de ajo y chili verde; y patatas asadas y crujientes. Y para acabar, una tarta de limón».

Todo está bien atado en la narración de Stewart. Hablar de granadas le lleva, por ejemplo, a explicar cómo utiliza los arbustos de esta fruta, característicos por sus afiladas ramas, para evitar que los jabalíes –«esos agentes del caos», como los definía en un reportaje de 2015 en El País– entren en sus campos. Si tiene que tratar de la delicada carne del bonito, dedica un capítulo magistral a un concurso de platos de atún que presidió en Conil junto a Michael Jacobs, amigo y también empedernido viajero. Jacobs es un habitual en las correrías de escritores enamorados de España, desde Stewart a Cees Nooteboom. El campeonato de gastronomía a base de atún le sirve para presentarnos a un matrimonio amigo suyo, urbanitas que se enamoraron de la Alpujarra y que se quedaron a vivir allí, dedicándose al diseño de acuarios para instituciones y grandes patrimonios. Al leer el libro es inevitable vincular a este matrimonio, Simon y Victoria, con el programa del canal Discovery en el que dos manitas también construyen acuarios para nuevos ricos de Las Vegas o Los Ángeles. La fauna de amistades de Stewart es inagotable y la utiliza también para compensar sus excesos o para nutrir sus interesantes lecciones de naturaleza y sostenibilidad:

«Fue también Simon quien me dijo que no deberíamos comer pulpo, y no porque esté en peligro de extinción, sino por el hecho de que se encuentran tan arriba en la escala evolutiva que aprecian sobremanera la belleza. Por lo visto, crean verdaderos jardines en el lecho marino ante sus cuevas y  se entretienen con bonitas composiciones a base de conchas, espinas de pez, corchos de botella y cosas así. «¿Cómo puedes comerte un animal capaz de apreciar la belleza?».

Lo que de verdad ha convertido a Stewart en un escritor  celebrado es su convivencia con el mundo rural granadino. Su observación desde fuera y desde dentro, al mismo tiempo, le convierte en un testimonio ideal de lo bueno y lo malo de su sociedad. Hay un capítulo extraordinario en el que Stewart, recomendado por un vecino holandés –un expatriado como él–, decide peregrinar valle arriba hasta la casa de una curandera para solucionar de una vez por todas una enfermedad venérea que reaparecía de tanto en cuanto:

«Poco a poco fui dejando atrás los sonidos del valle, el bramar de los ríos henchidos por las lluvias de invierno, los cacareos de los gallos y los ladridos de los perros. Cuando llegué al aljibe, la cisterna de piedra abovedada que se alza entre nuestro valle y el siguiente, no se oía otra cosa que el gemido del viento entre la retama. Se trata de un sonido tenebroso y de mal agüero, un sonido que toca la fibra más sombría de nuestro ser colectivo».

El libro combina espacios románticos con la magia de lo mundano y se compensan bellamente, como en el pasaje en el que conoce a la curandera:

«La puerta se abría sin más a una salita, en cuyo centro se sentaba una mujer increíblemente vieja en una silla sin brazos.

–Esta es América –dijo la curandera señalando a la anciana–. Y esta es Carmen.

De pie junto a América, una joven peluquera hacía una serie de ajustes en los escasos mechones de cabello gris azulado que quedaban en la arrugada cabeza de la vieja dama. Complementaban aquel retablo un variopinto surtido de niños y bebés, que correteaban o gateaban por la habitación, y un chaval adolescente que, sentado en una butaca, fruncía el ceño con aire taciturno.

Mi entrada parecía haber interrumpido el espectáculo: las tijeras pendían inmóviles en el aire mientras la peluquera me observaba con una sonrisa divertida; los bebés babeaban; el adolescente me ofreció una mueca del más frío desdén; América me miró de arriba abajo con expresión de absoluta perplejidad y creciente desagrado, hasta que de pronto se incorporó tambaleante de la silla, abrió la vieja boca sin labios y vomitó copiosamente en el frío suelo de baldosas».

Los últimos tiempos del club del autobús te convencen de la bondad del ser humano. Solo por esto es una lectura que vale la pena, pero hay más: es una lectura rica, y lo prueba el hecho de que mientras devoras sus páginas, buscas en Internet dónde se encuentra ese pueblo o aquel cortijo, quién es el famoso forastero que irrumpe en la vida de Órgiva o por qué la pobreza y la riqueza, los gitanos y la Alhambra en La biblia en España, del filólogo George Borrow, hay que seguir leyéndola 150 años después.

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Del cuerpo huimos y en en el cuerpo recaemos

Por Virginia Mendoza

ser o no ser un cuerpo

Claro que tenemos prisa: estamos huyendo de nosotros mismos. Cuando siente dolor, cuando envejece, cuando muere, el cuerpo es un obstáculo para la economía capitalista. Por eso se ha convertido en un lastre del que pretendemos deshacernos sin éxito y a golpe de selfie. No es al cuerpo al que rendimos culto a través de las redes sociales, sino a la imagen. Esto es lo que nos viene a decir Santiago Alba Rico en su último ensayo, Ser o no ser (un cuerpo) (Seix Barral, 2017), un libro en el que aborda infinidad de temas en torno al ser humano y el envoltorio que lo contiene.

El filósofo español afincado en Túnez también nos dice que, por más que lo intentemos, no podemos huir del cuerpo. A veces tiene hambre, se aburre, enferma y finalmente muere. Así el cuerpo nos reabsorbe.

Qué es el cuerpo

Para entrar en el mundo de este filósofo es preciso conocer antes qué entiende por cuerpo. «El cuerpo es una habitación oscura», escribe Alba Rico. El cuerpo es un lugar temido, por desconocido e indefinido. Es un lobo y es el mar. El cuerpo es la fuga del cuerpo. O, más bien, el intento.

Palabra y carne, hombre y animal se combinan («Y el verbo se hizo carne»). De esa amalgama surge el cuerpo —que no la carne— de Alba Rico y en él el lenguaje es tan importante que se convierte en el único medio de permanecer parcialmente inmutables ante el paso del tiempo: el cuerpo crece, envejece, cambia; el nombre, no.

Incluso cuando el cuerpo muere, el nombre sigue en nuestro epitafio. Nadie nos ve, pero todos nos siguen llamando de la misma manera cuando ya no estamos. ¿Qué sentido tiene reforzar la identidad si renegamos del cuerpo del que surge y con el que convive?

El cuerpo, que es el medio de la fuga, es también un obstáculo para ir más deprisa

Todo es silencio, de Manuel Rivas, comienza con una frase que bien podría resumir la idea de especie lingüística (que habla, que calla) de Alba Rico: «La boca no es para hablar. Es para callar». La especie lingüistica —el ser humano— es la única que clasifica y rompe sus propias clasificaciones. Cuando clasificamos, ponemos nombres; cuando ponemos nombres, nos sentimos dioses.

El cuerpo del que habla Alba Rico sólo pertenece a los humanos porque han sido los únicos que «han inventado toda una serie de procedimientos intracorporales, intercorporales y extracorporales para huír de él». El cuerpo surge cuando «rellena un hueco» y existe en base a su negación. Tanto es así que tras dar varios rodeos al concepto, el autor (al que han llamado «el mejor ensayista español vivo» y con motivos) termina describiendo el cuerpo como un medio para la huida. Una fuga siempre frustrada y frustrante.

Huída y recaída

«Al principio estoy agarrotado, pero cuando empiezo a moverme lo olvido todo. Y… es como si desapareciera, como si desapareciera y todo mi cuerpo cambiara». Lo dice Billy Elliot cuando tiene que explicar qué es la danza para él. Billy Elliot está huyendo de su cuerpo a través de su cuerpo.

Lo hemos hecho siempre. Huir es nuestro sino. Pero, ¿cómo lo hacemos? ¿Cómo huye una persona de su cuerpo? ¿No es imposible? Hay tres estrategias a las que recurrimos constantemente, según Alba Rico. Los medios intracorporales (a través del cuerpo) como la danza, los medios intercorporrales (entre los cuerpos) como el lenguaje y los medios extracorporales (mediante la tecnología) nos permiten huir del cuerpo. Por poco tiempo. También hay recaídas. Los caminos más habituales para regresar al cuerpo son el hambre, el aburrimiento, la enfermedad, el dolor y la muerte.

Los seres humanos, cuando corren, cuando montan en bicicleta, cuando viajan en tren o cuando vuelan en avión (por no hablar de los viajes planetarios) están en realidad huyendo y huyendo además de sus propios cuerpos.

El lenguaje de Alba Rico es cercano, sencillo y divulgativo. Puede parecer que no hay lugar para la poesía, pero a menudo consigue darle su espacio. Para que el lector no se pierda en el laberinto, el autor va resumiéndose constantemente y retomando las ideas que va exponiendo e hilando. «Recapitulemos. En los capítulos anteriores hemos contado algunos mitos para hablar del ser humano como el único animal que hace clasificaciones y se rebela contra ellas, como el único que tiene cuerpo y el único que huye de su cuerpo a través del lenguaje, la tecnología y la Historia». Esa es la tesis en torno a la cual se van entretejiendo una cantidad de ideas (el miedo, la imaginación, la fantasía) inabarcable en una reseña.

El aburrimiento es, en definitiva, la experiencia de la coincidencia total, sin hueco ni mediación, sin dolor ni público, entre el cuerpo y el tiempo, coincidencia que clausura en su seno el espacio entero como las valvas cerradas de un molusco ensimismado en su ceguera.

Ante el cuerpo y entre tantos cuerpos, está el tiempo, amigo y enemigo a la vez, capaz de destruirnos y de dar lugar al amor. Porque el amor de Alba Rico siempre «retrasa». Penélope, nos dije, regala tiempo a Ulises mientras teje y desteje.

El amor es fundamental en la concepción del cuerpo de Alba Rico. Para él, existen tres fuentes de magia: el dinero, el lenguaje y el amor. Este último reaparece en su enumeración de fuentes de poder: amor, derecho, guerra, economía y tecnología. La Naturaleza y el Estado no quedan fuera de las fuentes de poder por casualidad ni por despiste, sino porque la primera le parece al autor condición y límite de los otros poderes y, la segunda, la combinación de derecho, violencia y economía.

Alba Rico hace un recorrido por la mitología, la taxonomía y la literatura infantil que le permite lanzar destellos y ejemplos de la idea del cuerpo a lo largo de la historia y en distintas culturas. Si incide en la taxonomía es porque para él el ser humano es el único animal que establece clasificaciones que, a su vez, «parten de los cuerpos» y «corporizan». También el ser humano es el único que rompe esas clasificaciones.

A propósito de la prisa, se pregunta el filósofo si «no nos estaremos pasando». Lo que pide al lector es, en definitiva y sin dogmatismos, que apague la pantalla y silencie el móvil: que rompa esos grilletes invisibles y regrese al cuerpo. Que se reconcilie consigo mismo.

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¿Encontrar un lugar en el mundo o encontrar el lugar en el mundo?

Por Queralt Castillo

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Encontrar un lugar en el mundo puede que no sea difícil. La mayoría de nosotros vivimos donde nos quieren; nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros jefes. Pocas veces elegimos el lugar donde nos desarrollamos, ni como niños ni como adultos. Simplemente nos adaptamos, nos acomodamos, nos camuflamos. En grandes ciudades, en las periferias, en un pequeño pueblo del Matarraña, en el extranjero, quizás en alguna ciudad europea o en un pueblo de los Pirineos aragoneses. A veces elegimos sí, pero no es lo habitual. A la gran mayoría de la población le gusta, ante todo, la comodidad: la física y la psicológica, por eso tampoco se ve ante la dificultad o diatriba de tener que elegir un lugar en el que vivir. Allí donde se nos aprecia, en cualquier ámbito, allí estaremos. Por estos motivos, encontrar un lugar en el mundo en el que uno se sienta mínimamente a gusto, no es tarea compleja. Ahora bien, ¿qué pasa si lo que queremos es encontrar el lugar en el mundo? Ese que existe por y para nosotros, para acomodar todas nuestras ambiciones, todos nuestros sueños y nuestros defectos. El lugar. No se trata de un lugar cualquiera, sino aquel predestinado, aquel lugar cosmológico en el que debemos estar. ¿Existe? Sí.

En la novela de Maggie O’Farrell, (1972, Coleraine, Irlanda del Norte, 1972), ese lugar sí existe, y te absorbe a lo largo de casi 500 páginas en una espiral de tramas, voces narrativas y una arquitectura exquisita que provoca momentos de verdadero placer lector.

En Tiene que ser aquí (en castellano en Libros del Asteroide y en catalán en L’Altra Editorial y traducido como Aquest deu ser el lloc), ese lugar, indómito, hecho a la medida de la intimidad de los protagonistas de esta historia, se encuentra en un pequeño valle irlandés, en Donegal. Niebla, frío y barrizales. Se huele la humedad, en la novela de O’Farrell, pero también se huele el Hudson, y los ambientadores de los taxis neoyorkinos. Se huele la pureza de los minerales del Salar de Uyuni y el ajetreo de Londres. La novela apesta a juventud, a rayas, a errores del pasado con consecuencias inasumibles, insuperables, pero también huele a canción de madurez, a ser un fénix y renacer. También a aceptar tus propios errores, asumirlos, tatuarlos a fuego lento y dejar que formen parte del “yo”. A acarrearlos y convivir con ellos, a mostrar las cicatrices sin temor y sin pudor.

Tiene que ser aquí es la historia de Claudette Wells y Daniel Sullivan, pero también de Ari, un niño tartamudo que crece capítulo a capítulo, de Niall y Phoebe, los hijos olvidados y rescatados, de Marithe y Calvin, aquellos que llegaron cuando todo estaba hecho. Es la historia de dos muertes y de mucho amor. Amor por la tierra, por el anonimato, por la vida sencilla, por el otro, por los hijos, por el pasado y por el futuro. No se trata de una historia convencional.

Arquitectura exquisita

Excepcional quizás sea la palabra más apropiada para definir la estructura formal del libro. Un compendio de capítulos que alternan tiempo, espacio y voces narrativas que forman un poliedro. Tramas entrelazadas, siempre muy bien pensadas, que van saltando de página en página para, finalmente, proporcionar una visión global del mágico mundo creado por la autora.

La diversidad de puntos de vista le confiere frescura y rapidez a la lectura, a pesar de que haya alguno que sea innecesario por aportar poco (el capítulo de Rosalind, donde se narra un viaje por tierras suramericanas y se nos explica la historia de un personaje que nada tiene que ver con la trama principal). Los cambios de escenario (Londres, Donegal, Nueva York, California, China, India…) le confieren un talante cosmopolita a la obra. Los personajes se mueven por el espacio- tiempo de manera sencilla y eficaz. ¡Es una novela, soñemos!

Viajemos

La fuerza narrativa de Donegal, escenario donde ocurren algunas de las tramas más importantes de la novela y lugar en común de todos los personajes, o casi todos, no pasa desapercibida. Una casa antigua en medio de un bosque, la soledad, la niebla y la búsqueda de la desaparición. Renacer en medio de la nada para aprender a vivir sin todo aquello que nos define como personas. Nuestro trabajo, nuestro entorno familiar, el lugar donde hemos crecido. Este tiene que ser el lugar, Donegal. A partir de allí, punto de encuentro, pero también de partida, los personajes principales van entrando y saliendo para explicarnos, palabra a palabra, sus historias. Pedazos de vida deshilachados que resultan incomprensibles al otro.

Se viaja en el tiempo, también en el espacio. Las vidas construidas a fuego lento y marcadas por las decisiones y las circunstancias de cada momento, se cruzan de manera casi cósmica en la novela de O’Farrell. Las ciudades, los bosques, los parques, los aviones, los aeropuertos, las casas, las oficinas, constituyen un escenario global donde transcurre las diferentes acciones. Y entre todo este barullo de localizaciones, el océano Atlántico. Ese que separa las historias de vida, el que toma las decisiones por nosotros, por los protagonistas de esta historia a varias voces. Una gran masa de agua que hace que Daniel se olvide de sus hijos norteamericanos, que hace zozobrar su relación con Claudette, la que le aleja de Nicola, esa chica a la que cree haber matado, y de toda esa vida que él había construido Europa. Si existe un gran protagonista de esta historia, este es el océano Atlántico, sin lugar a dudas. Ese que separa historias, que impone puntos y aparte y que toma las decisiones que los protagonistas son incapaces de tomar.

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Corea del Norte: comunismo surrealista

Por  Daniel Wizenberg

 

dos caras corea

Publicamos un fragmento de Dos caras de una misma Corea de Daniel Wizenberg y Julián Varsavsky. En este libro los dos cronistas argentinos viajaron sin cruzarse, uno al norte y otro al sur. Aquí plasman cómo fueron estos viajes.  


 

—La mañana del 17 de diciembre de 2011 hubo una explosión inédita de energía en todo nuestro país. Los pobladores cercanos al monte Paektu están seguros de que el pico nevado dejó de ser blanco para volverse rojo, como si le saliera lava de su interior aunque no sea un volcán en actividad, y los habitantes de ambas costas afirman que nunca hubo tantas olas en los mares como aquel día —cuenta la señorita Song.

Contraté un tour para ingresar a Corea del Norte junto a 20 turistas. Song es guía de mi viaje junto al Señor Jong. Ella tiene 24 años, él 42 y lleva más de una década como guía. Song se cubre con un abrigo negro hasta los pies y tiene una sonrisa nerviosa enmarcada por un acné adolescente sin maquillar. Jong luce un traje perfecto con camisa blanca y corbata azul. No nos dejarán solos ni un momento por el resto del viaje y se dividirán los roles: ella guía el recorrido y él responde las preguntas. Corrige a Song si es necesario.

—Inédito no, señorita Song, mis padres siempre recuerdan que algo similar ya había sucedido el 8 de julio de 1994 cuando pasó a la eternidad el Presidente Eterno, Kim Il Sung.

Kim Il Sung fue el primer líder supremo de Corea de Norte y al morir en 1994 lo sucedió su hijo Kim Jong Il. Este último falleció en 2011 y el poder lo heredó su hijo Kim Jong Un. Aunque nadie los nombre así, los llamaremos Kim I, Kim II y Kim III para facilitar la lectura.

Nos disponemos a ingresar al Palacio Kumsusan, donde descansan los restos de Kim I y Kim II. Al entrar, dejamos cámaras y billeteras en unos casilleros y cruzamos la puerta principal entre dos estatuas gigantes de los dos líderes que murieron. Los guías nos ponen en fila para subir a unas cintas mecánicas que llevan a un largo pasillo con centenares de fotos en las paredes laterales: Kim I en la guerra, Kim II cortando la cinta de inauguración de una fábrica, Kim I alzando un niño, Kim II señalándole el horizonte a un grupo de oficiales. Suena de fondo una canción llamada «¿Dónde está general?».

Para no ensuciar el Palacio, antes de ingresar al mausoleo de Kim I hay que colocar los pies en cepillos rodantes para lustrar los zapatos y limpiar las suelas. Luego debemos enfrentarnos a unos ventiladores en una especie de cámara de aire para remover el polvo del cuerpo y ser rociados con un líquido desinfectante.

La señorita Song nos coloca en fila doble para entrar. Hay muy poca luz. Atravesamos un círculo de oficiales con uniforme de gala. Las paredes se difuminan en la oscuridad y en el piso reluce un mármol rojo furioso. Los acordes de «¿Dónde estás General?» van in crescendo. El sarcófago de cristal está elevado en el centro de la sala y nos aproximamos en sentido contrario a las agujas del reloj, comenzando por la cabeza. El cuerpo yace levemente inclinado sobre una plataforma plagada de flores Kimilsungias que invaden el sarcófago como si el finado descansara en un jardín. No es posible detenerse salvo para cumplir con la obligación de inclinarse ante el líder al estar frente a él.

Kim I viste traje gris y está cubierto con una manta de terciopelo rojo que lo tapa hasta el pecho sin dejar ver sus manos. En las fotos siempre se lo veía sonriendo. Pero en las últimas tenía la piel plagada de pozos y arrugas, los ojos cansados antecedidos por el marco cuadrado y dorado de sus lentes, y estaba casi calvo con unas pocas canas. Ahora, en la caja de cristal, sus canas son negras y la piel se ve perfectamente lisa. El Kim I eterno luce más joven que el mortal.

Aún bajo la conmoción del extraño encuentro, observamos al salir una serie de medallas y elementos cotidianos de los líderes, como un ordenador Apple de Kim II y los trajes de Kim I. En una sala mayor se exhibe el Mercedes Benz de Kim I y el tren en el que –según la leyenda– falleció trabajando Kim II. En una piscina flota un yate de Kim II.

—Lamentablemente sólo podremos ver al Presidente Eterno: me informaron que el Gran Líder sólo recibirá visitas el día de su aniversario.

 El señor Jong habla de los líderes como si nos recibieran en audiencia. Al salir pasamos junto a pilas de flores enviadas por los fieles, a las que se suman ahora dos más: una de Song y otra de Jong.

Al regresar le invito un whisky al señor Jong en el bar del hotel mientras los demás esperan la cena en el comedor. A Jong le encanta el alcohol y en otro contexto no puede acceder a beberlo: me concede un rato para sacarme dudas y reconfirmar o no ciertos mitos que circulan.

—¿Es cierto que creen que ganaron la Copa Mundial de Fútbol? Algunos en Occidente creen eso.

—En 2010 jugamos contra Brasil perdiendo 2-1. El juego se transmitió en vivo y no sólo no creemos que ganamos alguna copa, sino que estamos orgullosos de cómo actuamos en ese partido. Por cierto, Messi no marcó ningún gol en ese torneo.

Jong está bien informado. Omite que el segundo partido lo perdieron 7-0 con Portugal y luego 3-0 frente a Costa de Marfil. En el Mundial de 1966, sin embargo, eliminaron a Italia y casi hacen lo mismo contra el Portugal del goleador Eusebio.

—Le comento que por Youtube vi a la exiliada Hyeonseo Lee decir que en el interior del país tienen bombas nucleares y campos de trabajo forzado.

—Youtube es una herramienta de Occidente para manipular la información ¿no te sientes liberado estos días?aduce con el rostro serio.

—¿Alguna vez saliste de Corea del Norte?

—No.

—Y entonces cómo sabes lo que es Youtube

—Soy afortunado de no haberlo visto.

—¿Tienen bombas nucleares?

—Claro, como la Corea invadida también las tiene.

—¿Y sobre aquello de que el tío de Kim Jong Un fue devorado por los perros?

—Eso fue una broma de un medio chino: fue ejecutado normalmente. Una gran decepción porque parecía leal pero era traidor.

—¿Qué significa normalmente?

—Normalmente.

Todos estos mitos son preguntas comunes entre los turistas, Jong luce entrenado. Sin embargo, desconoce que algunas fuentes son las propias agencias norcoreanas. La Korean Central News Agency publicó en 2012 que se había encontrado uno de los unicornios en los que cabalgaba Tongmyong, el fundador de un reino en el siglo III a.C.

—¿Iremos a ver el unicornio?

—¿En qué idioma has leído eso?

—En inglés.

—Ese es el problema, tal vez traducimos mal. Aquí se habla del mito de la guarida del unicornio pero nadie cree que exista de verdad.

—¿Y sobre los 42 hoyos en uno de Kim Jong II? ¿Cómo aprendió a ser tan bueno en golf?

—Eso no se dijo aquí. Sólo se ha hablado en el extranjero. El problema de las mentiras como esas es que no se pueden desmentir. ¿Qué debería      haber hecho Kim Jong II? ¿Demostrar que no jugaba bien?

—Y los cortes de pelo… ¿es cierto que hay 17?

—Cada uno se puede cortar el pelo como quiera, lo que no se pueden llevar son cortes raros.

—¿Raros?

—Extraños

Ya está lista la cena. Jong decide ganar tiempo y adelantarse al resto de las preguntas.

—Conozco todos los mitos, como el que habla de las sesiones de asesinatos masivos en la plaza Kim Il Sung: eso es mentira.

Decido apartarme de los rumores con una serie de cuestionamientos más serios.

—Jong, hay cuestiones que no son mitológicas: ¿hay elecciones acaso?

—Cada cinco años se votan los miembros de la Asamblea Popular Suprema y estos eligen al Comandante Supremo. Esto demuestra que el gobierno funciona bien porque ganan siempre los mismos. Escucha, hay casi 700 diputados, aunque sean del mismo partido: repito… hay elecciones cada cinco años… cualquiera puede presentarse ¿está claro?

—¿Y todos están conformes? ¿Nadie protesta?

—Hace poco recibí gente de Dinamarca y allí tampoco hay protestas me han dicho.

—Los medios masivos de comunicación pueden decir cualquier cosa sobre Corea del Norte y nunca hay forma de refutarlo o certificarlo. En 2013 circuló la noticia de que una supuesta amante de Kim III –una cantante de la orquesta oficial Unhasu– fue fusilada. Pyongyang no hizo ningún desmentido y los medios internacionales dieron esa noticia por cierta: un año después la chica apareció encabezando un acto oficial.