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Las reglas del mundo: Llega el segundo número de 5W

Por Berta Jiménez

reglas.mundo

Después de la guerra alguien marcó Las reglas del mundo. Esas que nos hablan sobre «la compleja relación entre las autoridades, las leyes y las personas». ¿Quién decide estas normas? El segundo número de la revista 5W vuelve un año después —como prometió— con otros cinco capítulos cargados de crónicas que apuntan al mundo con sus signos de interrogación.

Who? / ¿Quién?

5W anhela contar el mundo. Y se hace evidente en sus textos, en su forma, en los lugares en los que ponen el foco: casi todos los continentes están representados en estas 250 páginas de periodismo «de larga distancia». Su director, Agus Morales, apunta que «la idea no es tanto hablar de marcos legales como de las leyes que afectan a las personas. Cómo es la relación —una cosa que creo que es muy actual y a la vez eterna— del individuo y las comunidades con el estado; explorar todas esas contradicciones no solo con los estados sino también con las organizaciones criminales y sobre todo hacerlo desde una perspectiva que sea humana, que esté en la línea, en la esencia de la crónica, que es lo más complicado de un número así».

Por eso Who pretende perfilar el mundo, retratarlo. Elegir unos protagonistas: 5 hombres muy diferentes, cuya etnia, clase social, ideología, experiencia vital y objetivos no se parecen pero a los que podríamos etiquetar como luchadores por unos ideales. El activismo negro de Biram Dah Abeid —en un país como Mauritania, último en el mundo en abolir la esclavitud en 1981—; las operaciones del «Doctor Congo», Denis Mukwege, la perseverancia de Sonam Topgyal para cuidar la biblioteca del exilio del Tíbet, el desafiante —en nombre de Dios— padre Giacomo. Todas historias apasionantes en las que, eso sí, se echa de menos a la mitad del rostro humano global que se aspira a retratar: las mujeres.

When? / ¿Cuándo?

Conocer el contexto es vital. No solo para el periodismo, sino para cualquier disciplina interesada en descubrir e intentar entender las realidades que conforman el mundo —desde lo cercano hasta lo desconocido—. Sin él sería demasiado fácil hacer el trabajo; demasiado fácil analizarlo todo, demasiado fácil asumir que poseemos la verdad absoluta. Por eso When aporta algo de background a 5W. Mònica Bernabé, por ejemplo, explica los frágiles cimientos de los derechos de las mujeres afganas, que son vulnerados a diario bajo la excusa de leyes tradicionales no recogidas en el Corán. Rodrigo Hernández muestra una cara del narcotráfico en México, donde «muchos temen más la pobreza que la violencia». Un hecho difícil de comprender y transmitir cuando el sujeto que lee o que escribe jamás ha vivido —ni posiblemente vivirá— esa violencia. Cristina García Casado reflexiona sobre el debate siempre abierto de la tenencia civil de armas en Estados Unidos; o más bien de su uso.

El activismo negro de Biram Dah Abeid —en un país como Mauritania, último en el mundo en abolir la esclavitud en 1981—; las operaciones del «Doctor Congo», Denis Mukwege, la perseverancia de Sonam Topgyal para cuidar la biblioteca del exilio del Tíbet.

La necesidad de reposar las cosas marca los tiempos de 5W: «La razón fundamental por la que este número es anual es porque necesitamos tiempo para pensar, no es que el proceso físico de pedir textos, de editar, etc., no se pueda hacer en menos tiempo», dice Agus Morales. «Pero está bien que sea mucho tiempo para que se haga bien. Lo que te permite es pensar y tener dos, tres, cuatro ideas que compitan y al final, con la cabeza fría, decidir cuál es el tema que tú crees que debes de hacer. No el que va a vender más, no el correcto (porque no existe), sino al que tú crees que le ha llegado su momento.»

Where? / ¿Dónde?

En 5W, revista, al fin y al cabo, de periodismo internacional, es innegable el imperio del dónde. Dónde miramos, dónde no miramos, dónde deberíamos mirar. Pero, por supuesto, no tendría ningún sentido un «dónde» sin plantear su otra cara: «desde dónde». Desde dónde se narra. En un sentido estrictamente personal —quiénes somos, cómo hemos vivido, por qué nos interesa esto, qué eje vamos a elegir para contarlo—. Y por tanto, —y evocando inevitablemente a la escritora feminista Kate Millet —desde lo estrictamente político: «quiénes no somos», «cómo no hemos vivido» y, también, «por qué no nos interesa esto».

Where, en 5W, es el ojo que ve, el dominio de los fotorreportajes. El objetivo de la cámara, siempre, y como todo, subjetivo, que en este número enfoca la política del hijo único en China, una de las caras LGBTI de África, a los nómadas del Sahel, los Cascos Blancos de Alepo y los vientres de alquiler en la India, en los trabajos de César Dezfuli, Frédéric Noy, Samuel Aranda, J.M. López y Serena de Sanctis. Un terreno, el de la edición visual del número, en el que brilla el trabajo del equipo de Anna Surinyach, encargada del área.

Why? / ¿Por qué?

El primero de los reportajes en profundidad —agrupados bajo el epígrafe Why,— nos lleva a Dakar de la mano de Marta Arias y nos sitúa en una forma de «esclavitud del siglo XXI», la de los talibés, niños mendigos de las calles senegalesas. Igor G. Barbero también se centra en un grupo específico: los rohinyá de Birmania, una comunidad apátrida invisibilizada para la que «el rechazo no se limita al individuo o a la comunidad. El mero uso de la palabra “rohinyá” es difícilmente tolerado en Birmania. Muchas organizaciones internacionales y humanitarias han sido reprendidas por ello».

Desde dónde se narra. En un sentido estrictamente personal —quiénes somos, cómo hemos vivido, por qué nos interesa esto, qué eje vamos a elegir para contarlo—. Y por tanto, —y evocando inevitablemente a la escritora feminista Kate Millet —desde lo estrictamente político.

Mikel Ayestaran nos traslada a Siria para demostrar que hasta la brutalidad de apariencia más caótica responde a normas precisas —más de esas «reglas del mundo»—: «A la hora de decidir las penas, los yihadistas [del Estado Islámico] cuentan con el manual Gestión de la brutalidad, escrito en 2004 y que explica la forma de comportarse en la yihad y en el trato a los infieles y apóstatas». En cuanto a Alberto Arce, narra El Salvador de las pandillas en tonos crudos: «la morgue siempre llena, toques de queda informales, desplazamiento forzado, extorsión, comisarías con barricadas para impedir ataques, policías encapuchados, ejecuciones, disparos en la noche». Por último, Ander Izagirre dedica su why —su búsqueda de razones— al trabajo infantil en las minas de Bolivia, tema que está en la raíz de su último libro de crónica periodística, Potosí.

What? / ¿Qué?

Preguntado por ello, Agus Morales resume así esta entrega de la revista: «Es puro 5W porque no es un tema comercial, no es una propuesta que persiga llegar a muchísima gente. Lo que propone al lector es una reflexión. Es sumergirse en un problema que creo que es fundamental en la vida contemporánea. Y al final es una apuesta por decir: esta es nuestra esencia y que nadie piense que no vamos a seguir por ese camino, porque ese es el camino. Y, bueno, esperamos que tenga largo recorrido».

What, entonces, es la sección más breve de una revista de largo recorrido. Y, en cierto sentido, la que lo vertebra. Cinco conceptos—palabra, semilla, túnel, desierto, solsticio— expresados en un puñado de párrafos, con libertad formal, para recordar las corrientes subterráneas que recorren todos los temas incluidos en la revista. Cinco puntos de apoyo para ver con más claridad por qué importan «las reglas del mundo».

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Preludio de un naufragio: El mar es tu espejo. Historias de tripulaciones abandonadas en el Mediterráneo

Por Jordi de Miguel
@jordidemiguel

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Hay un momento de rotura. De quiebre y de llanto. Una tarde de agosto de 2009, la periodista Catalina Gayà regresa en lancha al aceitoso puerto de Pendik, Estambul. Acaba de certificar que lo visto y oído en Barcelona no es una siniestra excepción: que ancladas en el Mediterráneo, en plena crisis, hay decenas de tripulaciones abandonadas por sus armadores; que a la deriva, en sus barcos oxidados, hay centenares de hombres sin recursos para volver a sus países ni sueldos para alimentarse. Hombres que, como peces sin agua, boquean, musitan, rabian las palabras de un abandono ignorado. El mar es tu espejo (Libros del KO, 2017) es la crónica de ese abandono.

Faisal se quedó solo, a merced de la locura, en un barco que chirriaba de día y de noche. El Stratis II era un buque de carga, un hormiguero de pasillos largos, un colosal estómago de acero. Y aquella inmensidad amplificaba los efectos del ruido y de la soledad

Todo empieza ese mismo 2009 cuando Gayà conoce a Faisal, un marinero paquistaní que lleva más de un año malviviendo a bordo de un carguero abandonado en el puerto de Barcelona. El Stratis II no puede zarpar hasta que sea reparado, pero su armador griego no da señales de vida, se ha convertido en una sombra que languidece a medida que el resto de tripulantes son repatriados o se pierden, también sin rastro, por los estrechos callejones del Raval. Solo, a la deriva, ha quedado Faisal, el capitán sin mar que aguarda la subasta del barco para volver a su país.

Cuando por fin lo consiga, Gayà habrá tomado la decisión: Irá hasta el fondo del asunto, viajará a otros puertos del Mediterráneo para desvelar los engranajes del abandono de tripulaciones, un ángulo muerto del capitalismo urdido por una trama de sociedades opacas, armadores huidizos y banderas de conveniencia. Del mar llega el 92% de las mercancías que consumimos. De sus entrañas, apenas sabemos nada.

Había visto a los marineros asustados y yo mismo estaba asustada. El desamparo es una enfermedad salvaje que nos devuelve irremediablemente a la niñez, al instante justo en que, por primera vez, nos hablan de la muerte

A lo largo de dos años y con la ayuda de una beca y de organizaciones de apoyo a los marineros, Gayà vencerá las resistencias para adentrarse en cinco puertos más: Estambul, Ceuta, Gibraltar, Civitavecchia y Suez. En sus aguas escuchará a marineros de toda procedencia y condición. Ucranianos, turcos, georgianos y paquistaníes. Maestros y estudiantes. Lectores de Hemingway y Melville. Hombres disminuidos que discuten sobre la idoneidad del verbo love o like para definir su relación con el mar (y siempre gana love); hombres «en pleno desvalimiento», obstinados a creer en quienes los han traicionado.

Gayà retrata su mundo poniendo el cuerpo. Utiliza la primera la primera persona no sólo para hacer de puente entre ciudades: también ella somete su identidad frente al espejo. ¿Quién es esta mujer de ropas enlutadas obsesionada con el abandono? ¿Qué imagen le devuelve el mar?

Sea quien sea, su figura no pasa inadvertida. Durante sus viajes por el Mediterráneo, recibirá llamadas intempestivas desde otros puertos: «¿Eres la mujer que escucha a los marinos? ¿Puedes ayudarnos?» «Yo sólo puedo narrarlo», responde ella.

Y qué manera de narrarlo.

Pese a la aparente rigidez de la estructura (cada capítulo corresponde a un viaje, cada viaje es similar), Gayà logra sostener el pulso de la narración: juega con los tiempos, deja puertas entreabiertas, administra con cuidado la información más densa. A su vez, la prosa -clara, sobria, notarial- dibuja un lienzo diáfano donde los giros líricos y las citas esporádicas (Homero, Conrad, Pizarnik) operan como bengalas de emergencia: son breves y fugaces, pero suficientemente intensas como para alumbrar lo que de verdad importa. Este libro no tiene prólogo ni retrato de ciudad. Lo que de verdad importa es el testimonio, lo que importa es el mar.

¿Y qué es mejor? ¿Estar despierto y ver esto? ¿Sólo ver el mar? Yo no quiero mirarlo más: trabajaba en un río, prefiero los ríos. Los ríos empiezan y acaban

Y aún así, esta no es una historia de tripulaciones abandonadas. O no sólo. El mar es tu espejo es una alerta de tsunami, un aviso sobre la voracidad sin fin del capitalismo y sobre el necesario despertar de una mirada. La de Gayà se resarce. Viaja del lamento por no haber dado antes con Faisal a la relectura de su propia ciudad. Tripulante de otra profesión a la deriva, la periodista vuelve de su última parada en Suez «ahíta de soledades», pero mira. Mira y comprende: El mar se ha filtrado entre las baldosas, hay «un abandono terrestre» asolando la ciudad. Vecinos expulsados de su hogar por el mismo azote de la crisis, familias enteras varadas en los mismos contornos del capital. El mar es nuestro espejo, el mar es nuestro espejo, se repite Gayà. Por eso decide regresar a las aceitosas aguas de Pendik. Si «los marinos y su universo acuático fueron un preludio a nuestro naufragio», en el mar se hallarán nuevas respuestas. Vayan a las últimas páginas del libro. Tal vez allí se describa el porvenir.

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Ni Kafka, ni Chéjov, ni Poe: Los insectos de Leena Krohn son poesía

Por Silvia Cruz Lapeña

@silviacruz_news

 

TAINARON

Dice la información que acompaña este libro que su autora, Leena Krohn, está a la altura de Franz Kafka, de Anton Chéjov o de Edgar Allan Poe, pero lo verdaderamente emocionante de su prosa es la poesía. Su lirismo alcanza la profundidad de las agujas, que sólo se notan cuando ya han tocado nervio y hacen sangre haciendo poco daño:

Los págalos tuvieron que haber chillado entonces, las olas bramar, pero yo, mi mente ausente, no vi más que arena y una uña…

Tainaron, un mundo que Krohn inventó en 1985 y describe con sensibilidad de cirujana, lo habitan los insectos. No son las mariposas que sirvieron de pasatiempo o imagen literaria a Nabokov, ni presagios de muerte como «las hormigas furiosas y amarillas» de Federico García Lorca. Podrían ser Gregor Samsa al revés, pero en La transformación, Kafka tuvo que convertir poco a poco a un hombre en coleóptero mientras que los seres de Krohn tienen atributos humanos de nacimiento.

Son seres que hacen ruidos y sufren cambios repugnantes para el ojo humano, pero se han vuelto cotidianos y no son molestos como las moscas que encuentra Gulliver en su viaje a Brobdingnag. Los habitantes de Tainaron trabajan, crían, ríen, sienten soledad y amor y son conscientes de la muerte.

Con ellos se (y nos) compara el narrador, de quien no sabemos ni el sexo, ni el motivo que le ha hecho volver a esa tierra desde la que escribe 30 cartas, que son los 30 episodios que componen la novela, a un destinatario que jamás responde. En las misivas explica cómo viven sus vecinos y, yendo de lo cotidiano a su corazón, crea un relato profundamente humano ubicado en un mundo fantástico donde viven ancianas de ocho patas, dependientes con ojos multifacéticos, vecinos con vientres peludos y bebés alados.

Los múltiples inicios

Todos en Tainaron están al borde de la muerte.

Aquí puedes toparte con alguien desconocido que se aproxima a ti cual viejo amigo y comienza a recordar alguna divertida anécdota de hace tiempo que al parecer habríais vivido juntos. Y cuando preguntas “¿Cuándo?”, el otro se ríe y responde: “Cuando era otro”.

Pero la parca no siempre es definitiva, parece decir Krohn, que pone mucho empeño en mostrar las semejanzas entre las metamorfosis de los insectos y las de los humanos, como si la única diferencia entre ellas fuera la velocidad a la que suceden: un niño tarda años en crecer, una oruga sólo días en hacerse con dos alas empolvadas.

Esos cambios también operan en la biografía y en el alma, por eso cada vida contiene varias existencias y se fallece varias veces antes de que llegue el final definitivo. ¿O no sintió usted nunca que volvió a nacer tras un golpe de suerte? ¿Acaso no resucitó siendo otra después de que un amor se le pudriera entre las manos?

¿Cómo puede un individuo que cambia tan completamente decir que es el mismo? ¿Cómo puede proseguir? ¿Cómo puede recordar?

También la ciudad está viva, también muere y resucita. En Tainaron, las calles se mueven de sitio y de forma y es imposible dibujar un mapa. Ni siquiera la nobleza, que adopta la forma de un viejo príncipe olvidado y moribundo, es inamovible en este lugar, que a ratos parece una distopía y a ratos, lo contrario:

«Tainaron no es un lugar (…) Es un acontecimiento que nadie mide»

Sin lecciones

En todo el relato hay reflejos de Emily Dickinson, a quien Krohn admira y quien, curiosamente, también recurrió a los insectos para adornar, sobre el papel, su propia muerte:

Oí zumbar una mosca –cuando morí–

la quietud del cuarto

era como la quietud del aire –

entre las olas de la tormenta

En este primer libro de Krohn traducido en España, se vislumbra a la poeta estadounidense en el lirismo, de una ternura espeluznante, también en las frases cortas y profundas. En otros pasajes, se intuye a Julio Cortázar y a Jorge Luis Borges, pero lo que recorre sus páginas como una enorme sombra es La caída de la Casa Usher de Poe, pues si Tainaron habla de algo es de declives:

Si los sonidos de la ciudad enmudecieran un instante podría escuchar el sigiloso rumor de algo que se desmorona, como si por las paredes de un arenal fluyera un hilillo de arena.

El texto de Krohn invita a vivir. Ni la muerte, los cambios y el cansancio ocultan el verdadero tono de este libro, que transmite un optimismo melancólico que da esperanza sin negar el dolor. Pero tampoco da lecciones, sólo alumbra.

Magia sin trucos

Krohn, que ha recibido cuatro veces el premio estatal de literatura en Finlandia y varios reconocimientos por su defensa de los animales, hinche las frases con mica, gorriones, cortezas, nidos, celdillas, y los cielos, el aire, el agua son de un azul brillante, de color verde limón o rojo intenso. Krohn impone a los humanos la naturaleza, única ley (casi un ser) inamovible.

Pinta a los humanos al borde de su bestialidad y humaniza a los insectos: por eso las palabras no se dicen, se secretan; los tainoraianos no parpadean, «baten los párpados» y los pájaros no pían, ni gorjean, «chillan». Plantas, animales, rocas, el efecto de la luz sobre los seres vivos y los procesos químicos dan a la prosa de Krohn el mismo poder que posee la naturaleza: el de hacer magia sin trucos.

Las reflexiones de la voz que narra son el resultado de mezclar el conocimiento y la creencia, el tacto y la intuición. Sufre pero tiene fe, no en dios, en los ciclos naturales. Habla, se sabe humano, pero tiene la certeza de que un día se fundirá con el polvo y lo asume como si no lo supiera, como algo natural. Sí, los seres de Krohn son de ciencia, pero también son milagros, quizás por eso la autora dedicó el libro a su hijo, a la Abeja Reina y a Jean Henri Fabre, un entomólogo inspirado en dios y a la contra de Charles Darwin.

La importancia de una traducción

«La sintaxis finesa es el reflejo de un mundo totalmente distinto al nuestro. Un ejemplo: si hieres a alguien y lo matas, lo dices en genitivo. Si sólo lo hieres, usas el partitivo. Es como si en lugar de concebir los todos, sólo miraran las partes». Habla la traductora Luisa Gutiérrez Ruiz, a quien es de ley recurrir por haber hecho posible una novela radiante que también se escucha.

Tainaron está repleto de sonidos, semejantes jamás he escuchado en otro lugar. Aquí he observado que no existe una división clara entre música y lenguaje.

Las onomatopeyas son cruciales, están en todos los párrafos, y hacen de Tainaron también una melodía. A componerla contribuye el talento de Gutiérrez y el hecho de que en español quizás no haya palabras que remeden mejor lo que nombran que las que se refieren a los insectos. Si no me cree, diga y escúchese: «Libélula».

Gutiérrez fue quien propuso a Nórdica Libros traducir a Krohn, autora que supone un reto añadido a la dificultad que ya de por sí entraña el finés. «Es una lengua sin géneros pero en este libro, además, juega con la ambigüedad hasta el extremo de que no es posible saber si quien narra es hombre o mujer. ¿Tú qué pensaste?», pregunta curiosa. De sus charlas con la creadora de Tainaron, le quedó la impresión de que es «encantadora pero muy tímida» y define su prosa como «lírica e introspectiva».

Al otro lado del teléfono, la voz de Luisa suena alegre y reposada y las palabras, escogidas a conciencia, parece sacarlas de un pozo abismal. Explica que estudió finés «por casualidad» y hoy es responsable de comunicación del Instituto Nacional de Finlandia. Traduce en sus ratos libres y los fines de semana porque de trasladar palabras de un idioma a otro es imposible vivir. No se detiene en la queja y enseguida habla del peso de las mujeres en la literatura finlandesa actual. A ella le han dado premios de traducción como el «María Martínez Sierra» y sin saber si por Tainaron recibirá alguno (ojalá), lo que está claro es que el lector en español ya ha ganado. Al acabarlo, cierre el libro, voltee el espejo: y diga si no siente una humana necesidad de llorar y gritar «gracias».

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NUBES DE LLUVIA, DE BESSIE HEAD

Por Sonia Fernández Quincoces.

 

nubes.lluvia.

 

Puede que ya conozcáis a Bessie Head, en cuyo caso podéis saltaros los próximos dos párrafos, o puede que nunca hayáis oído hablar de ella, en este supuesto las líneas que continúan os pueden ayudar a situaros sobre quién fue esta escritora y cuáles son los vértices de su obra.

En el clarificador prólogo de Nubes de lluvia, su primera novela publicada en 1969, que este mismo año ha sido traducida por primera vez al castellano por Elia Maqueda para la editorial Palabrero Press, la periodista Ángeles Jurado Quintana nos advierte ya de la imposibilidad de deslindar la vida y la obra de esta escritora. Pertenece Head a ese grupo de escritores cuya ficción literaria bebe una y otra vez de su propia existencia, resultando un recorrido por sus diferentes estadías vitales. Leyendo su abrumadora biografía se observa que nunca perteneció del todo a ningún mundo. A pesar de que nació en Sudáfrica, se la considera la máxima representante de la literatura de Botsuana, en donde pasó la mayor parte de su vida adulta como exiliada y refugiada. Aunque transitó por un mundo terrenal, lleno de carencias e injusticias, su frágil salud mental la llevó a habitar también el de la ensoñación o pesadilla que surge de lo más recóndito de la mente cuando esta se pierde sin remedio. Y siendo ella el fruto, que vio la luz en un hospital psiquiátrico, de los amores prohibidos por el apartheid entre una mujer blanca adinerada y un sirviente negro, su piel siempre la situó en la tierra de en medio.

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«Estoy construyendo una escalera a las estrellas…Por eso escribo», nos comunicó en su último escrito conocido Why do I write? (1985). Ese fue su esfuerzo en un intento por dejar atrás su nacimiento en un hospital psiquiátrico, la vida bajo el apartheid, un matrimonio desgraciado, la miseria en la que se vio obligada a subsistir… Vivió pobre, en exceso, y murió pobre, justo en el momento en el que rozaba las puertas de un reconocimiento que se le escabulló en vida y joven, demasiado joven para cualquiera y más para una escritora, a los cuarenta y nueve años, pero dejó tras de si una obra única, llena de momentos mágicos, alucinaciones y originalidad. Nubes de lluvia forma parte de ella.

Estoy construyendo una escalera a las estrellas…Por eso escribo

La literatura sudafricana está repleta de títulos de denuncia y que se sitúan con afán de crítica en el contexto del deplorable e inhumano régimen. A pesar de que Head también formó parte de un grupo de activistas en contra del mismo, no se consideraba a si misma una escritora política. Su sentido de pertenencia, afirmó en varias ocasiones, lo tenía con la humanidad, no con ningún país. Ella conocía lo universal que era el lenguaje de la opresión por lo que su compromiso no se circunscribía a un único límite. Allí donde estuviera sabía que podía verse rodeada por una comunidad salvaje, violenta y asfixiante que perseguía al otro sin tregua. Así, su pensamiento era para todos los hombres y todas las mujeres negras, proponiendo y reimaginando lugares y comunidades, en pos de un mundo a medias utópico, desde los márgenes de un exilio obligado.

En Nubes de lluvia, Head nos propone uno de esos universos que se fraguan por impulso de su contrario: el opresivo apartheid. Huyendo de ese régimen alienante, donde no encaja y se encuentra asfixiado sin presente ni futuro de ningún tipo, llega Makhaya el joven periodista protagonista, a la aldea de Golema Mmidi en territorio botsuano, tal como hizo la propia escritora, anhelando vivir en un «país libre». De hecho Makhaya, como otros personajes de sus novelas, es un trasunto de la propia escritora y de sus experiencias.

Pero Golema Mmidi resulta no ser un lugar como los demás. Habitado por gentes que han llegado huyendo de las tragedias de la vida, el joven pronto conocerá la fraternal acogida y la generosidad de unos habitantes que trabajan únicamente el campo para subsistir en un país en el que la falta de lluvias es una amenaza constante.

Makhaya, como otros personajes de sus novelas, es un trasunto de la propia escritora y de sus experiencias

Allí conocerá a un agrónomo inglés, Gilbert, que ha ideado un sistema cooperativista innovador y rupturista con el sistema tradicional incapaz de sacar de la pobreza a los más pobres y perpetuador de la situación injusta que acaba generando hambruna y muerte. Y también comprobará cómo en una aldea habitada la mayor parte del tiempo solo por mujeres, ya que los hombres se dedican a la ganadería, son ellas las auténticas artífices de que el trabajo agrícola dé sus frutos. Entre ellas emergerá Paulina, una mujer inteligente y luchadora que se enamora de Makhaya y a quien ayudará en su labor de convencer y formar al resto de mujeres de la aldea. Paulina proporciona al joven periodista una imagen diferente, la de alguien imprescindible, tenaz y comprometido, que le hará cambiar su idea sobre las mujeres, al igual que cambiará también su idea sobre los blancos colonizadores gracias a su relación con el británico. Gilbert le llevará a comprobar que no todos los blancos persiguen a los negros y son capaces de trabajar junto a ellos y que, para su sorpresa, gente de su misma raza pueden acabar siendo los verdugos para su propia gente.

Pero Golema Mmidi además de un lugar semi-idilico muestra hasta qué punto la resistencia al cambio puede hacer que la mejor de las ideas fracase. Los nuevos y modernos métodos chocan de frente con los poderes locales que se resisten al avance, el sistema tribal de propiedad de las tierras es uno de los principales obstáculos. Se desean nubes de lluvia, capaces de obrar el cambio. Bessie Head las conjuraba para todos nosotros.

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TIERRA DE BRUJAS, LA VIDA EN UN PSIQUIÁTRICO DE KENIA

Por Virginia Mendoza.Tierra de brujas

De manera poética y salvaje, María Ferreira comienza a contar un país, Kenia, aunque lo que hace en realidad es contarse a sí misma. Por eso, entre relatos de su día a día va dejando caer sus recuerdos de infancia, las carencias y ausencias, su adolescencia, sus miedos, su ansia y sus vómitos. Todo ello fue creando a la María que se nos presenta desde Kenia, una mujer que no cree en el amor, aunque haga alguna excepción; y que no cree en Dios, aunque admire a las personas que rezan por sus seres queridos, por esa capacidad de desear el bien para el otro.

María sigue siendo joven, pero su voz narrativa es la de quien, acorde con la realidad, ha aprendido a convivir con la muerte, a recibirla a diario. Dice la periodista española que en la parte trasera de su coche han muerto más hombres que la han amado. A María se le ha muerto un niño en los brazos y ha tenido que reencontrarse con su cadáver al buscar una cerveza en la nevera. A María, que se muere por ser madre y que ya está escribiendo poemas para Farah, que sigue en su vientre, la maldijeron para que no pudiera concebir. «Entonces me puso la mano en el vientre y me dijo: “No engendrarás”».

La paciente dice que las medicinas son como ortigas en su boca. Le digo que el dolor es cordura. Ella me pregunta que para qué la vida, si sólo escuece. Si sólo resta.

Tierra de brujas es, en palabras de su autora, «la reconstrucción de una historia de amor». Durante su infancia, María Ferreira soñaba con conocer África, alentada por las historias que le contaba su padre cuando volvía de viaje. Llegó a Makuyu, una aldea de Kenia cuyo nombre significa sicimoro en swahili. «Quizá suene a lugar bucólico. No lo es. Es un pueblo de putas y drogadictos», escribe.

No obstante, María se enamoró de aquella tierra y todavía no ha salido huyendo. Allí, asegura, nunca se ha sentido tan joven y tan viva. El amor era eso.

Esto lo dice al principio, pero la misma crudeza recorre más de cien páginas repletas de desencanto, dolor y asco hasta que insiste: «Nunca he sido tan joven como en Makuyu». «Nunca había sido tan joven como en Nairobi», escribe varias páginas después. Pero el amor conlleva esos olvidos: nunca hubo otro igual antes. Y Ferreira se había enamorado de Makuyu y de Nairobi porque se había enamorado de Kenia, una tierra de brujas en la que aprendió a convivir con la muerte, la tristeza y la soledad.

Ferreira, que se atiborraba de dulces y los vomitaba para sentirse bella, descubrió el hambre y cómo esta determina la forma en la que entendemos la muerte, el amor, la vida. En Makuyu nadie pierde el apetito cuando muere un ser querido. Al contrario: es el momento idóneo para el banquete. En Makuyu, el matrimonio no es la consecuencia del amor, sino su causa.

Empecé a verlo todo desde el estómago, empecé a aprender a ver el mundo desde el hambre y era realmente aterrador

En Kenia, María no era bienvenida: ¿Quién le habría dicho que la necesitaban? En Kenia, la llamaban «blanca» con tono despectivo, sin importar su nombre. En Kenia fue víctima del odio de la bruja que la maldijo. En Kenia, quisieron casarla sin contar con su opinión ni su voluntad, mientras le recordaron que su aspecto era enfermizo. Y aun así se quedó.

En Kenia, también, la desencanto el mundo de las oenegés y descubrió que la solidaridad, a veces, es una farsa. Aunque quizá desencanto sea un término demasiado laxo para describir lo que sintió. Así lo dice ella: «Empecé a ver las relaciones que se creaban con la ayuda como algo perverso, un “yo te ayudo y tú dependes de esta ayuda”. ¿Qué hay más terrible que eso?».

Eh, yo no he dicho que esté aquí para ayudaros a vosotros. He dicho que he venido para ayudar. ¿Cómo sabes que no he venido a ayudarme a mí misma?

A Ferreira se le fueron las ganas de salvar el mundo porque se sintió arrastrada por una fuerza superior: necesitaba volver a casa. Así llegó a la conclusión de que lo que buscaba no eran soluciones globales ni grandilocuentes; ni siquiera ayudar a otros, sino a sí misma. Necesitaba encontrarse y no sabía todavía que el viaje era su excusa para buscarse a escondidas de sí misma. Y llegó a una conclusión a la que el viajero llega en algún momento, en algún viaje, en algún lugar del mundo: «que se empieza y se acaba en un mismo lugar por muchos aviones que cojamos: en nuestra propia carne». ¿Y quién no ha huido sin saberlo y ha llegado a la misma conclusión después?

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En África descubrió la importancia del asco en su vida. También allí supo que el lenguaje es su madriguera. Cualquier lenguaje, barruntó, la aferraba a la tierra: «En cada uno de ellos encuentro un refugio».

Pronto encontró la manera de enfrentarse a aquella irremediable tristeza que se le enganchaba en la trenza, antes de que la paralizara decidió tragársela, «como el asco». Decidió hacerse piedra. Una piedra que vomitaba todo el rato y que encontraba en su vida, en su hambre, en su escritura, en sus amantes, en aquella adolescencia que la perseguía por África, una razón para hacerse querer. Decidió «dejar de sentir».

Que no se fuera no significa que no sintiera la tentación de hacer las maletas: «A la mierda salvar el mundo, quería volver a casa».

Y entonces me hice fuerte y entendí, por fin, que no tenía ni la menor idea de dónde estaba, de cómo funcionaban las cosas, entendí que tenía que salir de mí misma para empezar a comprender. En ese momento comenzó la soledad

Ferreira reconoce que escribió Tierra de brujas para cerrar un capítulo de su vida. Un capítulo marcado por la libertad y la juventud, pero también por el dolor y el asco. Un capítulo que duró seis años y que, reconoce, no ocurrió en el mismo orden que lo contó en el libro. Cuando ella vivía en Makuyu, Dr. F, un hombre que aparece y desaparece a lo largo de las páginas del libro, no estaba en su vida. Cuando escribió su historia de amor por un continente, por un país, por una aldea, trabajaba como periodista en resolución de conflictos en la frontera con Somalia, especialmente en temas de mutilación genital femenina, matrimonios infantiles y reclutamiento de jóvenes por parte del grupo terrorista Al-Shabaab. Ahora está en España cursando un máster en la United Nations Institute for Training and Research, pero su base sigue estando en Kenia y volverá pronto.

En la tierra que odió y amó, acabó echando raíces.

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A bordo del género: algunas lecturas imprescindibles

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Nuestro nuevo libro-revista A bordo del género. Cruzando fronteras cuenta con muchas referencias a autoras tanto pioneras como contemporáneas. Aquí os recomendamos algunas lecturas imprescindibles que nos han acompañado en la elaboración de este número y que podréis encontrar entre sus páginas.


 

Gellhorn

 

Cinco viajes al infierno
Martha Gellhorn (Heterodoxos Altaïr, 2011)

La periodista Martha Gellhorn es una de las grandes figuras femeninas invisibilizadas, en este caso, por haber estado casada con Ernest Hemingway. Pero Gellhorn no quería ser la nota al pie de página de la vida de nadie. En esta obra la periodista narra cinco de sus mejores viajes horribles.

 

 

Viajes.Europa

 

Mis viajes por Europa: Suiza, Dinamarca, Suecia, Noruega, Alemania, Inglaterra y Portugal
Carmen de Burgos (Los libros de la Catarata, 2012)

Este libro reúne muchos de los artículos que Carmen de Burgos escribió durante su viaje por Europa en 1917. En el libro destaca la forma que tiene de ver el mundo, muy avanzada para la época, así como su gran conocimiento sobre la cultura, especialmente, de los países escandinavos.

 

 

Mi montaña

 

Mi montaña
Eider Elizegi (Desnivel, 2010)

Galardonada con el Premio Desnivel 2010, la escaladora Eider Elizegi cuenta cómo se desarrollaron los cuatro meses en los que vivió en el refugio de Goûter del Mont Blanc. ¿Qué se siente al estar completamente aislada a 3.817 metros de altura?

 

 

mali blues

 

Malí Blues
Lieve Joris (Heterodoxos Altaïr, 2011)

Lieve Joris recorre un África donde nada es blanco. En la capital o en la más pequeña aldea de Senegal, Mauritania o Malí, conoce a personajes únicos, singulares. Combinan la tradición, el pensamiento mágico y la modernidad, a pesar de los embates de la sequía, los ataques rebeldes, la incompetencia administrativa.

 

 

Yo-mate-a-Sherezade

 

Yo maté a Sherezade. Confesiones de una mujer árabe furiosa
Joumana Haddad (Debate, 2011)

En este ensayo, la autora crea un diálogo entre las mujeres orientales y las occidentales poniendo sobre la mesa algunos de los pilares que sustentan el patriarcado. Haddad arma su discurso desde la ironía y la provocación.

 

 

 

 

Camino Cruel

 

El camino cruel
Ella Maillart (La línea del horizonte, 2015)

La periodista cuenta un viaje memorable junto a Annemarie Schwarzenbach desde Suiza, dispuestas a conocer otra parte del mundo en un Ford Roadster de 18 caballos. Su relato, a pesar de contar un mismo viaje, desprende otra energía casi antagónica a la de Todos los caminos están abiertos, obra de Schwarzenbach.

 

 

 

todos los caminos

 

Todos los caminos están abiertos
Annemarie Schwarzenbach (Minúscula, 2008)

Este roadtrip en el que Schwarzenbach se adentra en Los Balcanes, Turquía, Irán y Afganistán junto a Ella Maillart no sólo representa un excelente ejemplo de crónica de viajes, sino también una carta de confesión de la autora.

 

 

Viajera Asia central

 

Una viajera por Asia Central
Patricia Almarcegui (Universitat Barcelona, 2016)

En este libro Almarcegui plasma su experiencia recorriendo sola su propio Oriente, vivo, dinámico, pero también imaginario: Uzbekistán, Kirguistán, Líbano, Yemen, Irán….

 

 

10-ingobernables

 

10 ingobernables
June Fernández (Libros del K.O., 2016)

June Fernández recoge diez historias de insumisión: «¿Ser mujer y no depilarte la barba? Qué ganas de complicarte la vida. ¿Salir del armario a los 40 años? Qué ganas de complicarte la vida. ¿Poner tu vida en riesgo por defender los derechos de otras personas? Qué ganas de complicarte la vida…»

 

 

Una historia sencilla

 

Una historia sencilla
Leila Guerriero (Anagrama, 2013)

Guerriero se dedica a narrar la historia de Rodolfo González Alcántara, un bailarín de malambo residente en un pequeño pueblo argentino; así aborda una historia que podríamos denominar como una épica de la vida cotidiana.

 

 

Nadie-me-vera-llorar

 

 

Nadie me verá llorar
Cristina Rivera Garza (Tusquets Editores, 2003)

Joaquín Buitrago, fotógrafo de internos en el manicomio La Castañeda, se obsesiona con la identidad de una de las personas en tratamiento: Matilda Burgos. Poco a poco el protagonista irá descubriendo más y más información sobre esta mujer a la que ya cree conocer

 

 

mexico

 

La ira de México. Siete voces contra la impunidad
VV.AA. (Debate, 2016)

Siete de los periodistas más destacados de México denuncian en este libro la situación del narcotráfico en su país. Alzan la voz ante una violencia que se cobra decenas de miles de víctimas al año. Marcela Turati, Lydia Cacho, Sergio González Rodríguez, Anabel Hernández, Diego Enrique Osorno, Emiliano Ruiz Parra y Juan Villoro unen fuerzas contra el terror.

 

 

 

 

¿Cómo conseguir el magazine en papel? Desde ya, en la librería Altaïr y en otras librerías especializadas de toda España*; online, en nuestra tienda virtual, o con una de nuestras suscripciones, creadas a medida de tus necesidades y tus viajes: papel, web magazine y premium.

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CONSTANTINOPLA, ETERNO VIAJE A ÍTACA

Constantinopla

Por Anna María Iglesia.

Constantinopla

«Siguiendo al hammal, me sumergí en un laberinto de calles y callejuelas, tortuosas, innobles, espantosamente pavimentadas, llenas de baches y hoyos, atestadas de perros leprosos, de asnos cargados con vigas o grava… y el espejismo deslumbrante que ofrece Constantinopla desde lejos se desvaneció rápidamente». Tras un viaje apresurado —«tengo por principio en mis viajes ir velozmente al punto más alejado para regresar a mi aire»— Théophile Gautier llega a Constantinopla; es el verano de 1952 y la ciudad está sumida en el ramadán. Las expectativas de Gautier son defraudadas nada más entrar en la ciudad, el «espejismo deslumbrante» que despierta Constantinopla desde lejos pronto se desvanece y da paso a una realidad que poco tiene de ensoñación: «el Paraíso se cambió en cloaca», escribe Gautier contemplando «casas horribles» que, sin embargo, le habían seducido desde lejos.

El relato del poeta, periodista y crítico literario de su viaje a Constantinopla, publicado diariamente en una serie de artículos y recuperado ahora en una cuidada edición de Círculo de Tiza junto algunos poemas bizantinos de Kaváfis, se tiñe desde la llegada a destino de un aparente sentimiento de decepción: Constantinopla se descubre por no ser aquel idealizado lugar imaginado por Gautier, que descubre en tierras turcas cómo la tradición helénica que tanto admira por ser la raíz de la gran cultura europea ha ido desvaneciéndose ante la pregnancia de la cultura otomana. Gautier llega a Constantinopla en un momento decisivo para el Imperio Otomano y, en concreto, para las tierras que, casi un siglo después, se convertirán en Turquía: Gautier alcanza Constantinopla en el momento de alejamiento de la cultura europea, cuando Constantinopla parece estar definiéndose como una ciudad otomana, no sólo políticamente, sino también culturalmente. Llamada a ser una tierra de mediación entre dos culturas, Turquía y, en concreto, Estambul, situada entre dos aguas —la europea y la asiática— es, en parte hoy, aquello que se estaba forjando a mediados del XIX ante la mirada escéptica, fascinada y, a la vez, decepcionada de Gautier.

Gautier no sólo no aprueba la realidad que observa en las calles de Constantinopla, sino que se acerca a ella desde el prisma europeo: no hay objeto que observe, lugar que visite o realidad que presencie que no sea objeto de comparación con aquello que acontece en Francia

Lo interesante de los textos reunidos por la editorial madrileña es que construyen el relato de un viaje de descubrimiento de una cultura, pero de un descubrimiento crítico. No estamos frente a la narración de una fascinación ciega ni tampoco frente una exaltación del exotismo que podría representar Constantinopla y las tierras que la rodean; el viaje de Gautier es la narración de un choque cultural, del intento por comprender el otro y, a la vez, de la imposibilidad del propio Gautier de llegar a comprender la cultura otomana, que no dejará de resultarle tan extraña como, en ocasiones, difícil de aceptar.

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«Llevaba ya setenta y dos días paseándome por Constantinopla y conocía todos sus rincones, todas sus esquinas», escribe Gautier emprendiendo su viaje de retorno. «La vida en Oriente está amurallada, los prejuicios religiosos y los hábitos se oponen a que se penetre en los mismos» continúa Gautier, confesando no sólo un cierto hartazgo por aquellas tierras, sino una añoranza de su Europa: «Empezaba a tener sed de cuatros, estatuas y obras de arte. El eterno baile de máscaras de las calles ya me estaba impacientando; estaba ya harto de velos y deseaba ver caras». Por ello no sorprende que, incluso antes de partir, ya vislumbre Grecia, donde, como ya hizo en el viaje de ida, se detendrá para luego seguir hasta Francia: «Ya veía brillar en sueños, sobre la roca de la Acrópolis, la blanca columnata del Partenón con sus intersticios de azul, y los minaretes de Santa Sofía no me causaba ya el menor placer».

Gautier desea regresar con las mismas ansias con las que inició el viaje; un regreso deseado tras recorrer Constantinopla y detenerse en los detalles, desde los cafés hasta las mujeres, de quien Gautier no duda en subrayar su falta de libertad: «La libertad de ir y venir de que gozan es solo aparente», apunta en su narración, donde también se detiene el dominio que ejerce el hombre en la mujer, convertida en uno de sus bienes más preciados: «Un guardaespaldas, un mozo de cuerda, un hombre del pueblo que vena en la calle a una musulmana hablando con un franco o solo hacerle señas de inteligencia, la emprende con el enamorado a patadas, a puñetazos, a bastonazos, brutalidad que es aprobada por todos, incluso por las mujeres». Gautier no sólo no aprueba la realidad que observa en las calles de Constantinopla, sino que se acerca a ella desde el prisma europeo: no hay objeto que observe, lugar que visite o realidad que presencie que no sea objeto de comparación con aquello que acontece en Francia y, en concreto, en París, convertida en medida de todas las cosas. Así cuando visita las murallas, que tan poca curiosidad suelen despertar en quienes visitan esas tierras, no puede sino pensar en Le champs Elysée de la misma manera que cuando recorre los cementerios de Constantinopla su mirada se vuelve hasta los cementerios parisinos de Père Lachaise y Montparnasse. La mirada de Gautier es una mirada comparativa y de su constante comparación no puede sino derivarse un sentimiento de melancolía, una extraña admiración que pronto se convierte en decepción: «No creo que en ninguna parte del mundo haya un paseo más austeramente melancólico que este camino que se extiende casi por espacio de una legua, entre un cementerio y las ruinas».

Gautier viaja a Constantinopla, pero sin dejar nunca atrás su París y tampoco esa Grecia, convertida en símbolo de la cultura europea; este es su fracaso y, a la vez, lo interesante del texto

«Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado. /Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, /entenderás ya qué significan las Ítacas». Los últimos versos del poema Ítaca de Kaváfis podrían servir como postilla al viaje de Gautier y, a la vez, como contrapunto: ¿Vuelve Gautier enriquecido por la experiencia de conocer Constantinopla? En sus últimas páginas, el viajero confiesa haber conocido bien la ciudad visitada, llegando a decir que de nada le servirían más días, pues no podría conocer más de lo que ya conoce. ¿Una actitud soberbia o el implícito reconocimiento de la imposibilidad de ir más allá de los propios prejuicios culturales? El texto de Gautier es ejemplar en el reconocimiento de la dificultad de comprender al otro, dificultad que, en ocasiones, se convierte en imposibilidad. El viaje de Gautier narra el encuentro de dos culturas, la del viajero y la del país visitado; es un relato escrito desde una mirada que en ningún momento se despoja de los prejuicios inherentes a la cultura de proveniencia. Si bien Gautier afirma narrar sólo lo que ve, aquello que ve es el resultado del filtro de su mirada, incapaz de observar Constantinopla con otros ojos que no sean aquellos con los cuales admira Francia y la cultura europea. Gautier viaja a Constantinopla, pero sin dejar nunca atrás su París y tampoco esa Grecia, convertida en símbolo de la cultura europea; este es su fracaso y, a la vez, lo interesante del texto, puesto que el lector está llamado a ver las imposturas y los prejuicios de Gautier para así desprenderse de los suyos.

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EL AZAR Y EL DESTINO. LA LUNA ES UNA ANTORCHA

Azar y destino

Por Cristian Segura

«La lune est un flambeau» —«la luna es una antorcha»—, leyó Cees Nooteboom inscrito en una celda de una vieja prisión de la Guayana francesa. La inscripción, grabada por un preso en la madera de su camastro, databa de 1927. Nooteboom, el mejor de todos los turistas contemporáneos —«turista» como los del siglo XIX, aventureros porque sí, por el ocio del descubrimiento particular—, visitó en 1957 la prisión de St-Laurent de Maroni, archifamosa por ser el lugar de internamiento de Papillon. La frase, grabada por alguien desesperado en un lugar en el que lo mejor era morir rápido, es la guinda de una de las crónicas que Nooteboom escribe en el libro El azar y el destino (Siruela).

El azar y el destino es una compilación de diarios de viaje de Nooteboom por América Latina. Apuntes tomados en diferentes momentos de su vida. El viaje a la Guayana fue en su juventud —24 años—. Un relato breve en el que se distrae, para suerte del lector, con la narración de cómo cruza el río Maroni en la canoa de un indio, o con la visita a viejos presidiarios franceses que se quedaron aparcados en este rincón del mundo:

Balanceándonos sobre un madero hemos llegado a un barracón algo apartado. Asoma un hombre mayor, peludo, casi desnudo, con el cuerpo cubierto de tatuajes. La conversación gira en torno a cómo matar y disecar mariposas. El viejo me dice, en un marcado acento marsellés, que ya no quiere regresar nunca más a Francia, pues al fin y al cabo aquí tiene una mujer, una india gorda y estropeada, y siete niños de quienes podría ser abuelo con creces. […] Cuando le pregunto al gendarme quiénes son esa gente, me contesta encogiéndose de hombros:

—No se sabe, la mayoría son asesinos, pero hay de todo. Se quedan aquí para morir, en realidad ya quedan pocos —y de repente, señalando a un señor mayor que lee el periódico, exclama—: ¡Ahí vive el verdugo!

[…] Y así continúa la cosa un rato más hasta que aparece un señor menudo y mugriento. La piel grasa, poco saludable, los ojitos inquietos, y muy apenado de que todo haya acabado. Él fue el último vigilante de la prisión y se ha quedado aquí para «completar la administración». Me lo enseña todo. Las bolas de hierro que se ataban a los pies de los presos. Las celdas de castigo donde se les inmovilizaba una pierna sujetándola a una larga vara de hierro.

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Acerca de la luna, durante un vuelo que en noviembre de 1967 le llevó de Brasil a su casa en Holanda, Nooteboom volvió a escribir: «La luna cuelga del cielo de manera diferente y yo he dejado de creer que viajar sirva para entender las cosas. Es todo demasiado misterioso».

Pajarillos ensangrentados

El azar y el destino es una recopilación de textos breves, de diversidad en el estilo narrativo —algunos viajes se hacen más pesados que otros— sobre expediciones concretas, expediciones de un observador que vaga por lugares recónditos o no tan recónditos de América con el único fin de dejarse llevar por sensaciones y por el contacto con la sociedad. En el libro, Nooteboom te puede brindar un resumen de la historia del lugar o una descripción genial de un hecho rutinario. Los capítulos más insulsos del libro son los relatos que surgen de sus paseos en la década de los 60 por las grandes ciudades de Brasil y su crucero por la costa chilena y argentina. Pero incluso en estos pasajes menos atractivos, se producen escenas cotidianas que Nooteboom traslada con gusto estético al lector, como sucede en una visita al jardín botánico de Río de Janeiro:

Lo único que recuerdo es que de pronto pasó a mi lado una serpiente reptando por la hierba corta y dura, y que había una flor extraordinariamente grande, de un impresionante color rojo, que era como unos pajarillos ensangrentados colgados los unos de los otros. Y sin embargo, cuando cierro los ojos, me vienen a la memoria otras imágenes: el silencio casi visible de un bosque de bambú en un terreno extrañamente inclinado; el colibrí que queda por un instante suspendido en el aire con su zumbido y sus vibrantes y veloces aleteos y que luego desaparece por entero en un cáliz blanco y azul; un pájaro en el interior de una flor. Oigo el murmullo del agua y de pronto veo aparecer a unas personas; dos señoras mayores que evocan sus inolvidables recuerdos; un chico negro descalzo con un montón de botellas bajo el brazo; un joven con el rostro pálido que, bajo un helecho sagrado, pronuncia palabras también inmortales ante una chica que, con los ojos más negros del mundo, mira hacia mi lado pero no me ve.

Nada es perfecto, ni tan siquiera el párrafo citado, salpicado por adjetivos innecesarios, excepto por el «pajarillos ensangrentados», un acierto maravilloso en un texto que convierte el jardín botánico en el lugar que todos querríamos visitar.

Cerdos y niños

Nooteboom recorrió Bolivia entre 1968 y 1969, dejándose llevar por europeos que allí residían, empresarios sin escrúpulos, misioneros o científicos. Las crónicas andinas son las mejores del libro junto a las mexicanas. La expedición a una ciudad minera, desde el trayecto en carretera a las inspecciones de las viviendas, son el testimonio de un submundo, de algo oscuro y real al mismo tiempo:

Marcelo nos habla también de una enfermedad porcina en una de las minas. Los cerdos tuvieron que ser sacrificados porque el mal podía afectar a las personas. Pero los campesinos escondían sus cerdos. Nosotros les advertíamos: «Si no sacáis a los cerdos, se os morirán los hijos». Ellos, sin embargo, se mantenían firmes delante de la cama debajo de la cual escondían a sus cerdos y nos decían: «No, un niño se puede fabricar en cualquier momento, pero ¿cuándo volveremos a tener dinero para comprar un cerdo?».

Paisajes de miseria humana aplicables a otros lugares del mundo; paisajes de una gran belleza cotidiana, o de dulce decadencia como este alto en el camino en la villa de un viejo terrateniente:

Antes de regresar a La Paz nos adentramos un poco más en el país hasta el final de la carretera, y llegamos a la finca abandonada de un latifundista. «Este ya no tiene nada. No le queda más que este pedacito de tierra». Me recuerda a Surinam. Una gran casa de campo de madera con galería, altos árboles de los que penden alargados nidos de pájaros, arbustos con pinchos y flores de color rojo sangre, el gorjeo y murmullo de pájaros e insectos, un calor trémulo sobre las colinas descendentes con sus bancales repletos de arbustos de coca. Nos comemos una naranja del árbol y nos despedimos.

Nooteboom tiene más de 70 años cuando monta en un coche para descubrir México. La travesía es una delicia en la que se toma su tiempo, con calma, y que permite al escritor retratos que parecen esbozados a lápiz tras horas de meditación y café:

El camino que lleva a la iglesia es de piedra, una piedra del color del paisaje, mísero y pobre como el color de la llanura. Entonces veo acercarse a un hombre que recorre el largo camino de piedra hacia la iglesia arrodillado sobre una alfombra. Tendrá unos cuarenta años, es de complexión fuerte y lo acompaña un amigo. Se dirige hacia el oro del santuario, pero primero hace penitencia. Cada vez que llega al extremo de la alfombra de dos metros de largo, su amigo la recoge y la extiende delante de él. Oro y miseria, miseria y dolor, oro y poder. Mediante una misteriosa fórmula todos esos términos se complementan aquí. Quien se arrodilla no se subleva, literalmente. En la camiseta sudada del hombre figuran las siglas del banco ABN AMRO.

El cadáver de Frida Kahlo

En 1988, Nooteboom está en Coyoacán turisteando, como tantos otros occidentales, en la casa de Frida Kahlo y Diego Rivera. Nooteboom ve lo mismo que otros miles han visto, pero él le añade su curiosidad histórica, y acompaña la guía con narraciones históricas que son incluso más interesantes que lo que presencia en primera persona:

La muerte es diferente aquí. Cuando la pelona acude al fin a buscar a Frida, no consigue llevársela fácilmente. Su incineración será el acontecimiento del año. Diego y el presidente de México, Lázaro Cárdenas, velarán su cuerpo acompañados por amigos y artistas. El crematorio es nuevo pero primitivo, el ataúd se adentra en el horno crematorio deslizándose sobre poleas. El calor es terrible y el recinto pequeño, con lo que los afligidos deudos quedan presionados contra la pared. Durante las tres horas que dura la incineración la multitud no deja de cantar. Primero ‘La Internacional’ seguida de otras canciones de combate, y al final, procedentes del café y la calle, un cantos desbordantes de emoción. Debido al intenso calor, el cuerpo de Frida se yergue y asoma su cabeza rodeada por una flamígera aureola de cabello quemado.

Nooteboom tiende en algunos pasajes a una moralina progre que no se suaviza con la edad. La crítica tópica contra la iglesia, por ejemplo, o el apunte fácil sobre la conquista de América a sangre y fuego. Pero Nooteboom puede ser un extraordinario apuntador de la historia, y las reflexiones sobre las lecciones de esta se suceden mientras visita ruinas y pirámides:

Un puñado de españoles conquistaron un imperio. No sé si a los demás les sucede lo mismo, pero a mí me embarga la emoción cuando leo los relatos de Bernal Díaz y Cortés. Y aunque los motivos de los aztecas —el temor a presenciar el fin del mundo cada vez que concluía un ciclo solar o los presagios sobre el regreso de Quetzalcoátl— no fueran de índole mecanicista, sí encajan en una visión mecanicista. Los aztecas fueron presas fáciles para los españoles gracias, precisamente, a estas creencias. En este sentido, claro está, el azar no existe. La navegación y la pasión por explorar nuevos mundos se implicaban mútuamente, y el hecho de que los españoles desembarcaran justo en ese preciso momento de la historia del Imperio azteca es un hecho verdaderamente asombroso y, por la manera en que sucedió, dramático —conozco pocos relatos históricos tan fascinantes como el primer encuentro entre Cortés y Moctezuma— y, sin embargo, todo ello tiene una explicación. Dos imperios existen simultáneamente a ambos lados del océano, y uno de los dos está técnicamente más desarrollado; el encuentro de ambos produce inevitablemente una especie de reacción química: el uno se disuelve en el otro, al menos esa es la impresión que da. Cuando una superstición trata de imprimir su símbolo sobre el templo de otra superstición, oímos una carcajada de Schopenhauer, y nos resulta fácil imaginar cómo Hegel pudo incluir ese momento dialéctico en sus intenciones más excelsas. Y, sin embargo, permanece el asombro por el destino, pese a todo ciego, destino que encadena casualidades y acontecimientos lógicos hasta formar una sucesión de hechos a la postre ineludible, con todas sus consecuencias, apreciables hasta el día de hoy, para el continente americano.

Quizá viajar no sirva para entender las cosas, como escribió Nooteboom aquella noche de noviembre de 1967 volando sobre el Atlántico. Sin embargo, leer sus textos seguro que nos ayuda.


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CRÍTICA DE LA RAZÓN NEGRA, SOBRE RACISMO CONTEMPORÁNEO

Razon Negra

Por Sonia Fernández

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El filósofo ghanés Kwasi Wiredu incidía sobre la necesidad de superar el hablar sobre filosofía africana y su existencia para pasar a elaborarla. Eso es lo que lleva haciendo hace tiempo, entre otros, Achille Mbembe (Camerún,1957), quien en este libro nos coloca delante de un reverso. Si para Kant la crítica fue de la razón pura, para Mbembe lo es de la razón negra.

Y como armazón, la raza. O el racismo, «del que sólo se puede hablar a través de un lenguaje fatalmente imperfecto, gris, inadecuado». Ya que todo lo pervierte y lo quebranta. Algo que no existe, pero al que hemos dotado de presencia encarnada. Mbembe parte de tres momentos que han ido dotando a la imagen del negro de un conglomerado de ficciones: esclavitud, colonialismo y neoliberalismo. De ficciones, sí, porque la denominada «razón negra» surge de ella. Partiendo de su origen se erige desde la fabulación… ¿cómo si no «entenderla»?. 

Así, Achille Mbembe nos hace mirar nuestra «idea» de negro que nace de una irrealidad que el propio hombre blanco ha ideado (Frantz Fanon sugería que el negro había sido fijado a través de la mirada del blanco; una figura urdida a partir de «mil detalles, anécdotas, relatos»). El pensador camerunés comienza a deconstruir nuestro imaginario poblado de imágenes que han ido llenando la cavidad vacía del negro. Como ocurre también con África: «Desde este punto de vista África no existe más que a partir del texto que la construye en cuanto que ficción del otro» (Mundibe).

Puesto que el negro fue considerado mera carne, en cuanto cosa —pensemos en tamaña atrocidad—, era impensable que fuera capaz de elaborar ningún pensamiento. Se le cosifica, se le niega. Todo esto, queremos creer, forma parte del ayer, y sin embargo todos sabemos que sigue formando parte del día a día más contemporáneo hasta extremos insospechados, como nos va a hacer saber Mbembe a través de este libro. El racismo, como poder de desviación de lo real, se sostiene a partir de simulaciones y máscaras. Pero el negro puede oscilar entre no ser nada o ser el «limo de la tierra» al encuentro con la naturaleza. De la depreciación al delirio, ahí es nada.

Era impensable que el negro fuera capaz de elaborar ningún pensamiento. Se le cosifica, se le niega. Todo esto, queremos creer, forma parte del ayer, y sin embargo todos sabemos que sigue formando parte del día a día más contemporáneo

Este libro nos habla sobre todo de una red de ficciones, de la elaboración de sucesivas máscaras, siendo una de las más supremas la que esconde el nombre de «África». A partir, alrededor de ella, se iba produciendo una habituación al racismo, una socialización, que se fue apoyando también en diversas manifestaciones artísticas que propiciaron ese tan buscado toque exótico, ya fuera a través de la poesía (Baudelaire y su amante negra) o la pintura (Matisse o Picasso y su «guiño a la fantasía de una sexualidad femenina negra devoradora»).

Mbembe nos traslada desde la plantación, como sistema que después se ha consolidado e impuesto en otras épocas como en el apartheid y en el colonialismo, a la colonia. Todo girando en torno a la raza, que no existe sino a través de eso que «no vemos», que es la expresión de una resistencia a la multiplicidad y que obedece a una «inquietud sexual». Y también nos adentra en la literatura y en las obras de escritores que, como Sony Labou Tansi, escriben sobre una humanidad saqueada que, inclusive a las puertas de la muerte, negándose a ser únicamente carne, hace uso de la palabra como último aliento.

Y a todo esto, ¿cómo se ve el propio negro? A fuerza de reflejarse constantemente en un espejo parece necesitar encontrar su propia identidad. ¿Se ve a través de la diferencia? ¿Se encuentra habitado por una especie de doble? Esclavitud, colonialismo, apartheid, cimentaron el vaciamiento pero, ¿hasta dónde perduran las heridas que procuraron? La larga sombra del negro en cuanto objeto, cosa, carne, mercancía, moneda, ¿qué proyección tiene hoy en día?.

Mantiene Mbembe que Europa como tal está desapareciendo. Sus ideales y valores ya han caducado. Se asoma otra hegemonía diferente. Descubre que el devenir negro del mundo se anuncia desde hace tiempo. El negro ya no se circunscribe únicamente a las personas de color. El neoliberalismo, el capitalismo, están construyendo a los renacidos «negros».

Los nuevos tiempos traen nuevas maneras de «ser negro». El racismo, que separa y anula, se deja ver en innovadores métodos de futuro, como los de la genética, que aseguran la selección, afirmando que se va a poder elegir y dejar de elegir (anular) algunos rasgos. Aparece el ser humano como cosa animada, como dato digital. «El negro no existe en sí mismo. Está producido constantemente».

Los nuevos tiempos traen nuevas maneras de «ser negro». El racismo, que separa y anula, se deja ver en innovadores métodos de futuro

La negación se ha vuelto planetaria. Ha ganado la economía de las sombras. Son los nada. Los que no existen. Los desheredados que ni siquiera tienen acceso a una situación que les permita salir del abismo en el que están. El colonialista era quien decidía a quién se veía y a quién no. De la plantación y la colonia a los muros infranqueables que se elevan separando, apartando, dejando fuera y excluyendo. Refugiados, algunos de los nuevos negros. Creemos que hablamos de cosas del pasado y la esclavitud se sigue produciendo en la cadena capitalista, ante los grilletes del trabajo deshumanizado. El ser humano como mercancía, incluso carne, vaciado de cualquier contenido. Es un valor comercial. La raza se percibe desde otra perspectiva. Mientras permita separar y colocar a cada cual en su sitio persistirá la ficción necesaria.

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Achille Mbembe ha escrito un ensayo con una prosa prodigiosa que se retuerce para encontrar la palabra precisa, aquella que consigue encuadrar conceptos esquivos, logrando acorralarlos y cercarlos. En «Crítica de la razón negra» algo tan sin consistencia como es la raza se nos aparece desde cientos de prismas diferentes, a través de su apabullante realidad, consiguiendo  que lleguemos a entender hasta qué punto la palabra «negro» ha comenzado a desvelarse como el vocablo más adecuada para designar también a nuestro alrededor a miles de personas a las que se les exige guardar silencio y no ser vistas. En un esfuerzo último por no permitir que la fantasía en la que se cimenta se haga añicos. Y que el espejo se vuelva sobre su imagen.

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SEIS DÍAS, TODOS ENVUELTOS EN LA SANGRE

Seis dias Ryan Gattis

Por Jordi de Miguel

seis dias

Ryan Gattis sabe cómo suena un hueso al partirse. Conoce el mecanismo por el que una nariz se hunde bajo el peso de la astilla y la sangre. A Ryan Gattis (Illinois, 1978) le desfiguraron la cara cuando tenía 17 años. Entonces, cuando aquel jugador de fútbol americano animado por el ácido le apartó de golpe de la carrera militar, no podía saber que, lejos de aislarlo, la caravana del dolor le abriría las puertas de mucha gente. Tampoco podía saber que, tras meses de lecturas postradas en la cama, un día lograría convertir el dolor ajeno en el corazón de una historia. 

Basta una somera lectura para comprenderlo: Si HBO ha comprado los derechos televisivos de Seis días es porque su última novela retrata de forma trepidante, eléctrica, por momentos asfixiante, siempre cinematográfica, las 121 horas de violencia que en 1992 convulsionaron Los Ángeles. Gattis resume los hechos en la introducción del libro: El 29 de abril de ese año, a las 15:15h, un jurado absuelve a los agentes de policía que apalizaron salvajemente al taxista negro Rodney King. Los disturbios empiezan alrededor de las cinco de la tarde y terminan seis días después con un balance elocuente: 60 muertos, 2.383 heridos, 10.904 detenciones y 11.113 incendios. Esos son los datos. Luego viene la sacudida. El golpe de sangre, la descarga brutal.

Yo necesito mirar a los ojos a quien haya hecho esto. ¿Qué otra cosa puede hacer una hermana? Y antes de matarlo, tiene que saber que lo sé. Así se hace justicia.

El relato empieza en el deprimido barrio de Lynwood, lejos del gran foco de los disturbios. Gattis toma como punto de partida el asesinato atroz de Ernesto Vera, un humilde cocinero que vive al margen de los negocios turbios de su familia. Como él y su hermana Lupe, otros quince testimonios (narcos, pandilleros, bomberos, enfermeras…) traman con sus monólogos la espiral de venganza que la ausencia de policía ha desatado entre las bandas latinas de la zona. Allí donde una bala cuesta 25 centavos y «el crimen es una salida fiable a falta de otras». Seis días dan para saldar muchas cuentas.

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Tal vez si se tratara de un ensayo, el título original del libro, All involved, hubiera sido más apropiado. Porque sí, Seis días es una crónica estricta, un indetenible goteo de sangre y horas por los atajos de una vendetta infinita, pero lo que hay de fondo es la aceptación de que, de un modo u otro, todos están envueltos en el devenir de la ciudad. Por eso, las historias de los 17 protagonistas se cruzan continuamente. Todos habitan una ciudad levantada sobre memorias inflamables. Los nadie hacen recuento diario de los asesinatos que vengarán. Los blancos hacen acopio de desmemoria: no importan las palizas a los pachucos de mediados de los 40, ni los 34 afroamericanos asesinados en Watts veinte años después. Así es Los Ángeles, una zona privada de guerra con el termostato al límite. Hace tiempo que los médicos de la Marina aprenden allí sobre heridas de combate.

Cuando esas cosas ya han pasado, todo el mundo mira atrás y dice (con mi mejor voz de presentador blanco de noticias): «Uf, fue terrible, espantoso, no tiene que volver a pasar nunca». Pero luego se olvidan, y hasta se olvidan de que les parecía mal […]. Si Los Ángeles se muere alguna vez, si la gente tira la toalla y se marcha, grabadle esto en la puta lápida… Los Ángeles tiene memoria de pez. Nunca aprende nada. Y eso es lo que va a matar a esta ciudad. Ya veréis. En 2022 volverá a haber disturbios raciales. O antes, no sé.

«Mierda. Un momento», se interrumpe Antonio Delgado, alias Bicho, alias Diabluras. Todos los personajes de la novela interpelan a un «nosotros» que parece adormilado frente a la pantalla. Cuando no tratas de salvar el pellejo junto a ellos por las calles del barrio, te los imaginas hablando a cámara mientras arde la ciudad (plano tres cuartos, mirada nerviosa). Su relato, a caballo de un presente percutido y vivaz, es tan volátil como la llama que anima el incendio: Puede ser interrumpido por un pensamiento fugaz, el avistamiento del enemigo o el borbotón de su propia muerte.

Aún así, todos los capítulos comparten cierta homogeneidad (por momentos, atonal y excesiva, como la misma violencia que describe). En ellos, Gattis despliega un moderado sistema de verificación de su ficción. Los relatos están minados de referencias a la cultura de masas de ese 92, sobre todo cuando hablan los pandilleros (desde Corrupción en Miami y Cypress Hill hasta el último partido de los Lakers en pleno estado de sitio). A eso hay que sumarle los epígrafes sobre fondo negro que encabezan las seis partes en que se divide la novela: citas del comandante de las fuerzas de la guardia nacional James D. Delk, del forense del condado Dean Gilmor, del escritor Thomas Pynchon o del mismo Rodney King, que al mismo tiempo que legitiman el relato acotan el marco de interpretación de los hechos.

Voy a incendiar la ciudad entera yo solo. Quemarla hasta los cimientos para poder construirla con materiales mejores. Para que podamos empezar de nuevo.

Con todo, que nadie espere encontrar en el libro la respuesta a todos los interrogantes que emergen de los hechos. Seis días no es un ensayo oculto en las entrelíneas de un thriller de acción. Lo trascendente, en todo caso, es la voluntad de comprender a una población que ha sido marginada sistemáticamente por el poder. Gattis conoció sus historias mientras grafiteaba las calles de Los Ángeles con el colectivo Uglar Works. Luego recreó «un escenario de libertad» para mostrar cómo y hasta dónde se activan los resortes del margen oprimido y violentado. Esa es la idea. El resto es el ruido de los huesos chapoteando en la sangre.