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Ciudades enredadas

Por Jaime Gárate

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«Admitamos el fracaso de la hegemonía de los Estados-Nación. El futuro es la ciudad global». Dice Simon Curtis como el que habla con una chinita en el zapato. Es el primer ponente del  foro de estrategias de áreas metropolitanas celebrado en Barcelona. Sus palabras invitan a un cambio. Es entonces, al escucharle, cuando sobrevuela en mi cabeza la frase de la periodista Jane Jacobsen: «El desarrollo no es un cambio: es una mejora». Y me pregunto si sería posible que el cambio que sugiere Curtis conllevase una mejora. ¿Es posible un nuevo orden mundial basado en las alianzas entre metrópolis? Las palabras de Curtis están legitimadas, Londres —ciudad que si fuese un Estado, tendría uno de los 10 PIB más elevados del mundo— no quiere Brexit. Pero lo habrá.

Sin redes no hay pescado. Ni desarrollo. El primer ladrillo del rascacielos al que llamamos globalización se puso hace 30 siglos en Grecia. Varias comunidades y aldeas trataron de resistir las invasiones enemigas: agruparse era la solución. Juntas y unidas eran más fuertes. Así nació la Polis —ciudad-Estado soberana que genera sus propios recursos. Y con ellas, una nueva forma de gobernar el espacio de manera independiente respecto al Estado central. Este proceso de transformación, este agrupamiento físico de personas antes aisladas, se llama sinecismo. También se llama así el primer ladrillo de la globalización: el mundo acababa de empezar a conectarse a través de redes.

Varias comunidades y aldeas trataron de resistir las invasiones enemigas: agruparse era la solución. Juntas y unidas eran más fuertes. Así nació la Polis.

Hace tiempo que las ciudades dejaron de ser competencia. Donde antes había rivales hoy hay vínculos. Es la vuelta al sinecismo, pero esta vez a gran escala. Es un agrupamiento ya no físico, si no a distancia. Generado a través de redes para, como en la época de la polis, derrotar al enemigo. Uno de ellos es fruto de las políticas de los Estados-Nación: el cambio climático.

Para Curtis es «el ideal a seguir». C40 es una red que engloba 83 ciudades que luchan por la sostenibilidad mundial —contra el cambio climático. Su importancia radica en que ha sobrepasado las políticas pactadas por los Estados: trabajan con organizaciones privadas en paralelo a los gobiernos. Mientras que en las cumbres contra el cambio climático de las Naciones Unidas se firman pactos económicos, C40 emprende acciones. Van casi 10.000 desde su creación en el año 2.005. También, se encarga de acciones en pro de la sostenibilidad energética. El 40% del uso de la energía mundial se consume en los edificios de ciudades.

La gran ciudad es como un imán. Tiene polos magnéticos, positivos y negativos, que atraen y repelen a la inversión y al capital intelectual. Pero el mundo rural mantiene su importancia, al menos desde un punto de vista tradicional. Y la propuesta de Curtis de la ciudad global —núcleos urbanos con más peso en la configuración de la agenda mundial que el que tienen los gobiernos estatales— la ignora. Para él, sin embargo, el fracaso de su planteo no pasa por la falta de inclusión. Va en otra dirección.«Lamentablemente mi idea es utópica. Las ciudades dependen de la estabilidad geopolítica que ofrecen los Estados-Nación”. Dice mostrándonos la chinita que tenía en el zapato.

La gran ciudad es como un imán. Tiene polos magnéticos, positivos y negativos, que atraen y repelen a la inversión y al capital intelectual. 

Juan Pablo Soriano, politólogo y relator de la conferencia. Me encuentro con él —todavía afectado por el bofetón forrado de palabras de Curtis— durante el desayuno que hay entre charla y charla. Hablamos sobre alianzas entre ciudades y la exportación de modelos de gestión de unas a otras. Lo tiene claro, «cada ciudad tiene su propia dinámica. Se puede aprender, pero no copiar», dice.

«Precisamente para aprender». Para eso dice que ha venido Jaime Salinas, concejal  metropolitano de Lima. Esta urbe es el ejemplo perfecto del magnetismo de la ciudad-imán: ha atraído a tantas personas que el 30% de la población de Perú vive en la capital. Salinas pide que «las políticas locales tengan más competencias». ¿Quién puede tener un mayor conocimiento de la situación general de una ciudad que su alcalde? Salinas reclama un modelo de autogestión con políticas transversales. Un sistema en el que las decisiones que afectan directamente a la metrópoli sean tomadas desde ella. La vuelta de la Polis, pero sin obviar al Estado: conviviendo en armonía.  Al escucharle me pregunto cómo sería el mundo si estuviese gobernado por alcaldes y redes entre metrópolis. Para Salinas el reto a conseguir es internacionalizar las agendas locales.

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Las murallas de la polis prevenían ataques. Pero hoy, aunque el Otro ya no sea enemigo, las metrópolis siguen estando amuralladas. Y no de piedra, si no de leyes y acuerdos que impiden a habitantes de países en conflicto, activistas y artistas encontrar asilo en grandes núcleos urbanos. No se mandan construir desde las urbes, si no desde el poder central. Afrontan unas dinámicas diferentes a las de los Estados. Desde ciudades como Madrid y Barcelona se dan respuestas a preguntas que no quieren ser escuchadas por los Estados-Nación y ni por las Naciones Unidas. Las alcaldesas  de Madrid y Barcelona —Carmena y Colau— propusieron  la creación de una red ciudadana de acogida a refugiados. Imposible de crear sin la aprobación del Estado. Y a día de hoy la situación se mantiene.

Y no de piedra, si no de leyes y acuerdos que impiden a habitantes de países en conflicto, activistas y artistas encontrar asilo en grandes núcleos urbanos.

A pesar de ello, Eugene Zapata cree que el cambio es posible. «Quiero convenceros de que una nueva forma de mundo es posible. La horizontalización pasa a través de las ciudades. », dice durante su intervención. Proyecto AL-LAS es una alianza euro-latinoameracana de cooperación entre metrópolis, una red de ciudades.  Zapata es su representante en la conferencia —ágora— de hoy. Según él, la alianza ya no es necesaria para combatir al otro. «Todos estamos en el mismo barco y si se hunde, adiós mundo», dice. —Lo intento. Pero me cuesta imaginarme a cientos de subsaharianos cruzando el Merditerráneo rumbo a Europa apiñados en el yate de cualquier deportista de élite—. «Necesitamos complicidad entre ciudades. Con el aprendizaje y juntos seremos más resilientes », añade.

A veces la mejor receta para prevenir el error es mirar al vecino. Aprender de él. Las ciudades resilientes son las que tienen una rápida capacidad para recuperarse de los fallos del sistema. Que cada metrópoli tenga propia dinámica es compatible con aprender del vecino. De los fallos que colapsan sus sistemas. «Juntos», vuelve a repetir Zapata. Es como en la época de la Polis, unidos somos más fuertes.

Pero no hay ciudades, sino ciudadanos. Esa es la idea con la que salgo del ágora de las metrópolis. Para la mayoría de las personas que han participado en este foro el futuro, el nuevo orden mundial, pasa inevitablemente por los grandes núcleos urbanos. Hoy día más de la mitad de la población del planeta vive en ciudades. Y se calcula que para dentro de 30 años lo hará más del 65%. Sin embargo, muchas veces el contenido es más importante que el continente; el magnetismo es inútil si no hay nada que atraer.

Imagen de cabecera de Rich