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La ciudad de los mil equipos, por Agustín Acevedo Kanopa

futbolNadie mejor que Agustín Acevedo Kanopa, hijo de un exfutbolista y director técnico, para radiografiar la pasión uruguaya por el fútbol en una ciudad que concentra una enorme cantidad de clubes y de aficionados dispuestos a sufrir domingo tras domingo. Lo publicamos en nuestro 360º de Montevideo y dejamos aquí un adelanto.


Una española me contacta por Facebook y me dice que escriba sobre la relación entre Montevideo y el fútbol. Que profundice sobre la manera en que se conforma como el «riñón depurativo» de una ciudad. Soy el hijo de un exjugador y técnico de fútbol. Las nociones entre la ciudad y el deporte las tengo arraigadas desde los primeros días de mi vida, algo configurado como un problema incluso antes de que tuviera las herramientas mentales para procesarlo: aun no gustándome el fútbol en mis comienzos, toda la economía material y sentimental de mi casa dependió de goles, tranques, codazos y fichajes, y junto a ellos los distintos destinos geográficos de mi familia. A diferencia del resto de mis compañeros de clase, que recién conocería a mis cinco años de edad —luego de vivir en España (contrato con el Deportivo de La Coruña) y México (mi padre fue una flamante figura en la defensa del Tecos de Guadalajara)— ya tenía, por la simple posibilidad de comparar, una plataforma de nociones de lo que era un uruguayo.

Aun siguiendo por esta línea, es difícil saber la primera vez que fui a una cancha de fútbol. Capaz que ya al año, mi madre, sola, solísima en una A Coruña en la que lloviznaba todo el tiempo, me había llevado a Riazor. Pero la primera experiencia concreta que tengo de estar en un escenario de fútbol es la de un partido en el estadio Luis Franzini, cancha del Defensor Sporting Club (el primo aplicado, aburrido y tesonero de esa disputa loca y fratricida del poderoso linaje de Peñarol y Nacional, los equipos de más arraigo popular de Uruguay). No retengo imágenes concretas, sólo la existencia de mucha gente vieja alrededor de mi y el concepto intuitivo de que los aficionados que me rodeaban no la estaban pasando bien. Haciendo cálculos mentales, mi padre debía estar jugando en Racing o en Fénix, dos equipos pequeños en cuanto a seguidores y triunfos deportivos, pero esta noción de «gente no pasándola bien» es algo que me sorprende por lo bien que definía, antes de toda capacidad de conceptualización profunda, al público uruguayo. Ya fuera a la parcialidad de Peñarol, la de Nacional, la de cualquiera de los equipos chicos, o la de la selección misma.

El fútbol uruguayo, el de la selección o el de los equipos de su liga, difícilmente se disfruta y difícilmente suele ser un espectáculo

No tiene que ver con algo únicamente vinculado al porvenir futbolístico del club, sino a una forma de posicionarse del hincha en sí. En todo partido uruguayo, cuando faltan diez minutos para que suene el pitazo final, resuena en altoparlantes la misma voz de hace más de quince años, rogando que las hinchadas logren «disfrutar» del espectáculo de una forma segura y responsable. Por supuesto, conociendo la pasión uruguaya por el fútbol (pasión que ha llevado, no pocas veces, a asesinatos entre barras bravas —incluyendo cánticos de festejo de las hinchadas por la reciente muerte—) el pedido parece bastante lógico, pero siempre me rechinó la forma en que se alojan el verbo «disfrutar» y el sustantivo «espectáculo» en la frase. El fútbol uruguayo —tanto el de la selección, como el de los equipos de su liga— difícilmente se disfruta y difícilmente suele ser un espectáculo. En todo caso, las sensaciones puras y elementales del público son las de «alivio» y «supervivencia» (todo un sentir aglutinador alrededor del triunfo épico de la entrega y la «garra» charrúa, más que por las demostraciones de buen juego). En el fútbol uruguayo no hay mayor espacio para el disfrute y el espectáculo, salvo cuando vas ganando cuatro a cero. Los uruguayos somos adictos a nuestra propia tragedia, y muy pocas veces un partido se da por resuelto, incluso cuando vamos varios goles arriba. Así, el hincha, cólico alojado en las paredes de ese «riñón depurativo», nunca parece disfrutar el partido del todo, y su gran obsequio luego de cada domingo va a ser que alguien no lo agarre de punto durante su semana laboral, o la posibilidad de ser, al menos por aquel ínfimo período, el victimario.

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Sobre esto construí mi imagen del uruguayo. A diferencia de los mexicanos, a los que veía más alegres y que parecían ir al fútbol como una excusa para emborracharse y enchilarse comiendo tortas ahogadas, ya a mis cinco años decía que los uruguayos eran serios y amargados. Viendo para atrás, me doy cuenta de que esos uruguayos sobre los que elaboraba aquellas tempranas teorías eran los que encontraba en las canchas de fútbol.

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