La voz de la Laponia española

Por Anna María Iglesia

 

Los-ultimos.portada.bueno

«La situación actual es apocalíptica, pero el escenario al que estamos abocados es aún peor. En diez años desaparecerán la agricultura y la ganadería en los 631 municipios de menos de 100 habitantes. En veinte años su población permanente se extinguirá porque la pérdida de población es exponencial debido al envejecimiento: cuatro de cada diez municipios superan los 50 años de edad media». Con estas palabras describe el geógrafo Francisco Burillo la trágica situación que vive la Serranía Celtibérica, cuyos pueblos recorre Paco Cerdá en busca de los últimos habitantes de lo que él llama «la Laponia española». Para Burillo, sin embargo, no se trata solo de «un problema de despoblación. Es fundamentalmente un problema de desarticulación. La poca población que vive aquí está muy alejada de los servicios básicos, lo cual invita a los residentes a marcharse por no poder vivir con unas condiciones mínimas».

En diez años desaparecerán la agricultura y la ganadería en los 631 municipios de menos de 100 habitantes. En veinte años su población permanente se extinguirá porque la pérdida de población es exponencial debido al envejecimiento: cuatro de cada diez municipios superan los 50 años de edad media

De Guadalajara a Cuenca, de La Rioja a Segovia, de Teruel a Castelló; Los últimos. Voces de la Laponia española (Pepitas de Calabaza, 2017) es la escritura de este viaje, uno en el que Cerdà da voz a los últimos «lapones españoles», a los últimos habitantes de pueblos que sobreviven lejos de todo, en un tiempo y en un lugar diferente, en el abandono institucional y, como consecuencia, en el abandono demográfico. «Una intensa sensación de lejanía respecto a toda civilización, a pesar de que a veinte kilómetros esté Santa Engracia del Jubera y Logroño quede a una hora en coche, aborta los sueños y las utopías que apenas acaban de despuntar», escribe Cerdà mientras llega a La Rioja en busca de El Collado. «La constatación de adentrarse en un desierto humano precario de recursos, de innecesario e inexplicable retiro eremítico, alza una barrera de realismo pragmático en el espíritu del viajero cuando llega a esta Tierra Media de La Rioja en la que, a pesar de aparecer como despoblado con cero habitantes en la Wikipedia, aún es habitada por cuatro seres», cuatro personas que Cerdà no duda en definir como auténticos quijotes, como «quijotes sin luz». Entre ellos, Marcos Moya, que «rezuma un aire a Che Guevara», fue uno de los expatriados que a inicio de los noventa decidieron restaurar y resucitar el pueblo y, en parte, lo lograron: el 14 de setiembre de 1992, el día de las fiestas del pueblo, El Collado reunió a más de 400 personas. Hoy, sin embargo, en El Collado quedan solo cuatro. La casa de Marcos, profusamente equipada con 13 placas solares y 32 acumuladores, con un pequeño molino eólico y un generador de energía, —que le permite tener televisión y frigorífico, pero no lavaplatos—, contrasta con el pueblo donde ninguna compañía de telefonía proporciona cobertura y donde la escasez lumínica conlleva frecuentes apagones de luz casi totales. Marcos no sólo pone rostro a las palabras de Burillo, sino que las reafirma: el problema no es tanto la falta de habitantes, sino la desarticulación y el abandono institucional. Y la razón es casi siempre económica: «la ganadería extensiva permite tener a los animales sueltos y sin cuidado. El ayuntamiento cobra por pastos y los políticos de aquí son ganaderos. Ven esto como una zona de pasto libre para las vacas y no quieren que resurja la aldea y los animales vean limitada su libertad», explica Marcos para concluir. «Somos los últimos quijotes. O los últimos de Filipinas. Estamos luchando por una causa que defiende lo nuestro a sabiendas de que el sistema se opone a ello».

La constatación de adentrarse en un desierto humano precario de recursos, de innecesario e inexplicable retiro eremítico, alza una barrera de realismo pragmático en el espíritu del viajero cuando llega a esta Tierra Media de La Rioja en la que, a pesar de aparecer como despoblado con cero habitantes en la Wikipedia, aún es habitada por cuatro seres

En Sesga, Valencia, viven más quijotes. «¿Cómo se puede decir que Valencia recuerda a sus pueblos?», se pregunta indignado Toni Gómez, presidente de la Asociación para el Desarrollo Integral del Rincón de Ademuz: «Mira este camino y compáralo con todo lo que se ha derrochado estos años en la capital: el circuito urbano de Fórumula I, la Copa América, el Palau de les Arts. Primero debería atenderse lo prioritario y más básico de un territorio; y luego, con lo que sobre, despilfarrar. Pero en esta provincia el dinero llega hasta Llíria. De ahí no pasa». Tierra de maquis, la Serranía sigue siendo una tierra de resistencia, así se lo cuenta Alfons Cervera a Paco Cerdà, que no se limita a observar el aislamiento que define estos pueblos, sino que, además, (se) pregunta sobre el aislamiento; sobre por qué la Serranía tiene como correlato el sustantivo «conflicto»: todo empezó en 1988, cuando la Generalitat Valenciana quiso instalar un almacén de pararrayos radiactivos en la Serranía, comarca donde los pueblos estaban muy aislados los unos de los otros. Para sorpresa de todos, sobre todo de la Generalitat, la comarca se opuso, demostrando así un sentido de grupo y de pertenencia a una tierra y a una zona inesperado. Se mostró ante la opinión pública una realidad que—a pesar de su invisibilidad— existía. Y si bien Alfons Cervera no se muestra particularmente satisfecho con el hecho de que «la imagen que hemos proyectado» se parezca «más a Belfast que a la Toscana», lo cierto es que el carácter quijotesco de resistencia es imprescindible para sobrevivir en la Laponia española, en pueblos cuya vida o, peor aún, cuya muerte parece no importar a nadie. Porque la Laponia española es todavía peor que la Laponia auténtica, donde la despoblación no significa ni abandono ni desarticulación.

Mira este camino y compáralo con todo lo que se ha derrochado estos años en la capital: el circuito urbano de Fórumula I, la Copa América, el Palau de les Arts…

«Yo a veces me pregunto si este desprecio al mundo rural responderá a una maniobra para vaciarlo y luego especular con sus tierras. De lo contrario, no se entiende cómo el Estado no pone en valor su territorio con semejante patrimonio agrícola, ganadero, paisajístico, minero y cultual», comenta Miguel Ángel Fortea refiriéndose a Teruel. Sus palabras no sólo son aplicables a los otros lugares visitados por Paco Cerdà, sino que son la perfecta conclusión de Los últimos, un libro necesario, un libro sin proclamas ni gestos panfletarios. Un libro que denuncia una realidad dando voz a sus protagonistas, a los que el tema de la despoblación interior ha puesto en el foco. Hablan los supuestos expertos, los periodistas, pero no ellos, los propios habitantes que se resisten a marchar a pesar de la soledad y el aislamiento de sus pueblos. Sin embargo, ¿quién sino ellos tienen la legitimidad de hablar? Cerdà no busca protagonismo, sino que, como en los mejores trabajos periodísticos, desaparece tras la noticia, se esconde para que ellos y el paisaje hablen por sí solos. Por esto, el libro de Paco Cerdà es necesario, tan necesario como darse cuenta de que «si no se interviene y nadie asume un compromiso, pronto tenderemos media España superpoblada y otra medio vacía».