Ni Kafka, ni Chéjov, ni Poe: Los insectos de Leena Krohn son poesía

Por Silvia Cruz Lapeña

@silviacruz_news

 

TAINARON

Dice la información que acompaña este libro que su autora, Leena Krohn, está a la altura de Franz Kafka, de Anton Chéjov o de Edgar Allan Poe, pero lo verdaderamente emocionante de su prosa es la poesía. Su lirismo alcanza la profundidad de las agujas, que sólo se notan cuando ya han tocado nervio y hacen sangre haciendo poco daño:

Los págalos tuvieron que haber chillado entonces, las olas bramar, pero yo, mi mente ausente, no vi más que arena y una uña…

Tainaron, un mundo que Krohn inventó en 1985 y describe con sensibilidad de cirujana, lo habitan los insectos. No son las mariposas que sirvieron de pasatiempo o imagen literaria a Nabokov, ni presagios de muerte como «las hormigas furiosas y amarillas» de Federico García Lorca. Podrían ser Gregor Samsa al revés, pero en La transformación, Kafka tuvo que convertir poco a poco a un hombre en coleóptero mientras que los seres de Krohn tienen atributos humanos de nacimiento.

Son seres que hacen ruidos y sufren cambios repugnantes para el ojo humano, pero se han vuelto cotidianos y no son molestos como las moscas que encuentra Gulliver en su viaje a Brobdingnag. Los habitantes de Tainaron trabajan, crían, ríen, sienten soledad y amor y son conscientes de la muerte.

Con ellos se (y nos) compara el narrador, de quien no sabemos ni el sexo, ni el motivo que le ha hecho volver a esa tierra desde la que escribe 30 cartas, que son los 30 episodios que componen la novela, a un destinatario que jamás responde. En las misivas explica cómo viven sus vecinos y, yendo de lo cotidiano a su corazón, crea un relato profundamente humano ubicado en un mundo fantástico donde viven ancianas de ocho patas, dependientes con ojos multifacéticos, vecinos con vientres peludos y bebés alados.

Los múltiples inicios

Todos en Tainaron están al borde de la muerte.

Aquí puedes toparte con alguien desconocido que se aproxima a ti cual viejo amigo y comienza a recordar alguna divertida anécdota de hace tiempo que al parecer habríais vivido juntos. Y cuando preguntas “¿Cuándo?”, el otro se ríe y responde: “Cuando era otro”.

Pero la parca no siempre es definitiva, parece decir Krohn, que pone mucho empeño en mostrar las semejanzas entre las metamorfosis de los insectos y las de los humanos, como si la única diferencia entre ellas fuera la velocidad a la que suceden: un niño tarda años en crecer, una oruga sólo días en hacerse con dos alas empolvadas.

Esos cambios también operan en la biografía y en el alma, por eso cada vida contiene varias existencias y se fallece varias veces antes de que llegue el final definitivo. ¿O no sintió usted nunca que volvió a nacer tras un golpe de suerte? ¿Acaso no resucitó siendo otra después de que un amor se le pudriera entre las manos?

¿Cómo puede un individuo que cambia tan completamente decir que es el mismo? ¿Cómo puede proseguir? ¿Cómo puede recordar?

También la ciudad está viva, también muere y resucita. En Tainaron, las calles se mueven de sitio y de forma y es imposible dibujar un mapa. Ni siquiera la nobleza, que adopta la forma de un viejo príncipe olvidado y moribundo, es inamovible en este lugar, que a ratos parece una distopía y a ratos, lo contrario:

«Tainaron no es un lugar (…) Es un acontecimiento que nadie mide»

Sin lecciones

En todo el relato hay reflejos de Emily Dickinson, a quien Krohn admira y quien, curiosamente, también recurrió a los insectos para adornar, sobre el papel, su propia muerte:

Oí zumbar una mosca –cuando morí–

la quietud del cuarto

era como la quietud del aire –

entre las olas de la tormenta

En este primer libro de Krohn traducido en España, se vislumbra a la poeta estadounidense en el lirismo, de una ternura espeluznante, también en las frases cortas y profundas. En otros pasajes, se intuye a Julio Cortázar y a Jorge Luis Borges, pero lo que recorre sus páginas como una enorme sombra es La caída de la Casa Usher de Poe, pues si Tainaron habla de algo es de declives:

Si los sonidos de la ciudad enmudecieran un instante podría escuchar el sigiloso rumor de algo que se desmorona, como si por las paredes de un arenal fluyera un hilillo de arena.

El texto de Krohn invita a vivir. Ni la muerte, los cambios y el cansancio ocultan el verdadero tono de este libro, que transmite un optimismo melancólico que da esperanza sin negar el dolor. Pero tampoco da lecciones, sólo alumbra.

Magia sin trucos

Krohn, que ha recibido cuatro veces el premio estatal de literatura en Finlandia y varios reconocimientos por su defensa de los animales, hinche las frases con mica, gorriones, cortezas, nidos, celdillas, y los cielos, el aire, el agua son de un azul brillante, de color verde limón o rojo intenso. Krohn impone a los humanos la naturaleza, única ley (casi un ser) inamovible.

Pinta a los humanos al borde de su bestialidad y humaniza a los insectos: por eso las palabras no se dicen, se secretan; los tainoraianos no parpadean, «baten los párpados» y los pájaros no pían, ni gorjean, «chillan». Plantas, animales, rocas, el efecto de la luz sobre los seres vivos y los procesos químicos dan a la prosa de Krohn el mismo poder que posee la naturaleza: el de hacer magia sin trucos.

Las reflexiones de la voz que narra son el resultado de mezclar el conocimiento y la creencia, el tacto y la intuición. Sufre pero tiene fe, no en dios, en los ciclos naturales. Habla, se sabe humano, pero tiene la certeza de que un día se fundirá con el polvo y lo asume como si no lo supiera, como algo natural. Sí, los seres de Krohn son de ciencia, pero también son milagros, quizás por eso la autora dedicó el libro a su hijo, a la Abeja Reina y a Jean Henri Fabre, un entomólogo inspirado en dios y a la contra de Charles Darwin.

La importancia de una traducción

«La sintaxis finesa es el reflejo de un mundo totalmente distinto al nuestro. Un ejemplo: si hieres a alguien y lo matas, lo dices en genitivo. Si sólo lo hieres, usas el partitivo. Es como si en lugar de concebir los todos, sólo miraran las partes». Habla la traductora Luisa Gutiérrez Ruiz, a quien es de ley recurrir por haber hecho posible una novela radiante que también se escucha.

Tainaron está repleto de sonidos, semejantes jamás he escuchado en otro lugar. Aquí he observado que no existe una división clara entre música y lenguaje.

Las onomatopeyas son cruciales, están en todos los párrafos, y hacen de Tainaron también una melodía. A componerla contribuye el talento de Gutiérrez y el hecho de que en español quizás no haya palabras que remeden mejor lo que nombran que las que se refieren a los insectos. Si no me cree, diga y escúchese: «Libélula».

Gutiérrez fue quien propuso a Nórdica Libros traducir a Krohn, autora que supone un reto añadido a la dificultad que ya de por sí entraña el finés. «Es una lengua sin géneros pero en este libro, además, juega con la ambigüedad hasta el extremo de que no es posible saber si quien narra es hombre o mujer. ¿Tú qué pensaste?», pregunta curiosa. De sus charlas con la creadora de Tainaron, le quedó la impresión de que es «encantadora pero muy tímida» y define su prosa como «lírica e introspectiva».

Al otro lado del teléfono, la voz de Luisa suena alegre y reposada y las palabras, escogidas a conciencia, parece sacarlas de un pozo abismal. Explica que estudió finés «por casualidad» y hoy es responsable de comunicación del Instituto Nacional de Finlandia. Traduce en sus ratos libres y los fines de semana porque de trasladar palabras de un idioma a otro es imposible vivir. No se detiene en la queja y enseguida habla del peso de las mujeres en la literatura finlandesa actual. A ella le han dado premios de traducción como el «María Martínez Sierra» y sin saber si por Tainaron recibirá alguno (ojalá), lo que está claro es que el lector en español ya ha ganado. Al acabarlo, cierre el libro, voltee el espejo: y diga si no siente una humana necesidad de llorar y gritar «gracias».