Publicado el

El lujo de la pobreza, por Alfredo Ghierra

Lujo-pobreza«La génesis de Montevideo parece ser la historia de una huida, una fuga constante hacia el Este, en busca de las vistas al Río de la Plata, huyendo siempre de lo viejo.» En la capital uruguaya podemos encontrar multitud de edificios que pertenecían a la burguesía local abandonados. El artista visual Alfredo Ghierra nos habla en nuestro 360º de la importancia de (re)aprovechar estos espacios. Aquí, un adelanto.


La ciudad de Montevideo fue fundada hace menos de 300 años y de su primera arquitectura, la conocida como colonial, casi nada queda. Esto quiere decir que el concepto de antiguo en esta ciudad haría sonreír a cualquier ciudadano europeo: la gente cataloga de «antiguo» un edificio de los años 50 del siglo pasado y directamente de «viejo» a todo lo construido en las postrimerías del s. XIX. Incluso las variables antiguo y viejo tienen que ver con una apreciación económica, donde lo viejo sería definitivamente algo digno apenas de ser demolido mientras que lo antiguo aún conserva un valor económico que lo hace preservable, aunque no demasiado apetecible.

En efecto, hay algo que nos viene del hecho de ser una ciudad americana, algo subyacente al concepto que la palabra «América» trae consigo y que refiere a lo nuevo, lo moderno, lo próspero. La génesis de Montevideo parece ser la historia de una huida, una fuga constante, con empujes más o menos equidistantes en el tiempo, del desarrollo de la mancha urbana hacia el este, en busca de las vistas al Río de la Plata, en pos del mito de la casa con jardín, huyendo siempre de lo denso, lo viejo, lo pasado de moda.

Así, cada nueva generación de la burguesía local vende lo que construyeron sus padres y construye al lado y hacia el Este su nuevo reducto, siempre más moderno, siempre más exclusivo y excluyente, dejando atrás, abandonado y paupérrimo, lo que antes fuera lo mejor de la ciudad. Hemos vivido a lo largo del último siglo y medio la generación de al menos tres paradigmas que han impulsado el fenómeno del abandono en áreas relevantes de la ciudad. El primero fue el cambio en el uso del tiempo libre de las clases acomodadas en las primeras décadas del s. XX: dejaron sus quintas arboladas por nuevas mansiones a la vera del Río de la Plata, cuando el uso del ocio empezó a significar estatus si venía acompañado de una piel bronceada en las arenas de la playa. Luego vino la generalización del paradigma de la «casa con jardín y parrillero», siendo este último la versión vernácula de la barbacoa estadounidense. Y en los últimos años ha cundido la noción de «inseguridad», y como reverso de una misma moneda, la gran industria de la «seguridad»: los cercos eléctricos, las rejas, los vigilantes privados, los edificios con portero 24 horas, los sistemas de videocámara.

CTA-premium-con-precio

Se van generando entonces áreas centrales, con los mejores servicios y muchas veces con la mejor arquitectura, abandonadas a la buena de Dios, o mejor dicho, a la mala del hombre. El tamaño de esta ciudad abandonada es gigantesco, no sólo en números concretos (se calcula, por ejemplo, que en los barrios centrales de Montevideo, si pusiéramos todas juntas las construcciones visiblemente abandonadas, lograríamos más de 20 manzanas de ciudad vacía), sino en la proporción del abandono en relación al resto de lo construido. Un lujo difícil de entender en una ciudad con un déficit habitacional importante y donde, además, esas propiedades abandonadas corresponden casi siempre a tipologías históricas de excelente factura. O sea que, mientras en la periferia proliferan cantegriles o villas miseria de cartones y chapas, en el centro abundan las casas de pensión donde se amontonan familias enteras en cuartos de 16 metros cuadrados, instaladas en caserones decimonónicos donde los frescos y los artesonados de yeso aún pueden verse entre los agujeros de las antiguas claraboyas colapsadas. En otros muchos casos, estas construcciones están lisa y llanamente cerradas a cal y canto, o tomadas por el narcomenudeo urbano.

(…)


Para leer el texto completo suscríbete ahora a Altaïr Magazine