RETORNO A TRAFALGAR, UN PASO DE JUAN TREJO

Faro.Trafalgar

Continuamos la serie de crónicas «Vida portátil» del escritor Juan Trejo en los Pasos de Altaïr Magazine con «Retorno a Trafalgar». Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


 

Esto ocurrió durante el verano del que algunos denominan el mágico año de 1992.

Llegamos a Cádiz en autocar. Viajaba con mi novia de entonces, a la que llamaré O. Estábamos llevando a cabo algo parecido a un tour por el sur de España. Habíamos estado ya en Granada, también en Córdoba, e incluso habíamos tenido tiempo de visitar, aunque sin excesivo entusiasmo, la Expo de Sevilla.

Decir que en Cádiz hacía mucho calor sería mostrarse condescendiente. Sin embargo, a mí no me sentaba mal ese calor del sur, más radical que el de la costa catalana al que estaba acostumbrado, aunque también más seco y por lo tanto más respetuoso, menos invasivo. Llevábamos sobre nuestros hombros un buen puñado de kilómetros por carreteras regionales, y otros tantos realizados en tren desde Barcelona a Granada, pero yo me sentía enérgico, dispuesto a apropiarme con ansia de lo que se presentase ante mis ojos.

En esos años de mi primera juventud, todavía estudiante universitario, quería verlo todo, conocerlo todo. Nada me parecía poco, cualquier rincón podía resultarme exótico y digno de aventura. Cargaba con un par de libros y con una libreta pautada en la que iba anotando lo que pensaba que podría resultarme relevante en el futuro, cuando pudiese sacarle rendimiento literario. Nótese que he utilizado la expresión “en el futuro”, pues en ese momento no habría sabido qué partido sacarle a la mayor parte de las cosas que me sucedían.

En la estación de autobuses de Cádiz nos estaba esperando el que iba a ser nuestro anfitrión durante los dos próximos días: Manuel María, al que todo el mundo llamaba Malili. Malili, dentista de profesión, era en realidad amigo de mi hermana. Yo había aprovechado una estancia de Malili en Barcelona meses atrás para hacerme el encontradizo y posibilitar que a mí también me invitase a pasar unos días en la casa que tenía cerca del faro de Trafalgar.

He de decir que en cuanto puse un pie en Cádiz, o mejor dicho en cuanto empecé a notar el aire cálido y seco en la piel, en cuanto tuve la sensación de estar allí de verdad, supe que esos días iban a conllevar alguna clase de descubrimiento íntimo y personal. Aunque poco podría haber sospechado a esas alturas hasta qué punto acabarían resultando importantes para mí las cosas que viví durante aquellos dos días cerca del faro de Trafalgar; cuánto habría de reelaborar el recuerdo de aquella estancia en años venideros en busca de consuelo o de motivación.

Recorrimos en coche la bahía, hacia el sur, camino de un lugar que yo no estaba todavía en disposición de ubicar en el mapa. Pasamos por Chiclana y por Conil de la Frontera. Guiado por el afán del que he hablado antes, yo intentaba empaparme de la amplitud de las vistas y del aroma del océano que entraba por las ventanillas bajadas. Con la desvergüenza de mis veinte años, por lo demás, pretendía mantenerme a la altura del ingenio y de la simpatía de nuestro anfitrión; sin mucho éxito, confieso, pues en cuestión de minutos me vi obligado a rendirme al imbatible poder del sentido del humor gaditano.

Durante ese desplazamiento, Malili no dejó de repetir una suerte de mantra que poco a poco, durante las siguientes horas, fue calando en mi manera de percibir ayudándome a ponerme en situación: “Aquí todo va a otro ritmo. Nada que ver con cómo hacéis las cosas en el norte”. Nunca había pensado en mí mismo como un habitante del “norte”, fuera eso lo que fuese, pero acepté sin rechistar la rotundidad de aquella sentencia.

Cuando estábamos ya cerca de Caños de Meca apareció ante nosotros una especie de cerro o colina boscosa que parecía surgida de la nada. En aquella zona eminentemente llana y más bien arenosa, casi un recordatorio del desierto que se extendía al otro lado del Estrecho, aquel montículo cubierto de pinos, de un verde radiante, llamaba poderosamente la atención. “Es la Cañada del Álamo”, nos dijo Malili. “La casa está ahí arriba, en lo alto de ese cerro, que pertenece al Parque natural de La Breña.”

Al poco abandonamos la carretera comarcal y nos adentramos en el Parque por un pedregoso camino forestal. Transmitía algo impropio aquel recorrido sinuoso que debía llevarnos a lo alto del cerro. El cambio de un paisaje a otro, de un ecosistema y otro podría decirse, era demasiado radical. Finalmente llegamos al amplio claro donde se encontraba la casa. Desde allí, desde el punto más alto del cerro, sí se veía de nuevo el mar, de un radiante azul en ese momento debido a la potencia del sol cenital.

Cuando llegamos, la esposa de Malili, Cristina, estaba cocinando: preparaba una apetitosa paella de verdura. Desde el primer momento, Cristina, cuyo acento gaditano era apenas perceptible, nos trató con una cortesía y un afecto desconocidos para alguien habituado a la discreta y distante formalidad propia de ese “norte” del que hablaba Malili.

Mientras acababa de hacerse la paella salimos todos fuera para tomar el aperitivo. En el exterior había una mesa grande de madera, como para diez o doce comensales, y varias sillas de plástico blancas alrededor.

Estábamos allí sentados, charlando despreocupadamente, cuando de repente, sin previo aviso, salido de entre los pinos, se manifestó el invitado sorpresa; el personaje que habría de condicionar por completo desde ese momento mi estancia allí.

(…)


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