Publicado el

VOLVER A CASA

Por Sonia Fernández

Volver a casa_135X220

 

En un momento determinado de esta historia, casi al final del relato y ya en los tiempos actuales, una profesora pone en su sitio a una joven descendiente de ghaneses (Marjorie), la cual estudia en un instituto estadounidense. El suceso se produce cuando ésta intenta explicar que en casa tienen otra palabra para denominar a los afroamericanos; utilizan la palabra «Akata». A través de dicho término designan a las personas que llevan ya demasiado tiempo fuera de Ghana como para seguir considerándose ghanesas. La profesora ataja la explicación de la alumna subrayando que a los blancos «que manejan el cotarro» no les importa el origen de ningún negro, «aquí un negro es un negro y punto» concluye. Con Volver a casa (ed. Salamandra, traducción de Maia Figueroa), Yaa Gyasi, nacida en Ghana y emigrada con su familia a los dos años a Estados Unidos, nos ha querido mostrar precisamente eso; la búsqueda de sus orígenes, el recorrido posterior y la necesidad de recuperar la propia «casa».

Gyasi debuta con una primera novela sobre la que ya hubo una puja millonaria y que no ha dejado de cosechar premios y críticas favorables. A través de ella, la escritora, quien admira de manera abierta la novela Cien años de soledad, muestra un mosaico de hechos y acontecimientos que abarcan desde el siglo XVIII hasta el comienzo del XXI, partiendo de un tronco común que pronto se bifurca a partir de dos mujeres, dos hermanas que no llegarán a conocerse, y sus descendientes. Así, como si se tratara de una colección de relatos, se presentan las vidas de los descendientes de Effia (la bella, que se queda en Ghana) y de los de Esi (la esclava, que será llevada a Estados Unidos).

La profesora ataja la explicación de la alumna subrayando que a los blancos «que manejan el cotarro» no les importa el origen de ningún negro, «aquí un negro es un negro y punto» concluye

Y en el centro la esclavitud, sobre todo, como el detonante de esas vidas condenadas a ser nada. Un «período» histórico que no ha sido objeto de demasiadas expresiones escritas, y que, además, ha silenciado parte de lo que ocurrió.

Ukawsaw Gronniosaw, Olaudah Equiano «El africano», cuya autobiografía está traducida a castellano o Venture Smith, contaron sus vidas desde el momento de su apresamiento en su África natal. Después, la narrativa de la esclavitud abarca la novela de Alex Haley, Raíces (¿quién no recuerda a Kunta Kinte?), con la que obtuvo el Premio Pulitzer en 1977 y que supuso un éxito total, a pesar de la polémica en la que se vio envuelto, sobre todo cuando se adaptó a la pequeña pantalla. Once años después, Toni Morrison conseguiría también el Pulitzer con su novela Beloved, poseedora de un enfoque diferente. Ya en 2013 pudimos leer una nueva revisión de este período de la mano de Leónora Miano y su La saison de l’ombre (traducida a castellano para «Casa África» por Arantza Mareca). En La estación de las sombras, precisamente, Miano componía una historia original, con las voces de las mujeres de una aldea, en la que no se nombraba en ningún momento lo que había ocurrido al pasar del día a la noche, y que, sin embargo, había sufrido uno de los acontecimientos más atroces y cruciales de la historia de África. Pero, además, incidía en lo que también el escritor Alain Mabanckou en su ensayo Le sanglot de l’homme noir adelantaba: que los mismos africanos tenían su parte de responsabilidad en lo ocurrido. 

La joven Gyasi no elude tampoco este punto en Volver a casa, mostrando la complicidad que hubo en este sentido. Al tiempo, que acierta al conseguir conectar el esclavismo y sus consecuencias con el continente africano. En este sentido logra algo muy importante: el contar la historia desde dos epicentros que, a la postre, beben el uno del otro.

La joven Gyasi consigue conectar el esclavismo y sus consecuencias con el continente africano

A Gyasi no le falta imaginación, en su titánica labor, para crear mundos íntimos a partir de selecciones de momentos históricos por los que hacer discurrir la narración, a pesar de que  sentimos, por otra parte, demasiados recortes dejándonos con una sensación extraña, como si algo nos faltara. Sin embargo, Volver a casa tiene la virtud de mostrar tanto la resistencia contra el invasor en un lado, como la lucha continua por el reconocimiento de los derechos y contra el racismo en el otro, a través de unos protagonistas que incluyen desde «locas» a «drogadictos». Y nos habla de la importancia de reconstruir un pasado que forma parte de nuestro presente. Un presente, en el que cada persona negra, nos cuenta cada vez con más frecuencia su propia historia, que, al contrario de lo que piensa la profesora de Marjorie, posee su propia trayectoria, sus propios fallos y desencuentros, su propia lucha y su propia belleza.

Publicado el

SEIS DÍAS, TODOS ENVUELTOS EN LA SANGRE

Seis dias Ryan Gattis

Por Jordi de Miguel

seis dias

Ryan Gattis sabe cómo suena un hueso al partirse. Conoce el mecanismo por el que una nariz se hunde bajo el peso de la astilla y la sangre. A Ryan Gattis (Illinois, 1978) le desfiguraron la cara cuando tenía 17 años. Entonces, cuando aquel jugador de fútbol americano animado por el ácido le apartó de golpe de la carrera militar, no podía saber que, lejos de aislarlo, la caravana del dolor le abriría las puertas de mucha gente. Tampoco podía saber que, tras meses de lecturas postradas en la cama, un día lograría convertir el dolor ajeno en el corazón de una historia. 

Basta una somera lectura para comprenderlo: Si HBO ha comprado los derechos televisivos de Seis días es porque su última novela retrata de forma trepidante, eléctrica, por momentos asfixiante, siempre cinematográfica, las 121 horas de violencia que en 1992 convulsionaron Los Ángeles. Gattis resume los hechos en la introducción del libro: El 29 de abril de ese año, a las 15:15h, un jurado absuelve a los agentes de policía que apalizaron salvajemente al taxista negro Rodney King. Los disturbios empiezan alrededor de las cinco de la tarde y terminan seis días después con un balance elocuente: 60 muertos, 2.383 heridos, 10.904 detenciones y 11.113 incendios. Esos son los datos. Luego viene la sacudida. El golpe de sangre, la descarga brutal.

Yo necesito mirar a los ojos a quien haya hecho esto. ¿Qué otra cosa puede hacer una hermana? Y antes de matarlo, tiene que saber que lo sé. Así se hace justicia.

El relato empieza en el deprimido barrio de Lynwood, lejos del gran foco de los disturbios. Gattis toma como punto de partida el asesinato atroz de Ernesto Vera, un humilde cocinero que vive al margen de los negocios turbios de su familia. Como él y su hermana Lupe, otros quince testimonios (narcos, pandilleros, bomberos, enfermeras…) traman con sus monólogos la espiral de venganza que la ausencia de policía ha desatado entre las bandas latinas de la zona. Allí donde una bala cuesta 25 centavos y «el crimen es una salida fiable a falta de otras». Seis días dan para saldar muchas cuentas.

CTA-premium-con-precio

Tal vez si se tratara de un ensayo, el título original del libro, All involved, hubiera sido más apropiado. Porque sí, Seis días es una crónica estricta, un indetenible goteo de sangre y horas por los atajos de una vendetta infinita, pero lo que hay de fondo es la aceptación de que, de un modo u otro, todos están envueltos en el devenir de la ciudad. Por eso, las historias de los 17 protagonistas se cruzan continuamente. Todos habitan una ciudad levantada sobre memorias inflamables. Los nadie hacen recuento diario de los asesinatos que vengarán. Los blancos hacen acopio de desmemoria: no importan las palizas a los pachucos de mediados de los 40, ni los 34 afroamericanos asesinados en Watts veinte años después. Así es Los Ángeles, una zona privada de guerra con el termostato al límite. Hace tiempo que los médicos de la Marina aprenden allí sobre heridas de combate.

Cuando esas cosas ya han pasado, todo el mundo mira atrás y dice (con mi mejor voz de presentador blanco de noticias): «Uf, fue terrible, espantoso, no tiene que volver a pasar nunca». Pero luego se olvidan, y hasta se olvidan de que les parecía mal […]. Si Los Ángeles se muere alguna vez, si la gente tira la toalla y se marcha, grabadle esto en la puta lápida… Los Ángeles tiene memoria de pez. Nunca aprende nada. Y eso es lo que va a matar a esta ciudad. Ya veréis. En 2022 volverá a haber disturbios raciales. O antes, no sé.

«Mierda. Un momento», se interrumpe Antonio Delgado, alias Bicho, alias Diabluras. Todos los personajes de la novela interpelan a un «nosotros» que parece adormilado frente a la pantalla. Cuando no tratas de salvar el pellejo junto a ellos por las calles del barrio, te los imaginas hablando a cámara mientras arde la ciudad (plano tres cuartos, mirada nerviosa). Su relato, a caballo de un presente percutido y vivaz, es tan volátil como la llama que anima el incendio: Puede ser interrumpido por un pensamiento fugaz, el avistamiento del enemigo o el borbotón de su propia muerte.

Aún así, todos los capítulos comparten cierta homogeneidad (por momentos, atonal y excesiva, como la misma violencia que describe). En ellos, Gattis despliega un moderado sistema de verificación de su ficción. Los relatos están minados de referencias a la cultura de masas de ese 92, sobre todo cuando hablan los pandilleros (desde Corrupción en Miami y Cypress Hill hasta el último partido de los Lakers en pleno estado de sitio). A eso hay que sumarle los epígrafes sobre fondo negro que encabezan las seis partes en que se divide la novela: citas del comandante de las fuerzas de la guardia nacional James D. Delk, del forense del condado Dean Gilmor, del escritor Thomas Pynchon o del mismo Rodney King, que al mismo tiempo que legitiman el relato acotan el marco de interpretación de los hechos.

Voy a incendiar la ciudad entera yo solo. Quemarla hasta los cimientos para poder construirla con materiales mejores. Para que podamos empezar de nuevo.

Con todo, que nadie espere encontrar en el libro la respuesta a todos los interrogantes que emergen de los hechos. Seis días no es un ensayo oculto en las entrelíneas de un thriller de acción. Lo trascendente, en todo caso, es la voluntad de comprender a una población que ha sido marginada sistemáticamente por el poder. Gattis conoció sus historias mientras grafiteaba las calles de Los Ángeles con el colectivo Uglar Works. Luego recreó «un escenario de libertad» para mostrar cómo y hasta dónde se activan los resortes del margen oprimido y violentado. Esa es la idea. El resto es el ruido de los huesos chapoteando en la sangre.