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Dulceagrio: ¿A qué sabe crecer?

Por Berta Jiménez Luesma

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Los tránsitos son una de las etapas más confusas y complicadas de la vida, aunque dejando pasar el tiempo suelen ser los momentos que se recuerdan con mayor nostalgia. Con distancia es más fácil valorar la valentía, la inocencia y las primeras veces. En el momento, solo hay caos y niebla. Desconcierto, miedo, y diversión un poco amarga. Dulceagrio (Malpaso, 2016) es una historia sobre una fase, o más bien una fase a secas. Stephanie Danler narra desde la novela —pero con tintes biográficos— el secreto de crecer. ¿Pero qué es exactamente crecer? Quizá algo que nos acompaña siempre. Pero a los 22 años una se hace mayor más intensamente.

(El queso Dorset) era como la mantequilla pero más arenoso y compacto, quizá como los rebozuelos que no dejaba de manosear. Me dio otra uva, y cuando la mordía, busqué las pepitas con la lengua y ladeé la cabeza para escupirlas en la mano. Vi vides moradas engordando al sol.

Tess —de la que no sabremos el nombre hasta más de la mitad del libro, y no por casualidad— viene de un pueblo del que apenas habla, tiene un pasado que nadie conoce que nadie pregunta y que nunca será revelado; y aterriza en la gran ciudad. Ya ha hecho todo lo que se esperaba de ella y ahora ha llegado el momento de hacer lo que ella espera de sí misma: o sea, algo. Lo que sea.

La protagonista es presentada como una joven —muy joven y no por la edad— confusa que no sabe lo que quiere. Nueva York la recibe con una hostilidad que ella no siente, y la empuja a un remolino de desorden en el que parece sentirse muy cómoda. Como con facilidad consigue un trabajo en un afamado restaurante neoyorquino, de esos que no representan las gastronomía estadounidense mainstream sino que tienen productos frescos, de temporada. Exclusivos platos, únicos en la metrópoli para ricos comensales exquisitos amantes de lo exquisito.

Nunca ha sido camarera, nunca ha sido independiente, y sin embargo, más que su inseguridad y sus errores laborales y personales impresiona su soledad. Tess está sola en el mundo. Tess vive una página de un libro que por delante y por detrás está en blanco. No conoce a nadie, no tiene amigos y posiblemente sí seres queridos, pero no lo parece. Su estancia en el restaurante funciona narrativamente como un viaje físico pero sin coche, sin paisaje y sin destino. Un viaje entre quemaduras, platos rotos, gritos de superiores, moscas de la fruta y caídas por las escaleras; donde la Tess desorientada observa, aprende y desde la espontaneidad y la soberbia de la edad, va afinando sentidos, especialmente el gusto.

El desagüe que había debajo del fregadero era la causa. Fruta descompuesta, trozos de pan, posos de vino y restos solidificados que formaban un barrio gris opaco (…) Era el hogar de la mosca de la fruta. No eran tan peligrosas por sí solas. Pero tenían una molesta tenacidad cuando aterrizaban. Salían volando a miles cuando las espantabas y luego volvían a posarse en el mismo sitio

Dulceagrio es un relato agridulce pero al revés. Dulce como los ojos que ven por primera vez. Agrio como el punto cero. Dulce como encontrar —al fin— un referente adulto. Agrio como la cocaína. Dulce como el primer amor. Agrio como la gentrificación de la ciudad. Dulce como el vino. Agrio como las decepciones. Dulce como el sexo. Agrio como la envidia. Dulce como los sueños. Agrio como los finales, como crecer. Y con este sabor de boca, completo pero raro, deja Danler pasear al lector por el día a día simple de Tess —casa, trabajo, fiesta—. Tres únicos escenarios con una única y constante problemática: quererlo todo.

Tess, quien parece tener un carácter débil, se va descubriendo como poderosa, categórica, determinada. Con grandes aspiraciones y sin frenos. Pero sería injusto decir que en el relato alguien podría estrellarse. El mundo que la autora crea pertenece a una esfera tan elevada que en ocasiones es difícil empatizar con los dramas de los personajes demasiado frívolos e irreales para la inmensa mayoría de los lectores. Aún así el relato llega, y los caprichos de Tess, los excesos y frustraciones se viven en la propia piel.

—Mademoiselle, Puffeney Arbois, 2003.

La abrió con brusquedad, de una manera que a mí no me salía nunca, como un barman que abriera botellas baratas sin apoyarlas (…) El vino era del color de los rubíes turbios, teñía el cristal y era audazmente fragante y cristalino

Aunque en parte represente el espíritu de una generación, la protagonista es diferente y pasa de no ser ni saber nada a saber demasiado. Deja de dudar y de tener miedo. Se planta, se posiciona y decide. Y lo hace bien, sabe lo que quiere y lo que no, y no duda en dejarlo claro en todo momento. Tess aprende a saborear las ostras y el vino, como la vida.

Dulceagrio no es sino un ritual de iniciación. Tan simple como complejo. Y duele porque todos conocemos este sabor.

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NUEVA YORK: HISTORIAS DE DOS (DE TANTAS) CIUDADES

Por Marina Hernández

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Solo algunas de nuestras metrópolis mundiales han recibido el privilegio de convertirse en espejismo y entre todas ellas Nueva York es única: a ninguna se le han atribuido tantos mitos porque ninguna (tal vez, excepto París) ha tenido agencia de comunicación más poderosa: películas, telefilmes, series, canciones, proyecciones, libros, poemas, causas y muestras de arte que retratan la ciudad de Nueva York siempre del lado de los individuos de éxito. En esta imagen pre-diseñada, los ciudadanos notan que falta algo: la ciudad real que experimentan, con todas sus complejidades, día tras día.

La Nueva York de las desigualdades, la de los problemas de la vivienda, la de la frustración, la de los individuos cada vez más alienados: ésta. Hay una versión de la ciudad (mentira: hay cientos de miles de versiones de una ciudad) que no se expone porque es fea. Solo algunos escritores y cineastas han prestado atención al zumbido detrás del espectáculo y han sabido reinterpretarlo en sus obras.

Los poemas de Lorca fueron sangrientos y metálicos: la alegoría de Nueva York como una máquina que fagocita a todo aquel que se atreve a jugar al sueño americano. Por ahí aún se encuentran algunas películas de homeless superdotados pero locos que recogen basura en las calles y la cargan allí donde van, como si los sin techo fueran una raza aparte y no nuestros hermanos, primos o colegas de la infancia.

Toda ciudad es una reinterpretación de lo que sus ciudadanos y visitantes dicen de ella. John Freeman, compilador de esta antología de historias de la Nueva York de los barrios (olvídese el lector de verse transportado a Wall Street, Central Park, Times Square, que hace tiempo dejaron de ser lugares para convertirse en entes con vida propia), sabe buscar debajo del maquillaje y le encarga testimonios a una red de escritores diversos que comparten solo una cosa: el sentimiento de contradicción perenne con el espacio que habitan. Nueva York es lo contrario de la ciudad indiferente.

Nueva York: Historias de dos ciudades trata sobre lo que nunca se dice cuando hablamos de espejismos: que Nueva York es la ciudad más desigual de los Estados Unidos y que la paradoja se hace evidente cuando se habla de cifras: en el Bronx, uno de los barrios más pobres y conflictivos (estos adjetivos también nos los han enseñado las agencias de comunicación de la ciudad) es donde mayor porcentaje de los ingresos per cápita utilizan sus habitantes para pagar el alquiler. La clase media desaparece a pasos agigantados y la ciudad muta a gran velocidad: los pobres buscan nuevos barrios que ocupar y los ocupan, pero no da tiempo a que se formen comunidades como se formaban antaño. El destino de la ciudad contemporánea es hacia el aislamiento y la soledad: hablamos de los acorazados de veinte pisos donde los ricos viven sin ver a los inmigrantes vestidos de chaqué que les abren la puerta cada tarde, pero también de la sensación generalizada de que los edificios se han convertido en sistemas de aislamiento donde cada cuál se ocupa de sus asuntos y de nada más, de descubrir, como descubre Hannah Tinto, que su vecino recién fallecido guarda kilos de dinamita en el apartamento de abajo. Conviene preguntarnos si eso buscábamos los seres humanos creando megaciudades como ésta: hacinarnos a la vez que nos aislamos cada vez más de aquellos con quienes compartimos edificio, barrio o paisaje. 

La historia de las dos ciudades que dice ser Nueva York es la historia, en resumen, de la riqueza y la pobreza. La ligereza de una contrasta con la densidad de la otra y ambas no pueden coexistir, sino resbalarse una sobre la otra, como el aceite y el agua.

Pero no nos engañemos: es que Nueva York no es un paisaje. Eso sería reducirla. Claro que hay ciudades que aparentan serlo (ciudades tranquilas donde todo es tan ordenado que parece un patrón), pero ella no es de ese tipo, sino que se asemeja más a un súper cuerpo donde no solo hay cerebro y corazón (lo que nos ha mostrado la cultura popular de la ciudad: inteligencia y pasiones, Woody Allen y Sexo en Nueva York) sino intestinos, apéndices y órganos olvidados que nadie cuida ni de los que nadie se preocupa. Y puede que la ciudad también tenga un laberinto inconsciente. Colum McCann lo ha encontrado en las alcantarillas: «la ciudad subterránea que se esconde para el ciudadano que ni siquiera imagina que bajo sus pies existe ese Nueva York subordinado a la oscuridad». Incluso hasta aquí llega el espejismo: la vida en los túneles como un estado de exotismo local. Otro mito.

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La historia de las dos ciudades que dice ser Nueva York es la historia, en resumen, de la riqueza y la pobreza. La ligereza de una contrasta con la densidad de la otra y ambas no pueden coexistir, sino resbalarse una sobre la otra, como el aceite y el agua. Garnette Cadogan relata su historia, la de un inmigrante caribeño que decide integrarse en la ciudad caminándola y hablando con sus habitantes, y se da cuenta en sus paseos de que la renta hace que incluso los barrios vecinos parezcan sacados de mundos radicalmente distintos. «Andar de uno a otro es ser testigo de un paisaje asimétrico», explica. Pasea la ciudad de sur a norte, atravesando el Upper East Side («un barrio equipado con todos los recursos para alcanzar el éxito mundial») hasta llegar a Hunts Points, un barrio industrial y castigado, donde «casi nadie anda por el barrio por el simple placer de andar». De este modo la ciudad va mostrándole su propia gramática al inmigrante, le va enseñando su idioma y él comienza a hablarlo, también con sus silencios: «me recordarían que yo solo podía habitar esas calles hasta cierto punto».

Los textos de esta antología se acercan: por fin la frontera entre realidad y ficción deja de tener interés porque la verdad tiene muchas formas de ser contada.

La historia de Cadogan es solo uno de los treinta y tres puentes a la ciudad real que nos presenta este libro, donde prolifera, para variar, la mirada de los que nunca cuentan la historia: de los que han carecido de voz oficial en los diarios si no es para hablar de cifras de pobreza, inmigración y violencia: las víctimas. Si la ciudad es una bestia, su alimento son estos ciudadanos que lo dan todo y a cambio no reciben nada, si acaso unos dólares y dosis de frustración constantes porque la ciudad va más rápido, siempre exige más, y los deja extenuados. Estos protagonistas mudos son los mantenedores de la perfección superficial que también dice ser Nueva York: niños educados por madres dominicanas de alquiler, jardines moldeados, escaleras intachables, pomos dorados brillando como si ni una sola mano sin guantes se hubiera posado sobre ellos. Esa Nueva York también existe, pero solo se accede a ella con invitación, como a una fiesta.

Contar una ciudad no es fácil porque existen tantas versiones de ella como de bocas que la explican. No sé si hay un género posmoderno (¿qué es posmoderno?) o una forma de contar la realidad que nos pertenezca solo a los que vivimos este presente, pero sin duda los textos de esta antología se acercan: por fin la frontera entre realidad y ficción deja de tener interés porque la verdad tiene muchas formas de ser contada. El cuento, la crónica, el poema, el testimonio como confesión de lo puertas hacia adentro, la noticia, el reportaje, e incluso el tweet (un neologismo: tres líneas que se esfuerzan en contarlo todo) se desligan de su forma para servir, en última instancia, a la construcción abstracta de la ciudad habitada.

Entre todas esas versiones, incluso yo tengo la mía: la ciudad lejana que nunca voy a conocer porque con el espejismo me basta. Su cultura popular es tan amplia que nutre de sobra mi curiosidad y también, de algún modo, alienta mis ganas de ir a lugares donde las imágenes son menos pesadas y tangibles. Por eso, si tengo que estar de acuerdo con alguno de los autores de Nueva York: Historia de dos ciudades, es con Tim Freeman, hermano del editor de este volumen y habitante de los verdaderos templos de Nueva York: los albergues para sin techo. Dice: «Creo que la ciudad que siempre me atrajo fue la Nueva York inalcanzable». Ni siquiera él, nos relata, quería terminar en la calle, pero así fue como ocurrió. Tal vez eso es Nueva York más que ninguna otra cosa: una gran metrópoli que nos arrastra, una gran ola, una bestia: una máquina. Y nosotros, su alimento.

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SONIDOS DEL SOHO, UN PASO DE PEDRO MONTESINOS

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El experto en sonido Pedro Montesinos viaja hasta Nueva York para trasladarnos, a través de sus grabaciones, a uno de los barrios más famosos del mundo: el SoHo. Un nuevo artículo de nuestra sección Pasos.


La primera vez que visitas una ciudad como Nueva York sabes, de manera más o menos consciente, que estás pisando uno de los lugares más conocidos, filmados, dibujados, cantados y contados del mundo. Y por ese motivo, una infinidad de ideas preconcebidas, prejuicios y falsas impresiones se agolpan en la mente, por muy poco contacto que se tenga con la cultura norteamericana: música, teatro, retransmisiones deportivas, anuncios, noticias, películas, series, libros, cómics, arte, noticias… ¿A quién no le viene a la cabeza un estribillo como el de New York, New York de Frank Sinatra; alguna película de Woody Allen o la imagen de las Torres Gemelas desplomándose en directo en todos los informativos? Son simplemente ejemplos de la enorme cantidad de estímulos más o menos compartidos por personas de casi cualquier lugar del mundo. Además, hay que añadir a ese conjunto de impresiones otro puñado de referentes más personales, que se entrelazan con los primeros y que en mi caso vienen asociados a nombres como The Velvet Underground, Ramones, Sonic Youth o Beasty Boys… (cada cual podrá esgrimir los suyos).

Con ese amasijo informe de referencias generales y particulares, no siempre bien asimiladas, pasear por las calles de la ciudad de las ciudades es una experiencia intensa que entremezcla familiaridad engañosa, evocaciones fraccionadas, conexiones súbitas, contrastes abruptos y cotidianidad resbaladiza… En suma, una amalgama fluctuante y difusa de sensaciones que en buena medida satura, especialmente en las primeras exposiciones, pero que también destila instantes, más o menos duraderos, más o menos discretos, de belleza arrebatadora y fascinante.

La agenda que teníamos prevista para ese día nos llevó hasta el SoHo. El plan: pasear por las calles y hacer algunas compras inevitables. Lo de las compras no es mi fuerte, así que cargué conmigo, en una mochila ligera, el equipo para grabar. Lo llevaba todo montado para que en el momento que decidiese, «cremallera, auriculares, mango con soporte, micro con protección antiviento, grabadora, cremallera, on, probando, probando, rec…»; y a grabar.

Al salir del metro en la parada de Prince Street (en la esquina con la avenida Broadway), optamos por seguir la misma calle hacia el lado oeste para adentrarnos en este barrio reconocido por ser marco de series, películas, cómics, vídeos musicales, fotografías, publicidad, etc. Con la sensación de estar en un escenario, andamos con toda la calma en una mañana fría pero soleada y con poco viento. Cruzamos la avenida Broadway y las calles Mercer y Greene, hasta llegar a la calle Wooster donde, tras una breve incursión en una tienda de ropa y material deportivo (en la que tuve que contener ese latente impulso consumista), dimos la vuelta para volver, con la misma calma, por idéntico camino.

Pasear por Nueva York es una experiencia intensa que entremezcla familiaridad engañosa, evocaciones fraccionadas, conexiones súbitas, contrastes abruptos y cotidianidad resbaladiza

El ambiente general que nos encontramos era el de un barrio bastante tranquilo, con relativamente poco tráfico por la mayoría de las calles, edificios no demasiado altos (entre seis y ocho alturas con sus escaleras de incendios en la fachada), un carril bici por el que pasaron varios usuarios y hasta árboles, de mediano tamaño, en unas aceras no demasiado amplias pero suficiente para que pasen dos o tres personas. La verdad es que no había mucha gente por la calle, y el SoHo parecía un barrio amable en una ciudad relajada por la que tanto turistas como vecinos caminan de un sitio a otro sin demasiadas urgencias. Algo muy lejano de las referencias al «Distrito del hierro fundido» (Cast-Iron District), anterior a la presencia de una importante comunidad de artistas que transformaron las antiguas fábricas y almacenes en enormes lofts, en los que, finalmente, se han ido estableciendo clases más acomodadas.

Al llegar de nuevo a Broadway, decidimos continuar, avenida abajo, por un entorno menos amable pero lleno de comercios. Yo no estaba interesado en las compras, así que cuando mis acompañantes entraron en el primer comercio en busca de unos pantalones tejanos, les dejé ir y me quedé fuera, avisando de que me movería por esa acera hacia abajo, y que les esperaría a la altura de la calle Canal. En cuanto me quedé solo inicié la secuencia prevista (cremallera, auriculares, mango, grabadora, cremallera, on, rec) y me dispuse a escuchar.

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Los primeros instantes son siempre un poco confusos, hasta que te adaptas a escuchar los cambios de presión que producen los sonidos, transducidos por el micro a impulsos electromagnéticos, preamplificados, digitalizados y almacenados en la memoria de la grabadora, al tiempo que entregados para su retransducción en los auriculares. Siempre toca calibrar un poco tanto la intensidad de la señal de entrada como el volumen de la escucha, y confirmar que se está grabando la señal que se recibe… En un par de minutos estaba listo y me dispuse a caminar lentamente por la acera.

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