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Hasta la cumbre, siempre

Por David Torres Bosque

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¿Tiene sentido escalar las grandes paredes alpinas de forma acelerada con el único propósito de batir un nuevo récord? Para Ueli Steck sí: esta era su forma de vida, su manera de sentir la escalada. Aunque él parecía restar importancia al éxito o al fracaso, a si rebajaba los tiempos o no, lo cierto es que siempre andaba pendiente del cronómetro —o mejor dicho de los cronómetros, ya que solía ir con dos—.

Es evidente que puede criticarse lo que hacemos, pues en el fondo no tiene ningún sentido. Pero lo que vives ahí arriba no lo puede vivir ningún otro, ni tampoco te lo puede quitar nadie. La vivencia, ese momento, es la mayor recompensa. Es algo que no puede explicarse y que nadie puede aprender de un libro, pues te pertenece únicamente a ti

Ueli empezó a escalar a la edad de 12 años a través de Fritz Morgenthaler, un amigo de su padre que lo llevó al Schrattenfluh (2.092 m) en Suiza. Fritz era escalador de la vieja escuela y le enseñó poco a poco y con disciplina todo lo que hacía falta para llevar a cabo una escalada de forma segura. Más tarde ya de manera frecuente iban a los Heftizähne (Suiza) y esta pasión que comenzó a crecer fue lo que le llevó a dejar de lado el hockey —deporte que hasta ese momento practicaba con regularidad—. A pesar de que su padre no estaba muy conforme con la decisión, le dijo una frase que le marcaría para siempre: «si haces algo, hazlo de la mejor manera posible». Tal vez fue aquí cuando comenzó su obsesión con el rendimiento: pasaba la semana leyendo los relatos de la revista Rotpunkt sobre los que entonces eran sus mitos Wolfgang Güllich i Kurt Albert, mientras esperaba a que llegase el fin de semana para ir a escalar. Primero se acercó a Grindelwald, y marcó su primer objetivo: subir el Eiger (3.970 m). Para entonces tenía 19 años y una lectura obligada La araña blanca de Heinrich Harrer (Ediciones Desnivel, 2016). Fue aquí, en 2007, cuando ganó fama a nivel mundial tras escalar los 1.800 metros de desnivel de la cara norte del Eiger en tan solo 3 horas 54 minutos. Solo un año más tarde él mismo rebajó el récord a 2 horas 47 minutos 33 segundos. En 2015 lo volvió a pulverizar dejándolo en 2 horas 22 minutos 50 segundos, sin cuerda ni arnés. A lo largo de su vida Ueli acabó subiendo al Eiger 28 veces, llegando a pasas más de cincuenta días de su vida en esa pared.

Ueli se propuso completar la trilogía de las grandes caras norte de los Alpes en un tiempo récord. En el 2008 subió por la Vía Colton-McIntyre (1.200 metros de desnivel) en las Grandes Jorasses (4.208 m) en 2 horas 21 minutos 26 segundos y un año más tarde, 2009, la del Cervino (4.478 m) en 1 hora 56 minutos 40 segundos. Estas experiencias, junto a las conversaciones que mantuvo con Reinhold Messner, Christophe Profit y Walter Bonatti, así como una serie de entrevistas con la periodista Karin Steinbach, autora de las biografías de Ines Papert, Peter Habeler y Gerlinde Kaltenbrunner, son el resultado del libro Speed (Ueli Steck, Ediciones Desnivel, 2017).

Las ascensiones rápidas fueron para mí también un modo de seguir escribiendo la historia del alpinismo, la historia de la humanidad a través del alpinismo, en este caso con las caras norte

Aunque ya había realizado alguna ascensión en Nepal, —cara este del Tawoche (6.515 m) y la norte del Cholatse (6.440 m) en 2005; la cumbre este del Gasherbrum II (7.710 m, Karakórum) donde realizó la apertura de la vía Magic Line en 2006; Pumori (7.161 m, Nepal) el 2007; Teng Kampoche (6.500 m, Nepal) por una vía nueva de 2.000 metros en su cara norte el 2008 o el Ama Dablam (6.856 m, Nepal) por la vía normal en 2011—, su gran ambición eran los ochomiles. En el libro 8.000+, Ueli Steck junto con Karin Steinbach (Ediciones Desnivel, 2017) narra sus expediciones a través de varias cimas como Gasherbrum II (8.035 m, Karakórum), Makalu (8.463 m, Nepal), Shishapangma (8.027 m) o el Cho Oyu (8.201 m, Tíbet) y el Everest (8.848 m, Nepal).

Para mí la escalada no es una disciplina deportiva más, y supone mucho más que una afición. La escalada se ha convertido en algo que da sentido a mi vida. Yo me defino en gran medida a través del alpinismo, y por lo tanto a través de mis logros. Tal vez no sea muy buena astucia, pero el camino que me he trazado transcurre entre el éxito y el fracaso. Así es como encuentro mi bienestar

La cima del Annapurna se había convertido en su imprescindible tras dos intentos fallidos. El primero en el año 2007 cuando estaba subiendo por su cara sur y una roca golpeó su casco dejándolo inconsciente y provocando que se deslizase durante 70 metros por la vertiente. El segundo fue debido a una avalancha que le impidió el ascenso. Ya en el campamento, mientras estaba cenando junto a su compañero Simon Anthamatten, recibió una llamada del alpinista rumano Horia Colibasanu, donde le pedía ayuda para poder salvar al navarro Iñaki Ochoa de Olza que se encontraba en el campo IV con síntomas de mal de altura. Tanto Ueli como Simon no se lo pensaron y corrieron hacia el campo base del Annapurna para ayudar en el intento de rescate. Por desgracia no pudieron salvar a Iñaki, quién murió el 23 de mayo del 2008: 

«también soy consciente de que en la vida no existe el riesgo cero. Eso deberíamos aceptarlo todos»

. Finalmente, en otoño de 2012 consiguió escalar el Annapurna (8.091 m, Nepal) ida y vuelta en 28 horas en solitario por la vía comenzada por Pierre Beghin y Jean-Christophe Lafaille. 

Ya el mero hecho de ascender una montaña a un ritmo normal, únicamente para tener que descenderla a continuación. Tiene poco sentido, dejando a un lado los intensos momentos y emociones que dicha experiencia proporciona al alpinista que la realiza. Son sensaciones y experiencias que nadie más le puede dar, que se le graban en la memoria y que yo encuentro que merece la pena vivir

El 30 de abril del 2017, Ueli Steck, todavía por causas desconocidas, sufrió un accidente en Nepal que lo llevó a la muerte. Según afirma Reinhold Messner, cuando murió podía estar realizando la llamada «Herradura del Khumbu», es decir, ascender las cimas del Nuptse (7.861 m), Lhotse (8.516 m) y el Everest (8.848 m) en el menor tiempo posible. Hasta el momento esta proeza solo ha sido efectuada por el británico Kenton Cool y el sherpa Dorje Gylgen que lo hicieron en tres días consecutivos en mayo del 2013 utilizando oxígeno artificial.

Para mí, el alpinismo significa que salgo a la naturaleza y me expongo a ella. Y cuanto más directamente lo haga, más cerca estaré de ella. Otro ejemplo: cuando vivaqueo al raso, percibo la naturaleza de una forma completamente distinta a si duermo en una tienda, y en una tienda de forma diferente a si lo hago en la furgoneta. Con el alpinismo ocurre lo mismo: cuantos menos medios de ayuda empleo, menos adulterada, más pura es la experiencia. En el mundo actual todo es posible, técnicamente todo es factible. Si quieres que te lleven a la cumbre, puedes volar hasta lo alto del Eiger en helicóptero y que te dejen ahí arriba, pero la experiencia sería nula. Habrás contemplado unas vistas hermosas, pero al día siguiente ya no recordarás nada de ello. Será banal

La familia del suizo, el día de la incineración del cuerpo en el monasterio de Tengboche (Nepal), manifestó que […el 20 de abril del 2017, Ueli Steck ascendió desde el campo base del Everest al Campo II, a unos 6.400 m. Su plan original era escalar a la mañana siguiente para seguir aclimatando por la ruta normal hacia el Collado Sur a casi 8.000 m de altura, para regresar al Campo II el mismo día. Desde este campo, Ueli percibió que las condiciones de la pared del Nuptse eran ideales, razón por la cual decidió por la tarde modificar su plan y escalar el Nuptse a la mañana siguiente. El 30 de abril, salió a las 4:30 h junto con el francés Yannick Graziani, cruzando el gran glaciar. Después, Graziani continuaba por la ruta normal del Everest hacia el Campo III, mientras que Ueli entraba en el flanco del Lhotse. El accidente del suizo sucedió a unos 7.600 m hacia las 9:00 h (hora local). Su cuerpo fue finalmente recuperado por el piloto de helicóptero italiano Maurizio Folini a una altura de unos 6.600 m…]

Al final, la meta no fue la cumbre, sino tener el valor de atreverse a probarlo. La meta siempre es el desafío personal. Para algunos, la meta puede ser pisar la cumbre del Everest, para lo que puede ayudarse con sherpas y oxígeno, lo que siempre es una decisión personal. El que uno suba una montaña en estilo alpino o en expedición pesada, lo haga en solitario o con un equipo numeroso, es realmente secundario. Cada persona debe encontrar su propio camino, tanto en alpinismo como en la vida normal. Reglas del juego hay muchas, pero al final es uno mismo quien debe poner sus propias reglas y guiarse por ellas. Lo que cuenta son las impresiones y las sensaciones que uno vive, y para ello hay que salir y hacerlo

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La voz de la Laponia española

Por Anna María Iglesia

 

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«La situación actual es apocalíptica, pero el escenario al que estamos abocados es aún peor. En diez años desaparecerán la agricultura y la ganadería en los 631 municipios de menos de 100 habitantes. En veinte años su población permanente se extinguirá porque la pérdida de población es exponencial debido al envejecimiento: cuatro de cada diez municipios superan los 50 años de edad media». Con estas palabras describe el geógrafo Francisco Burillo la trágica situación que vive la Serranía Celtibérica, cuyos pueblos recorre Paco Cerdá en busca de los últimos habitantes de lo que él llama «la Laponia española». Para Burillo, sin embargo, no se trata solo de «un problema de despoblación. Es fundamentalmente un problema de desarticulación. La poca población que vive aquí está muy alejada de los servicios básicos, lo cual invita a los residentes a marcharse por no poder vivir con unas condiciones mínimas».

En diez años desaparecerán la agricultura y la ganadería en los 631 municipios de menos de 100 habitantes. En veinte años su población permanente se extinguirá porque la pérdida de población es exponencial debido al envejecimiento: cuatro de cada diez municipios superan los 50 años de edad media

De Guadalajara a Cuenca, de La Rioja a Segovia, de Teruel a Castelló; Los últimos. Voces de la Laponia española (Pepitas de Calabaza, 2017) es la escritura de este viaje, uno en el que Cerdà da voz a los últimos «lapones españoles», a los últimos habitantes de pueblos que sobreviven lejos de todo, en un tiempo y en un lugar diferente, en el abandono institucional y, como consecuencia, en el abandono demográfico. «Una intensa sensación de lejanía respecto a toda civilización, a pesar de que a veinte kilómetros esté Santa Engracia del Jubera y Logroño quede a una hora en coche, aborta los sueños y las utopías que apenas acaban de despuntar», escribe Cerdà mientras llega a La Rioja en busca de El Collado. «La constatación de adentrarse en un desierto humano precario de recursos, de innecesario e inexplicable retiro eremítico, alza una barrera de realismo pragmático en el espíritu del viajero cuando llega a esta Tierra Media de La Rioja en la que, a pesar de aparecer como despoblado con cero habitantes en la Wikipedia, aún es habitada por cuatro seres», cuatro personas que Cerdà no duda en definir como auténticos quijotes, como «quijotes sin luz». Entre ellos, Marcos Moya, que «rezuma un aire a Che Guevara», fue uno de los expatriados que a inicio de los noventa decidieron restaurar y resucitar el pueblo y, en parte, lo lograron: el 14 de setiembre de 1992, el día de las fiestas del pueblo, El Collado reunió a más de 400 personas. Hoy, sin embargo, en El Collado quedan solo cuatro. La casa de Marcos, profusamente equipada con 13 placas solares y 32 acumuladores, con un pequeño molino eólico y un generador de energía, —que le permite tener televisión y frigorífico, pero no lavaplatos—, contrasta con el pueblo donde ninguna compañía de telefonía proporciona cobertura y donde la escasez lumínica conlleva frecuentes apagones de luz casi totales. Marcos no sólo pone rostro a las palabras de Burillo, sino que las reafirma: el problema no es tanto la falta de habitantes, sino la desarticulación y el abandono institucional. Y la razón es casi siempre económica: «la ganadería extensiva permite tener a los animales sueltos y sin cuidado. El ayuntamiento cobra por pastos y los políticos de aquí son ganaderos. Ven esto como una zona de pasto libre para las vacas y no quieren que resurja la aldea y los animales vean limitada su libertad», explica Marcos para concluir. «Somos los últimos quijotes. O los últimos de Filipinas. Estamos luchando por una causa que defiende lo nuestro a sabiendas de que el sistema se opone a ello».

La constatación de adentrarse en un desierto humano precario de recursos, de innecesario e inexplicable retiro eremítico, alza una barrera de realismo pragmático en el espíritu del viajero cuando llega a esta Tierra Media de La Rioja en la que, a pesar de aparecer como despoblado con cero habitantes en la Wikipedia, aún es habitada por cuatro seres

En Sesga, Valencia, viven más quijotes. «¿Cómo se puede decir que Valencia recuerda a sus pueblos?», se pregunta indignado Toni Gómez, presidente de la Asociación para el Desarrollo Integral del Rincón de Ademuz: «Mira este camino y compáralo con todo lo que se ha derrochado estos años en la capital: el circuito urbano de Fórumula I, la Copa América, el Palau de les Arts. Primero debería atenderse lo prioritario y más básico de un territorio; y luego, con lo que sobre, despilfarrar. Pero en esta provincia el dinero llega hasta Llíria. De ahí no pasa». Tierra de maquis, la Serranía sigue siendo una tierra de resistencia, así se lo cuenta Alfons Cervera a Paco Cerdà, que no se limita a observar el aislamiento que define estos pueblos, sino que, además, (se) pregunta sobre el aislamiento; sobre por qué la Serranía tiene como correlato el sustantivo «conflicto»: todo empezó en 1988, cuando la Generalitat Valenciana quiso instalar un almacén de pararrayos radiactivos en la Serranía, comarca donde los pueblos estaban muy aislados los unos de los otros. Para sorpresa de todos, sobre todo de la Generalitat, la comarca se opuso, demostrando así un sentido de grupo y de pertenencia a una tierra y a una zona inesperado. Se mostró ante la opinión pública una realidad que—a pesar de su invisibilidad— existía. Y si bien Alfons Cervera no se muestra particularmente satisfecho con el hecho de que «la imagen que hemos proyectado» se parezca «más a Belfast que a la Toscana», lo cierto es que el carácter quijotesco de resistencia es imprescindible para sobrevivir en la Laponia española, en pueblos cuya vida o, peor aún, cuya muerte parece no importar a nadie. Porque la Laponia española es todavía peor que la Laponia auténtica, donde la despoblación no significa ni abandono ni desarticulación.

Mira este camino y compáralo con todo lo que se ha derrochado estos años en la capital: el circuito urbano de Fórumula I, la Copa América, el Palau de les Arts…

«Yo a veces me pregunto si este desprecio al mundo rural responderá a una maniobra para vaciarlo y luego especular con sus tierras. De lo contrario, no se entiende cómo el Estado no pone en valor su territorio con semejante patrimonio agrícola, ganadero, paisajístico, minero y cultual», comenta Miguel Ángel Fortea refiriéndose a Teruel. Sus palabras no sólo son aplicables a los otros lugares visitados por Paco Cerdà, sino que son la perfecta conclusión de Los últimos, un libro necesario, un libro sin proclamas ni gestos panfletarios. Un libro que denuncia una realidad dando voz a sus protagonistas, a los que el tema de la despoblación interior ha puesto en el foco. Hablan los supuestos expertos, los periodistas, pero no ellos, los propios habitantes que se resisten a marchar a pesar de la soledad y el aislamiento de sus pueblos. Sin embargo, ¿quién sino ellos tienen la legitimidad de hablar? Cerdà no busca protagonismo, sino que, como en los mejores trabajos periodísticos, desaparece tras la noticia, se esconde para que ellos y el paisaje hablen por sí solos. Por esto, el libro de Paco Cerdà es necesario, tan necesario como darse cuenta de que «si no se interviene y nadie asume un compromiso, pronto tenderemos media España superpoblada y otra medio vacía».

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El último británico en pie

Por Cristian Segura

Ultimos tiempos del club del autobus, Los_300_CMYK

El Reino Unido se prepara para encerrarse en sus islas. Medio siglo de fraternidad europea se desvanecen en un día de referéndum. La gloria que le espera al Reino Unido no es el sol eterno de la Commonwealth sino el sol de tinta roja del tabloide The Sun. Entre tanta mediocridad, hay un británico que continúa cultivando su huerto y cocinando su pan en un cortijo de Las Alpujarras: es un verdadero Sir, un George Orwell en Birmania, Sean Connery cuando pudo ser rey. Su nombre es Chris Stewart y debería ser catalogado como Patrimonio de la Humanidad.

Stewart nació en 1951 en el condado de Sussex. En una vida anterior fue batería de Genesis –sí, la banda de Phil Collins; nadie es perfecto–, trabajó en un circo, esquiló ovejas en Suecia y se sacó el título de piloto de avión en California, entre otras peripecias que destaca la editorial Salamandra en la solapa del libro de Stewart Los últimos tiempos del club del autobús. El último trabajo de Stewart hará las delicias de sus incondicionales; para los que no lo somos –o no lo éramos–, Los últimos tiempos del club del autobús es una lectura que sirve de reflexión y de entretenimiento de calidad. El Club del autobús no es otra cosa que el encuentro de los vecinos del Valle de Guadalfeo que llevan a sus hijos al punto de la pista de montaña en el que el autocar escolar les recoge cada mañana. Stewart se enfrenta a un fin de ciclo, puesto que su hija abdona nido familiar para estudiar en Granada. El acontecimiento sirve al escritor para recopilar historias vividas en familia o con los otros miembros del club del autobús. La melancolía domina quizá incluso más que el humor característico de Stewart, y que puede llegar a cargar por excesivo. Es la añoranza de lo que se fue y solo vive en la memoria, incluso un detalle tan sencillo como preparar el bocadillo a la niña:

«Abría el panecillo con un cuchillo afiladísimo, dejando una bisagra infinitesimal de corteza. Luego le ponía el chorrito de aceite de oliva virgen doble extra, prensado en frío, sin refinar, obtenido de una única variedad de aceituna, de los picuales cultivados en nuestra propia finca, y añadía una capa de tomate cortado muy fino (ya salado para realzar el sabor), un pellizco de azúcar para contrarrestar la acidez, un par de rodajitas de ajo fresco, casi transparentes de tan finas, un poquito de albahaca genovesa y, como remate una buena cucharada de mayonesa para ligarlo todo y que pasara mejor… ah, y unos cebollinos asomando en el extremo como los bigotes de un langostino.»

Entre esto y las rebanadas de pan Bimbo con mortadela Campofrío que me preparaban en casa, está claro con cuál me hubiera quedado siendo niño.

Los lectores de Stewart en inglés celebran sus habilidades gastronómicas y la autosuficiencia, el ecologismo, que desempeñan él y su mujer, Ana. Uno de los capítulos iniciales del Club del autobús es la visita accidentada de un programa de televisión para filmar su destreza en la cocina. La primera Navidad que su hija, Chloé, volvía de Granada, fue un desastre climatológico, de fuertes lluvias y de operaciones de rescate de las ovejas de toda la comunidad. Pese a ello, los Stewart se las apañaron para preparar este almuerzo divino:

«Uno no puede pensar en la sopa de ortigas para un menú de celebración pero, créanme, si baten las urticantes hojas junto con un poco de patata para mejorar la textura, añaden ajo y cebolla y una guindilla muy picante para darles un poco de tono, y las sirven en un cuenco bonito con un chorrito de nata agria y un puñado de picatostes dorados, y acompañadas de un vino intenso y con cuerpo y de color rubí… bueno, pues van a quedarse sin habla, como me pasó a mí. Luego vino el cordero. En Navidad siempre toca cordero. Si uno tiene ovejas, come cordero. Aquel resplandecía con su picante glaseado de jarabe de granadas y guindillas, y tenía un ramillete de hierbas de la montaña. Como guarnición llevaba un mojón picón, a base de perejil, aceite y sal molida en el mortero con una pizca de ajo y chili verde; y patatas asadas y crujientes. Y para acabar, una tarta de limón».

Todo está bien atado en la narración de Stewart. Hablar de granadas le lleva, por ejemplo, a explicar cómo utiliza los arbustos de esta fruta, característicos por sus afiladas ramas, para evitar que los jabalíes –«esos agentes del caos», como los definía en un reportaje de 2015 en El País– entren en sus campos. Si tiene que tratar de la delicada carne del bonito, dedica un capítulo magistral a un concurso de platos de atún que presidió en Conil junto a Michael Jacobs, amigo y también empedernido viajero. Jacobs es un habitual en las correrías de escritores enamorados de España, desde Stewart a Cees Nooteboom. El campeonato de gastronomía a base de atún le sirve para presentarnos a un matrimonio amigo suyo, urbanitas que se enamoraron de la Alpujarra y que se quedaron a vivir allí, dedicándose al diseño de acuarios para instituciones y grandes patrimonios. Al leer el libro es inevitable vincular a este matrimonio, Simon y Victoria, con el programa del canal Discovery en el que dos manitas también construyen acuarios para nuevos ricos de Las Vegas o Los Ángeles. La fauna de amistades de Stewart es inagotable y la utiliza también para compensar sus excesos o para nutrir sus interesantes lecciones de naturaleza y sostenibilidad:

«Fue también Simon quien me dijo que no deberíamos comer pulpo, y no porque esté en peligro de extinción, sino por el hecho de que se encuentran tan arriba en la escala evolutiva que aprecian sobremanera la belleza. Por lo visto, crean verdaderos jardines en el lecho marino ante sus cuevas y  se entretienen con bonitas composiciones a base de conchas, espinas de pez, corchos de botella y cosas así. «¿Cómo puedes comerte un animal capaz de apreciar la belleza?».

Lo que de verdad ha convertido a Stewart en un escritor  celebrado es su convivencia con el mundo rural granadino. Su observación desde fuera y desde dentro, al mismo tiempo, le convierte en un testimonio ideal de lo bueno y lo malo de su sociedad. Hay un capítulo extraordinario en el que Stewart, recomendado por un vecino holandés –un expatriado como él–, decide peregrinar valle arriba hasta la casa de una curandera para solucionar de una vez por todas una enfermedad venérea que reaparecía de tanto en cuanto:

«Poco a poco fui dejando atrás los sonidos del valle, el bramar de los ríos henchidos por las lluvias de invierno, los cacareos de los gallos y los ladridos de los perros. Cuando llegué al aljibe, la cisterna de piedra abovedada que se alza entre nuestro valle y el siguiente, no se oía otra cosa que el gemido del viento entre la retama. Se trata de un sonido tenebroso y de mal agüero, un sonido que toca la fibra más sombría de nuestro ser colectivo».

El libro combina espacios románticos con la magia de lo mundano y se compensan bellamente, como en el pasaje en el que conoce a la curandera:

«La puerta se abría sin más a una salita, en cuyo centro se sentaba una mujer increíblemente vieja en una silla sin brazos.

–Esta es América –dijo la curandera señalando a la anciana–. Y esta es Carmen.

De pie junto a América, una joven peluquera hacía una serie de ajustes en los escasos mechones de cabello gris azulado que quedaban en la arrugada cabeza de la vieja dama. Complementaban aquel retablo un variopinto surtido de niños y bebés, que correteaban o gateaban por la habitación, y un chaval adolescente que, sentado en una butaca, fruncía el ceño con aire taciturno.

Mi entrada parecía haber interrumpido el espectáculo: las tijeras pendían inmóviles en el aire mientras la peluquera me observaba con una sonrisa divertida; los bebés babeaban; el adolescente me ofreció una mueca del más frío desdén; América me miró de arriba abajo con expresión de absoluta perplejidad y creciente desagrado, hasta que de pronto se incorporó tambaleante de la silla, abrió la vieja boca sin labios y vomitó copiosamente en el frío suelo de baldosas».

Los últimos tiempos del club del autobús te convencen de la bondad del ser humano. Solo por esto es una lectura que vale la pena, pero hay más: es una lectura rica, y lo prueba el hecho de que mientras devoras sus páginas, buscas en Internet dónde se encuentra ese pueblo o aquel cortijo, quién es el famoso forastero que irrumpe en la vida de Órgiva o por qué la pobreza y la riqueza, los gitanos y la Alhambra en La biblia en España, del filólogo George Borrow, hay que seguir leyéndola 150 años después.

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Del cuerpo huimos y en en el cuerpo recaemos

Por Virginia Mendoza

ser o no ser un cuerpo

Claro que tenemos prisa: estamos huyendo de nosotros mismos. Cuando siente dolor, cuando envejece, cuando muere, el cuerpo es un obstáculo para la economía capitalista. Por eso se ha convertido en un lastre del que pretendemos deshacernos sin éxito y a golpe de selfie. No es al cuerpo al que rendimos culto a través de las redes sociales, sino a la imagen. Esto es lo que nos viene a decir Santiago Alba Rico en su último ensayo, Ser o no ser (un cuerpo) (Seix Barral, 2017), un libro en el que aborda infinidad de temas en torno al ser humano y el envoltorio que lo contiene.

El filósofo español afincado en Túnez también nos dice que, por más que lo intentemos, no podemos huir del cuerpo. A veces tiene hambre, se aburre, enferma y finalmente muere. Así el cuerpo nos reabsorbe.

Qué es el cuerpo

Para entrar en el mundo de este filósofo es preciso conocer antes qué entiende por cuerpo. «El cuerpo es una habitación oscura», escribe Alba Rico. El cuerpo es un lugar temido, por desconocido e indefinido. Es un lobo y es el mar. El cuerpo es la fuga del cuerpo. O, más bien, el intento.

Palabra y carne, hombre y animal se combinan («Y el verbo se hizo carne»). De esa amalgama surge el cuerpo —que no la carne— de Alba Rico y en él el lenguaje es tan importante que se convierte en el único medio de permanecer parcialmente inmutables ante el paso del tiempo: el cuerpo crece, envejece, cambia; el nombre, no.

Incluso cuando el cuerpo muere, el nombre sigue en nuestro epitafio. Nadie nos ve, pero todos nos siguen llamando de la misma manera cuando ya no estamos. ¿Qué sentido tiene reforzar la identidad si renegamos del cuerpo del que surge y con el que convive?

El cuerpo, que es el medio de la fuga, es también un obstáculo para ir más deprisa

Todo es silencio, de Manuel Rivas, comienza con una frase que bien podría resumir la idea de especie lingüística (que habla, que calla) de Alba Rico: «La boca no es para hablar. Es para callar». La especie lingüistica —el ser humano— es la única que clasifica y rompe sus propias clasificaciones. Cuando clasificamos, ponemos nombres; cuando ponemos nombres, nos sentimos dioses.

El cuerpo del que habla Alba Rico sólo pertenece a los humanos porque han sido los únicos que «han inventado toda una serie de procedimientos intracorporales, intercorporales y extracorporales para huír de él». El cuerpo surge cuando «rellena un hueco» y existe en base a su negación. Tanto es así que tras dar varios rodeos al concepto, el autor (al que han llamado «el mejor ensayista español vivo» y con motivos) termina describiendo el cuerpo como un medio para la huida. Una fuga siempre frustrada y frustrante.

Huída y recaída

«Al principio estoy agarrotado, pero cuando empiezo a moverme lo olvido todo. Y… es como si desapareciera, como si desapareciera y todo mi cuerpo cambiara». Lo dice Billy Elliot cuando tiene que explicar qué es la danza para él. Billy Elliot está huyendo de su cuerpo a través de su cuerpo.

Lo hemos hecho siempre. Huir es nuestro sino. Pero, ¿cómo lo hacemos? ¿Cómo huye una persona de su cuerpo? ¿No es imposible? Hay tres estrategias a las que recurrimos constantemente, según Alba Rico. Los medios intracorporales (a través del cuerpo) como la danza, los medios intercorporrales (entre los cuerpos) como el lenguaje y los medios extracorporales (mediante la tecnología) nos permiten huir del cuerpo. Por poco tiempo. También hay recaídas. Los caminos más habituales para regresar al cuerpo son el hambre, el aburrimiento, la enfermedad, el dolor y la muerte.

Los seres humanos, cuando corren, cuando montan en bicicleta, cuando viajan en tren o cuando vuelan en avión (por no hablar de los viajes planetarios) están en realidad huyendo y huyendo además de sus propios cuerpos.

El lenguaje de Alba Rico es cercano, sencillo y divulgativo. Puede parecer que no hay lugar para la poesía, pero a menudo consigue darle su espacio. Para que el lector no se pierda en el laberinto, el autor va resumiéndose constantemente y retomando las ideas que va exponiendo e hilando. «Recapitulemos. En los capítulos anteriores hemos contado algunos mitos para hablar del ser humano como el único animal que hace clasificaciones y se rebela contra ellas, como el único que tiene cuerpo y el único que huye de su cuerpo a través del lenguaje, la tecnología y la Historia». Esa es la tesis en torno a la cual se van entretejiendo una cantidad de ideas (el miedo, la imaginación, la fantasía) inabarcable en una reseña.

El aburrimiento es, en definitiva, la experiencia de la coincidencia total, sin hueco ni mediación, sin dolor ni público, entre el cuerpo y el tiempo, coincidencia que clausura en su seno el espacio entero como las valvas cerradas de un molusco ensimismado en su ceguera.

Ante el cuerpo y entre tantos cuerpos, está el tiempo, amigo y enemigo a la vez, capaz de destruirnos y de dar lugar al amor. Porque el amor de Alba Rico siempre «retrasa». Penélope, nos dije, regala tiempo a Ulises mientras teje y desteje.

El amor es fundamental en la concepción del cuerpo de Alba Rico. Para él, existen tres fuentes de magia: el dinero, el lenguaje y el amor. Este último reaparece en su enumeración de fuentes de poder: amor, derecho, guerra, economía y tecnología. La Naturaleza y el Estado no quedan fuera de las fuentes de poder por casualidad ni por despiste, sino porque la primera le parece al autor condición y límite de los otros poderes y, la segunda, la combinación de derecho, violencia y economía.

Alba Rico hace un recorrido por la mitología, la taxonomía y la literatura infantil que le permite lanzar destellos y ejemplos de la idea del cuerpo a lo largo de la historia y en distintas culturas. Si incide en la taxonomía es porque para él el ser humano es el único animal que establece clasificaciones que, a su vez, «parten de los cuerpos» y «corporizan». También el ser humano es el único que rompe esas clasificaciones.

A propósito de la prisa, se pregunta el filósofo si «no nos estaremos pasando». Lo que pide al lector es, en definitiva y sin dogmatismos, que apague la pantalla y silencie el móvil: que rompa esos grilletes invisibles y regrese al cuerpo. Que se reconcilie consigo mismo.

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NUBES DE LLUVIA, DE BESSIE HEAD

Por Sonia Fernández Quincoces.

 

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Puede que ya conozcáis a Bessie Head, en cuyo caso podéis saltaros los próximos dos párrafos, o puede que nunca hayáis oído hablar de ella, en este supuesto las líneas que continúan os pueden ayudar a situaros sobre quién fue esta escritora y cuáles son los vértices de su obra.

En el clarificador prólogo de Nubes de lluvia, su primera novela publicada en 1969, que este mismo año ha sido traducida por primera vez al castellano por Elia Maqueda para la editorial Palabrero Press, la periodista Ángeles Jurado Quintana nos advierte ya de la imposibilidad de deslindar la vida y la obra de esta escritora. Pertenece Head a ese grupo de escritores cuya ficción literaria bebe una y otra vez de su propia existencia, resultando un recorrido por sus diferentes estadías vitales. Leyendo su abrumadora biografía se observa que nunca perteneció del todo a ningún mundo. A pesar de que nació en Sudáfrica, se la considera la máxima representante de la literatura de Botsuana, en donde pasó la mayor parte de su vida adulta como exiliada y refugiada. Aunque transitó por un mundo terrenal, lleno de carencias e injusticias, su frágil salud mental la llevó a habitar también el de la ensoñación o pesadilla que surge de lo más recóndito de la mente cuando esta se pierde sin remedio. Y siendo ella el fruto, que vio la luz en un hospital psiquiátrico, de los amores prohibidos por el apartheid entre una mujer blanca adinerada y un sirviente negro, su piel siempre la situó en la tierra de en medio.

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«Estoy construyendo una escalera a las estrellas…Por eso escribo», nos comunicó en su último escrito conocido Why do I write? (1985). Ese fue su esfuerzo en un intento por dejar atrás su nacimiento en un hospital psiquiátrico, la vida bajo el apartheid, un matrimonio desgraciado, la miseria en la que se vio obligada a subsistir… Vivió pobre, en exceso, y murió pobre, justo en el momento en el que rozaba las puertas de un reconocimiento que se le escabulló en vida y joven, demasiado joven para cualquiera y más para una escritora, a los cuarenta y nueve años, pero dejó tras de si una obra única, llena de momentos mágicos, alucinaciones y originalidad. Nubes de lluvia forma parte de ella.

Estoy construyendo una escalera a las estrellas…Por eso escribo

La literatura sudafricana está repleta de títulos de denuncia y que se sitúan con afán de crítica en el contexto del deplorable e inhumano régimen. A pesar de que Head también formó parte de un grupo de activistas en contra del mismo, no se consideraba a si misma una escritora política. Su sentido de pertenencia, afirmó en varias ocasiones, lo tenía con la humanidad, no con ningún país. Ella conocía lo universal que era el lenguaje de la opresión por lo que su compromiso no se circunscribía a un único límite. Allí donde estuviera sabía que podía verse rodeada por una comunidad salvaje, violenta y asfixiante que perseguía al otro sin tregua. Así, su pensamiento era para todos los hombres y todas las mujeres negras, proponiendo y reimaginando lugares y comunidades, en pos de un mundo a medias utópico, desde los márgenes de un exilio obligado.

En Nubes de lluvia, Head nos propone uno de esos universos que se fraguan por impulso de su contrario: el opresivo apartheid. Huyendo de ese régimen alienante, donde no encaja y se encuentra asfixiado sin presente ni futuro de ningún tipo, llega Makhaya el joven periodista protagonista, a la aldea de Golema Mmidi en territorio botsuano, tal como hizo la propia escritora, anhelando vivir en un «país libre». De hecho Makhaya, como otros personajes de sus novelas, es un trasunto de la propia escritora y de sus experiencias.

Pero Golema Mmidi resulta no ser un lugar como los demás. Habitado por gentes que han llegado huyendo de las tragedias de la vida, el joven pronto conocerá la fraternal acogida y la generosidad de unos habitantes que trabajan únicamente el campo para subsistir en un país en el que la falta de lluvias es una amenaza constante.

Makhaya, como otros personajes de sus novelas, es un trasunto de la propia escritora y de sus experiencias

Allí conocerá a un agrónomo inglés, Gilbert, que ha ideado un sistema cooperativista innovador y rupturista con el sistema tradicional incapaz de sacar de la pobreza a los más pobres y perpetuador de la situación injusta que acaba generando hambruna y muerte. Y también comprobará cómo en una aldea habitada la mayor parte del tiempo solo por mujeres, ya que los hombres se dedican a la ganadería, son ellas las auténticas artífices de que el trabajo agrícola dé sus frutos. Entre ellas emergerá Paulina, una mujer inteligente y luchadora que se enamora de Makhaya y a quien ayudará en su labor de convencer y formar al resto de mujeres de la aldea. Paulina proporciona al joven periodista una imagen diferente, la de alguien imprescindible, tenaz y comprometido, que le hará cambiar su idea sobre las mujeres, al igual que cambiará también su idea sobre los blancos colonizadores gracias a su relación con el británico. Gilbert le llevará a comprobar que no todos los blancos persiguen a los negros y son capaces de trabajar junto a ellos y que, para su sorpresa, gente de su misma raza pueden acabar siendo los verdugos para su propia gente.

Pero Golema Mmidi además de un lugar semi-idilico muestra hasta qué punto la resistencia al cambio puede hacer que la mejor de las ideas fracase. Los nuevos y modernos métodos chocan de frente con los poderes locales que se resisten al avance, el sistema tribal de propiedad de las tierras es uno de los principales obstáculos. Se desean nubes de lluvia, capaces de obrar el cambio. Bessie Head las conjuraba para todos nosotros.

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El viaje al desencanto de Jean Paul y Simone

Por Silvia Cruz

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Malentendido en Moscú (Editorial Navona, 2016) narra cómo se cuaja la decepción. Simone de Beauvoir usa sus viajes con Jean Paul Sartre por la Unión Soviética para explicar la historia de sus protagonistas, Nicole y André, espejos de ella misma y del autor de La náusea. Durante el trayecto, que les lleva por ciudades como Moscú, Rostov Veliki o Leningrado, hacen en realidad un viaje triple: político, personal y de pareja.

El marco en el que sucede todo no es cualquier marco, es la Unión Soviética.

Este país le concernía más que cualquier otro. Lo habían educado en el culto a Lenin. (…) Siempre había pensado que la Unión Soviética guardaba las llaves del porvenir.

Así habla Nicole, Simone, sobre lo que supone para André ese lugar en el mapa. Vuelven al terreno que visitaron tres años atrás para constatar que el socialismo que imaginó y por el que luchó está ahí, pero no como él y otros muchos lo habían soñado. El contrapunto a esa decepción política es la hija de André, Masha, que vive en Moscú y no es hija de Nicole. Ella acepta ese socialismo que para su padre es sucedáneo porque tiene tics capitalistas.

Incluso en un régimen socialista los ciudadanos tienen derecho a darse algunas satisfacciones de orden privado.

Eso le dice la hija al padre, que empieza a pensar que esa versión descafeinada de lo que él ansiaba no merecía tanta lucha, tanta militancia, tanto tiempo invertido:

Mi vida no habrá servido para nada.

André habla de la URSS con la boca agria. A esas alturas de su existencia, empieza a molestarle, y mucho, que las cosas que había planeado, por ejemplo una revolución, necesiten más años para hacerse realidad que los que dura una vida humana. Ya no le consuela pensar que quizás sean sus nietos quienes gocen de algo que él empezó. Ni en política ni en nada. Su hija lo intenta convencer de que ese modelo político social que él imagina es perfecto sobre el papel, pero complicado en la práctica. Sobre todo, en un país como la URSS:

Según ella, no cabía extrañarse de ninguna incoherencia, de ninguna absurdidad. El país seguía soportando un aparato burocrático esclerótico, responsable de enormes despilfarros y de medidas paralizantes.

André tampoco soporta ser turista. Pero en la Unión Soviética el extranjero siempre lo es. Lo comprueban al intentar visitar sitios prohibidos para los visitantes. La URSS es su modelo ideológico y vital, pero él no forma parte de ese lugar ni sus gentes lo reconocen como uno de ellos. En realidad, lo ha observado siempre desde la teoría, que es lo mismo que decir desde muy lejos. Es, efectivamente, un turista:

Nunca le había gustado esa condición. Pero en fin, en los países donde el turismo es una industria nacional, pasearse es una forma de integrarse en ellos.

La condición de visitante se percibe también en las descripciones que hace Simone de Beauvoir. A excepción del marido de Masha, no tratan con nadie del lugar y los paisajes y la gente, siempre en grupo, están explicadas con trazos gruesos, algo borrosos. La comida ubica más al lector que las personas o las conversaciones. Piroshki (empanadillas de carne), shasliks (brocheta de carne marinada) o kvas (bebida alcohólica de centeno y malta) aparecen para darle sabor pero también contexto a la historia.

La vejez es el otro tema de este libro. La última etapa vital. Cada miembro de la pareja lo sufre y lo divaga por su cuenta. Ambos tienen cuitas sobre la pérdida de agilidad, de belleza, de frescura, de energía.

Cuando un hombre lleva tus paquetes, es porque eres una mujer; si lo hace una mujer, es porque es más joven que tú, y te sientes vieja.

Así se expresa Nicole, que acaba de jubilarse del instituto en el que daba clases. Echa de menos a los chavales, sentirse activa. Lee sin parar, viaja. Pero no tiene horarios, se siente inútil. André es algo mayor y casi se ha acostumbrado a ese ritmo. Demasiado para el gusto de Nicole, también para él mismo.

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Ambos tienen miedo pero lo digieren por separado. La autora se pone en la cabeza de André y en la de Nicole, habla por ambos. Les da la razón y se la quita a los dos. En esas reflexiones no compartidas sobre el hecho de hacerse viejos se crea la fricción y el malentendido que da título al libro. Y se dan cuenta, en silencio, de que su relación hace tiempo que se fractura. Poco a poco, como los ideales políticos, como los huesos y salud.

Nicole llega a sentir celos de Masha, con la que tiene buena relación. La correspondencia del relato con la vida real tiene aquí su punto más morboso: el viaje que narra De Beauvoir es el que hizo en 1966 con Sartre y la amante de éste, Zonina, que también fue su traductora al ruso. De Beuvoir la convierte en este libro en su hijastra, una mujer joven, inteligente y práctica, con la que tiene buena relación pero que le rebota la imagen de todo lo que ella ya no es ni volverá a ser: joven.

Este libro, con muchos cambios y elipsis, formó parte de una de las obras capitales de la autora francesa, La mujer rota. En aquella versión, por ejemplo, no está la voz de André ni aparece la URSS. Malentendido en Moscú es un relato más crudo, tiene menos disfraces. Es una historia de decepciones, de las muchas que se desvelan durante el viaje que comparten André y Nicole, Jean Paul y Simone, por un lugar que un día se lo prometió todo. Pero no es pesimista. No lo es porque al chasco político y a la estafa vital que es llegar a viejo los abriga un calor en descenso, casi templado, a veces frío al que los dos siguen llamando “amor.”

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La misión

Por Ana Belén Herrera

 

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Dice Martín Caparrós sobre Esteban Echeverría que fue el primer cronista argentino y el primer antiperonista, antes de que Perón existiera y antes, casi, de que existiera la misma Argentina. En Echeverría (Anagrama, 2016) el periodista porteño retrocede un par de siglos en la historia para calzarse la personalidad del poeta que se autoadjundicó la misión de sentar las bases de la tradición literaria de su país. De paso, reflexiona sobre el origen de la identidad argentina y el uso de la literatura como arma política.

Echeverría lo tenía: siempre pendiente, siempre algún combate. Fundar una literatura, por ejemplo, o un país o, por lo menos, el hueco de su ausencia.

En la actualidad, Echeverría es conocido por ser el autor de una obra de lectura obligada en los colegios argentinos, El matadero, y por dar nombre a una calle de Buenos Aires donde, por cierto, vivió Caparrós. Poco más. Se le considera un personaje extravagante (querer crear la literatura de un país), del que nos ha llegado el retrato de un hombre de apariencia remilgada y barba un poco ridícula. Barba, por otro lado, que llevaba como símbolo de su posición política.

320px-EstebanEcheverriaEl bigote fue el primer estandarte federal (…). Nunca fue tan elocuente, tan gritón, tan potente prepotente un bigote. La manera de decir yo soy de ésos; para ellos, los de la barba en U, la manera de decir que yo no soy.

Echeverría era un niño cuando las provincias argentinas se independizaron de España. El Partido Unitario, defensor de un gobierno centralizado en Buenos Aires, y el Partido Federal, que luchaba por mantener la autonomía de las provincias, andaban a la greña por el gobierno de la joven nación. En tiempos de Echeverría gobernaba el federal Juan Manuel de Rosas, precedente feroz del estilo de gobierno de Perón, que mejoró las condiciones de vida del pueblo a cambio de un poder ilimitado que acabó en tiranía. Mientras, los indígenas que habían dejado vivos los españoles morían a manos de argentinos que limpiaban de obstáculos sus nuevas tierras.

Le costaba mucho soportar que el gobierno de don Juan Manuel obligara a todo el mundo a practicar la santa religión, (…) a llevar la divisa punzó (…), que obligara a todos a encabezar sus cartas privadas con un Viva la Santa Federación Mueran los Salvajes Unitarios.

Caparrós recrea una Buenos Aires sucia, envuelta en barro y conspiraciones, a la que un joven poeta Echeverría vuelve después de unos años de formación en París. Tanto sus modales como sus trajes a la moda europea desentonan con la mugre de su alrededor. En su mente se va perfilando un objetivo, el de crear una literatura en un país sin literatura propia. ¿Y cómo se hace eso?, nos lanza la pregunta Caparrós. En un contrasentido lógico, Echeverría toma como arranque de esa literatura propia una literatura ajena: el romanticismo europeo. Siguiendo este movimiento publica sus primeros poemas. Su nombre comienza a ser conocido y le piden que use su escritura para ensalzar al gobernador Rosas. Echeverría se niega, sus amigos le recriminan. Echevarría nunca cederá. Su postura contra el régimen le acabará costando el exilio.

Ellos (sus amigos) no están contra Rosas ni con Rosas. Que ésas son disyuntivas antiguas (…) que les importa hacer un país grande y moderno, que no tenga nada que envidiar a ninguno del mundo.

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En El matadero, Echeverría compara el gobierno de Rosas con la matanza de animales en un matadero. Esta obra destaca, además de por su contenido político, por la descripción del ambiente popular y del habla porteño, algo innovador en su época.  El autor siempre subestimó la calidad literaria de este relato y no fue publicado hasta veinte años después de su muerte. Sin embargo, es el único de sus textos que sigue vigente en nuestros días. El rechazo del escritor por esta narración da pie a Caparrós a discurrir sobre el binomio creador-creación, y la visión no necesariamente objetiva, ni afectuosa, de un artista por su obra.

Piensa en el matadero: ese mundo que conoce tan bien (…): los gritos, los olores, los gestos sin espejo. Piensa si ese mundo no es una especie de resumen del país que no quiere: un teatro de la tragicomedia patria.

A lo largo de Echeverría, la voz de Martín Caparrós se siente vigorosa, ligeramente poética, en las distintas capas que componen el relato. Por un lado, se siente su voz en el poeta Echeverría, personaje solitario que más que habla piensa: sobre su actos, sus querencias, sobre la situación que le rodea. Por otro lado, está la voz narradora de Caparrós, que guía al protagonista por los espacios que ocupó el Echeverría real, y por los que no ocupó, porque no hay que olvidar que el Echeverría de Caparrós no deja de ser una invención del propio Caparrós. Por último, está el Caparrós que habla en su propio nombre en acotaciones, que detiene la acción para explicar a los lectores algunos detalles de la construcción de la historia, o para interpretar los hechos que está narrando, haciendo de cronista de su propia creación.

Aquella patria era violentamente nueva: no tenía treinta años. Digamos: para un lector contemporáneo, el gol de Maradona a los ingleses o el surgimiento de internet no son más viejos que la Argentina para Echeverría.

Argentina acabó siendo una República Federal con un gobierno centralizado en Buenos Aires, en una fusión de las propuestas de federales y unitarios. La figura de Echeverría se fue perdiendo en la memoria colectiva conforme sus poemas se oxidaban, a excepción de El matadero. El rechazo a los españoles ha mutado en una sarta de chistes sobre gallegos tontos. Y los indígenas siguen llevando una mísera existencia. Todo nos lo cuenta Caparrós, en una crónica del ayer que le sirve para explicarse como argentino. Si para Caparrós Echeverría fue el primer cronista argentino, para mí Caparrós es el cronista cuántico, ya que toma una historia individual, la pasa por los hilos del espacio-tiempo, la pule con el dominio de la palabra, y de ello surge un pedazo puro de compleja realidad como es Echeverría.

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Un destierro en el paraíso

Por Pere Ortín

Varados en río

 

Varados en Río (Anagrama, 2017) de Javier Montes (Madrid, 1976) es «la crónica de una estancia entre dos mundos sin pertenecer a ninguno, de esa invisibilidad recíproca entre el forastero y la tierra dónde ha ido a recalar». Así lo escribe su autor en una de las páginas de este libro, una atrevida mezcla de crónica, ensayo literario y libro de memorias que recrea la historia de cuatro escritores y el propio autor cuando acaban en Río de Janeiro, a cidade maravilhosa, literalmente varados.

Según asegura el diccionario de la RAE, una de las seis acepciones del verbo varar significa «quedarse detenido en un lugar por circunstancias imprevistas» y eso es, más o menos, lo que les sucede a todos los personajes de esta historia que nos invita a conocer la capital de los Juegos Olímpicos 2016, desde una perspectiva radicalmente diferente: un viaje personal e intelectual al Río del siglo XX a partir de esa gran y contradictoria idea general de disfrutar o sufrir, según se mire, de un «destierro en el Paraíso».

Con Varados en Río Javier Montes construye el retablo de una ciudad alejada de la tópica imagen de postal playera samba-pop de carnaval en largas playas repletas de nalgas y torsos bronceados al sol poniente. El Río que nos cuenta Montes es, al menos, cuatro:

  • Uno desagradable y hostil (Rosa Chacel)
  • Otro, de placeres secretos, más o menos públicos (Manuel Puig)
  • Ese que un día fue elegante y cool (Elizabeth Bishop)
  • Y también uno de ese dolor infinito que conduce al suicidio (Stefan Zweig)

Cuatro escritores varados como barcos semihundidos (o como ballenas piloto desorientadas) en las playas de un Río concebido como espacio del imaginario. Escritores y exilios voluntarios o forzosos. Parece una idea casi tópica (¿no es el exilio la condición permanente de todo gran escritor?), pero no lo es pasada por las teclas de Montes ya que, a las memorias de los cuatro literatos, el escritor madrileño suma su propio viaje a un Río personal que narra mientras, según él mismo escribe en el libro, se distrae «recordando el motivo de este viaje».

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¿Crónica? ¿Literatura de viajes? ¿Ensayo literario? ¿Autobiografía? ¿Libro de memorias? Varados en Río lo mezcla todo en uno con voluntad mestiza y ambiciosa —recuerda algunos aspectos del francés Patrick Deville— para construir una obra sin fronteras genéricas que persigue desde el presente los indicios y las huellas de la presencia pasada de unos autores en una ciudad.

Varados en Río es un trabajo ambicioso, tan ambicioso como debe ser el intento de retratar una ciudad pequeña con fama de grande, pero que «no es tan grande como aparenta». Un trabajo singular vertebrado, también, a partir de la memoria, pero Montes es un autor inteligente y nos recuerda que lo primero y lo más inolvidable que aprendemos sobre la memoria es que es falible y se equivoca; que los recuerdos se guardan, se entierran, se bloquean, se reprimen y hasta, incluso en algunas ocasiones, se recuperan.

 Al leerlo, a sorbos cortos y con largas pausas para pensar, Varados en Río se nos descubre como una obra hermosa; muy inteligente. Un libro revelador y placentero incluso para aquellos que no nos sentimos especialmente atraídos por esa ciudad supuesto paraíso de las apariencias y que poco o nada tiene que ver con el olímpico y reluciente «citius, altius, fortius» que contemplaremos (o no) estos días en todas las pantallas globales.

 


 

Varados en Río

Javier Montes

Anagrama, 2016. 312 páginas.

 

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La noche más oscura

Por Pere Ortín

 

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Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981) es un gran contador de historias fascinado por los locos («en medio de la angustia siempre tienen algo de razón»), que en estos momentos está leyendo la biografía que Phillipe Forest ha hecho sobre Louis Aragon e investigando a los surrealistas («me interesan las vanguardias del s.XX como precursores de la generación Beat»); y que se siente atraído por la figura del Papa Francisco («me parece un personaje interesantísimo en todas sus profundas contradicciones»).

Rodrigo Blanco. Fotografía (c) Roberto Mata
Rodrigo Blanco. Fotografía (c) Roberto Mata

El escritor venezolano ha publicado  su primera novela, The Night (Alfaguara, 2016), y aunque le resulta «incómodo» reflexionar sobre su trabajo, nos sentamos frente a frente para hablar de esta obra, un espejo deformado en el que se refleja la Venezuela actual más oscura.

The Night, que acaba de ganar el Premio Rive Gauche de Paris en su traducción al francés publicada por Gallimard, se desarrolla en los apagones de Caracas ordenados por el gobierno de Hugo Chavez en 2010. Durante otra noche infernal más en una agotada Caracas, el escritor Matías Rye y su amigo el psiquiatra Miguel Ardiles conversan sobre los crímenes que desangran la ciudad y que son, también, el hilo conductor de The Night, una novela policiaca de Matías Rye. Esta historia, que nunca se editará, refleja las obsesiones de Rye por Pedro Álamo —una figura literaria de otra época, que está fascinado a su vez por los palíndromos y la curiosa vida del olvidado poeta venezolano Darío Lancini—. Este entramado de crímenes y obsesiones cruzadas conforma la base de la fascinante historia que Rodrigo Blanco ha construido en The Night.

 

«Hemos sido criados por asesinos»

(The Night)

 

Las diversas voces se entrelazan para construir una narración de la decadencia de Venezuela. Son como sombras nocturnas en medio del apocalipsis. Una teoría desquiciada de conjuntos literarios en medio de crímenes y obsesiones varias. Todo ello se cruza en un relato laberíntico de una negra noche que define la oscuridad de todos los personajes, de una ciudad, de un país.

Rodrigo Blanco Calderón reconoce que en The Night se le han «impuesto» las historias de fuertes contenidos sociales y los personajes críticos con la situación que vive hoy su país. Como parece evidente, Blanco Calderón no es nada amante de la aventura bolivariana que desde hace años se vive en su país: «Siento que hay una lectura totalmente equivocada de Hugo Chavez», y, aunque la verosimilitud de los hechos tampoco importe demasiado, asegura que en The Night «no se cuenta nada que no sea la realidad cotidiana o que no surja en las conversaciones con mis amigos en Venezuela».

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«Todo el mal empieza en las palabras»

(The Night)

 

Rodrigo Blanco, que huye de las redes sociales como si fueran la gripe española, para no contagiarse del «exceso de adjetivos a mi alrededor», es una de las grandes realidades de la novela y el cuento venezolano.

Ha construido con esta su primera novela una historia compleja y profunda, hija de la desazón y la angustia, esa que casi todo venezolano ha vivido en estos años. A pesar del inevitable contenido social de su historia, Rodrigo Blanco sabe perfectamente que hace mucho tiempo que «el escritor ya no es guía, ni brújula de una sociedad». Eso no es obstáculo para que reconozca que su novela, escrita hace tres años, puede ser leída como una especie de relato alegórico de «un chavismo que se derrumba» y «desde los restos de una manera de entender el mundo».

The Night es una noche metafísica: una novela ideal para leer en la oscuridad y justo antes de que llegue un huracán.

 

The Night

Rodrigo Blanco Calderón

Alfaguara, 2016. 360 páginas

Lee aquí un fragmento de la novela.

 


 

 

 

 

 

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El Japón en transición de Soseki y Mushanokoji: una doble mirada desde dentro

Por Virginia Mendoza

 

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Las novelas Kokoro y Amistad reflejan que la mentalidad en el Japón aperturista de la Era Meijí y Taisho no había cambiado tanto en cuanto al matrimonio, el honor y la libertad

 Entre Kokoro (Impedimenta, 2014) y Amistad (Contraseña Editorial, 2015), Japón eclosionó y se abrió al mundo. El 30 de julio de 1912 dividió dos épocas que quedaron retratadas por dos generaciones, la del profesor (Natsume Soseki, autor de Kokoro) y la del alumno (Saneatsu Mushanokoji, autor de Amistad). La muerte del Emperador Meiji acabó aquel día con una era. Japón se había abierto al mundo y se había convertido en una potencia industrial. Puede que a nivel político y de cara al resto del mundo pareciese un país renovado, pero la mentalidad de su gente no había abandonado el lastre del feudalismo y las ataduras del honor. Desde fuera, el cambio era evidente; desde dentro, testimonial. Los japoneses, especialmente los mayores, se habían convertido en un anacronismo. Parecía que ya nadie practicaría el junshi (la tradición por la que los siervos se suicidaban con sus señores cuando éstos morían). Pero la noche que el emperador murió, su siervo se fue con él.

Soseki y Mushanokoji, que fueron los grandes representantes de dos generaciones que quedaron especialmente divididas por el cambio de era, abordan respectivamente en Kokoro y Amistad el paso de la Era Meiji a la Era Taisho desde dentro. Las dos novelas hablan de la traición, del amor, de la lealtad, de la venganza y del arrepentimiento. Todo ello condensado en dos historias que, en realidad, son casi idénticas aunque con ciertos matices.

Un triángulo amoroso es el detonante del dolor —aunque en Kokoro desconocemos quienes lo protagonizan hasta la última parte—, pero cada obra plantea una posibilidad ante la decepción: el suicidio o la necesidad de superar al amigo convertido en contrincante. En una prima la lealtad —que desemboca en la felicidad— y en la otra el egoísmo —que culmina con el arrepentimiento de por vida—. Las dos utilizan el mismo recurso narrativo para cerrar la historia: el género epistolar. Gracias a las cartas, el final de ambas novelas muestra la profundidad de varios personajes de los que tanto Soseki como Mushanokoji apenas nos permiten atisbar una sombra a lo largo de la mayoría de las páginas.

Natsume_Soseki_photoKokoro

Los protagonistas de Kokoro no tienen nombre. El narrador llama a su amigo “Sensei”, que significa maestro y es una forma respetuosa de dirigirse a la gente mayor, más sabia. El narrador quiere ser amigo de Sensei a toda costa y lo hace de una forma parasitaria: intuye una personalidad llena de sabiduría que quiere absorber. La amistad es un sentimiento extraño en Kokoro, algo que llega de golpe y sin preliminares. O al menos esa es la amistad que entiende el narrador: llegar al fondo del otro y adueñarse de su historia y así beberse hasta la última gota de sus pensamientos. “A partir de ese día, Sensei y yo nos hicimos amigos. Sin embargo, aún desconocía todo de él”, dice.

Por tanta prisa y expectativa, llega la irremediable decepción, algo que no es ajeno a Sensei porque su experiencia le habla de la envidia, de la venganza y de la distancia. La frialdad de Sensei y la trivialidad con la que trata los asuntos más trascendentales están muy lejos de las expectativas de su amigo. “Te dejas arrastrar por la pasión y en cuanto se te pase esa fiebre, la desilusión te dominará”, llega a advertirle. Es aquí donde nos da una pista de la historia que revelará al final y que justifica su cerrazón: “El recuerdo de haberse posternado ante los pies de alguien puede tornarse en un ansia por pisotear a la persona admirada”.

“La causa de mi miedo era algo inexplicable para mí, pero ahí continuaba todo el rato, latiendo” (Kokoro)

Los protagonistas de Kokoro sienten una especie de vértigo ante el futuro estigmatizado por el pasado y ante las personas a cuyo fondo no pueden acceder. Tanto el narrador como la mujer de Sensei encuentran en éste una sombra al fondo que no logran identificar.  “Supe que no podría hallar descanso en mi vida hasta lograr salir de la zona de sombra y entrar en una de luz”, es como relata el narrador esa sensación de estar al lado de Sensei y palpar su oscuridad.

Saneatsu_Mushanokoji_1_croppedAmistad

Amistad aparece cinco años después que Kokoro. Mushanokoji había sido alumno de Soseki y prácticamente le imitó al escribir la novela. ¿Le imitó o se enfrentó a él? Ambas opciones parecen válidas. La situación es idéntica: dos amigos se enamoran de la misma mujer. Las distintas formas de resolver la situación es también un reflejo del cambio generacional: si en Kokoro uno de los amigos se suicida, en Amistad, el amigo rechazado se siente retado a demostrar que es mejor en el terreno literario.

El desencadenante del problema es en ambos casos un miedo cultural a hablar de la persona amada con los amigos. Esa forma de evadir las cuestiones más simples de forma compleja parece una actitud tan japonesa que es inevitable imaginar a los personajes de Murakami hace un siglo.

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La amistad entre hombres japoneses de aquella época era un lugar cerrado en el que el amor no tenía cabida. Aun así, en Amistad,  uno de los dos amigos decide abrirse y contar sus sentimientos. Nojima no imagina que halagar constantemente a Sugiko, la mujer amada, ante su amigo Omiya puede ser contraproducente. Aquí, al contrario que en Kokoro, prevalece la lealtad por encima del egoísmo. A pesar de los constantes intentos de Omiya por mantenerse al margen de esta relación e incluso cambiar de país, este no tiene en cuenta que no se está enfrentando a su amigo, sino a una mujer singular en Japón. Alguien que tiene el valor de escribir: “Tú, que lo sabes todo, estás defendiendo inútilmente la amistad en detrimento de otras cosas más importantes”.

“Quiero decidir yo misma sobre mi vida” (Amistad)

El modelo de mujer constituye otra de las grandes diferencias entre ambas obras. En Kokoro encontramos el ideal femenino (Yamato Nadeshiko, de la Era Meiji) de la época reflejado en la mujer de Sensei: sumisa y buena esposa. Acepta sin reparos al hombre que elige su madre y no intenta profundizar en las razones de la oscuridad de su marido. En cambio, la mujer disputada en Amistad es directa, dueña de su propio futuro (mo-gaa, durante la Era Taisho). Tiene claro lo que quiere y lo que no; lo que acepta y lo que rechaza. Estos dos personajes son en realidad quienes marcan la diferencia generacional y el cambio de era, a pesar de la infinidad de veces que los personajes masculinos aluden a frases que comienzan con “la juventud de ahora”, “en nuestros tiempos”.

En Amistad, la juventud es idealista, inconforme y ambiciosa: “Me gustan las personas que tienen un concepto de la justicia muy firme, una voluntad férrea y que realizan sus ideales. Asimismo me gustan las que respetan el destino de los demás”. Y con esto se cuestiona, en realidad, a los hombres que se casaban a toda costa con una mujer sin que ella pudiera elegir.

Todavía en la Era Taisho era habitual que los padres eligieran, pero Sugiko se adelanta incluso a su época. Dice su hermano de uno de los pretendientes más insistentes: “No cuenta con la voluntad de ella para nada, como si las mujeres fueran mercancía”. Y, aun así, él mismo esconde las cartas de su hermana y asegura que se encarga de que las peticiones de mano que recibe caigan en saco roto.

En Amistad todavía “alguna gente se casa con quien sus padres han decidido”, pero es donde se percibe una nueva visión del matrimonio. “Como mi madre lo pasó fatal con su suegra y su cuñado, eligió para mi hermana un hombre […] que le hicieran la vida más fácil.” La novedad era la búsqueda de la felicidad de la hija, que seguía sin poder elegir.

En Kokoro, cualquier progreso se magnifica. Al hablar del nuevo Tokio, el narrador le dice a su padre que se llevará una sorpresa cuando vaya. “Los tranvías, por ejemplo. Hay líneas nuevas que llevan a todas partes y en cuanto llega a un barrio nuevo, este cambia por completo”, dice. En Amistad, aunque se escribiera cinco años después, parece que las cosas no cambian a la misma velocidad, e incluso llegamos a este lamento: “Japón es demasiado pobre. Nosotros, con todas nuestras fuerzas, tenemos que contribuir al florecimiento de la cultura y el pensamiento de nuestro país”.

Los jóvenes de Amistad son tan pesimistas como los de Kokoro, pero entre una y otra generación se intuye que el joven de la Era Taisho no deja su vida en manos del destino, ni de la suerte, ni de los padres.

Aunque Amistad no es un libro tan brillante a nivel narrativo como Kokoro ni se presta tanto al subrayado, genera una tensión mucho más palpable y describe un amor más real o, como mínimo, natural, inevitable y arrebatador. Kokoro no logra, en parte por la estructura narrativa, provocar esta tensión. Pero de algún modo llega más al fondo del lector y logra agitar el recuerdo. Es paradójico que el personaje más extraño y hermético de ambos libros, Sensei, sea aquel con el que más fácil resulte empatizar. Quizá la razón se halle en el hecho de que Amistad es el fuego y Kokoro la ceniza. El fuego siempre dura menos y, a partir de cierta edad, nadie se libra de cargar algún fantasma de por vida.

 

Kokoro

Natsume Soseki

Impedimenta, 2014. 304 páginas


Amistad

Saneatsu Mushanokoji

Contraseña Editorial, 2015. 160 páginas