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Del cuerpo huimos y en en el cuerpo recaemos

Por Virginia Mendoza

ser o no ser un cuerpo

Claro que tenemos prisa: estamos huyendo de nosotros mismos. Cuando siente dolor, cuando envejece, cuando muere, el cuerpo es un obstáculo para la economía capitalista. Por eso se ha convertido en un lastre del que pretendemos deshacernos sin éxito y a golpe de selfie. No es al cuerpo al que rendimos culto a través de las redes sociales, sino a la imagen. Esto es lo que nos viene a decir Santiago Alba Rico en su último ensayo, Ser o no ser (un cuerpo) (Seix Barral, 2017), un libro en el que aborda infinidad de temas en torno al ser humano y el envoltorio que lo contiene.

El filósofo español afincado en Túnez también nos dice que, por más que lo intentemos, no podemos huir del cuerpo. A veces tiene hambre, se aburre, enferma y finalmente muere. Así el cuerpo nos reabsorbe.

Qué es el cuerpo

Para entrar en el mundo de este filósofo es preciso conocer antes qué entiende por cuerpo. «El cuerpo es una habitación oscura», escribe Alba Rico. El cuerpo es un lugar temido, por desconocido e indefinido. Es un lobo y es el mar. El cuerpo es la fuga del cuerpo. O, más bien, el intento.

Palabra y carne, hombre y animal se combinan («Y el verbo se hizo carne»). De esa amalgama surge el cuerpo —que no la carne— de Alba Rico y en él el lenguaje es tan importante que se convierte en el único medio de permanecer parcialmente inmutables ante el paso del tiempo: el cuerpo crece, envejece, cambia; el nombre, no.

Incluso cuando el cuerpo muere, el nombre sigue en nuestro epitafio. Nadie nos ve, pero todos nos siguen llamando de la misma manera cuando ya no estamos. ¿Qué sentido tiene reforzar la identidad si renegamos del cuerpo del que surge y con el que convive?

El cuerpo, que es el medio de la fuga, es también un obstáculo para ir más deprisa

Todo es silencio, de Manuel Rivas, comienza con una frase que bien podría resumir la idea de especie lingüística (que habla, que calla) de Alba Rico: «La boca no es para hablar. Es para callar». La especie lingüistica —el ser humano— es la única que clasifica y rompe sus propias clasificaciones. Cuando clasificamos, ponemos nombres; cuando ponemos nombres, nos sentimos dioses.

El cuerpo del que habla Alba Rico sólo pertenece a los humanos porque han sido los únicos que «han inventado toda una serie de procedimientos intracorporales, intercorporales y extracorporales para huír de él». El cuerpo surge cuando «rellena un hueco» y existe en base a su negación. Tanto es así que tras dar varios rodeos al concepto, el autor (al que han llamado «el mejor ensayista español vivo» y con motivos) termina describiendo el cuerpo como un medio para la huida. Una fuga siempre frustrada y frustrante.

Huída y recaída

«Al principio estoy agarrotado, pero cuando empiezo a moverme lo olvido todo. Y… es como si desapareciera, como si desapareciera y todo mi cuerpo cambiara». Lo dice Billy Elliot cuando tiene que explicar qué es la danza para él. Billy Elliot está huyendo de su cuerpo a través de su cuerpo.

Lo hemos hecho siempre. Huir es nuestro sino. Pero, ¿cómo lo hacemos? ¿Cómo huye una persona de su cuerpo? ¿No es imposible? Hay tres estrategias a las que recurrimos constantemente, según Alba Rico. Los medios intracorporales (a través del cuerpo) como la danza, los medios intercorporrales (entre los cuerpos) como el lenguaje y los medios extracorporales (mediante la tecnología) nos permiten huir del cuerpo. Por poco tiempo. También hay recaídas. Los caminos más habituales para regresar al cuerpo son el hambre, el aburrimiento, la enfermedad, el dolor y la muerte.

Los seres humanos, cuando corren, cuando montan en bicicleta, cuando viajan en tren o cuando vuelan en avión (por no hablar de los viajes planetarios) están en realidad huyendo y huyendo además de sus propios cuerpos.

El lenguaje de Alba Rico es cercano, sencillo y divulgativo. Puede parecer que no hay lugar para la poesía, pero a menudo consigue darle su espacio. Para que el lector no se pierda en el laberinto, el autor va resumiéndose constantemente y retomando las ideas que va exponiendo e hilando. «Recapitulemos. En los capítulos anteriores hemos contado algunos mitos para hablar del ser humano como el único animal que hace clasificaciones y se rebela contra ellas, como el único que tiene cuerpo y el único que huye de su cuerpo a través del lenguaje, la tecnología y la Historia». Esa es la tesis en torno a la cual se van entretejiendo una cantidad de ideas (el miedo, la imaginación, la fantasía) inabarcable en una reseña.

El aburrimiento es, en definitiva, la experiencia de la coincidencia total, sin hueco ni mediación, sin dolor ni público, entre el cuerpo y el tiempo, coincidencia que clausura en su seno el espacio entero como las valvas cerradas de un molusco ensimismado en su ceguera.

Ante el cuerpo y entre tantos cuerpos, está el tiempo, amigo y enemigo a la vez, capaz de destruirnos y de dar lugar al amor. Porque el amor de Alba Rico siempre «retrasa». Penélope, nos dije, regala tiempo a Ulises mientras teje y desteje.

El amor es fundamental en la concepción del cuerpo de Alba Rico. Para él, existen tres fuentes de magia: el dinero, el lenguaje y el amor. Este último reaparece en su enumeración de fuentes de poder: amor, derecho, guerra, economía y tecnología. La Naturaleza y el Estado no quedan fuera de las fuentes de poder por casualidad ni por despiste, sino porque la primera le parece al autor condición y límite de los otros poderes y, la segunda, la combinación de derecho, violencia y economía.

Alba Rico hace un recorrido por la mitología, la taxonomía y la literatura infantil que le permite lanzar destellos y ejemplos de la idea del cuerpo a lo largo de la historia y en distintas culturas. Si incide en la taxonomía es porque para él el ser humano es el único animal que establece clasificaciones que, a su vez, «parten de los cuerpos» y «corporizan». También el ser humano es el único que rompe esas clasificaciones.

A propósito de la prisa, se pregunta el filósofo si «no nos estaremos pasando». Lo que pide al lector es, en definitiva y sin dogmatismos, que apague la pantalla y silencie el móvil: que rompa esos grilletes invisibles y regrese al cuerpo. Que se reconcilie consigo mismo.

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TIERRA DE BRUJAS, LA VIDA EN UN PSIQUIÁTRICO DE KENIA

Por Virginia Mendoza.Tierra de brujas

De manera poética y salvaje, María Ferreira comienza a contar un país, Kenia, aunque lo que hace en realidad es contarse a sí misma. Por eso, entre relatos de su día a día va dejando caer sus recuerdos de infancia, las carencias y ausencias, su adolescencia, sus miedos, su ansia y sus vómitos. Todo ello fue creando a la María que se nos presenta desde Kenia, una mujer que no cree en el amor, aunque haga alguna excepción; y que no cree en Dios, aunque admire a las personas que rezan por sus seres queridos, por esa capacidad de desear el bien para el otro.

María sigue siendo joven, pero su voz narrativa es la de quien, acorde con la realidad, ha aprendido a convivir con la muerte, a recibirla a diario. Dice la periodista española que en la parte trasera de su coche han muerto más hombres que la han amado. A María se le ha muerto un niño en los brazos y ha tenido que reencontrarse con su cadáver al buscar una cerveza en la nevera. A María, que se muere por ser madre y que ya está escribiendo poemas para Farah, que sigue en su vientre, la maldijeron para que no pudiera concebir. «Entonces me puso la mano en el vientre y me dijo: “No engendrarás”».

La paciente dice que las medicinas son como ortigas en su boca. Le digo que el dolor es cordura. Ella me pregunta que para qué la vida, si sólo escuece. Si sólo resta.

Tierra de brujas es, en palabras de su autora, «la reconstrucción de una historia de amor». Durante su infancia, María Ferreira soñaba con conocer África, alentada por las historias que le contaba su padre cuando volvía de viaje. Llegó a Makuyu, una aldea de Kenia cuyo nombre significa sicimoro en swahili. «Quizá suene a lugar bucólico. No lo es. Es un pueblo de putas y drogadictos», escribe.

No obstante, María se enamoró de aquella tierra y todavía no ha salido huyendo. Allí, asegura, nunca se ha sentido tan joven y tan viva. El amor era eso.

Esto lo dice al principio, pero la misma crudeza recorre más de cien páginas repletas de desencanto, dolor y asco hasta que insiste: «Nunca he sido tan joven como en Makuyu». «Nunca había sido tan joven como en Nairobi», escribe varias páginas después. Pero el amor conlleva esos olvidos: nunca hubo otro igual antes. Y Ferreira se había enamorado de Makuyu y de Nairobi porque se había enamorado de Kenia, una tierra de brujas en la que aprendió a convivir con la muerte, la tristeza y la soledad.

Ferreira, que se atiborraba de dulces y los vomitaba para sentirse bella, descubrió el hambre y cómo esta determina la forma en la que entendemos la muerte, el amor, la vida. En Makuyu nadie pierde el apetito cuando muere un ser querido. Al contrario: es el momento idóneo para el banquete. En Makuyu, el matrimonio no es la consecuencia del amor, sino su causa.

Empecé a verlo todo desde el estómago, empecé a aprender a ver el mundo desde el hambre y era realmente aterrador

En Kenia, María no era bienvenida: ¿Quién le habría dicho que la necesitaban? En Kenia, la llamaban «blanca» con tono despectivo, sin importar su nombre. En Kenia fue víctima del odio de la bruja que la maldijo. En Kenia, quisieron casarla sin contar con su opinión ni su voluntad, mientras le recordaron que su aspecto era enfermizo. Y aun así se quedó.

En Kenia, también, la desencanto el mundo de las oenegés y descubrió que la solidaridad, a veces, es una farsa. Aunque quizá desencanto sea un término demasiado laxo para describir lo que sintió. Así lo dice ella: «Empecé a ver las relaciones que se creaban con la ayuda como algo perverso, un “yo te ayudo y tú dependes de esta ayuda”. ¿Qué hay más terrible que eso?».

Eh, yo no he dicho que esté aquí para ayudaros a vosotros. He dicho que he venido para ayudar. ¿Cómo sabes que no he venido a ayudarme a mí misma?

A Ferreira se le fueron las ganas de salvar el mundo porque se sintió arrastrada por una fuerza superior: necesitaba volver a casa. Así llegó a la conclusión de que lo que buscaba no eran soluciones globales ni grandilocuentes; ni siquiera ayudar a otros, sino a sí misma. Necesitaba encontrarse y no sabía todavía que el viaje era su excusa para buscarse a escondidas de sí misma. Y llegó a una conclusión a la que el viajero llega en algún momento, en algún viaje, en algún lugar del mundo: «que se empieza y se acaba en un mismo lugar por muchos aviones que cojamos: en nuestra propia carne». ¿Y quién no ha huido sin saberlo y ha llegado a la misma conclusión después?

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En África descubrió la importancia del asco en su vida. También allí supo que el lenguaje es su madriguera. Cualquier lenguaje, barruntó, la aferraba a la tierra: «En cada uno de ellos encuentro un refugio».

Pronto encontró la manera de enfrentarse a aquella irremediable tristeza que se le enganchaba en la trenza, antes de que la paralizara decidió tragársela, «como el asco». Decidió hacerse piedra. Una piedra que vomitaba todo el rato y que encontraba en su vida, en su hambre, en su escritura, en sus amantes, en aquella adolescencia que la perseguía por África, una razón para hacerse querer. Decidió «dejar de sentir».

Que no se fuera no significa que no sintiera la tentación de hacer las maletas: «A la mierda salvar el mundo, quería volver a casa».

Y entonces me hice fuerte y entendí, por fin, que no tenía ni la menor idea de dónde estaba, de cómo funcionaban las cosas, entendí que tenía que salir de mí misma para empezar a comprender. En ese momento comenzó la soledad

Ferreira reconoce que escribió Tierra de brujas para cerrar un capítulo de su vida. Un capítulo marcado por la libertad y la juventud, pero también por el dolor y el asco. Un capítulo que duró seis años y que, reconoce, no ocurrió en el mismo orden que lo contó en el libro. Cuando ella vivía en Makuyu, Dr. F, un hombre que aparece y desaparece a lo largo de las páginas del libro, no estaba en su vida. Cuando escribió su historia de amor por un continente, por un país, por una aldea, trabajaba como periodista en resolución de conflictos en la frontera con Somalia, especialmente en temas de mutilación genital femenina, matrimonios infantiles y reclutamiento de jóvenes por parte del grupo terrorista Al-Shabaab. Ahora está en España cursando un máster en la United Nations Institute for Training and Research, pero su base sigue estando en Kenia y volverá pronto.

En la tierra que odió y amó, acabó echando raíces.

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Kapuscinski: primeros encuentros con África

Por Virginia Mendoza

 

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Ryszard Kapuscinski era un desastroso dibujante que lloraba en clase ante un dibujo pésimo, impotente ante su incapacidad de retener y registrar las «cosas maravillosas» que sucedían a su alrededor. Por eso, empezó a interesarse por la fotografía justo antes de partir a la India y, quizá por ese vacío infantil, se dedicó a recorrer el mundo para contarlo. Y, así, sin darse cuenta, llorando ante aquella acuarela porque no podía registrar el mundo, aquel niño polaco se convirtió en periodista. Aunque fue boxeador, promesa del fútbol y poeta hasta que fue consciente de su sino.

Lo que tampoco sabía entonces era una realidad de la que solo pudo ser consciente al llegar a África. A finales de 1959, Kapuscinski llega para abrir una corresponsalía de la agencia nacional de noticias e instala su base en Ghana. Allí se descubre blanco ante los ojos atónitos y reconoce así su estigma, el del «elemento indeseable». El momento en el que uno descubre el color de su piel es como una epifanía: «es una revelación, una sacudida, una conmoción. Había vivido veinticinco años sin tener conciencia de mi piel».

En el patio del edificio varsoviano donde vivo juegan cientos de niños que nunca se han preguntado por su piel. Saben tan sólo que es malo que esté sucia. ¿Y si está limpia, toda blanca? ¡Eso está bien! Pues no, está mal. Muy mal. Porque precisamente la piel blanca es ese estigma del indeseable.

Reconocido anti imperialista, comunista desde joven y metido en líos desde los diecisiete años, Kapuscinski no sólo no se planteó el color de su piel en Polonia (¿para qué?), sino que reconoció abiertamente que no soportaba los libros sobre África «por tanta mención de lo blanco y de lo negro». Explica el periodista que esta fue su percepción hasta que llegó a África: «Y comprendí. Allí, a uno lo encasilla y encarrilan al instante. Enseguida esa piel escuece. O enfada o impone».

Estrellas negras (Anagrama, 2016) recoge los dos primeros libros inacabados (uno sobre Ghana y otro sobre el Congo) que escribió durante sus primeras visitas al continente que le acabó apasionando y que despertó al Kapuscinski antropólogo.

El Congo que descubre en 1961 es «un país diezmado, roto, casi incomunicado; unos encarcelando a otros; desorientación, hostilidad y muerte» y un lugar del mundo que muestra como alcoholizado, caótico y habitado por personas contradictorias que hoy echan al colono belga y mañana lo invitan o que llegan a una mesa de negociaciones sin haber elegido un líder.

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No le tiembla el pulso a la hora de adjetivar a quienes no son de su agrado, como cuando, tras explicar por qué Tshombe no fue un traidor, no duda en llamarle «canalla». Pero es al colono al que ataca y caricaturiza con dureza.

La noche tropical es un aliado incondicional de todas las fábricas del mundo de whisky, coñac, licores, aguardientes y cervezas, y a todo aquel que no reporte beneficios a las destilerías lo combate esgrimiendo su mejor arma: el insomnio.

A mitad del libro, nos encontramos con un Kapuscinski cansado y vago. Deja caer frases sueltas, enumeraciones, citas prácticamente aisladas. No explica. Parece que hemos pasado de lo que empezaba a ser un libro al cuaderno de notas. Los reportajes se vuelven tan esquematizados que cuesta ver al Kapuscinski que conocemos hoy. Él mismo se pregunta qué le estaría pasando para no interesarse por ciertas cuestiones: «No sé qué me ocurría en aquellos momentos, pero el hecho de que en Kindu alguien tuviera muchos partidarios me tenía sin cuidado».

Estrellas negras es un libro escrito en caliente, que transmite cotidianidad y rapidez. Esa pereza que se infiere de esta parte del libro se revela como real cuando Kapuscinski, después, confiesa que hubo un tiempo durante su estancia en África en el que ni salía del hotel.

Tal es su desidia que ni el momento en el que sospecha su propia muerte parece alterarle demasiado, sino que acepta su destino con resignación y se presta a la muerte con un «se acabó lo que se daba». Esta indiferencia ante la muerte antecede lo que bien podría haberse convertido en una costumbre en los años venideros, en los que llegó a ser condenado a muerte hasta cuatro veces.

Es al final del libro cuando Kapuscinski recupera el pulso narrativo y, yendo un poco más lejos, nos desvela al escritor que acabaremos conociendo y que alcanzaría prestigio internacional tras publicar El Emperador.

He oído pronunciar discursos a Nasser. Y a Nkrumah. Y a Sékou Touré. Ahora escucho a Lumumba. Hay que ver cómo los escucha África.

Kapuscinski se dedicó a desmontar estereotipos. No lo hizo sólo dirigiéndose al lector, sino al propio interlocutor. A menudo, de la misma manera: buscando ejemplos reales. Cuando descubrió que los colonos estaban atemorizados ante una supuesta oleada de asesinatos, pidió: «Nómbreme una localidad en la que los negros hayan asesinado a un belga». Cuando alguien le contó que los negros eran unos ladrones, inquirió: «¿Ah, sí? ¿Le han robado algo?». En ambos casos, ningún interlocutor pudo aportar ejemplos.

Tanto llega a meterse en la piel negra que el periodista polaco se describe desde el punto de vista de un africano. Se caricaturiza a sí mismo casi tanto como lo hace con el colono y reconoce su piel blanca como un estigma que le convierte en un ser despreciable porque le equipara a quienes han venido para saquear y humillar.

En un África efervescente donde los primeras naciones actuales estaban a punto de emerger, Kapuscinski se codeó con los revolucionarios que conocía en la calle y en el bar. En Ghana y el Congo pasó sus días yendo de un mitin a otro y descubrió que en África «un mitin siempre es una fiesta popular, llena de alborozo y de dignidad, como la fiesta de la cosecha».

El otro pilar de la vida diaria era el bar, segunda casa y garante de libertad: «La casa es una obligación, en cambio el bar proporciona libertad», escribió. El bar africano era para Kapuscinski el foro de la Antigua Roma, el mercado medieval y la taberna parisiense de Robespiere, un lugar en el que todo es posible y que resume el pueblo. Allí estaba todo: «el club y la casa de empeños, la alameda y el pórtico, el teatro y la escuela, la taberna y el mitin, el burdel y el comité del partido».

En Estrellas negras, Kapuscinski relata una historia a punto de acabar: la del colonialismo que muere en un África en pleno cambio. Un continente habitado por personas que quieren tener voz y un futuro diferente. Estrellas negras no es un libro magistral al nivel de Ébano, El Imperio o El Sha, pero se revela como un germen de Ébano, su gran obra africana, que incluye algunos fragmentos de los reportajes de Estrellas negras.

Frente a las narrativas hegemónicas de sus predecesores, Kapuscinski mostró un África protagonizada por sus verdaderos protagonistas defenestrados: autóctonos, negros, africanos y, sobre todo, revolucionarios. No es un África protagonizada por blancos colonos como se había visto hasta entonces. Es la versión del león y no la del cazador la que muestran sus reportajes. Y al león, le quiere poner nombre para paliar la injusticia de siglos de anonimato: «¿Quién pondrá apellido a una víctima? La lucha contra la invasión blanca se ha prolongado durante siglos. ¿Quién pondrá apellido a un combatiente? ¿Qué nombres recuerdan el sufrimiento de generaciones de negros? ¿Qué nombres inmortalizan el valor de las tribus aniquiladas?»

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Libros: De viaje por Europa del Este, de Gabriel García Márquez

Garcia Marquez

Por Virginia Mendoza

Comenzaba el verano de 1957. Plinio Apuleyo Mendoza (Franco) compró un coche de segunda mano en París para emprender un viaje con su hermana Soledad (Jacqueline) y su amigo Gabriel García Márquez. Juntos partieron con una pregunta: ¿Qué era realmente el socialismo con el que tan familiarizados se sentían? Durante aquel verano recorrieron varios países. A algunos de los que aparecen en De viaje por Europa del Este, en realidad, llegó García Márquez un año después en solitario, aunque en el libro que conformaron sus crónicas, el conjunto adquiere el aspecto de un continuo en el que, por un momento, Franco y Jacqueline dejaron de figurar.

Estas crónicas fueron apareciendo en periódicos de Venezuela y Colombia, pero no tomaron forma de libro hasta 1978. De viaje por los países socialistas es el resultado de aquel recorrido por Alemania, Checoslovaquia, Hungría, Polonia y la URSS; y ahora Random House acaba de rescatarlo con ese nuevo título, más acorde a nuestros tiempos: De viaje por Europa del Este.

El escritor y periodista colombiano llega a Berlín sin comprender dónde estaba Berlín. Tras una mañana «buscando la ciudad, dando vueltas dentro de ella sin encontrarla», al fin la ve: «Es asimétrica, sin pies ni cabeza, pero sobre todo carece todavía de un centro donde se experimente la emoción de haber llegado».

Sin pies ni cabeza era casi todo lo que iba encontrando el colombiano a lo largo de su periplo soviético, donde llega a comparar el lugar a «haber ido al cine para matar el tiempo y haberse encontrado con una película de locos». Como si hubiese sido ideado por Dalí, aquel argumento, dedujo el colombiano, solo tenía el objetivo de desconcertar.

«La cortina de hierro no es una cortina ni es de hierro» (pag. 9)

«Los extranjeros vienen con la ilusión y a nosotros nos cuesta trabajo hacerles entender la realidad: aquí la vida es un drama de cada minuto», le explicó uno de sus intérpretes. La primera decepción se la lleva nada más llegar a Alemania Oriental. Acababan de cruzar el telón de acero y empezaba un día nuevo. «La cortina de hierro no es una cortina ni es de hierro. Es un palo pintado de rojo y blanco como las peluquerías», escribe. Esta percepción no solo muestra el desencanto prematuro: es una bienvenida al esperpento.

Ese mal gusto soviético lo achaca más adelante a Stalin, un personaje tan lúgubre como contradictorio del que una de las fuentes llega a decir que, por un momento, dudó de su existencia, puesto que parecía gobernar a través de carteles y retratos y casi nadie lo vio vivo.

«La tarde en que me explicaron en qué consistía el sistema de Stalin, yo no encontré un detalle que no tuviera un antecedente en la obra de Kafka.» (pag. 120)

En cambio, para verlo muerto, en la Plaza roja de Moscú se formaban colas kilométricas a diario. Tras varios intentos y una larga espera, García Márquez consigue ver el cadáver de Stalin, no sin sorpresa: no solo descubre un rostro amigable que nada tenía que ver con las denuncias de Kruschev que, en cierto modo, habían motivado ese viaje. Lo que García Márquez descubre es que el hombre que se hizo llamar «puño de hierro» tenía manos de mujer.

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García Marquez habla con cierto cariño de la gente, especialmente de los polacos. Es la política y el mal gusto contra lo que arremete. En los polacos, de los que destaca su voracidad lectora, descubre «una dignidad que infunde respeto». Lo que los hace tan dignos a sus ojos es su obstinación por «seguir vivos con cierta nobleza», a pesar de todas las privaciones, la guerra y los errores de sus gobernantes. «Están remendados, pero no rotos», escribe.

Con los alemanes es distinto. ¿Cómo aquella gente que le recibe con tanta alegría, cordialidad y hospitalidad, pudo idear y llevar a cabo el holocausto? «En los campos de concentración me rompí la cabeza sin poder entender a los alemanes

«Uno tiene la sensación de estar viajando hacia un horizonte inalcanzable, en un mundo diferente donde las cosas no están hechas a la medida humana[…]» (pag. 92/93)

A lo largo del libro, García Márquez muestra una contradicción tras otra de esa extraña película de argumento desconcertante que expone al principio. Casi al final descubre el gran disparate: «Un país donde los trabajadores viven amontonados en un cuarto y sólo tienen derecho a comprar dos vestidos al año mientras engordan con la satisfacción de saber que un proyectil soviético ha llegado a la Luna». Mientras creaban el avión más grande del mundo, el pueblo no tenía zapatos. Todas las paradojas que encontró en el camino quedan resumidas en una: la obsesión por las alturas les hizo olvidarse de poner los pies en la tierra.

Tal como construían sus estatuas, así eran sus anhelos: colosales e inabarcables. «Un mundo diferente donde las cosas no están hechas a la medida humana, donde hay que cambiar por completo el sentido de las proporciones para tratar de entender el país». Moscú, esa ciudad que describe como la aldea más grande del mundo, «no estaba hecha a medida humana». El sentido de lo colosal estaba tan arraigado en los rusos que el periodista deduce que los descomunales retratos no habían sido un invento de Stalin, sino que había, en el fondo, algo cultural que lo propició.

«Yo no quería conocer una Unión Soviética peinada para recibir una visita» (pag. 43)

Durante el viaje, García Márquez llega a la conclusión de que Checoslovaquia era la única democracia popular sólida, la más alejada de aquel esperpento rematado con armiño desde Alemania hasta Rusia. Aun así, no deja de tomarse el viaje con humor. Por momentos, sus vivencias llevan al lector a la irremediable carcajada. Pero la risa es anecdótica. La desilusión es lo que sobrevuela las páginas en las que se convierte el viaje.

Su decepción es constante durante aquel verano en el que se adentra en el lugar idealizado. Aquel interlocutor que lamentaba que la realidad fuese un drama ajeno a los extranjeros a los que se les había mostrado un paraíso, no necesitó demasiadas explicaciones porque estaba ante un hombre con los ojos muy abiertos. García Márquez escribe que «a los países, como a las mujeres, hay que conocerlos acabados de levantar». Bajo el maquillaje, logró verle las ojeras a la Unión Soviética.


 

De viaje por Europa del Este
Gabriel García Márquez
Random House, 2015. 147 páginas.