El último británico en pie

Por Cristian Segura

Ultimos tiempos del club del autobus, Los_300_CMYK

El Reino Unido se prepara para encerrarse en sus islas. Medio siglo de fraternidad europea se desvanecen en un día de referéndum. La gloria que le espera al Reino Unido no es el sol eterno de la Commonwealth sino el sol de tinta roja del tabloide The Sun. Entre tanta mediocridad, hay un británico que continúa cultivando su huerto y cocinando su pan en un cortijo de Las Alpujarras: es un verdadero Sir, un George Orwell en Birmania, Sean Connery cuando pudo ser rey. Su nombre es Chris Stewart y debería ser catalogado como Patrimonio de la Humanidad.

Stewart nació en 1951 en el condado de Sussex. En una vida anterior fue batería de Genesis –sí, la banda de Phil Collins; nadie es perfecto–, trabajó en un circo, esquiló ovejas en Suecia y se sacó el título de piloto de avión en California, entre otras peripecias que destaca la editorial Salamandra en la solapa del libro de Stewart Los últimos tiempos del club del autobús. El último trabajo de Stewart hará las delicias de sus incondicionales; para los que no lo somos –o no lo éramos–, Los últimos tiempos del club del autobús es una lectura que sirve de reflexión y de entretenimiento de calidad. El Club del autobús no es otra cosa que el encuentro de los vecinos del Valle de Guadalfeo que llevan a sus hijos al punto de la pista de montaña en el que el autocar escolar les recoge cada mañana. Stewart se enfrenta a un fin de ciclo, puesto que su hija abdona nido familiar para estudiar en Granada. El acontecimiento sirve al escritor para recopilar historias vividas en familia o con los otros miembros del club del autobús. La melancolía domina quizá incluso más que el humor característico de Stewart, y que puede llegar a cargar por excesivo. Es la añoranza de lo que se fue y solo vive en la memoria, incluso un detalle tan sencillo como preparar el bocadillo a la niña:

«Abría el panecillo con un cuchillo afiladísimo, dejando una bisagra infinitesimal de corteza. Luego le ponía el chorrito de aceite de oliva virgen doble extra, prensado en frío, sin refinar, obtenido de una única variedad de aceituna, de los picuales cultivados en nuestra propia finca, y añadía una capa de tomate cortado muy fino (ya salado para realzar el sabor), un pellizco de azúcar para contrarrestar la acidez, un par de rodajitas de ajo fresco, casi transparentes de tan finas, un poquito de albahaca genovesa y, como remate una buena cucharada de mayonesa para ligarlo todo y que pasara mejor… ah, y unos cebollinos asomando en el extremo como los bigotes de un langostino.»

Entre esto y las rebanadas de pan Bimbo con mortadela Campofrío que me preparaban en casa, está claro con cuál me hubiera quedado siendo niño.

Los lectores de Stewart en inglés celebran sus habilidades gastronómicas y la autosuficiencia, el ecologismo, que desempeñan él y su mujer, Ana. Uno de los capítulos iniciales del Club del autobús es la visita accidentada de un programa de televisión para filmar su destreza en la cocina. La primera Navidad que su hija, Chloé, volvía de Granada, fue un desastre climatológico, de fuertes lluvias y de operaciones de rescate de las ovejas de toda la comunidad. Pese a ello, los Stewart se las apañaron para preparar este almuerzo divino:

«Uno no puede pensar en la sopa de ortigas para un menú de celebración pero, créanme, si baten las urticantes hojas junto con un poco de patata para mejorar la textura, añaden ajo y cebolla y una guindilla muy picante para darles un poco de tono, y las sirven en un cuenco bonito con un chorrito de nata agria y un puñado de picatostes dorados, y acompañadas de un vino intenso y con cuerpo y de color rubí… bueno, pues van a quedarse sin habla, como me pasó a mí. Luego vino el cordero. En Navidad siempre toca cordero. Si uno tiene ovejas, come cordero. Aquel resplandecía con su picante glaseado de jarabe de granadas y guindillas, y tenía un ramillete de hierbas de la montaña. Como guarnición llevaba un mojón picón, a base de perejil, aceite y sal molida en el mortero con una pizca de ajo y chili verde; y patatas asadas y crujientes. Y para acabar, una tarta de limón».

Todo está bien atado en la narración de Stewart. Hablar de granadas le lleva, por ejemplo, a explicar cómo utiliza los arbustos de esta fruta, característicos por sus afiladas ramas, para evitar que los jabalíes –«esos agentes del caos», como los definía en un reportaje de 2015 en El País– entren en sus campos. Si tiene que tratar de la delicada carne del bonito, dedica un capítulo magistral a un concurso de platos de atún que presidió en Conil junto a Michael Jacobs, amigo y también empedernido viajero. Jacobs es un habitual en las correrías de escritores enamorados de España, desde Stewart a Cees Nooteboom. El campeonato de gastronomía a base de atún le sirve para presentarnos a un matrimonio amigo suyo, urbanitas que se enamoraron de la Alpujarra y que se quedaron a vivir allí, dedicándose al diseño de acuarios para instituciones y grandes patrimonios. Al leer el libro es inevitable vincular a este matrimonio, Simon y Victoria, con el programa del canal Discovery en el que dos manitas también construyen acuarios para nuevos ricos de Las Vegas o Los Ángeles. La fauna de amistades de Stewart es inagotable y la utiliza también para compensar sus excesos o para nutrir sus interesantes lecciones de naturaleza y sostenibilidad:

«Fue también Simon quien me dijo que no deberíamos comer pulpo, y no porque esté en peligro de extinción, sino por el hecho de que se encuentran tan arriba en la escala evolutiva que aprecian sobremanera la belleza. Por lo visto, crean verdaderos jardines en el lecho marino ante sus cuevas y  se entretienen con bonitas composiciones a base de conchas, espinas de pez, corchos de botella y cosas así. «¿Cómo puedes comerte un animal capaz de apreciar la belleza?».

Lo que de verdad ha convertido a Stewart en un escritor  celebrado es su convivencia con el mundo rural granadino. Su observación desde fuera y desde dentro, al mismo tiempo, le convierte en un testimonio ideal de lo bueno y lo malo de su sociedad. Hay un capítulo extraordinario en el que Stewart, recomendado por un vecino holandés –un expatriado como él–, decide peregrinar valle arriba hasta la casa de una curandera para solucionar de una vez por todas una enfermedad venérea que reaparecía de tanto en cuanto:

«Poco a poco fui dejando atrás los sonidos del valle, el bramar de los ríos henchidos por las lluvias de invierno, los cacareos de los gallos y los ladridos de los perros. Cuando llegué al aljibe, la cisterna de piedra abovedada que se alza entre nuestro valle y el siguiente, no se oía otra cosa que el gemido del viento entre la retama. Se trata de un sonido tenebroso y de mal agüero, un sonido que toca la fibra más sombría de nuestro ser colectivo».

El libro combina espacios románticos con la magia de lo mundano y se compensan bellamente, como en el pasaje en el que conoce a la curandera:

«La puerta se abría sin más a una salita, en cuyo centro se sentaba una mujer increíblemente vieja en una silla sin brazos.

–Esta es América –dijo la curandera señalando a la anciana–. Y esta es Carmen.

De pie junto a América, una joven peluquera hacía una serie de ajustes en los escasos mechones de cabello gris azulado que quedaban en la arrugada cabeza de la vieja dama. Complementaban aquel retablo un variopinto surtido de niños y bebés, que correteaban o gateaban por la habitación, y un chaval adolescente que, sentado en una butaca, fruncía el ceño con aire taciturno.

Mi entrada parecía haber interrumpido el espectáculo: las tijeras pendían inmóviles en el aire mientras la peluquera me observaba con una sonrisa divertida; los bebés babeaban; el adolescente me ofreció una mueca del más frío desdén; América me miró de arriba abajo con expresión de absoluta perplejidad y creciente desagrado, hasta que de pronto se incorporó tambaleante de la silla, abrió la vieja boca sin labios y vomitó copiosamente en el frío suelo de baldosas».

Los últimos tiempos del club del autobús te convencen de la bondad del ser humano. Solo por esto es una lectura que vale la pena, pero hay más: es una lectura rica, y lo prueba el hecho de que mientras devoras sus páginas, buscas en Internet dónde se encuentra ese pueblo o aquel cortijo, quién es el famoso forastero que irrumpe en la vida de Órgiva o por qué la pobreza y la riqueza, los gitanos y la Alhambra en La biblia en España, del filólogo George Borrow, hay que seguir leyéndola 150 años después.