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BOUBACAR BORIS DIOP

El escritor de los mil colores
Pere Ortín

BOUBACAR BORIS DIOP

El escritor de los mil colores
Pere Ortín

Novelista, ensayista, dramaturgo, articulista, guionista, conferenciante y profesor universitario, Boubacar Boris Diop es uno de los intelectuales más importantes de África. Nació en 1946 en la Medina de Dakar y, según él, este hecho define su inconformismo perpetuo. Boris Diop es un intelectual integral, capaz de mezclar denuncia, crítica y disidencia sin victimismo. Además de sus multifacéticos trabajos literarios, colabora habitualmente en la prensa internacional: Le Monde Diplomatique y Courrier international (Francia); Internazionale (Italia); y Neue Zürcher Zeitung (Suiza) y, desde hoy, también en Altaïr Magazine.

 

Hace unos días me envió un libro (en formato pdf) del que es, en su opinión, el «mejor y más completo trabajo» sobre su obra. Y es verdad. El voluminoso número de abril de 2014 de la revista Langues et Littératures del Groupe d'études linguistiques et littéraires (GELL) de la Universidad Gaston Berger de Saint Louis, titulado «Une écriture déroutante» (Una escritura desconcertante) es, literalmente, una joya para los amantes de la obra de Boubacar Boris Diop.

Llevo semanas releyendo algunos de sus trabajos y comunicando con él, con no pocas dificultades, por correo electrónico. No es un hombre de respuesta electrónica rápida, pero tras varias semanas de animoso intercambio de e-mails, por fin, suena ese timbre ronco que anuncia en mi ordenador la entrada de una llamada de Skype. Es él y me habla desde Suiza, donde estos días imparte unas conferencias universitarias.

Aunque no podemos vernos las caras —la cámara de su ordenador no funciona— la conversación empieza a fluir: comentamos su autoexilio voluntario en la tranquila cuidad de Saint Louis, donde se dedica a la docencia y en la que «aún se puede ver el mar»; detalles casi inconfesables relacionados con nuestra pasión común por el fútbol; la admiración compartida por la ironía de Borges; y, entre risas, de una antigua portada del número 16 de la ya desaparecida revista francesa Sépia que tengo en mis manos y dónde hace 20 años se le veía «muy joven» bajo un titular que sirve de inicio a esta larga conversación y preguntaba: «Qui êtes-vous, Boubacar Boris Diop?» 

 

—¿Quién es usted, Boubacar Boris Diop?

—Soy la suma de los libros que he escrito, de las vidas que he vivido, de toda gente que he conocido y de las muchas experiencias que he tenido y que me cambiaron. Soy ese itinerario vital. Soy también un niño de la Medina de Dakar y eso es una forma de rebelión. Ser un niño de la Medina es, de algún modo, estar en disidencia perpetua.

 

Boris Diop es un senegalés del mundo: vivió dos años en México, cuatro años en Túnez, un año en Suiza y otro en Sudáfrica. Nunca ha dejado de viajar, de desplazarse allá donde sus conocimientos han sido requeridos para enseñar, en África, Europa o EE.UU., pero cuando hace unos años le ofrecieron volver a Senegal para enseñar en la universidad le gustó la idea de instalarse en Saint Louis, cerca del mar, y no en Dakar, que es su ciudad, pero que, dadas sus inhumanas dimensiones, «hoy se le escapa de las manos entre recuerdos nostálgicos». Imparte su saber en la Universidad Gaston Berger de Saint Louis y trata de transmitir «experiencias vitales» a unos estudiantes que poco o nada tienen que ver con la época en la que él estudió Letras, Filosofía y Periodismo.

Recuerda que aprendió «el gusto por los libros» de su padre, un funcionario de la administración colonial, que construyó una gran biblioteca en la que el joven Boubacar se «sumergía» siempre que podía. Empezó a escribir «porque era el más naïf de la familia» y gracias a las historias que le contaba su abuela, originaria de la Casamance, y nunca ha podido olvidar que, con tan solo dieciséis años, escribió su primera novela, La cloison (La pared) que nunca se atrevió a presentar a ningún editor.

Sus obras (al final de este capítulo se puede consultar una lista de ellas) son una meditación, entre la esperanza y el desencanto, en las que hombres y mujeres —tan buenos como malos— desarrollan sus actividades vitales en medio de una sociedad casi siempre podrida.

Para Boris Diop, contar una historia es explicar cómo se crea esa historia. Esta dimensión iniciática de su narrativa justifica, casi siempre, el motivo estructural y recurrente del viaje: un regreso a lo básico, una especie de utopía como reino perdido, una variante de aquel «Reino de Infancia» que describió Senghor. Como ha escrito el estudioso de su obra Boubacar Camara, «entrar en los ojos de Boubacar Boris Diop es experimentar que el propósito de la experiencia artística no es otro que el de probar y viajar a otros mundos.»

Diop reconoce que para él la literatura es todo «menos un pasatiempo». Procede de un entorno en el que leer supone un gran esfuerzo y, por ello, escribir es mucho más que un pasatiempo ocioso para intelectuales. Aún conserva presente —aunque rebajada— esa maravillosa ingenuidad del que cree que escribir ayuda a combatir contra las desigualdades. Eso sí, el paso de los años le ha hecho darse cuenta de «hasta qué punto es inocente pretender cambiar el mundo a través de la ficción. Debes intervenir de una forma más directa en los medios de comunicación o implicado en trabajos educativos y conferencias públicas.»

 

—¿Te consideras un autor influyente?

—La influencia de un escritor no se ejerce nunca en términos de las ideas, sino que es una simple cuestión de atmósfera: nos sentimos bien o mal en la casa (el libro) de ese escritor que leemos. Eso es todo. Así de simple y de complejo.

—¿Qué atmósferas te han influido?

—De joven leí mucho a Steinbeck o Sartre —hoy pienso que no lo entendí— y tengo muchas contradicciones. Por ejemplo, Cien años de soledad me parece un libro excepcional, pero el resto del trabajo de García Márquez me deja totalmente indiferente. Me pasa lo mismo con Achebe, no dejo de leer Todo se desmorona, pero lo demás no me interesa. No sé, retrocediendo en el tiempo, puedo recordar con pasión a Camus; a grandes clásicos europeos (Don Quijote, Guerra y paz, Los hermanos Karamazov, Los miserables). El argentino Ernesto Sábato, que es uno de mis autores favoritos, la maravillosa ironía del maestro Borges; y no me puedo olvidar de Salinger, la atmósfera de El guardián entre el centeno me marcó. Pero, al final, ninguno de todos ellos me influyó tanto como El libro de la selva de Rudyard Kipling, mi gran lectura de infancia y quizás el libro más importante de mi vida.

 

Los héroes de sus libros parecen, a veces, atrapados por una ambición revolucionaria desmesurada y, en otras ocasiones, se ven perseguidos por la nostalgia de algún país cuyo recuerdo está enterrado en las profundidades de la propia memoria, pero, como los describe Camara, los héroes de Boris Diop «son verdaderos porque son conscientes de su pobreza. Son los que sufren náuseas, los que tratan de escapar a un horizonte que parece cerrado».

Influenciado por las obras de Cheikh Hamidou Kane, autor de Los guardianes del templo y La aventura ambigua —«un texto capital», según Boris Diop— y también por trabajos como La plaie de Malick Fall, Boris Diop tiene muy clara la respuesta a una pregunta clave:

 

—¿Cuál es tu autor y atmósfera senegalesa de referencia?

—Sembéne. Para mí, de todo lo que creó Sembéne, como cineasta y escritor, lo más importante es Les bouts de bois de Dieu (Las astillas de Dios). Es un libro que nos acompañó a toda una generación y que contiene una gran idea de justicia basada en una especie de respeto de uno mismo. Creo que Sembéne piensa, realmente, en nuestro espíritu y en nuestro corazón. Si sólo hubiese escrito ese libro, si no hubiese dirigido sus magníficas películas o escrito sus otros libros, creo que ya hubiese merecido seguir presente en nuestra memoria.

En las novelas de Boris Diop casi nada es lo que parece ya que, como ha escrito Alioune Badara Diane, profesor de letras de la UCAD de Dakar, «la polisemia, el polimorfismo, la polifonía, la paradoja y la ambigüedad» son términos muy importantes a la hora de descifrar las obras de un narrador al servicio de su pueblo y cuya obra, realista y, al tiempo, ensoñadora, involucra el enigma. Y es sabido que, como asegura poéticamente el personaje Fartamio Andra en Las Siete Soledades de Lorna López de Sony Labou Tansi, «el enigma es la mejor y más bonita explicación del mundo».

Enigmas, polimorfismos, paradojas, polisemias. Boubacar Boris Diop comparte la idea de Milan Kundera de que «El espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad. Cada novela le dice al lector: “Las cosas son más complicadas de lo que piensas”. Esta es la verdad eterna de una novela». Y puede que también sea la verdad eterna de la vida.

 

En África, como en el resto del planeta, encontramos lo mejor y lo peor. Hay que ser completamente idiota para afirmar que nuestro mundo es un remanso de paz y que sólo África perturba esta armonía universal.

Boubacar Boris Diop (como el resto de citas en rojo que siguen)

 

Su pensamiento siempre ha estado definido por varios ejes: la denuncia del nuevo colonialismo en África; la lucha contra «los estereotipos del afropesimismo con que los occidentales se refieren a los africanos a partir de una imagen alienante y degradada», y la defensa de los derechos humanos. Como escribió hace unos años sobre él Julia Zamorano en el semanario Le Monde Diplomatique: «La de Diop es la lucha por cambiar la perspectiva etnocéntrica que delata a la mayoría de cuantos se asoman o piensan en África desde posiciones preconcebidas».

África, ¿sinónimo de fracaso? La pregunta hace rebelarse a Boubacar Boris Diop. No cree que existan razones para seguir transmitiendo al mundo la idea de que existen generaciones enteras de africanos predestinados al fracaso vital, social, económico y cultural; que no podrán hacer nada por cambiar su existencia, que no pueden luchar por modificar sus condiciones de vida y que deberían tender la mano, como siempre, ya que la «caridad internacional y la ayuda humanitaria son la única opción».

Diop es un resistente de la escritura. Su trabajo supone, de alguna manera y como él mismo reconoce, una «continuación humilde» del pensamiento y la empresa liberadora del gran «faraón» senegalés, su maestro, Cheikh Anta Diop.

 

En todos estos años reprocho al afropesimismo el querer juzgar y condenar a África tras sólo unos decenios de falsa independencia (después de siglos de relación destructiva con Europa). Es, al menos, prematuro.

 

África, un continente de fatalidad que no levanta cabeza: catástrofes, epidemias, hambrunas y matanzas. Diop combate los clichés. Sabe que, sin dejar de ser parte de algunos aspectos de las múltiples realidades africanas, solo representan uno de los principales problema de África: «la imagen que tienen los otros de África» y sus «muchos complejos». Se trata de un complicado juego intelectual y mediático que —con las cartas marcadas y en el interior de una sala de espejos deformados que reflejan las «miradas inventadas e inventoras» de Occidente sobre un continente— fijan imágenes que no interesa cambiar para que la mano que pide siempre esté por debajo de la mano que da.

Diop tiene claro que, más allá de la necesidad de Occidente de construir una visión totalizadora y unívoca del continente, no existe ninguna categoría que represente lo «africano» y así lo ha escrito: «Mi historia personal y mi relación con los demás serían muy diferentes si hubiera nacido en Mali, Namibia o Kenia. Hacer de mí un africano perdido en una masa indiferenciada niega mi experiencia individual y colectiva (como las guerras, los movimientos migratorios, las catástrofes o las tragedias de la esclavitud y la colonización)».

 

En cierto sentido, tendemos a ser lo que los medios de comunicación dicen que somos, y esto es un verdadero peligro. Vivir constantemente en la imitación o el odio al otro es una forma de menospreciarse a sí mismo. Es muy urgente poder escapar de este espejo perverso, con la mirada deformadora de Occidente y donde sólo África continua siendo la víctima.

 

Diop dirigió muchos años un periódico (Le Matin de Dakar) y sabe que el discurso de los medios de comunicación occidentales sobre África es todo menos ingenuo: la desinformación —más o menos inconsciente— y la malevolencia —más o menos cómplice—, construyen una imagen exterior de África que persigue, en opinión de Diop, «humillar» a los africanos. Para combatir eso, nos anima a mirar África más allá del espejo (título de uno de sus libros), pero…

 

—¿Qué significa eso?

—Evaluar seriamente, por y para nosotros mismos, nuestro comportamiento. Preguntarnos cuestiones incómodas. No existe una respuesta única a los interrogantes suscitados por un continente tan grande.

 

Boris invita a los occidentales a ser menos egoístas y más sinceros; a dejar de formular las preguntas y, sin consultar a los demás, ofrecer ellos mismos las respuestas. En ese sentido, coincide con el pensador camerunés Achille Mbembe en sus más recientes reflexiones sobre la «creciente irrelevancia de Europa en el mundo» y, así, cita a Aimé Césaire cuando aseguró —hace ya muchos años— que si Occidente no vigilaba, algún día no sabría a quién dirigirse en África. «Tengo la impresión»comenta Boris Diop «de que nos encontramos en ese punto. Los occidentales no dejan de gritar, de amenazar, pero ya nadie les toma en serio. Su parcialidad y su egoísmo les impiden tener hoy ninguna autoridad moral».

Es deber de todo ser humano intentar comprender el encadenamiento de los hechos que han desembocado en este drama.

 

Marcado por su militancia marxista y por las enseñanzas de Cheikh Anta Diop, reconoce que «la gente de mi generación, los intelectuales de mi generación y yo mismo, hablábamos del imperialismo, del neocolonialismo, pero siempre de una manera abstracta. A partir de los libros». Hoy asegura que todo aquello no era ni suficiente ni tampoco eficaz, y que el genocidio de Ruanda le marcó, lo cambió todo: «Yo mismo», comenta «escribía libros, critiqué el colonialismo occidental, la presencia de Francia en Senegal, en África. Pero lo que Ruanda me demostró, de verdad, fue el peso real de la sangre: lo que íbamos a buscar en los libros para criticarlo se encontraba en la vida real».

En la vida, el sufrimiento y la muerte «real» de millones de personas: «Como escritor»,  reconoce, «se trataba de tener sentimientos prácticos, de explicar lo que había sucedió y colaborar para hacer justicia a todas esas víctimas; el imperialismo, el neocolonialismo ya no eran categorías abstractas, cuestiones académicas o términos de moda. Explicar el genocidio en Ruanda me confirmó que ser escritor servía para algo».

 

(… ) el genocidio de 1994 no fue el brusco despertar de una atávica sed de sangre, sino el resultado de varios decenios de una puesta a punto metódica. Hutu y tutsi no eran dos etnias en el sentido estricto del término y jamás hubo, antes del período colonial, ninguna matanza entre ellos. Antes bien, convivían sin graves problemas: aquí es donde aparecen los aprendices de brujo europeos.

 

Y ante su denuncia de la participación directa de Francia en el genocidio, los «aprendices de brujo europeos» actuaron contra Boris Diop: su introducción para el libro Les blessures du silence de Yolande Mukagasana fue censurado en Francia —como recogió en una magnífica entrevista realizada en 2009 por Dídac P. Lagarriga— porque mencionaba el papel destacado del entonces presidente socialista francés François Mitterrand y su gobierno en el genocidio de los tutsis en Ruanda. A pesar de los malos momentos que aquel hecho supuso, Diop se muestra hoy satisfecho del trabajo de denuncia realizado. Hoy, ya casi nadie serio discute todas las múltiples pruebas de la implicación de Francia y su gobierno en el genocidio de Ruanda: «Si no hubiera estado en Ruanda, si no hubiera escrito el libro sobre el genocidio, y si no hubiera hecho todo el trabajo posterior que hice, explicando lo que vi, sentí y hablé en Ruanda, no estaría satisfecho. Los últimos 20 años de mi vida han valido la pena solo por eso».

La Françafrique es petróleo, bosques devastados por horribles mafias madereras, tráfico de armas, la industria del juego, los mercenarios y la policía secreta especialista en golpes de Estado y los millones pasando de cuenta en cuenta. Sus figuras emblemáticas, del lado africano, son golpistas ignorantes, zafios y sanguinarios, que asumen dócilmente las órdenes de París.

 

«Françafrique» es un término acuñado por el intelectual francés François-Xavier Verschave y que ha hecho fortuna como manera popular de referirse a los manejos poco claros de los diversos gobiernos franceses —de De Pompidou a Hollande— para no perder, cueste lo que cueste y por todos los medios legales o ilegales que fueran necesarios, su influencia como antigua potencia colonial en África. Las alcantarillas más sucias de la Françafrique son uno de los campos de batalla intelectuales más habituales para Boubacar Boris Diop. 

 

—Aun no somos independientes. Jamás París ha tenido tanta necesidad de los recursos de África (desde el petróleo de Congo Brazaville y de Gabón al uranio de Niger, el algodón, el cacao…). Sin los recursos y el peso que los «clientes africanos» aportan a Francia, ese país seria una potencia media, más o menos irrelevante. La idea de una Francia que se porta generosamente ayudando a los pobres países africanos es una broma de muy mal gusto. Un sistema de explotación que se disimula con el velo de la «ayuda al desarrollo» no es sino un lobo disfrazado de abuelita.

—En este sentido, Níger sería un perfecto ejemplo de esa situación que denuncias desde años…

—Exacto. Níger es uno de los mayores productores mundial de uranio y es también el país más «pobre» del mundo, el último en el índice de desarrollo humano. ¿Por qué? Por Areva, la multinacional francesa que explota el uranio del país. Cada vez que un presidente nigerino intenta renegociar el contrato con Areva, lo derrocan. ¿Por qué? Porque en Francia tienen una gran dependencia de ese uranio y de la energía nuclear. El 85 % de la energía francesa es nuclear.

 

Sus posiciones políticas críticas le han ocasionado multitud de enfrentamientos que Boris Diop se toma con la deportividad de un gran boxeador: «Muy a menudo, adopto y defiendo una posición crítica muy dura en cuestiones políticas sensibles. Es normal que a los que yo ataco en mis escritos y conferencias se interesen por mi humilde persona».

En la inmigración procedente de África y más allá del discurso, no existe diferencia de facto entre socialdemócratas y liberales europeos. La gente de a pie parece volverse más racista a medida que hay más inmigrantes en su barrio, en lugar de volverse más pacientes y de recordar que la penetración seguirá y acabará por engendrar nuevas sociedades en cuyo seno convivirán diferentes civilizaciones.

 

Le resulta complicado entender por qué un joven africano está dispuesto a morir en el mar o en una valla para abandonar su patria y no está dispuesto a sufrir para mejorar su sociedad, al menos para las futuras generaciones; pero reparte responsabilidades con mucha intencionalidad.

 

—Los dirigentes de los países de la emigración, en África, en Latinoamérica o en Asia, son los primeros responsables de esta situación, pero no podemos olvidar que expolian sus países en total complicidad con las multinacionales occidentales y con todos esos políticos europeos que, con su hipocresía, afirman: «¡Los inmigrantes nos invaden, cerremos las fronteras!» 

 

Recuerda cómo muchos jóvenes de Mali, por ejemplo, se vieron en el paro cuando la industria del algodón desapareció, porque los países occidentales, que subvencionan sus productores de algodón, prohibían a su vez que el gobierno de Mali hiciera lo mismo con sus agricultores. Lo mismo sucedió con la pesca en Senegal, arrasada por los grandes barcos europeos (muchos de ellos españoles) que esquilmaron los bancos pesqueros tradicionales, de los que vivían unas poblaciones que se vieron forzadas a buscar presente y algo de futuro en una Europa convertida en un infierno para muchos africanos.

 

—Un orden internacional más justo y menos egoísmo serían buenos comienzos para empezar a solucionar un problema global. Las medidas que se toman en Europa con la inmigración para engañar a los electores se traducen en dramas como Ceuta, Melilla y Lampedusa, siembran el odio y son absolutamente ineficaces.

No veo que la literatura africana tenga ningún futuro si pretende desarrollarse al margen de nuestras lenguas madre. Es hacia aquí donde poco a poco vamos tendiendo desde hace algunos años, un trayecto lento pero seguro. Esta nueva dinámica, compleja y en ocasiones dolorosa, permitirá en breve entender que nuestros textos actuales en inglés y francés no son más que, en palabras de Cheikh Anta Diop, una simple literatura de transición.

 

No por viejo, el debate se ha cerrado. Al contrario, sigue abierto en el gremio de escritores africanos: decantarse por la lengua impuesta por el colonizador (o sea, subvenciones, ayudas, relativa facilidad de edición y mayor difusión) o sucumbir al supuesto aislamiento de la lengua vernácula. «Al igual que sus predecesores y sus contemporáneos», ha escrito el estudioso de su obra Ibrahima Sarr, «Boris Diop se debate entre el deseo de restaurar sus valores culturales y lingüísticos y el de abrazar el mundo de los demás a través de su lengua, sabiendo que ahí está el tesoro del conocimiento verdadero».

 

—¿Por qué decidiste «pasarte» a escribir en wólof y «dejar» el francés?

—Creo que el wólof me permite comprender mejor el universo: tener los pies en la tierra para tener la cabeza en las nubes y poder soñar. Decidí cambiar al wólof para poder merecerme también el respeto de los demás. Se trata de incluir en el ámbito del saber y de la creación literaria a la inmensa mayoría de nuestro pueblo. Sólo el wólof me permite expresar en profundidad determinadas emociones.

 

Boubacar Boris Diop reflexiona sobre el uso del wólof con un delicioso francés dakarois pronunciado con la paciencia y sabiduría del anciano profesor que envejece de manera tan activa como lúcida, y que no oculta su preocupación porque los jóvenes senegaleses no dominen ni su lengua materna ni tampoco la de su admirado Victor Hugo; pero que aún se maravilla de la capacidad de resistencia y vitalidad de las lenguas autóctonas africanas y del actual retroceso del francés: «Decir que Senegal es un país francófono es vivir en el mundo de los deseos».

El autoracismo ha sido utilizado por los negrófobos de toda índole para validar sus prejuicios raciales. Hay pseudoteóricos que son, en parte, responsables de que África se vea como el lugar del despropósito político, ese paraíso natural de la crueldad, por retomar las declaraciones de Stephen Smith. Durante el genocidio de Ruanda la comunidad internacional se mostró incapaz de medir el drama debido a su concepción de que los negros se matan entre ellos sin motivo, como de costumbre.

 
 

Boubacar Boris Diop está fascinado por la princesa Sherezade: como ella, no tiene otra opción más que contar historias para sobrevivir. También lo hace por su compromiso social, parece obligado a dar contenido crítico a las grandes utopías de la historia. Eso le ha llevado a adentrarse, con notable fortuna, en los terrenos del ensayo político: «alterno ambos géneros, el ensayo y la novela, pero en el fondo siempre seré un novelista».

Sus trabajos como ensayista reflexivo —uno de los cuales, África más allá del espejo, se pueden leer en español gracias al magnífico trabajo de la editorial Oozebap— abordan todo tipo de asuntos. Négrophobie es un ensayo reactivo a un libro racista y revisionista del periodista francés Stephen Smith (que tuvo enorme éxito en Francia). En cuanto a L’Afrique répond à Sarkozycomo indica su título, fue su respuesta al discurso absurdo y xenófobo que el presidente de Francia pronunció en Dakar, en julio del 2007, en la Universidad Cheikh Anta Diop, y que luego se convirtió en un libro colectivo con veintitrés capítulos de respuesta de intelectuales africanos al antiafricanismo petulante, ignorante y pretencioso del expresidente francés, que llegó a menospreciar la capacidad de los africanos para trabajar y salir adelante por sí mismos.

En esos trabajos, en sus artículos o en su más reciente ensayo político de 2014, titulado La gloire des imposteurs: Lettres sur le Mali et lAfrique  —realizado en colaboración con Aminata Dramane Traoré— sus textos demuestran una gran personalidad: «mis artículos y ensayos sobre política y religión están escritos siempre con la misma voluntad: trato de ser coherente con lo que pienso».

 

—Tus escritos como ensayista, ¿tienen que ver con el muy relevante papel histórico, crítico, que los intelectuales de Dakar y Senegal han representado en África?

—Dakar siempre ha sido una capital de movimientos políticos. Piensa que no es casualidad que el primer partido comunista creado al sur del Sáhara naciese en Dakar, en 1957 y, formalmente, antes de la independencia de Senegal. Recuerda que tampoco es casualidad que en la época del marxismo triunfante, en Dakar encontrases todas las variantes de la ideología de la clase obrera: desde el maoísmo al trotskismo. En la universidad de Dakar la gente se peleaba por sus ideales políticos, no como ahora. Y era algo muy muy serio. Y bien, en este sentido, yo quiero decir a los jóvenes de hoy que proclaman un nuevo Senegal que está muy bien protestar, pero que recuerden que no hay nada nuevo bajo el sol, eh. Lo que hay hoy entre muchos de ellos es un gran desconocimiento del pasado contestatario de Dakar y de Senegal.

—¿Sigue siendo Senegal el gran ejemplo en el combate intelectual africano contra la influencia occidental?

—En Senegal siempre ha existido una larga batalla contra la influencia occidental. Eso dio lugar al movimiento de la negritud, también al trabajo extremamente importante de Cheikh Anta Diop. Hoy en día esa batalla no se ha ganado y aún se nos sigue atacando desde muchos frentes diversos. Porque en Senegal, por ejemplo y sobre todo al norte —en las fronteras con Mauritania y Mali— hay hoy una gran confusión. Muchos senegaleses, por no decir la inmensa mayoría, piensan que hoy el mejor modo de ser un buen musulmán es imitar a los árabes en todos los aspectos de su vida.

 

Dakar y Senegal siempre han sido grandes ejemplos de convivencia pacífica. Más allá del tópico de la teranga (hospitalidad), un dato concreto: un país con un 96% de población musulmana fue presidido durante 20 años por el católico Léopold Sédar Senghor, y esto nunca pareció ser un problema para sus conciudadanos. Como destaca siempre que puede Boubacar Boris Diop, en asuntos de tolerancia política y respeto religioso, Senegal está muy por delante, por ejemplo, de los países europeos. «No será mañana» ha afirmado, «cuando España o cualquier otro país europeo tenga como presidente a un musulmán. En este terreno, los europeos no tienen derecho a darnos lecciones».

 

—¿Se trata ahora de construir un Islam razonable en el mundo globalizado del siglo XXI?

—Sí. Un Islam razonado e inteligente, eso es; que encontrara una sinergia, un sincretismo posible, entre nuestras culturas y el mensaje del Profeta. Pero ese debate razonable se ha debilitado en las cofradías, y en mi opinión y a pesar de las apariencias, sigue debilitándose más cada día —a pesar de las apariencias, preciso—. Al debilitarse esa vía, se abre el camino a un Islam menos… Bueno, menos dispuesto a aceptar la apertura y la relación con las otras culturas y religiones del mundo. Hablo de una evolución en Senegal: de un Islam de hermandades, moderado, hacia algo mucho más rígido, mucho más recto, menos razonable.

—¿Tienes miedo de que los conflictos de Mali, Burkina, República Centroafricana o Níger puedan trasladarse a Senegal?

—Lo que ocurre en esas partes de África no es el odio al otro, sino el odio a uno mismo. Ese odio a uno mismo es lo que lleva a los genocidios, a masacres, a limpiezas étnicas o religiosas. Eso viene del hecho de que no tenemos ningún respeto por nuestra propia cultura. «La naturaleza odia el vacío», dijo alguien. Pero yo lo parafrasearía diciendo que «la cultura odia el vacío».

 

OBRAS DESTACADAS DE BOUBACAR BORIS DIOP

NOVELAS

1981 - Le temps de Tamango, L’Harmattan.

1991 - Los tambores de la memoria, El Cobre, 2011

1993 - Les traces de la meute, L’Harmattan. 

1997 - Le cavalier et son ombre, Éditions Philippe Rey (reeditado en 2009).

2000 - El osario, Casiopea, 2001.

2003 - Doomi Golo, Papyrus (escrito en wólof y editado en 2009 por Éditions Philippe Rey en francés, con traducción del propio Boris Diop y con el título de Les petits de la guenon).

TEATRO

1990 - Thiaroye, terre rouge, L’Harmattan (basada en Le temps de Tamango)

ENSAYO POLÍTICO

2006 - «Le Sénégal entre Cheikh Anta Diop et Senghor » (artículo para la Universidad de Texas en Austin)

2007 - Négrophobie, con Odile Tobner et François-Xavier Verschave, Les Arènes. 

2007 - África más allá del espejo, Oozebap, 2009.

2014 - La gloire des imposteurs: Lettres sur le Mali et l'Afrique, Éditions Philippe Rey.

Pere Ortín
Pere Ortín
«Oficio de periodista, humildad de viajero y mirada de documentalista». Lo escribieron de él en una reseña de prensa sobre uno de sus documentales. Alumno de la vida e investigador de lo humano, tiene claro que solo vemos lo que queremos ver; que la belleza —y la fealdad— está(n) en el ojo del que mira y que no vemos las cosas como son, sino como somos nosotros. Tras sus trabajos en la prensa escrita, la televisión y el documental, hoy dirige Altaïr Magazine.