Iniciar sesión
A
  • Altaïr Magazine en Facebook
  • Altaïr Magazine en Twitter
  • Altaïr Magazine en Instagram
Iniciar sesión
¿Aún no estás registrado?

¡DIME, DAKAR!

Carta de amor a una ciudad
Massamba Guèye

¡DIME, DAKAR!

Carta de amor a una ciudad
Massamba Guèye

Capital mía, tumbada a orillas del Atlántico, como el rostro de un hombre, nariz y boca de África, tu historia no es ordinaria porque tú eres Dakar. 

Tu nombre aparece por primera vez en un mapa de 1750, cuando el botánico francés Michel Adanson hace un boceto del Cap Vert. Esta península del Cap Vert es el extremo oeste del continente africano y está rodeada de cinco islas, un escudo místico: las islas de Wer y de Lar forman las Madeleines; la de Sarpan lleva el nombre de un antiguo militar francés que había sido exiliado; Béer es como se conoce a la isla de Gorée y Yoff y Ngor son las llamadas Teungueni. Sin esos rompeolas, desaparecerías bajo el asalto de las mareas que vienen de dos costas diferentes y buscan unirse desde la noche de los tiempos. La gran costa norte, de Cap Manuel a Kayar, el mar que canta, Geej gala way, del barrio popular de Guédawaye, el legendario mar masculino. La pequeña costa sur de la península, la mar tranquila, Geej gi rëw, la mar femenina de Guéreuw.

¡Te llamo Ndakarou! Siempre has sido una ciudad de refugio para los extranjeros que buscan asilo. Los ancianos me han contado que tú viste llegar a los hijos de los lebus hacia el final del siglo XIV. Pero el Cap Vert no era una tierra deshabitada. Al llegar se encontraron en el sitio a los valientes mandingos que, tras una batalla en la que perdieron a sus jefes Malang Tamba y Diallo Diaw, se retiraron hacia Gambia.

Dakar, aprendí que el 11 de junio de 1958 te convertiste en la capital del África Francesa Occidental, y después la de la hermosa y llorada Federación de Mali —aquella república de cortísima vida que unió a Senegal y Mali—, antes de convertirte en la de Senegal.

Amarrada a la costa frente a Brasil, mi capital está acunada por el océano Atlántico. Dakar no habría sido Dakar sin sus hermosas y largas playas de arena, bordeadas de hoteles de lujo que a veces impiden el acceso a la población local. 

Tu sistema de transporte, original y único en el mundo, está simbolizado por el car rapide. Esta pequeña furgoneta, vehículo de colgados, transformado en el as del transporte urbano desde los años setenta. Sus tarifas nunca son fijas y sus rutas siempre son fragmentarias. En su camino hacia los barrios pobres, se cruza con los taxis negros y amarillos, y los taxis legalizados, y los clandestinos, verdadera chatarra sobre ruedas. También están los Ndiaga Ndiaye, con su color blanco y su desprecio por el código de circulación. Pero si se pierde un car rapide se podrá siempre coger un Tata, ese autobús que enseñó a los dakareses a hacer cola pero no respeta las paradas fijadas.

Para ver el corazón de Dakar, también se puede escoger el Dakar Dem Dikk, el transporte público del Estado, cuyos horarios ningún cliente conoce. En resumen, vivir el transporte comunitario en Dakar significa hurgar en sus calles, desde las más lúgubres a las más hermosas.

 
 

¿Qué sería Dakar sin sus hermosas calles, presa de los atascos por la mañana y a la salida del trabajo, con tubos de escape que escupen un humo sofocante? ¡Pobre de la capa de ozono! Pero para respirar aire puro basta con caminar a lo largo de la Corniche: contemplar el Monumento al Renacimiento Africano, la Mezquita de la Divinidad, la Universidad Cheikh Anta Diop con su hermosa biblioteca. A lo largo del recorrido deportivo, se puede ver la Puerta del Tercer Milenio, antes de pasar frente al mítico Teatro Nacional Daniel Sorano, que albergó el primer Festival mundial de las artes negras en 1966. Y siguiendo el camino se alcanza la bella Catedral, a dos pasos del Palacio de la República, donde se pueden hacer fotos de recuerdo con la guardia republicana. Después, toca cruzar la Place de l’Independance, con sus viejos edificios coloniales: la Cámara de Comercio y el Ministerio de Asuntos Exteriores. Frente a la antigua estación de tren, la estatua de Demba y Dupont celebra la fraternidad interracial durante la guerra. Y también está el Gran Teatro Nacional, construido por China.

Si se visita Dakar el 4 de abril, día de la fiesta de Independencia, se puede asistir al desfile en el Bulevar del Centenario. Ese día, no se ve por allí ni «Chinatown» con sus tiendas de productos baratos ni a los conductores de carretas que se atreven a circular por una de las calles más bonitas del mundo. Si se desea verla iluminada, hay que esperar a diciembre, cuando la ciudad se viste de luz. Allí se puede visitar la Radio Televisión Senegalesa y el liceo femenino John F. Kennedy. Este edificio domina el Obelisco, y desde aquí se puede ir al mercado popular. 

 
 

Dakar, amo el perfume de tus mercados porque tienen un alma que les distingue de los demás mercados del mundo: Sandaga el turístico, Tilène el popular, Kermel el colonial, Soumbédioune el del pescado... 

Bienvenidos al mercado de Colobane, el mercado de los restos de stock europeos, el principal mercado de saldos para estudiantes y monederos sin muchos recursos, donde reina la ropa usada. Hay que abrir los ojos y las orejas y la nariz, pero cerrar bien los bolsillos. Por la mañana pronto aquí se compra de todo a precios sin competencia: ropa, zapatos, televisores... ¡Incluso monos, quizás!

Más allá se encuentra Soumbédioune, con su hermoso pueblo de artesanos y su mercado del pescado. ¡Es tan agradable ver la captura del día agitándose en los cayucos a las cinco de la tarde! Ahí llegan, recibidos por las sonrisas radiantes e inquietas de las mujeres que esperan para comprar unas capturas cada vez más inciertas.

Este ballet sincronizado de los abigarrados cayucos marca el ritmo de las mañanas y las medias tardes en las diferentes playas de Cambérene, de Yoff, de Malika, de Rufisque, de Ouakam, de Terrou Baye Sogui...

Dakar, ciudad de los bravos pescadores de los doce o pénc. Cuando quiero pasar por tus venas y empaparme del sudor de tus habitantes originarios, visito tus pueblos tradicionales lebus, con su majestuoso Grand Serigne, reinando sobre Thierigne, Mbott, Diecko, Ngaraff, Gouye Salan, Kaye Ousmane Guèye, Kaye Guedj, Santhiaba, Kaye Demba Codou, Yakhdieuf, Khoch y Diw.

Cuando llega la noche, una noche sin cortes de electricidad, me gusta circular por tus arterias. Me gusta ir a los restaurantes para descubrir la gastronomía del mundo. Dakar by night: restaurantes con música en vivo, discotecas abarrotadas, casinos llenos. A veces, al volver a salir al frescor marino de la calle, veo a la gente sin hogar y a los mendigos dormir sobre sus cartones, en medio de la ciudad, junto a sus fuegos, al borde de la carretera.

 
 

¡A veces Dakar es una ciudad indecente!

A veces Dakar es enloquecedora.

A veces es sentimental, cuando la brisa marina acaricia los rostros de los transeúntes.

A veces es estricta, cuando sus estudiantes salen de las escuelas para meterse en autobuses abarrotados.

Si se dispone de 48 horas para vivir en Dakar, hay que visitar sin perder tiempo los lugares de cultura. El mayor de los museos: Gorée y su Casa del esclavo, testigos de la barbarie humana. ¡Gorée y su hermosa playa! ¡Gorée y su población mestiza y feliz! Después, hay que ir al Village des arts, junto al Estadio de la Amistad, antes de dar una vuelta por la Galería Nacional de Arte. Y a continuación, visitar sus hermosas mezquitas e iglesias pasando por el Museo de las Fuerzas Armadas, en el centro de la ciudad.

Volviendo, se pueden escuchar las sirenas de los barcos que entran al puerto. Alzar la mirada y contemplar el hermoso cielo que cubre con un pudoroso velo toda esa ciudad nerviosa y bella.

Si nos queda un día por pasar en Dakar... No hay que ir a los barrios periféricos en un día de lluvia, porque las casas estarán inundadas, las calles llenas de barro. Pero si no llueve, vayamos a Guèdiawaye, Pikine o Ouakam, a ver a los luchadores que llenan estadios de 20.000 asientos cada fin de semana.

Dakar la de las mujeres hermosas que caminan en alejandrinos.

Dakar la de las mujeres que se levantan de madrugada para alimentar a la familia.

Dakar la de los tres millones de habitantes vestidos con un estilo mestizo.

Dakar la de la arquitectura plural. Adoro contemplar las formas de tus casas y edificios con columnas romanas a lo largo de la Vía de salida hacia el Norte, o tus casas de estilo oriental y tus edificios coloniales alrededor de la Place de l'independance.

Dakar, la ciudad nueva y sus nuevos barrios, de Keur Massar a Sangalkam, donde las casas exponen sus fachadas embaldosadas como baños.

Dakar, con sus estrechas calles en los barrios tradicionales, sin parcelar.

Dakar, ciudad de orden y anarquía. Ciudad testigo de las grandes guerras, con tu cementerio, donde reposan los tiradores senegaleses masacrados en 1944.

Dakar, ciudad protegida por Ndëk Daour Mbaye, el genio protector, mitad hombre mitad caballo que por la noche hace sus rondas contra los ladrones, los violadores y los mentirosos con el ruido de sus zuecos, respondiendo a las melodías de los bailes, al ritmo de los tanebers, a los cantos.

Dakar, una ciudad entre la modernidad y las tradiciones. ¡Un encuentro entre lo que se ofrece y lo que se recibe!

 

Las fotografías de este capítulo pertenecen a Mamadou Gomis.

Massamba Guèye
Massamba Guèye
Director General del Teatro Nacional Daniel Sorano en Dakar. Se formó en la UCAD de Dakar y es profesor de francés desde 1992. Produce y dirige los Cuentos y leyendas en francés y wólof en la radio RSI y fue Jefe de División de Comunicación del Ministerio de Educación Nacional de Senegal.