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EL WÓLOF CONTRA EL FRANCÉS

Diop y Senghor, una vida enfrentada
Boubacar Boris Diop

EL WÓLOF CONTRA EL FRANCÉS

Diop y Senghor, una vida enfrentada
Boubacar Boris Diop

Uno era musulmán muridí, wolof y anticolonialista. El otro, católico, serer y francófilo. Coetáneos y, durante la mayor parte de sus vidas, enfrentados en su ideología. Hombres senegaleses que llegaron a lo más alto de la vida pública en su país. Uno, Cheikh Anta Diop, fue uno de los científicos y antropólogos más importantes del estado africano. El otro, Léopold Sédar Senghor, fue presidente de la república de Senegal durante veinte años. Este es un resumen de sus historias paralelas.

 

Diop y Senghor, dos hombres de fuertes convicciones unidos por una histórica rivalidad intelectual y personal y que han influido, cada uno a su manera, en nuestro destino. Su enfrentamiento nos sirve para entender el Senegal de hoy y para entendernos a nosotros mismos. Uno, Diop, era muridí y wolof; el otro, Senghor, católico y serer. Senegal, un país con un 95% de población musulmana, fue gobernado durante dos décadas por un católico y eso nunca pareció molestar a nadie.

Cheikh Anta Diop tenía una voluntad fuera de lo común, estuvo poseído noche y día por sus intuiciones y trabajó intensamente, a veces incluso hasta llegar a la extenuación. A Senghor le sucedió al revés. Menos peligroso para el orden establecido, es posible que no deseara forzar el destino. Diop quería volar mientras Senghor estaba ocupado en apoltronarse en su sillón, sin prisa pero cada vez un poco más hondo. Diop no pierde un minuto, sus músculos están tensos y gesticula bajo la violencia del esfuerzo. Senghor deja que las cosas maduren. Con ritmos existenciales tan opuestos, es difícil vivir en el mismo universo. 

Senghor, más expuesto por su función presidencial, fue sobre todo un pensador muy presente en su siglo. Diop es un maestro que dio qué pensar y que da sentido a la esperanza y a la rabia de muchos negros de todo el mundo. Diop es una figura descarnada. El secreto de su grandeza reside en una juiciosa alquimia compuesta de obsesión y de resistencia a los valores dominantes.

Hemos visto a Senghor como dirigente de Senegal, y cada cual que piense lo que quiera. En cuanto a Diop nadie puede decir qué tipo de presidente hubiera sido. Una cosa es tener buenas ideas y otra gobernar un país. Diop, alabado por sus intenciones, posee una ventaja sobre Senghor: nunca tuvo que tomar decisiones impopulares. 

Senghor ha modificado nuestro imaginario de un modo mucho más profundo de lo que solemos admitir. Hoy, el intelectual senegalés está más en la línea de Senghor que con los sueños algo desesperados de Cheikh Anta Diop. Dos asuntos mayores de Diop —la lucha contra el neocolonialismo y la promoción de las lenguas africanas— se han convertido en asuntos marginales del debate nacional.

 

La cultura serer, transmitida por sus canciones y danzas tribales, quedará muy arraigada en Senghor.

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Mientras en 1975 Diop se preguntaba «cómo arraigar la ciencia en el África negra», Senghor ya se había vuelto célebre por una de sus ideas más polémicas y controvertidas: «La emoción es negra como la razón es helénica». Cheikh Anta Diop rebatió con dureza esta afirmación en su obra Nations nègres et culture ya que, aunque la encontraba de una «admirable belleza» veía en ella la prueba de la alienación de su autor.

Diop no dudó nunca en presentar a su rival como uno de esos «negros de gran altura intelectual» que llegan a «codificar sus ideas nazis sobre una pretendida dualidad del negro sensible y emotivo, creador de arte, y del blanco movido básicamente por la racionalidad».

Diop era de una sola pieza; el serpentino Senghor siempre fue más bien un ser entre dos aguas. Durante toda su vida, en el terreno político encarnaron al hombre de poder (Senghor) y a su opositor (Diop). Las líneas de discrepancia se rozan y difuminan antes de reaparecer inesperadamente en otro lugar, a propósito de tal o cual acontecimiento particular.

El francófono Senghor y el anticolonialista Diop no podían, en lo esencial, ponerse de acuerdo. Nunca nadie denunció de un modo tan mordaz como Diop el sistema de dominación neocolonial encarnado por Senghor.

 

Universidad Louis-Le Grand (París). Senghor inició aquí sus estudios de Gramática francesa. Más adelante coincidió con Georges Pompidou en La Sorbona y se convirtió en el primer profesor de raza negra en impartir clases de lengua francesa en Francia.

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Universidad de La Sorbona (París). Diop se licenció aquí en ciencias humanas, física y química nuclear, y presentó en 1960 su tesis doctoral —nunca aprobada—: Estudio comparado de los sistemas políticos y sociales de Europa y África, desde la Antigüedad a la formación de los estados modernos.

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En 1939, Senghor es reclutado por el ejército francés para luchar en la Segunda Guerra Mundial. Estará un total de dos años en los campos de concentración nazi. Diop está saliendo del bachillerato. En la imagen, Senghor a la izquierda, abajo, con gafas.

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Senghor, padre de la independencia de su país aquel 4 de abril de 1960, parecía un homenaje a la misión civilizadora de Occidente en África: un improbable humanista negro-latino, vestido con el traje de un presidente africano disfrazado de «poeta francés».

Senghor intentó obrar lo mejor que supo en unas condiciones políticas extremadamente difíciles. No es raro oír que gobernó Senegal con cierto espíritu de justicia y que creó un estado moderno relativamente bien organizado. El hombre, ni violento ni arrogante, tenía un lado de «Padre de la nación» bastante abusivo. Estuvo tanto tiempo en el poder que su marcha (se retiró con sabiduría y brillantez en 1980) solo pudo vivirse como el inicio de una nueva era. A pesar de ello, a veces, tenemos la impresión de que los senegaleses, orgullosos de la poética suavidad de su primer presidente, prefieren no indagar en algunas zonas oscuras de nuestra historia (por ejemplo, el encarcelamiento de Cheikh Anta Diop en la cárcel de Diourbel en 1962). Sin ser el gran demócrata que se le considera, tampoco instauró un clima de terror en el país. Senghor nunca estuvo tentado de aplicar una represión masiva y brutal. Era hostil más por temperamento que por habilidad. Político fino, habría suscrito la distinción establecida por un humorista entre la dictadura y la democracia: «La primera significa "¡cierra la boca!" y la segunda "habla siempre, me interesas"».

En todo caso, Senegal le debe en gran parte a Senghor su imagen de oasis de paz civil en una África presa de sangrientos desórdenes. A pesar de ello, la vida sería demasiado bella si a un jefe de Estado le bastara con escribir buena poesía (como Senghor) para que no se le exigieran responsabilidades sobre sus opiniones y decisiones políticas.

Toda una generación, la mía, lo combatió, e incluso pretendimos odiarlo, sabiendo que era un intelectual digno de respeto más allá de sus cuestionables decisiones políticas. Posiblemente, incluso sentíamos un insólito afecto por él. Fue una suerte para Senegal acceder a la independencia bajo la batuta de este hombre y no de cualquier tipejo extravagante y sádico.

Nunca dudó en poner su eminente posición social al servicio de su carrera literaria. Fue algo así como el poeta oficial de su propia corte. Siempre se afanó por dejar para la posteridad la imagen de un pensador de mirada profunda, incluso profética.

La serie de ensayos titulada Libertad, donde expresa sus ideas sobre cultura y política, refleja esa ambición. Erudición y apego sincero por su tierra. Subsisten frases fragmentarias de bella composición, suavemente susurradas, algo aéreas a la vez que insulsas. La Historia ha jugado a su favor: la idea de mestizaje  —cultural y biológico— resuena cada vez más fuerte en cada ser humano. El sueño obstinado del humanista con «corazón católico». 

Senegal, desde que Senghor llegó al poder en 1960, era un monopolio, estado que se rompió más tarde con la Constitución de 1976 en donde se libera el régimen del pluralismo. El poeta-presidente fue reelegido en varias ocasiones y tuvo un mandato de veinte años.

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En Senegal y otros países africanos, todos aprenden de memoria en la escuela los poemas Femme noire y Joal de Senghor. Incluso el ejercicio del poder no hizo que perdiera de vista la primacía de la poesía sobre la política.

Senghor fue un colonizado imposible de categorizar. No dudó en mantener la nacionalidad del ex colonizador. ¿Por qué? Sencillamente para que le admitieran en la Academia Francesa… Lo consiguió, y sea cual sea la perspectiva desde la que analicemos esa decisión, es absolutamente inaceptable. 

 
 

Senghor fue enterrado en el cementerio católico de Bel-Air en Dakar, pero fue en Vernon (Francia) donde pasó los últimos 20 años de su vida.

El pueblo senegalés continúa considerando a Senghor como un dirigente de gran humanidad, partidario del diálogo costara lo que costara y con todo el mundo.

Después de ver cómo su régimen era constantemente acusado de ser el más corrupto de la tierra, descubrimos que Senghor nunca se aprovechó de sus funciones como Jefe de Estado para echar mano del Tesoro público. Este hecho, excepcional tanto en África como en el resto del mundo, merece subrayarse. 

En ocasiones y en determinados ámbitos, a lo largo de los años, parece que en Senegal va instalándose cierta nostalgia de la etapa de Senghor, sobre todo por su destacado apoyo a las artes y las letras. 

Todavía hoy, los verdaderos incondicionales de Senghor son aquellos que lo trataron en la cotidianidad. Esta lealtad es un valioso testimonio de sus cualidades personales; todos ellos continúan considerándolo un hombre atento a todo y a todos, cortés, metódico y justo. Un católico que consiguió ser el símbolo de la unidad nacional de un Senegal mayoritariamente musulmán. Esto refleja su apertura de espíritu.

Los más ancianos recuerdan, a veces con una conmovedora sonrisa, la voz particular de este hombre, que puntuaba sus frases con las mismas expresiones un tanto misteriosas: «Ahora bien», «hic et nunc» (inmediatamente), «a fin de cuentas», «homo senegalés»… En el país de las cuatro comunas, solo se puede admirar «al primer licenciado en gramática del África negra», más diestro que los propios toubabs (blancos) en su idioma y en sus buenas maneras.

 
 

Carteles publicitarios de la época colonial, que aluden a la raza negra de manera racista. «Voy a rasgar las risas de Banania de todos los muros» era una de las frases más repetidas por Senghor.

«Su libro Nations nègres et culture es la obra más audaz que ha escrito un negro y ayudará, sin duda, al despertar de África»

Aimé Cesaire sobre Anta Diop (en Discurso sobre el colonialismo)

 

Cheikh Anta Diop fue uno de los raros líderes políticos senegaleses que rechazó el poder tantas veces como Senghor se lo ofreció. Su confrontación solía ser personal y directa. La altura intelectual de ambos no podía hacer que fuese una relación menos tempestuosa. Senghor siempre pensó que Diop le rechazaba más como ser humano que por sus divergencias de opinión. En sus diarios, siempre mencionaba la «oposición cripto-personal» de Diop, pero aquellos que hayan podido estudiar bien a Diop sabrán de la futilidad de tal acusación ya que siempre comentó que era la esencia neocolonial del régimen de Senghor lo que estaba en tela de juicio y no su persona.

Diop denunciaba una independencia puramente figurada de un país donde la asistencia técnica francesa, constituida en «gobierno paralelo», conservaba, bajo las irrisorias gesticulaciones de soberanía de sus lacayos, el verdadero poder. 

Fue hombre de un único combate. De él podemos decir, parafraseando a Césaire, que negro era y negro fue hasta el final. Esto no significa, en absoluto, que fuera un dogmático, al contrario, sabía matizar y se mostraba discreto a pesar de la fuerza contagiosa de sus convicciones. 

Cheikh Anta Diop aportó argumentos de gran valor científico a lo que los intelectuales africanos habían adelantado hasta ese momento de un modo, a lo sumo, puramente emocional. Fue considerado en 1966 —junto al afroamericano William B. Dubois—  como el escritor cuya obra ha tenido más influencia en el pensamiento negro del siglo XX.

 
 

Vivió junto a su madre en el popular barrio de la Medina, en la esquina de las calles 7 y 16. Era un hombre sencillo, que nadie se hubiera atrevido nunca a imaginar en chaqué o, como diría el poeta David Diop, dispuesto a «charlar en los salones de la condescendencia». Desinteresado y seguro de sí mismo, sin por ello resultar arrogante, nadie le vio nunca ceder a la tentación de la falsa acusación ni cometer artimañas por debajo de la mesa. Con el paso de los años, parece un iconoclasta apacible, un polemista siempre en el corazón del tumulto pero sin dejar de aspirar a la soledad del estudioso. Deja el recuerdo de un hombre que se impuso a la tensión moral permanente, lejos de la tentación del dinero y los honores. 

Cheikh Anta Diop conocía y hablaba el wolof de las regiones alejadas, acariciando con frecuencia la picardía —en privado o en sus discursos políticos— hasta pronunciarlo exactamente como aquellos que nunca han puesto los pies en una escuela francesa. Cuando pasaba del francés al wolof, su forma de expresarse cambiaba, al igual que su rostro y sus gestos: frases cortas trabajadas lentamente, ricas en guiños que se sobreentendían.

Fue también de aquellos que dotaron de un sólido fundamento científico al sueño panafricanista popularizado por Nkrumah, Nyerere, Cabral, Sékou Touré y otros líderes progresistas africanos del siglo XX, ya que la unidad cultural africana fue un argumento esencial de su proyecto federal.

Muchos hablan hoy del «renacimiento africano». Cheikh Anta Diop no solamente acuñó el concepto en 1948, sino que también indicó las condiciones para que fuera posible: la restauración de la conciencia histórica y el restablecimiento de una cierta idea de continuidad. A veces se le acusa de «utópico», a lo que responderemos que, si bien era un sorprendente soñador, decía siempre cosas de sentido común. Mucho más pragmático de lo que se cree, resumía su punto de vista sobre esta cuestión mediante una fórmula que ha seguido siendo célebre: «Incluso el egoísmo lúcido milita en favor de un estado federal africano». A pesar de ello, nunca se definió como afrocentrista, ni siquiera le gustaba el término. Nunca sugirió ningún tipo de supremacía de los negros en ningún ámbito. En su espíritu, poner las cosas en su lugar no significaba incitar a los negros a considerarse mejores que el resto. Para parte del radicalismo negro, Diop fue el mejor antídoto contra cierto humanismo, entendido como una nueva artimaña del eurocentrismo. Para los atacados y humillados de África, la resistencia cultural es hoy más que nunca un imperativo, y las perspectivas abiertas por Diop son una de las mejores pruebas de eficiencia de esta lucha, aunque, en algunos casos, las interpretaciones de su obra sean fantasiosas, incluso caricaturescas.

 

África necesita líderes diferentes para reencontrar la libertad, el bienestar y el orgullo. Leopold Sédar Senghor tiene admiradores, Cheikh Anta Diop tiene discípulos. Inmortal artesano de la lengua francesa y verdadero líder de hombres, Senghor merece, ampliamente y a pesar de su penosa parte oscura, toda la veneración que aún hoy provoca su nombre. Los fieles de Diop se dedican, por su parte, a extraer las consecuencias de una enseñanza que nos abre un sinfín de posibilidades al mismo tiempo que nos permite sentir la tierra más firme bajo nuestros pies. 

Dan ganas de dejarse vencer por la imaginación y soñar con una reconciliación, en el más allá, entre Diop y Senghor. Promovida por algunos de sus herederos, partidarios de un alto el fuego póstumo, la idea es noble y, de entrada, no tiene por qué resultar absurda: de hecho, sus compatriotas, con bastante frecuencia, manifiestan la misma admiración hacia ambos. Que dos personalidades de tal envergadura y tan radicalmente diferentes hayan surgido de la profundidad de una misma nación dice mucho sobre la ambigüedad de ésta. No se trata de ponerlos uno contra el otro, sino más bien de respetar la vida y la visión de ambos. El juicio de la lejana posteridad será sin duda más fiable que el de los contemporáneos. Según la bella máxima del filósofo Louis Althusser, «el futuro dura mucho tiempo».    

 

Extractos traducidos del artículo académico original de Boubacar Boris Diop «Le Sénégal entre Cheikh Anta Diop et Senghor» para la Universidad de Texas en Austin, en 2006, con el permiso del autor.

Boubacar Boris Diop
Boubacar Boris Diop
Novelista, ensayista, dramaturgo y guionista, también fue director del rotativo Matin de Dakar. Sus obras, como África desde el otro lado del espejo o El osario, están llenas de tragedias y esperanzas humanas. Escribe en francés y wólof. Es miembro del Foro Social Africano y lo representó en el FSM de Porto Alegre, en 2003.