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EN LA GARE DE DAKAR

Recuerdos de una niña de provincias
Ken Bugul

EN LA GARE DE DAKAR

Recuerdos de una niña de provincias
Ken Bugul

Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que fui a Dakar, en compañía de mi madre. La noche anterior no había podido pegar ojo. Estaba ansiosa y emocionada; también tenía un poco de miedo. Miedo a no poder adaptarme, miedo a perderme. Para mí, que entonces tenía once años, Dakar no era una ciudad como las otras a las que ya había ido, siempre acompañada por mi madre. Creía que Dakar ni siquiera se encontraba en Senegal, ni en ninguna otra parte del mundo. Dakar tenía que estar en una región lejana en la que vivían seres extraordinarios, diferentes de los habitantes de mi pueblo. ¿Quizás Dakar estaba en otro planeta? ¡Salía de mi pueblo con mi imaginación vagabunda en bandolera para ir a esa ciudad de la que la gente hablaba con admiración y temor secreto! No debía tener miedo, me decía a mí misma al meterme en la cama la noche anterior, con los dos ojos bien abiertos en la oscuridad profunda de la noche de mi pueblo, pero tenía miedo. Miedo de no saber cómo caminar, cómo respirar, cómo comer, cómo vestirme, cómo y dónde dormir allí.

Cuando el tren en el que íbamos mi madre y yo se iba acercando a Dakar, aquella mañana brumosa, tenía sensaciones violentas. Era como si esa ciudad, desde lejos, ya me devorase. Por la ventanilla del tren, a la que me agarraba desde que el convoy dejase el pueblo de Thiès, setenta kilómetros antes, vi lo que debía ser Dakar, en la distancia, después de Bargny. La ciudad se adivinaba envuelta en una niebla misteriosa, rodeada por el océano, que yo no había visto nunca. La brisa marina, que aspiraba por primera vez, me había traído sensaciones hasta entonces desconocidas, y mi nariz bullía con el intenso frescor de las bocanadas de aire.

El tren se había detenido en la estación de Dakar, que era el final de esa línea férrea que rasgaba el país de Este a Oeste. La estación era una nave enorme y yo no había visto nunca nada parecido, salvo la pequeña estación de mi pueblo, de la que mi madre y yo habíamos partido al alba de aquel día inolvidable de avalanchas para los sentidos. A lo largo de todo el trayecto había estaciones, pero la de Dakar era diferente por su majestuosidad y su arquitectura. Yo tenía sueño, hambre y sed, pero en ese estado febril estaba contenta de encontrarme allí y literalmente encantada. La estación era grande y hermosa. Yo alzaba la cabeza para contemplar su techo de hierro forjado y estuve a punto de caerme en varias ocasiones. Mi madre me metía prisa y yo me dejaba arrastrar bajo la inmensa bóveda de la estación, que parecía engullirme de un bocado.

 

A partir de ese momento, para mí Dakar ya no era una ciudad sino un país de maravillas. Mi madre y yo habíamos ido a casa de mi hermano mayor, que vivía en Gueule Tapée, un barrio de Dakar que se hallaba no muy lejos de Soumbédioune. Había venido a buscarnos, y al cruzar la ciudad en su coche yo giraba la vista en todos los sentidos y la alzaba ante los edificios con muchos pisos, de una altura que nunca había visto antes. Aún era de mañana, pero ya había mucha gente en las calles bien trazadas, y el ruido de los motores me daba vértigo. Nunca había visto tanta gente ni tantos coches.

Tan pronto como llegamos al apartamento de mi hermano, me lancé en un mullido sillón, me acurruqué como un polluelo asustado y me dormí al instante, aletargada por el frescor de esa ciudad que acababa de cruzar. No me desperté hasta entrada la tarde, y me sentí algo decepcionada al encontrarme encerrada en el apartamento. Las puertas estaban siempre cerradas y no había patio como en el pueblo. Me preguntaba si había otras personas que vivían en los alrededores. 

Desde el momento de nuestra llegada no salí durante dos días, pero oía la ciudad, escuchaba sus murmullos que me invitaban a descubrirla. En el apartamento siempre cerrado sentía la brisa persistente y deseaba abrir la puerta y echar a volar hacia su origen. El fin de semana después de nuestra llegada mi hermano me llevó a la bahía de Soumbédioune, que no estaba lejos. Era luminosa, con una playa sobre la que corrían niños medio desnudos riendo a carcajadas. Era la primera vez que veía el mar tan de cerca. Había vendedoras de pescado y grandes cayucos de abigarrados colores en los que podía leer los nombres de santos y mujeres y oraciones de protección. Tenía ganas de conocer a los niños que rodaban sobre la arena húmeda, cuyos granos se pegaban a sus cuerpos endebles. Otros niños se bañaban, perseguidos por olas juguetonas. El aire olía a pescado fresco. La gente parecía feliz. Las vendedoras de pescado llamaban a los clientes, a menudo otras mujeres que llevaban, elegantes, cestas o calabazas bajo el brazo. No me atrevía a acercarme al agua cuando veía las olas espumosas rodar las unas tras las otras y caer al fin sobre la playa.

Durante mi estancia tuve la oportunidad de visitar la ciudad con mi hermano. Había grandes avenidas, calles rectas por las que circulaban algunos coches. Mi hermano tenía un Peugeot 203. Yo me sentaba en la parte de atrás y pegaba el rostro al cristal de la ventanilla. Esa ciudad era mágica. Todo era luminoso, y las mujeres eran tan refinadas, tan hermosas, tan graciosas... Dakar olía bien, a mar, y su aire era tonificante.

Volví al pueblo con la cabeza llena de sueños. Uno de ellos era retornar a Dakar y vivir allí. Lo hice casi un cuarto de siglo más tarde. ¡Y ahí redescubrí Dakar! Esa ciudad cuyo nombre evoca un lugar de magia, de dinamismo, de mestizaje. ¡Una ciudad de colores, de sonidos, de olores! ¡Una ciudad de luces y sombras, que invita a acariciar la curva de sus formas redondeadas! Dakar, que invita a pisar el extremo del continente africano, y que es como la nariz de un Pinocho que busca atravesar el océano. Dakar, la ciudad faro en la que el sol no puede ponerse sin hacerle ofrendas de fuego y luz, tan infinito es el horizonte sobre un mar que murmura a sus flancos como un amante rechazado. ¡Dakar, una ciudad en la que se frecuentan la modernidad y la tradición, los fantasmas y los lunáticos! Una ciudad en la que los coches de lujo comparten el asfalto con las carretas de caballos, y el martilleo de las pezuñas rima con las explosiones de los potentes motores. Dakar con sus muchachas altas y delgadas como lianas, en vaqueros, peinadas como Beyoncé o Rihanna, caminando con indolencia y gracia, junto a madres y tías con vestidos brillantes. ¡Dakar, ciudad superpoblada, en la que los barrios tradicionales desaparecen bajo el frenético asalto del cemento y el cristal! Dakar, la ciudad que se enfada como una amante deseada durante demasiado tiempo y se tiende en una languidez que le resultará fatal.

Dakar se ha convertido en esta megalópolis, engullida por un éxodo rural masivo, con barrios periféricos que crecen como setas. Es también el refugio de todo esos hombres, mujeres y niños que han dejado su país para seguir sus sueños e ilusiones y acaban a menudo en las calles, con manos tendidas que enervan a más de uno. ¡Dakar no es nada más que desilusión! ¡Dakar ahoga y se sofoca! Dakar, donde el océano furioso de las construcciones salvajes, que devoran playas y costas, corta sus flancos antaño dibujados como labios carnosos. Dakar, en otro tiempo ciudad embrujadora, se ha convertido en un monstruo que se derrumba sobre sus barrios periféricos, extendidos hasta donde el ojo alcanza sobre los pantanos, las montañas de basura y las aguas estancadas. Dakar, la ciudad de luz, está sepultada en una peste y una humedad indescriptibles. Se ha convertido en un invernadero que ahoga a sus incondicionales. ¡Pero el corazón de Dakar bate y vive intensamente, al ritmo del sabar y del djembé, del hip-hop y del rap, de las carcajadas!

Sus mañanas son aún deliciosas, y sus tardes bullen con las luces y cláxones de los coches. En las paradas de autobús, de car rapide o taxi clandestino, las masas huyen de la ciudad para volver a sus barrios, lejos del centro, y recuperar otra dimensión, más sosegada, quizás más humanamente tranquilizadora, pero a menudo hundida en la oscuridad de los cortes eléctricos intempestivos, que funden televisores y neuronas y lanzan a unos y otras en un torpor agobiante. Y en lo más profundo de la noche, a lo lejos, Dakar, pícara, centellea a lo largo de sus costas invadidas por los restaurantes y las discotecas encantadas por otro mundo, el de Dakar by night. A pesar de todo, Dakar sigue siendo la ciudad de todas las pasiones y todos los deseos. ¡Sobre todo los míos!

 

Las fotografías de este capítulo pertenecen a Mamadou Gomis.

Ken Bugul
Ken Bugul

Ken Bugul, «la que nadie quiere», es el seudónimo de Mariètou Mbaye Biléoma, novelista senegalesa, autora de obras como El baobab que enloqueció, en las que usando la autobiografía explora los dilemas de las mujeres en la diáspora senegalesa y la herencia colonial.