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LA CHINA DE AMÉRICA

Hitos y corrientes de la historia paraguaya
Ignacio Telesca

LA CHINA DE AMÉRICA

Hitos y corrientes de la historia paraguaya
Ignacio Telesca

Cuando el escritor Augusto Roa Bastos —Premio Cervantes en 1989— dijo que «el infortunio se ha enamorado de Paraguay», generó un aforismo tan certero como pesimista, uno que parece resumir la historia de su país natal en el espacio entre dos suspiros. 

Sí, a veces se pueden ver siglos de historia en una frase. Y Roa Bastos sabía de lo que hablaba: su obra más recordada, Yo el Supremo, tiene como figura central a José Gaspar Rodríguez de Francia, quien rigió con puño de hierro Paraguay de 1814 a 1840.

Las fechas de los libros son puntos de agarre para comprender esa historia multiforme, pero también existen por debajo de los hechos otros elementos: paradojas, tendencias, revisiones. Las famosas rimas de la historia, incluso. Para acercarnos a la biografía de Paraguay, proponemos una combinación de ambos. De línea de y color, por usar términos del arte plástico. La línea nos la aporta la timeline interactiva que permite revisar los puntos salientes de la historia paraguaya; el color nos lo da la amplia visión de Ignacio Telesca, coordinador de una completa Historia del Paraguay (Taurus, 2010). 

 

Creo que el Paraguay es desconocido por varias razones, pero principalmente porque es uno de los países más pobres del continente, con todo lo que trae aparejado esa realidad. Si bien en los últimos años se ha dado un crecimiento económico en base a la exportación de soja y carne, este crecimiento no llegó al resto de la población. Según datos oficiales (Encuesta Permanente de Hogares del 2013) una tercera parte de la población está empobrecida y una quinta empobrecida extremadamente. Para la CEPAL, para el mismo año, los primeros representaban la mitad de la población y los segundos el 28%. Estos datos significan, en pocas palabras, mala educación pública, mala salud pública, etcétera.

Hay otras razones también, como que fue un país receptor de poca inmigración europea, por lo que las relaciones y los conocimientos fueron menores. Cuando se comienza a producir la ola migratoria importante, a fines del siglo XIX, el Paraguay salía de una guerra total, la Guerra de la Triple Alianza, en la que su población se había sido reducida a menos de la mitad y su economía había sido destrozada. No era éste un lugar ideal para un inmigrante pobre, aunque sí para los capitalistas que compraron gran cantidad de tierra y se fueron creando los grandes latifundios dedicados a la explotación de la yerba mate (como la Industrial Paraguaya) y a la extracción del tanino de los quebrachos (como la Carlos Casado).

El hecho de ser un país mediterráneo —sin salida al mar—y siempre bajo la atenta mirada de sus grandes vecinos tampoco ayudó mucho a su desarrollo interno y difusión. La guerra de Paraguay contra la Triple Alianza (Brasil-Argentina-Uruguay) que se desarrolló entre 1864 y 1870 marcó un antes y un después en la historia de las relaciones entre los países involucrados, y el perdedor sintió y experimentó que su derrota en la guerra se continuaba en su dependencia económica y política respecto a una u otra potencia regional.

Sin lugar a dudas, tampoco se puede dejar de mencionar como causa de este desconocimiento a la larga dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989). Por un lado, no todos los países estaban interesados en intimar con un gobierno así (salvo la Sudáfrica del apartheid y Taiwán, hasta hoy). Por otro, el regimen protagonizó un ataque sistemático a todo centro de pensamiento y se dedicó a la cooptación de las dos únicas universidades existentes entonces, la Universidad Nacional de Asunción y la recientemente creada (en 1960) Universidad Católica.

El tema de las binacionales es uno de los puntos en donde la desigualdad queda de manifiesto. Los tratados entre ambos países (Brasil-Paraguay en Itaipú y Argentina-Paraguay en Yacyretá) siempre fueron perjudiciales para el Paraguay, e Itaipú es más evidente (el precio de compra de la energía paraguaya por parte de Brasil no es el del mercado sino mucho menor). Sin lugar a dudas, hoy empresas brasileñas tienen una participación muy fuerte en la economía paraguaya (no sólo por la soja, sino también a nivel bancario, combustible, etcétera).

A partir de los 60, hay una brasilerización del Paraguay. Precisamente hay una historiadora estadounidense que está trabajando la manera en que dicho fenómeno se hace visible (los gustos culinarios, por ejemplo).

Y es ante empresarios brasileños que el actual presidente, Horacio Cartés, utilizó la poco feliz expresión «usen y abusen del Paraguay», dando a entender que deben aprovechar las ventajas comparativas que se les ofrece (entiéndase un casi nulo nivel impositivo).

El tema de los jesuitas es un punto más que interesante, y por varios motivos. La experiencia de las misiones con guaraníes que la Compañía de Jesús tuvo en estas partes es más que conocida allende las fronteras, y ya desde los siglos XVII y XVIII.  La bibliografía es inmensa y se renueva constantemente. Sin embargo, la única obra escrita sobre el tema por un historiador paraguayo fue hace más de cien años, en 1897. Blas Garay fue el encargado de prologar la traducción castellana de la obra de Nicolás del Techo, y ese largo prólogo se convirtió ese mismo año en libro (El comunismo de las misiones de la Compañía de Jesús, Madrid, Imprenta de Tello).

Esto tiene una explicación. Tras la Guerra de la Triple Alianza (y siempre hemos de volver a la guerra) el país tuvo reconstruirse casi de la nada. Y también a nivel identitario tuvo que reconfigurarse: ¿Qué era el Paraguay, qué significaba ser paraguayo?

Los vencedores tenían su versión: «La civilización había vencido a la barbarie». Incluso lograron que el Parlamento paraguayo aprobase una ley en 1871 en la cual se declaraba al Mariscal Francisco Solano López, que había dirigido el país durante la guerra, «asesino de su patria y enemigo del género humano»

Cuando se preguntaban sobre por qué el pueblo paraguayo había soportado la tiranía de Solano López, encontraban la respuesta en la Compañía de Jesús: los jesuitas habían enseñado a los paraguayos a vivir en la obediencia y el sometimiento.

Pero tras un tiempo la juventud intelectual comenzó a cuestionar esta identidad impuesta por los vencedores y a reescribir la historia. Blas Garay, que cuando escribió su obra tenía apenas 24 años, se ocupó de los jesuitas. Él planteaba —además de despotricar contra la Compañía— que los paraguayos nada habían heredado de los jesuitas, pues tras la expulsión los indígenas se regresaron a los montes y (esto es muy importante) los jesuitas no habían basado su sistema de misiones en la cultura guaraní, sino que era algo traído desde fuera e impuesto por la orden.

Es decir, no sólo no habían dejado nada (salvo ruinas y árboles de naranjas, diría otro miembro de esa generación, Manuel Domínguez) sino que nada tienen que ver sus reducciones con la cultura guaraní. Por lo tanto, la historia del Paraguay nada tendría que ver con las misiones jesuíticas.

Por supuesto que tanto la acusación de los vencedores de la guerra como la reconstrucción de Garay son sinsentidos historiográficos. Primero porque las misiones no sólo estaban en la Provincia del Paraguay sino también (y ocupando mayor espacio geográfico) en la del Río de la Plata; por lo que si su educación en el sometimiento y la obediencia hubiese sido tal (y la Guerra Guaranítica de mediados del siglo XVIII dejaría bastante dudas sobre este punto), se hubiese manifestado tanto en Asunción como en Buenos Aires.

Por otro lado, los censos realizados a fines de la colonia lo que dejan de manifiesto es precisamente que los indígenas de los pueblos jesuíticos, tras la expulsión de la Compañía en 1767, no se fueron al monte sino que se mezclaron con el campesinado pobre de derredor.

Pero al margen de la veracidad historiográfica, lo importante es comprender cómo la historia del Paraguay se escribió al margen de los jesuitas, como dos compartimentos separados. En este mismo «pecado historiográfico» caen muchos de los que se dedican al tema de las misiones jesuíticas, que abordan el tema como una unidad totalmente desconectado de su realidad colonial. Pero éste ya es otro tema.

Sin lugar a dudas, la historia del Paraguay está marcada por las guerras, desde la época colonial hasta el siglo XX. Cuando desde el centro español se percataron que en el Paraguay no irían a encontrar ni oro ni plata, dejaron a la novel provincia abandonada a su destino. Perteneciente al Virreinato del Perú, el Paraguay no era sino el confín de los confines. No hubo migración europea tras 1575, la moneda metálica recién se comenzó a utilizar a fines del siglo XVIII y la defensa de la Provincia corría por cuenta de la misma población del Paraguay. El historiador Juan Carlos Garavaglia fue quien llamó la atención sobre la militarización de la sociedad campesina, que año tras año tenía que dedicar meses a la defensa de las fronteras.

Al mismo tiempo, las misiones jesuíticas tenían su propio ejército que era utilizado por la corona española para la defensa y para «poner orden» donde hiciera falta al interior de las provincias.

Estar en armas era algo natural para la población del Paraguay colonial, lo que permaneció tras la declaración de la independencia en 1811. Recordemos que Buenos Aires, la antigua capital del recientemente creado (1776) Virreinato del Río de la Plata, quería mantener el territorio del virreinato bajo su égida. Paraguay no se sumó sino que se independizó tanto de España como de Buenos Aires. La provincia del sur no reconoció la independencia del Paraguay, la asumía como provincia rebelde y le hizo una guerra comercial. La respuesta paraguaya fue la de cerrar sus fronteras y clausurarse  y depender del autoabastecimiento. La independencia fue recién reconocida en 1852 y doce años más tarde se iniciaba la Guerra contra la Triple Alianza.

No creo sin embargo que el Paraguay se haya pensado como una «Prusia» [pensando en el modelo de país pequeño y belicoso] sino más bien como la «China» de América, en base a ese aislamiento antes mencionado. Ahora bien, también es cierto que, tras el reconocimiento de la independencia en 1852, y gracias a la posibilidad de utilizar el río Paraná para el comercio, el Paraguay experimentó un desarrollo económico que fue orientado a lo que hoy llamaríamos la industria militar: un arsenal, una fundición de hierro, telégrafo y ferrocarril, entre otros emprendimientos. ¿Se preparaba para un futura guerra? Quaestio disputata. A lo mejor se seguía la máxima latina: «Si vis pacem, para bellum».

La guerra del Chaco contra Bolivia (1932-1935) vino a lavar las heridas y poner de manifiesto lo que los autores nacionalistas, como Juan E. O’Leary, sostenían sobre el heroísmo paraguayo, del invicto vencido (como magistralmente retrata la historiadora Liliana Brezzo).

No deja de ser sintomático que cuatro presidentes tras la guerra fueran militares y ex combatientes de la misma: Rafael Franco (1936-1937), José Félix Estigarribia (1939-1940), Higinio Morínigo (1940-1948) y Alfredo Stroessner  (1954-1989). 

El Chaco es un tema complicado, porque tendríamos que comenzar a escribir la historia desde los pueblos indígenas, como está intentando hacer el grupo de Hannes Kalisch en su obra Wie schön ist deine Stimme, en que se recoge los relatos de los ancianos Enlhet sobre su propia historia desde antes de la llegada de los menonitas, desde antes de la Guerra del Chaco.

El Chaco, hasta mediados del siglo XX, perteneció casi exclusivamente a los pueblos indígenas que allí vivían. Hubo intentos de penetración y colonización, pero siempre frustrados, salvo algún que otro fortín o villa a orillas del río Paraguay. Es tras la Guerra contra la Triple Alianza y en especial tras la Guerra del Pacífico (1879-1883, de Chile contra Bolivia y Perú) cuando el territorio del Chaco comenzó a cobrar un interés inusitado.

Argentina quería ese territorio tras la guerra. Después, Bolivia, necesitada de una salida al mar, quería hacerse con una de las costas de río Paraguay. Los documentos coloniales no eran muy claros sobre a qué gobernación le correspondía dicho territorio o hasta dónde llegaba una y otra…

En el ínterin, el gobierno boliviano logró que la congregación católica Oblatos de María Inmaculada se internara en el Chaco a evangelizar indígenas (con el plácet del Vaticano) y el gobierno paraguayo logró que los menonitas también se instalaran en ese mismo territorio para colonizar. Ambas experiencias convivieron en la década del 20. En la del 30 estalló la guerra.

Tras la guerra, el Chaco siguió siendo un territorio olvidado por el Estado paraguayo; unas 150.000 personas viven en 246.931 km2. Casi el 2,5% de la población total en el 60% del territorio nacional, en una tierra que a día de hoy está siendo vendida a grandes inversores extranjeros en el negocio de la soja, el ganado y la madera.

El tema indígena es un punto más que importante en la historia del Paraguay. Sin lugar a dudas, muchos y diversos pueblos indígenas vivían en lo que hoy es Paraguay.  Los indígenas del Chaco no se vieron afectados grandemente por el Estado, sea colonial sea republicano, sino hasta entrado el siglo XX. En la región oriental, por el contrario, donde vivía pueblos de origen guaraní, se vieron ampliamente afectados.

Una mención de interés: fue la antropóloga Branislava Susnik, fallecida en 1996, quien, desde el Museo Etnográfico Andrés Barbero de Asunción, más luz brindó sobre la población indígena previa a la presencia europea.

Una vez instalados los colonizadores, los guaraníes, y en especial las mujeres, comenzaron a ser explotados de forma brutal. Luego se instituyeron las encomiendas y los pueblos de indios, lugares exclusivos de población indígena. Dentro de este grupo están las misiones jesuíticas, pero con la diferencia que la población de estas misiones no estaban encomendadas a encomenderos paraguayos sino directamente a la Corona. Esto significaba que pagaban sus tributos en especies o en moneda directamente al rey, a diferencia de los indígenas de los otros pueblos, que tenían que servir durante meses a sus encomenderos pagando en trabajo.

Según un censo de 1761, las 2/3 partes de la población eran indígenas y vivían casi exclusivamente en los pueblos de indios (incluidas las misiones jesuíticas, de las cuales 13 pertenecían al obispado de Asunción y 17 al del Río de la Plata). Una vez expulsados los jesuitas (en 1767/8) la mitad de la población de sus misiones las abandonó y pasó a vivir entre el campesinado pobre, y a ser tenida en el siguiente censo, de 1782, como «española». En ese censo queda claro cómo los indígenas habían pasado a representar sólo el 30% de la población; porcentaje que irá disminuyendo con el correr de los años.

Los pueblos de indios, sin embargo, seguirán existiendo hasta que en 1848 el presidente Carlos Antonio López decreta su extinción, junto con la ciudadanización de los indígenas. En otras palabras… a partir de 1848 no hay más indígenas en el Paraguay —sin tener en cuenta a los que vivían en el Chaco, que aún no habían sido sometidos al poder estatal—.

Cuando tras la Guerra contra la Triple Alianza el Estado comienza a vender las tierras fiscales a grandes empresas extranjeras, las vende con indígenas adentro. Estos indígenas vivían aún en el monte y no había sido afectados por el Estado. Son estos grupos, más lo que viven en el Chaco, los que conforman hoy el 2,5% de la población considerada indígena en el Paraguay.

Entonces, aunque el grueso de la población se fue nutriendo con la de origen indígena, desde el punto de vista jurídico, ésta jurídicamente era considerada como española y luego paraguaya.  De hecho hay un desprecio notorio hacia los pueblos indígenas con los consabidos esterotipos.

La larga duración de la dictadura se debe a muchos factores, pero en este caso, en cuanto causa internacional, yo lo pondría muy en relación con el apoyo de los EE.UU. Un apoyo que ya venía de la década previa, cierto, pero que se hace más importante con Stroessner y tras la Alianza para el Progreso. Sin ese apoyo no hubiese tenido el régimen la capacidad de cooptación que demostró.

35 años de dictadura dejan su marca. Generaciones se formaron con ella, y no hubo un golpe de estado el 2/3 de febrero de 1989, sino un golpe palaciego, un punch. Se hizo que el sistema electoralista, nunca suprimido, fuese un tanto más transparente. Pero los mismos que estaban antes del 89 continuaron estando, y continúan, si no ellos sus hijos o descendientes. El Ministro de Defensa actual, Soto Estigarribia, formaba parte de la escolta de Stroessner. Y el de Relaciones Exteriores, Loizaga, era miembro de la Liga Mundial Anticomunista con participación activa durante la dictadura pasada. Tal es así, que su primera intención fue nombrar a Alfredo (Domínguez) Stroessner, nieto, como embajador del Paraguay ante Naciones Unidas —Goli Stroessner cambió su apellido para ser igual a su abuelo, fue senador y en su campaña utilizaba un cuadro de su abuelo—.

El Ministro de Obras Públicas es hijo de uno de los que más se beneficiaron con Itaipú, y el Procurador General, hijo de otra persona muy ligada a Stroessner, fue parlamentario durante la dictadura y embajador en Brasil durante los años del Operativo Cóndor. La lista puede seguir, pero este «botón» nos sirve de muestra de cómo la situación no cambió tanto.

Ignacio Telesca
Ignacio Telesca

Estudió Historia en la Universidad de Oxford (BA and MA in Modern History) y se doctoró en Historia en la Universidad Torcuato di Tella de Buenos Aires. Es investigador del CONICET (Argentina) y docente en la Universidad Nacional de Formosa.