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LA PENÍNSULA DESHIDRATADA

Dakar ayer y hoy
Boubacar Boris Diop

LA PENÍNSULA DESHIDRATADA

Dakar ayer y hoy
Boubacar Boris Diop

Yaoundé, capital sin agua donde llueve sin cesar… Este es el rabioso título del último texto del novelista camerunés Mongo Beti. Yo podría decir casi lo mismo de Dakar, mi península natal, rodeada por las olas del Atlántico pero cada día un poco más torturada por la sed, y en la que los habitantes ni ven ni sienten jamás el azul inmenso del océano. Esta «evaporación» del gran azul es aún más chocante porque nos ha cogido a todos por sorpresa. Ha sido como despertarse una mañana y darse cuenta, al intentar abrir la ventana, de que tus vecinos habían tenido, mientras dormíais, la genial idea de tapiarla.

¿Pensáis que exagero? Tenéis razón: hablo bajo el efecto de la cólera. En realidad, el desastre actual no nos ha caído encima de un día para el otro. No, no podemos decir eso. En estas últimas décadas, hemos visto a dudosos promotores inmobiliarios, cabrones bien vestidos y de buenas palabras, robar el horizonte a golpe de grandes hoteles y restaurantes en la Corniche. Y por extraño que pueda parecer, chicos de Pyonyang, orfebres de todos los delirios megalómanos, vinieron a hacernos tragar, como yo no sé qué tipo de castigo divino, un patético «Monumento al Renacimiento». Se suponía que debía ser, para Dakar, el equivalente de la Torre Eiffel o de la Estatua de la Libertad. No lo será en absoluto. Hoy en día, no pudiendo destruirlo —¡costaría demasiado caro!— se lo enseñamos a los turistas esperando que ninguno de ellos se muera de la risa en el sitio. Hasta qué punto nuestros políticos, sobre todo los de la época de Abdoulaye Wade, han contribuido a este caos... Y, de nuevo, nada de eso se hizo a escondidas. Les hemos visto con nuestros propios ojos privar a la ciudad de su savia con la excusa de modernizarla.

Y por lo que a mí respecta, diría que han (literalmente) apuñalado a mi infancia por la espalda. 

 

Se suponía que el Monumento al Renacimiento debía ser nuestra Torre Eiffel o Estatua de la Libertad. No lo será en absoluto

 

Al principio, sin embargo, Dakar era como el sueño de un chaval…

Tenía cinco años cuando la ciudad llegaba sólo hasta las fronteras de nuestro barrio popular, populoso y renombrado entre todos los demás, la Medina. Es cierto que, siendo antaño el reino de los chacales —till, en wólof— no la llamaban Tilleen porque sí. Y aún así había acabado por atraer todas las energías, aunque, claro, su hegemonía no era aceptada por todos. Aquí y allá había barrios antiguos o poblados de pescadores lebus —Ngor, Ouakam y Yoff— tremendos fanfarrones, que intentaban hacerse pasar por el Dakar auténtico. ¡Qué pretensión! A nosotros eso nos hacía reír. Estaban lejos de todo, esos medio bandidos, y la tenebrosa no man’s land que llevaba hasta sus pueblos estaba, decíamos, habitada por todo tipo de bestias inmundas, por no hablar de los djinn y otros bandoleros. Nuestros padres nos prohibían aventurarnos por allí, tanto de día como de noche. Nos empujaban literalmente en la dirección opuesta, hacia el barrio que sus habitantes, los toubab —que nosotros llamábamos también, con malicia, los «orejas rojas»— habían bautizado, vete a saber por qué, Plateau (la meseta). Allí había casas amarillas o blancas con portalones metálicos y techos rosados, bien alineadas frente a parterres floridos, y el aire marino te acariciaba tiernamente los pulmones. No eran tontos, esos blancos de la colonia. 

 

En Plateau había casas amarillas o blancas con portalones metálicos y techos rosados, bien alineadas

 

La historia de la creación de la Medina, hace exactamente un siglo en este año de 2014, es, hay que admitirlo, poco gloriosa e incluso casi humillante. Mientras escribo estas líneas, las radios y televisiones del mundo entero no hacen más que repetir una palabra: ébola… Los eternos aleccionadores, noblemente vestidos con su amor por el género humano, no dejan de poner a nuestro país en guardia contra la tentación de marginalizar a los enfermos. Bueno, dicho sin mala voluntad, cuando se declaró una epidemia de peste en Plateau, en 1914, un gobernador llamado William Ponty hizo que se expulsase inmediatamente manu militari a todos los negros. Pero ya que éstos, nuestros padres, estaban al servicio de los toubab —eran empleados de los comercios, de la administración o del servicio doméstico— era necesario seguir teniéndolos a mano. Así que se les permitió que se instalasen alrededor de Plateau, pero tampoco demasiado cerca…

Así nació la Medina, bajo el signo de una cohabitación ambigua con los conquistadores. En el fondo, para los medinenses, la vida de los toubab era una fiesta perpetua, y nosotros éramos los espectadores, a la vez fascinados y frustrados. Algunos chicos mayores, que ya eran más o menos comunistas, murmuraban con una suerte de cólera sorda pero celebratoria que esos galos estaban locos: rodeados como estaban, ¡sería tan fácil lanzarlos todos al mar cuando llegase el Día de la Revolución! 

 

Isla de Gorée.

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Recuerdo menos de nuestros baños que del pescado, sardinas, lenguados, camarones, que nos asaban en el sitio...

 

Dakar, mi península natal, rodeada por las olas del Atlántico pero cada día un poco más torturada por la sed, y en la que los habitantes ni ven ni sienten jamás el azul inmenso del océano

 

Nosotros éramos niños, cruzábamos la frontera entre los dos mundos sin problemas y, una vez en territorio enemigo, aparte de algunos perros guardianes ladradores y malcriados, nadie se interesaba por nuestras menudas siluetas. Todo el mundo sabía que nosotros íbamos a la Anse Bernard o a Terrou Baye Sogui, nuestras dos playas preferidas, justo frente a la isla de Gorée. Me recuerdo menos de nuestros baños que del pescado —sardinas, lenguados, camarones— que nos asaban en el sitio. Recuerdo sobre todo de los erizos de mar. Pequeñas bolas negras erizadas de dulces espinas sin nada, realmente nada que comer dentro. Aún así, yo no necesitaba probar su carne escasa pero tierna para volverme loco como con el más exquisito de los manjares. Lo que me encantaba, lo que hacía enloquecer a mis papilas, era oírlas crepitar sobre el fuego y oler su perfume indefinible, venido como de otro universo, sin duda el de los genios marinos.

Nosotros no sabíamos, claro, que la Anse Bernard era, a su modo, un lugar histórico: en 1816, había servido de refugio a los náufragos de la Medusa. En cambio, el nombre de Yaadikone Ndiaye nos era muy familiar. ¡Era un forajido mítico que desafiaba el orden colonial, desplumando a los ricos para dar de comer a los pobres! Se contaba que uno de sus escondrijos se encontraba justamente en la playa de Terrou Baye Sogui, en algún lugar entre los huecos de las rocas… ¡Pero silencio! Sobre todo no había que decir nada, por miedo a que los «orejas rojas», a quienes volvía literalmente locos de rabia, detuvieran a nuestro «Gran Yaadi». ¡Tantas les había liado, sí! ¿Que lo encerraban en la siniestra prisión de Gorée? Yaadikone se escapaba y volvía a Dakar nadando, escoltado, decíamos —¿pero qué no decíamos?— por mil bestias marinas que entonaban cánticos para alabarlo. Y claro, aunque le disgustase a Gorgui Mbodj, él era el verdadero Rey de la Medina. Algunas noches, forzaba las puertas de las salas de cine y ordenaba al propietario, a menudo un toubab o un libanés completamente aterrorizado, que nos dejase entrar gratis a los niños, y si no vete con cuidado, amigo mío. Yaadikone nos adoraba, y no podía soportar que esa gente codiciosa nos robase nuestra ración de sueños. Y es por esto que, una vez convertido en el turbulento y genial cineasta que conocemos, Djibril Diop Mambety no ha dejado nunca de reconocer su deuda con Yaadikone Ndiaye, llegando incluso a ponerle su nombre a su Fundación para la defensa… ¡de los niños! ¿Es o no bonito ?

Cuando ya no hubo ni peste, ni cólera, ni colonización, la barrera que mantenía la Medina bien separada de Plateau se derrumbó.

 

Nosotros éramos niños, cruzábamos la frontera entre los dos mundos sin problemas

 

El comienzo del fin, vamos. Una suerte de éxodo rural interior. La obstrucción de Plateau. La obstrucción de la Medina. Entonces, el gobierno, un poco enfadado, dijo: esto no puede seguir así, el general De Gaulle, allá en Francia, acaba de darnos amablemente la independencia, no seamos ingratos, hagamos un esfuerzo para no decepcionarlo. Y esa fue la avalancha hacia los nuevos barrios, SICAP y HLM, con sus apartamentos no muy caros. Se dilapidaron sumas colosales, porque como todos saben, cuando va bien la construcción todo lo demás va bien. Y con esos inmuebles, cada vez más cerca de las nubes, nuestros ojos deslumbrados vieron el desarrollo crecer en cada esquina, como las setas tras la lluvia. Sin embargo, esos apartamentos de dos habitaciones eran mucho más pequeños, las calles se vieron rápidamente invadidas por un exceso de almas. Las parejas, a menudo jóvenes, podían elegir entre tener menos hijos o aumentar, contra lo dictado por el sentido común, el número de habitaciones de sus casuchas: optaron por lo segundo. Cada hogar se convirtió en un sombrío laberinto en el que se entraba y se entraba y se entraba. Imagino que, al principio, algunos funcionarios celosos blandieron los rayos de la Ley. Pero no fue nada difícil pararle los pies a esos cándidos patriotas. ¡Vaya idea divertida, que haya que respetar las reglas! Resultado de la carrera: las nuevas ciudades, concebidas para aislar los barrios de chabolas, fueron el origen de su metástasis.

La ciudad se convirtió en algo proteiforme, sin cabeza ni cola, enrollada al infinito alrededor de su propia nada. Y los «barrios flotantes», como se les llama con una pizca de perplejidad, han seguido galopando cada vez más lejos por delante, sometiendo toda Dakar a un dramático enredo. Muy lejos del centro nacieron Grand-Medina, Diamalaye y sobre todo Parcelles Assainies («Parcelas saneadas»), de nombre tan engañoso... Si un extranjero lee la palabra «barrio» en un periódico senegalés, ha de saber que es de estos lugares de los que se habla. Encuentro en sus habitantes un cierto orgullo de barrio, muy parecido al nuestro, el de la Medina. No es una simple coincidencia: es en nuestro barrio donde empezó su loca huida hacia otros lugares. Y en ellos ha nacido un caos tan peligroso que año tras año muchos editoriales dan la voz de alarma sobre el tema: ¡Cuidado, esa ciudad nos va a saltar a la cara! Nadie les escucha. Inmuebles ilegales asaltan los cielos día tras día y, con una suerte de fatalismo trágico, todos nos hemos resignado al espectáculo de una ciudad inaudible a fuerza de ser histérica pero también enmascarada, impenetrable a nuestras miradas por una espesa cortina de humo y polvo. 

 

Los «barrios flotantes» han seguido galopando cada vez más lejos por delante, sometiendo toda Dakar a un dramático enredo

 

Miles de mecánicos, carpinteros, tapiceros y vendedores se disputan cada metro cuadrado de acera mientras que los pequeños mendigos, los talibés, se cuelan entre los taxis clandestinos y los autobuses «Ndiaga Ndiaye» para sacar dinero de su malestar. Yo creo que ni «Grand Yaadi» habría podido hacer algo por ellos.

Este fiasco urbano me da siempre la amarga sensación de un mal vivir no merecido.

Siempre podemos consolarnos de esas angustias existenciales con el recuerdo de los años felices. Y si alguien me pregunta con tono burlón: «¿No eres un poco viejo de más para seguir llamándote "niño de la Medina"»? yo responderé sin alzar la voz: «Tú no estabas allí. Se es "niño de la Medina" del primer al último día de tu vida…»  

 

Las fotografías de este capítulo pertenecen a Mamadou Gomis.

Boubacar Boris Diop
Boubacar Boris Diop
Novelista, ensayista, dramaturgo y guionista, también fue director del rotativo Matin de Dakar. Sus obras, como África desde el otro lado del espejo o El osario, están llenas de tragedias y esperanzas humanas. Escribe en francés y wólof. Es miembro del Foro Social Africano y lo representó en el FSM de Porto Alegre, en 2003.