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MOSAICO PARAGUAYO

Volver a sentir la infancia
Cristian David López

MOSAICO PARAGUAYO

Volver a sentir la infancia
Cristian David López

El regreso a casa

 

Ulises estuvo fuera de Ítaca veinte años. Yo me fui de Paraguay cuando tenía veinte años. Seis años después vuelvo a verlo, vuelvo a sentir su aire tropical, los recuerdos de mi infancia se vuelven a activar en mi memoria como por arte de magia.

Mi ciudad no ha cambiado nada. Parece ser que me ha esperado tal como yo la dejé, para que no la confundiera con otra. Las mismas calles con baches, siempre el mismo caño roto por donde sale agua a borbotones, el mismo mango que en pleno agosto florece en una esquina. Eso sí, las calles están menos sucias que antes.

La noche se llena de ladridos. Me retiro a mi habitación, apago la luz. En la oscuridad abro los ojos, y soy feliz. Mañana volveré a nacer, pienso. 

 

Perderse para reencontrarse

 

Es mi primer amanecer en Asunción. El canto del pitogüe me despierta a las seis de la mañana. Como en mi niñez, cuando tenía que ir a la escuela, canta puntual.

El día brilla en las hojas de los árboles, en los colores de las flores, en el charco que se ha formado en medio de la calle. En los baldíos, la luz del sol traspasa las hojas de los árboles y un millar de colores se forma en el aire. Los pájaros se estorbaban unos a otros, todos quieren cantarme a la vez, son los primeros que me saludan este día.

Camino embelesado, mirando todo con ojos nuevos. De pronto llego a la avenida Cristobal Colón, por la que transitan a toda velocidad los colectivos destartalados, como Terminators errantes, dando bocinazos. Pasan dejando como estela un humo negro, que en la tarde llega a ser asfixiante. Hay que tener cuidado para cruzar las calles, nadie pisa el freno para dejarte pasar a la otra acera. Y aun más cuidado al bajarse de los colectivos; muchas veces reanudan la marcha y corres el riesgo de estrellarte contra el asfalto. Para viajar con seguridad parece que habría que ir provisto de coderas, de rodilleras y de cascos.

Pero la mejor forma de conocer la ciudad es caminando y perdiéndose para volver a encontrarse en ella.

El frío dura poco en Asunción. Dos o tres días de agosto y el calor vuelve a posarse en la calles, a recorrerlas como un perro hambriento. Por eso las flores del lapacho florecen antes de primavera, se confunden de estación.

 

Viaje al pasado

 

Poco antes de llegar al puerto de Asunción me encuentro con la calle Palma, una de las más turísticas de la ciudad. La mañana huele a chipa, ese pan hecho con una mezcla de maíz y almidón de mandioca, y a cocido negro, que nos ofrecen con su temprana sonrisa las vendedoras. El cocido negro se hace quemando un poco de azúcar con hierba mate, que le da un aroma y sabor especiales, antes de añadir el agua y a veces incluso algunas brasas.

Al contrario que otros sudamericanos, «el paraguayo gusta del mate al modo clásico», ha dicho Carlos Zubizarreta, «amargo siempre y en porongo», esto es, en una especie de calabaza que se usa como vasija. En la actualidad se prefiere, como kaygua o recipiente, un vaso de palosanto. 

Un niño canillita grita en voz alta los nombres de los periódicos. En la otra acera, otro niño descalzo, con su remera del Cerro Porteño, le lustra los zapatos a un señor que lee parsimoniosamente el periódico, con un cigarrillo en la mano; es un niño sonriente que tiene cara de adulto.

Quizá estos niños sean el hombre de la casa, el que tiene que llevar algo para la mesa familiar. De ellos dependerán la madre y los hermanos. En este país tener hijos es un buen negocio, aún hoy en día.

Sentadas en el suelo, unas indias que, como Penélope, tejen un albornoz multicolor, un bolso, unas pulseras... Me miran pasar, ven en mi rostro la curiosidad con que lo observo todo. «Vaya, una cara nueva, un forastero por aquí», pensarán. En sus ojos veo el pasado de mis ojos, me enorgullezco.

En la calle Palma abundan las casas de cambio. También hay cambistas ambulantes. Huelen al extranjero o al paraguayo que viene de fuera. Saben, como buenos sabuesos, cuándo llevamos encima dinero de otro país.

—¡Cambio!, ¡cambio!— gritan, y nos salen al paso con su riñonera hinchada.

No me fío de ellos. Prefiero entrar en una de esas casas de cambio donde te entregan factura y puedes reclamar. Y no corres el riesgo de que te den billetes falsos. 

 

La plaza Uruguaya

 

Al final de la calle Palma se encuentra la plaza Uruguaya. En ella están unas de las librerías más importantes del país, Servilibro y El lector.

La plaza Uruguaya está enrejada. «La última vez que la vi, hace siete años, no estaba privatizada», pienso.

Pregunto a los que se sientan en los bancos de la plaza por qué le pusieron rejas.

—Para que los bandidos, los campesinos, las prostitutas y los indígenas no hagan sus cosas aquí— me responden.

En el centro de la plaza está la estatua de José Gervasio Artigas, ese «jinete del escalofrío», como lo llamaba Neruda. Con elegante apostura, sombrero en mano, saluda a todos.  Aunque hoy su figura sea una sombra más del parque, antiguamente, al máximo prócer uruguayo los paraguayos y los indígenas le llamaban Overáva Karai («el señor que resplandece»).

Yo, después de haber caminado tanto, estoy sediento. Para mi suerte me encuentro con ellas, con las galoperas de labios de amapola. Me están esperando. Y allí, con las frescas aguas de su cántaro, sacian la sed que llevo conmigo desde hace muchos años. Sonrientes, bailan para mí una polka, guiada por el son del arpa paraguaya. ¡Aguyje!

 
 

El Cabildo

 

En la plaza Juan de Zalazar se encuentra el centro cultural El Cabildo, con varias salas de exposiciones dedicadas a los músicos, los ceramistas, los pintores paraguayos, y también a a los personajes históricos.

En una de las salas, los personajes ilustres retratados por Ignacio Núñez Soler me miran silenciosos. Contemplo las mejillas enrojecidas de Josefina Pla, con su aire juvenil. Me alegro de verla, y en ese instante recuerdo unos de sus versos: «Una boca tan solo / para el beso y el grito / y para la oración y la blasfemia. / Para el suspiro y la mentira, / para el perdón / y la condena».

Salvador Allende me mira al pasar desde sus gafas rectangulares. Entre los cuadros hay uno que recuerdo especialmente, Mujeres con mortero, en el que una mujer sentada, descalza y con una flor en el pelo parece machacar eternamente algo. Quizá esté preparando remedios para el tereré y tritura las hierbas refrescantes para el sediento hombre de la chacra. Las oscuras cejas y el rictus sereno de la mujer denotan cierta templanza en su actitud.

En una sala contigua expone sus trabajos la ceramista Keka Zaldívar. Una frase suya escrita en la pared dice: «Me gustaría transformar la mentalidad de tantos seres llenos de posibilidades». Sin duda, con mucha arte, imaginación y buen ejemplo lo está haciendo.

Pero la sala más conmovedora y la que más llama mi atención está en el exterior, justo detrás del Cabildo, y no parece que la exposición sea temporal, sigue allí desde hace ya mucho tiempo y parece ser que nunca van a cerrarla. Se trata del barrio de la Chacarita.

 

La Chacarita

 

Paraguay, como Brasil y Argentina, también tiene sus favelas. La más famosa de todas es la Chacarita. Se formó a partir de quienes venían del interior a la capital para buscar una vida mejor. Pero lo que se piensa en Asunción es que se dedican solo a asaltar a los transeúntes. Roban y corren a esconderse en ese lugar en el que nos aconsejan no meternos. Al parecer no pueden desalojarles.  

Mientras miro a los niños jugar, pienso: los que roban no hacen más que imitar a algunos políticos. 

 
 

En Origen e historias de Asunción del Paraguay, Gustavo Laterza Rivarola afirma que «los pobladores de Chacarita recuperaron para sí el factor ecológico que los asuncenos desecharon: el río [Paraguay] y la bahía. La cercanía del cauce les dio la posibilidad de la pesca, en una triple función de sobrevivencia, comercio y entretenimiento, mientras que la cercanía del microcentro les proporcionó la certeza del laboreo y de los bajos costos de traslado». Recorro la orilla, me adentro unas cuadras. Todas las casas son de ladrillo. Los coches de alta gama duermen impolutos mientras el polvo de la calle flota en el aire.

Todavía no he ido a ninguna cafetería, escasean, pero hay muchos kioscos en las aceras. El paraguayo, cuando tiene sed, toma el tereré, una especie de mate con agua fría. El agua suele contener hojas de menta, azafrán, cocû, cabello de ángel. Pero antes de tomar el tereré siempre es bueno comer un trozo de mandioca o chipa, se llama el terere rupa (el asiento del tereré).

 

Niños felices

 

En uno de los bancos de la plaza, frente al Cabildo, me siento a descansar de mi larga caminata por Asunción. Unos niños pasan corriendo junto a mí, como si acabaran de salir de la escuela (no sé si van a la escuela, seguramente que no). Vienen gritando en guaraní: «Quien llega último es un tonto». Un policía, muy serio, les dice algo. Uno de los niños, el más sucio, se detiene y llama al uniformado por su nombre, este sonríe y el niño se aleja corriendo. Todos se tiran en la fuente, gritan, están felices. Bajo la petrificada mirada de Juan de Salazar y Espinosa —fundador de Asunción— hacen volteretas en el aire y se zambullen en el agua.

Me alegra saber que los niños de la Chacarita aprovechan la fuente que está frente al Cabildo, ellos saben que el agua de allí es mucho mejor que la del río. Son listos, de eso no hay dudas. Para ser feliz hace falta ser listo y ser como los niños.

 

Mirador de Ita Pytã Punta

 

Ita significa «piedra», «roca»; pytã, «rojo». Ita Pytã Punta: «la punta de la piedra roja».

Por la tarde me acerco al mirador de Ita Pytã Punta. Después de seis años vuelvo a contemplar un atardecer paraguayo, vuelvo al río de mi niñez. Por esta orilla, sentado sobre alguna piedra me ponía a pescar mientras veía a este mismo sol deslizarse al otro lado del mundo. Sobre la piedra limpiaba los peces capturados y cuántas tardes contemplé sobre ella el manso fluir del río.

La tarde es tibia. Sonrío, me viene a la mente mi primer mandi’i, cuya piel plateada ilumina mi recuerdo. Este sol que tarda un poco más en ponerse parece que se alegra al verme; como Argos a Ulises, parece ser el único en reconocerme. No he dejado de ser niño, sigo sintiendo lo mismo que hace quince años, alegría. Es como si nunca me hubiera ido, es como si aún siguiera sentado, pescando y soñando, sobre la piedra de la que hoy solo quedan arenas.

Miro el ayer desde una parte de mi sueño. Soy feliz, aunque sé que tarde o temprano el tiempo erosionará también la roca más dura de mi pecho. Día a día nos estamos yendo con el río.

 

Chaco’i

 

Mientras espero en el Puerto, de la pequeña barcaza Don Guillermo II van bajando unas señoras que traen en su canasto mercancías para vender en el capital. Saludan al guardia adolescente que vigila la entrada del puerto.

Dos borrachos, antiguos trabajadores que se encargaban de descargar los barcos que venían del extranjero, respiran silenciosamente frente a un brasero, con el fuego ya extinto. Uno de ellos me mira sin verme, ni siquiera puede controlar su propia mirada. Su cabeza le cuelga a un lado, vuelve a mirar el suelo, con su mirada perdida.

—Viajeros, el próximo sale dentro de cinco minutos— grita el hombre de la barcaza.

Todavía dudo si será seguro emprender el viaje. Nadie me conoce. Nunca había ido a esta parte de Chaco’i. Pero hoy la curiosidad me invade, quiero ver Asunción desde la otra orilla del río. Me subo a la barcaza que se contonea al apoyar mi pie en ella.

Me quedo sentado en el último sitio. Solo somos cuatros pasajeros, dos militares, un pescador y yo, un forastero.

El piloto da unos giros a la manivela, el motor arranca estrepitosamente.

Mientras nos vamos alejando de la orilla, me emociono. La idea de embarcar fue improvisada. Saco mi pequeña cámara para retratar el paisaje. Los dos soldados se han dormido enseguida. El pescador se ceba el mate. El vaho que sale de la bombilla se convierte en una espiral alrededor de su nariz. Diez minutos después, pasamos frente un enorme barco hundido, abandonado en la orilla. Los colores de la chimenea —rojo, blanco y azul— siguen intactos. ¿No se parece este barco hundido a mi pequeño país? ¿Qué hace falta para devolverlo a flote, para que siga su camino?

 
 

Chaco’i, pequeño Chaco, es la zona rural que está más cerca de la capital. Desde aquí se puede ver desde otro ángulo la ciudad de Asunción. Se trata de un lugar poco poblado. Algunas de las escasas construcciones mantienen todavía las fachadas de la época colonial, ya casi derrumbadas.

Mientras camino por sus calles sin asfaltar, sobre la tierra gris, delante de mí va caminando elegantemente un terotero, ese pájaro que vaga por los piquetes chaqueños.

Chaco’i es lo más ignorado. Eso que está solo a veinte minutos de la capital. Las vacas andan sueltas, deambulan por las calles, y al no tener pastos verdes para comer, se tiran al agua en busca de camalotes.

Chaco’i es solo una luz apagada. Es una fuente, un punto turístico que necesita ser explotado. Creo que estaría muy bien que se invirtiera en esta parte del país, a los turistas les gustaría dar un paseo hasta aquí y ver Asunción, y el río, por supuesto.

Antes de volver de regreso a la barcaza Guillermo II, que me ha de llevar de vuelta a Asunción, me encuentro con un solitario pescador. Me acerco y le pregunto si ha pescado algo. Me dice que no pica nada. Me siento junto a él, le digo que quiero pescar. Me saco la chaqueta, me remango la remera y agarro una lombriz que se retuerce entre mis dedos, no quiere entregarse. Me siento sobre un tronco abandonado y contemplo silencioso el río que fluye continuamente, pero sin agotarse, solo mis pensamientos se detienen a zambullirse una vez más en el mismo río de mi infancia. Miro cómo mi nylon corta el agua. Unos pescadores pasan en canoas cerca de nosotros y nos saludan con sus grandes sombreros de campesino.

Espineleros— me dice mi callado compañero.

De repente siento un tirón en mi brazo izquierdo. Siete años después vuelvo a sentir el primer tirón de pez en mis dedos, es como un toque directo al corazón, un toque de alegría. Qué fácil le es a la vida hacerme feliz, sólo un toque hace falta. Al segundo toque intento atrapar al pez, y como un hombre de suerte, voy juntando mi nylon y el pez veloz, plateado como un cuchillo aparece en la orilla. Sus branquias rojas se abren como dos rosas rojas.

—¡Un tres puntos!— grita el pescador.

De tanta alegría que me invade no digo ni una palabra.

—Deja que yo le saque el anzuelo, no vaya a ensuciarte— me dice amablemente el pescador.

Pero yo completo el trabajo y meto el pescado en la pequeña conservadora.

No quiero abusar de mi suerte y recojo el nylon. Me despido de mi compañero. Y me alejo diciendo: Vine, vi y voy feliz.

Chaco’i, algún día nos volveremos a ver, pienso mientras embarco en el Guillermo II.

 

La carreta, símbolo de la agricultura paraguaya

 

En el puerto de Asunción me encuentro en una plazoleta uno de los símbolos paraguayos, la carreta. Al verla allí me viene a la mente una canción que dice: «La carreta es el rancho que camina, con el tiempo ha dormido en su rodar…».  

Yo, al igual que Elvio Romero, de pequeño siempre quise ser carretero. No sólo para sentirme libre sino también porque me gustaba holgazanear. Muchas veces dirigí la carreta que traía la mandioca, el maíz, el algodón, la leña, la vida…

Esa carreta es la cuna apacible donde se mece el antiguo sueño paraguayo. De la huella de la carreta nacieron todos los caminos de este país. Es símbolo de nuestra agricultura. El yugo reposa, sigue esperando al buey y al carretero que andan errantes por el mundo.

 

El Mercado 4

 

El Mercado 4 es el mercado de los pobres. Es también el alma de la ciudad. En ese lugar el sentido de la vista disfruta del variado colorido de las mercancías y el sentido del olfato se deleita con los olores de las frutas y los remedios naturales. Solo el ruido puede que nos moleste un poco, no olvidemos que estamos en un mercado. Pero yo sólo me concentro en la voz de las vendedoras, ellas son las sirenas que nos llaman con sus ofertas.

Se ha formado en este lugar un cosmopolitismo comercial. Hay vendedores de todas las nacionalidades: coreanos, chinos, árabes, africanos...

—¡Empanada de mandioca barata!, ¡empanada de mandioca barata!— pasa gritando el hombre, sin ir muy lejos.

 
 

Perderse en el Mercado 4 es la mejor forma de reencontrarse con uno mismo. Ya no veo a los escuálidos y silenciosos caballos (o borricos) arrastrando la carreta. Ahora abundan las motos y los carromotos. En este emblemático lugar, las vendedoras más amorosas te salen al paso, diciéndote con una sonrisa: «Amor, ¿qué estás buscando?… Cielo, ¿qué le podemos ofrecer? Cariño…». Ellas saben cómo subirnos la autoestima. Y como la afectividad es muchas veces efectiva, me detengo y compro algo. En una de las tantas cantinas me sirven un cocido negro con chipa, ese desayuno auténticamente guaraní. Pero cuidado, después del éxito de la película paraguaya 7 cajas, los precios han subido en este laberinto y a la vez paraíso comercial.

Los carretilleros pasan empujando carretillas, las ruedas chirrían perezosamente. Como en la película, buscan a quien llevarles hasta el colectivo o el taxi las mercancías. Al recorrer los pasillos del Mercado 4 me parece escuchar la voz de una chica que grita: «¡Correé, Víctor, correé, Víctor!». Esa voz parece que se dirige a mí, aunque no me nombre, pero un poder extraño se apodera de mis piernas, me quedo paralizado ante lo inevitable, el azar. 

 

Visita al Lago Ypacaraí (Areguá)

 

Lo que a mí me pasó al ver en un solo plano el árbol florido del tajy, el limpio cielo y el lago azul, fue un amor a primera vista. Después de contemplar este paisaje, comprendo por qué Gabriel Casaccia nunca dejó Areguá, por más que se haya exiliado a la Argentina. Su pensamiento siempre estaba por estas calles que nos llevan al lago Ypacaraí, el lago de las canciones de amor. En Areguá sus sueños seguían nutriéndose de los recuerdos, de los colores de este lugar y formaban parte de su niñez. Aquí todo es para siempre, hasta la belleza.

 
 

No he podido explicar hasta ahora lo que he sentido al encontrarme en este lugar. Da gusto pasearse por sus rincones, ir caminando desde la iglesia de la Virgen de la Candelaria y pasar por la vieja estación del ferrocarril donde ayer nomás paraban los asuncenos en los días de verano, para al final dirigirse al lago. Hay cosas que brillan ante nuestros ojos y no las vemos. Nadie puede dejar de visitar el Castillo Carlota Palmerola, cuyos dueños tenían antiguamente como guardianes del castillo a grandes ñandúes. Dentro del castillo, en un antiguo armario, están escondidos unos viejos periódicos de antes de la Guerra Grande. La monja que ahora cuida el edificio no se anima a tocarlos porque se deshacen. ¡Qué frágil es la historia en los periódicos!

Areguá también es conocida como la ciudad de la frutilla. Mientras una señora me sirve una jarra de jugo de fresa, me cuenta que hace muchos años, un vendedor de este lugar recogió unas frutillas de su pequeña huerta para venderlas en el mercado asunceno. Se marchó en el tren de la mañana, y cuando volvió al medio día, alegre compartió con sus hijos el éxito de su venta. Las frutas eran tan dulces que quien las probaba sentía la necesidad de comprarle algo. Desde entonces toda la ciudad cultiva y vende la frutilla. 

 

Un amigo

 

Algunos perros ya te quieren sin ni siquiera conocerte. Se acercan a uno con cierta timidez para hacerte compañía, como este que se acercó a mí una noche fría y solitaria en Caaguazú, mientras espera el colectivo que me iba a llevar a Repatriación.

Algunos perros tienen algo en la mirada, como si acabaran de llorar. Llevan el rabo entre las piernas, como si acabaran de ver el rostro del miedo.

Al verlo allí, tan solo, saqué mi libreta y anoté estos versos: «Rebuscando en la basura / encontré una negra flor. / Era más negra que el hambre, / era más negra el dolor. / Fui llorando por la calle / porque no encontraba a Dios.»  Quería llevarle conmigo, ayudarle. Pero yo no hice nada para darle un hogar y deseé por un instante ser ese Dios que buscaba. Allí se quedó el perro con su fría y oscura noche. Yo seguí mi camino. Soy más bandido que él. Ese perro sigue en su tierra, es más patriótico que yo.

 
 

Un lugar ya muy lejano

 

Cuando yo era chiquillo, en las siestas, mientras todo el mundo dormía, solía bandidear por el pueblo con una hondita en la mano. No conocía los videojuegos. Los ancianos me prohibían disparar a los cardenales, esas aves con una cresta roja, el pecho blanco, las alas y la espalda como el color del plomo, siempre limpios, como los hijos de la lluvia. Son aves sagradas. Los viejos me decían que Dios se iba a enojar conmigo y enviaría al viento contra mí, para llevarme muy lejos de mi tierra, si perseguía a sus cardenales. Yo nunca hice caso de aquellos consejos.

Y mírenme dónde estoy ahora, a casi diez mil kilómetros de la capital paraguaya. Cual hule que lleva el viento… Por eso, mita'i churi, no dispares a los cardenales de casco rojo, porque el viento podría llevarte a un lugar muy muy lejano. Lejos de tus seres queridos.

 

El malabarista

 

En una de las calles de San Lorenzo, en la Gran Asunción, un malabarista canta al compás del rugir de los motores, que esperan atentos ante el semáforo que se encienda el color verde. Nadie se fija en los ojos rojos del malabarista, a nadie le maravilla ya lo que hace.

El malabarista sigue cantando su pena, y sigue moviendo sus manos infinitas. Mantiene la mirada en un solo punto: conseguir algo para comer. Su boca, ese abismo, se abre al cielo mudo. La noria sigue girando en sus manos, esas manos cansadas de pedir, cansadas ya de tenderse ante las ventanillas polarizadas de los ojos que no quieren ver el color de la realidad. La miseria gira en esas manos. De alguna forma, cual ave negra, se posa también en la nuestra, y sigue y sigue su vuelo, emigra y nunca muere…

 

Primavera anticipada

 

En una mañana de agosto amanecen con nuevas flores las orquídeas de mi abuela. Todavía no es primavera, pero, como si madrugaran, sus flores han despertado abriendo, cual zarcillos de galopera, sus bellos pétalos colgantes,

Mi abuela, que tanto se alegra, trae su silleta y se sienta junto a las frescas orquídeas para tomar su cotidiano mate. Más tarde, a media mañana, pasan unas señoras vestidas de oficina y ven las flores. Le piden si no podría darles unos ramos. Mi abuela les niega con la cabeza. Pero las mujeres que ponderan tanta belleza, le ofrecen por un solo ramo doscientos mil guaraníes (más de treinta euros). Aún así mi abuela les dice que no. Más tarde, sonriente, me comenta que prefiere morir de hambre antes que dar una de sus esperadas orquídeas.

—Total, el dinero dura poco tiempo. Y a mí, que ya tengo mucha edad— dice mi abuela— me alegran más las flores.

 

Vendedoras de loterías

 

La cara de mi país (y la de muchos otros) es como la cara de esa niña que me ofrece al otro lado de la ventanilla un cupón de lotería. Estos niños nos hacen creer que ellos son los intermediarios de la suerte, pero sus ojos nos dicen lo contrario. Ellos nos miran desde su boca. Reflexiono en silencio: son víctimas del destino. La suerte no les conoce. No saben que los verdaderos intermediarios de su mala suerte, de sus pies descalzos, somos, de alguna manera, nosotros, los que apretamos el acelerador y seguimos nuestro camino sin mirar atrás. Ellos no saben que tenemos miedo a escuchar lo que dicen sus ojos, ¡ay! sus tiernos ojos que ofrecen esa suerte que ellos no conocen.

 

La luz en la lluvia

 

Me siento a esperar en la estación de Caaguazú el ómnibus que me ha de llevar de regreso a Asunción. Al día siguiente vuelvo a España. La tarde está soleada. Una anciana se sienta junto a mí. Su vestido desgastado parece haber envejecido con ella. Ni un pelo negro en su cabeza. Solo sus ojos son negros, como el carbón que viene de los pueblos campesinos. Ella también será de allá del campo, donde algún niño toca el turú para avisar que hay carne en el matadero. Ella también sabrá muchas historias de ánimas, de pomberos, de plata yguyguy o tesoros enterrados por los paraguayos, desesperados cuando la Gran Guerra... Cuánto me gustaría escucharla. Pero ni una palabra me dice. Su silencio le hace parecer una santa. Sin embargo su presencia me da cierta confianza, siento que estoy junto a una de las tantas madres que tengo por el mundo.

Unas hormigas voladoras revolotean en el aire.

Okyta. Va a llover— me dice sonriente la anciana mirando a los insectos.

Y de repente, en medio de este día soleado, flota, no cae, una lluvia fina, pero muy fina, como si fuera polvo blanco y molido. Poco a poco va soltando el cielo gotas más grandes para que el aire huela a tierra mojada, a tierra de infancia.

Es la primera vez que realmente me detengo a observar la lluvia. El sol brilla como el agua. La gente ya no anda apurada, a trompicones. Se detienen por un rato, la lluvia tiene ese poder de amansarnos.

El arco iris se va borrando mientras me alejo de la ciudad donde aprendí a leer y a escribir mi nombre, y el de las cosas que forman este mundo. Los ojos negros de mi madre me siguen, no importa cuánto me aleje.

Cristian David López
Cristian David López

Sus poemas se han incluído en diferentes antologías, y ha sido coeditor y traductor de Cantos guaraníes/Guarani purahéi (Impronta, 2012) y editor de las Reflexiones y epifonemas de Rafael Barrett (Renacimiento, 2014). En 2014 fue galardonado con el I Premio Jovellanos de Poesía y su novela La patria del hombre recibió el Premio Asturias Joven. Codirige la revista Anáfora