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SARDEGNA EN AMÉRICA

Crónica de la emigración sarda en Argentina
Ana Claudia Rodríguez

SARDEGNA EN AMÉRICA

Crónica de la emigración sarda en Argentina
Ana Claudia Rodríguez

TERESA FANTASIA

 

Teresa abrió los ojos y notó el estómago descompuesto. Estaba a bordo del barco Santa Cruz, que había zarpado el 8 de diciembre desde el puerto de Génova. Ella tenía siete años, y viajaba rumbo a las Américas con su padre, Giovanni Fantasia, su madre, Maria Antonia Zazzu, y sus seis hermanos pequeños. Miró por la ventana esperando encontrar el cielo azul de los todos los días, pero lo que vio fue una masa gris de nubes que descargaba furibunda. El barco parecía de papel. Y, entre las náuseas, logró reconocer un murmullo cercano. Era el rezo de las mujeres que, de rodillas y sin parar, pedían que la tormenta no terminase con la aventura que acababa de empezar. 

 
 

La nave Santa Cruz, diciembre de 1948 (arriba). Maria Antonia Zazzu con sus hijos nacidos en Pattada año 1948 (izquierda).

 

Billete de embarque de la familia Fantasia.

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La aventura, en la casa de los Fantasia, arrancó a principios de ese mismo año 1948. Giovanni, el padre de familia, había vuelto de combatir en la Segunda Guerra Mundial, y al llegar a Pattada, su pequeño pueblo en la isla italiana de Cerdeña, encontró otra guerra más silenciosa: la miseria. 

Por eso Giovanni y su esposa decidieron dar el gran salto. Y hoy, Teresa, 67 años después,  recuerda aquellos días con una extraña claridad. Recuerda cómo su madre le preguntó una mañana, mientras la peinaba: «¿Vos querés ir a América?» y cómo a ella se le paralizó el corazón; recuerda el sabor de los frutos de su tierra la última vez que los probó de camino al puerto; y recuerda ese barco imponente donde más de tres mil personas de todo el mundo convivieron durante 23 días en alta mar: los hombres y las mujeres separados para dormir; las películas mudas de Charles Chaplin; la Navidad más triste de su vida y la tormenta con un coro de súplicas de fondo.

Al fin, el 31 de diciembre llegaron al puerto de Buenos Aires. Teresa enmudeció al ver el paisaje chato —ella era una niña de montaña— pero sonrió al ver la muchedumbre que saludaba con los brazos en alto desde la costa. No era extraño, por entonces, ver esa estampa a orillas del Río de la Plata. La gente entraba por miles a la Argentina atraída por las bondades que se oían en Europa sobre la nueva tierra. Ese año entraron unas 115.000 al país, pero se calcula que desde 1870 hasta 1950, fueron unos quince millones los que poblaron la zona. Había exaltación: creían que el país estaba repleto de oro y, aunque el cebo no era del todo cierto, sí era verdad la bonanza económica que atravesaba el Sur y las oportunidades que se ofrecían a los inmigrantes. La gran mayoría eran italianos (sobre todo de Calabria y Sicilia) y españoles; pero había también rusos, ingleses, alemanes o escoceses. Todos ellos nutrían la mano de obra de un país que se construyó como una gran torre de babel. 

Entre los que esperaban en el puerto aquel día de fin de año de 1948, estaban Lucrecia y Salvatore, los tíos de Teresa, que habían llegado un tiempo antes. Ellos se habían encargado de invitar formalmente a la familia Fantasia a través del documento «acto de llamada» que demandaba el Gobierno argentino para que alguien se responsabilizara de los recién llegados. 

 
 
 
 
 

Acto de llamada (arriba). La familia Fantasia los primeros años en Argentina (derecha). Teresa Fantasia de pequeña (abajo).

 
 
 
 
 

Siete años más tarde llegó el primer signo de progreso: en 1955 la familia Fantasia se mudó a Moreno —una localidad a 45 km de la provincia de Buenos Aires— para estrenar casa (pudo dejar atrás la casita mínima donde los nueve compartían dormitorio cada noche). No sólo: la nueva vivienda estaba muy cerca de un local que se convirtió muy pronto en punto de encuentro de la comunidad sarda en la zona. 

«Allí nos reuníamos cada domingo», recuerda hoy Teresa. «Hablábamos sardo, bailábamos el ballo tundu, una danza circular, y comíamos asados y malloreddos (unas bolitas diminutas hechas de sémola) y origletas (un postre de harina, huevo y miel). Era una felicidad.»

Para Teresa la memoria es una habitación con luz, y por un momento su expresión deja de sostener cada uno de sus 73 años. Ahora está de pie en la sacristía de la Basílica de La Virgen de la Bonaria en Buenos Aires, patrona de la ciudad y también de Cagliari, la capital de Cerdeña. Teresa está de pie y se ve diminuta, como si el cuerpo se hubiera obstinado en permanecer en sus siete años, que fue cuando dejó su isla para siempre.

 

«Durante mucho tiempo la Regione sarda borró de su memoria a los emigrados»

 

«Durante mucho tiempo la Regione Sarda, como el resto de Italia, borró de su memoria a los emigrados», sigue Teresa, «lo que generó mucho resentimiento y mucho dolor. Por eso fue clave el papel de las asociaciones en los países de acogida, porque se encargaron de cuidar la lengua y la cultura de origen. De mantener viva la llamita sarda en el exterior».

Pasaría un tiempo hasta que Cerdeña volviera a mostrar interés por sus compatriotas. Así que la primera etapa de estas asociaciones estuvo marcada por la autofinanciación: los vecinos se las arreglaban con las cuotas de los socios o con el cobro por algunas actividades. En Moreno, por ejemplo, setenta familias se unieron en la compra de un terreno para su equipo de fútbol, el Sportivo Sardi.

En la última década del siglo aumentó el apoyo institucional gracias al apogeo europeo. Se convirtió en una época intensa impulsada por  las donaciones del gobierno sardo, que permitieron la apertura de nuevas sedes y la organización de más eventos (se hacían congresos para jóvenes, viajes de intercambio, etcétera). Para Teresa Fantasia y su entorno también fueron años intensos, de máxima actividad. Aún recuerda cuando la mujer del embajador italiano decía cada vez que la veía: «¡Llegó la Sardegna!».

Ahora, de nuevo, las arcas italianas son más bien escasas, y además priorizan en sus ayudas al centenar de asociaciones sardas que existen en el interior de Italia. Con todo, en Argentina siguen en pie siete organizaciones repartidas en tres provincias: una en Tucumán, otra en la ciudad de Rosario y cinco en Buenos Aires, entre ellas la Associazione Sardi Uniti, que fue la pionera al abrir sus puertas en 1936. Todas ellas reúnen a unos 8.000 afiliados, de los que 2.000 aproximadamente —según la federación— son originarios de Cerdeña. Son los que, como Teresa, bajaron del barco. 

«En casa nos seguimos reuniendo con la familia, pero cada vez menos. Las nuevas generaciones ya no sienten el desarraigo: se sienten argentinos. Mis sobrinos no cantan en sardo, tienen una banda de rock. Y mi hijo está en otra: es maestro de espada samurái.» 

El compromiso de Teresa, sin embargo, sigue intacto. Se le nota el entusiasmo por su tierra hasta en las manos (lleva el anillo de bodas típico, la fede sarda), hasta en la bolsa de tela con letras grandes y de colores: «SARDEGNA»; pero, sobre todo, en el programa de radio que realiza incansablemente cada domingo desde 1998. En Argentina —dice— hay unos 200 programas de radio relacionados con Italia, pero el suyo, Sardegna nel Cuore, hace hincapié sólo en su región: la música, la gastronomía, las novedades, las personas. 

Allí entrevistó por ejemplo a la cantante Marisa Sannia; a Giovanna Mulas, candidata dos veces al Nobel de literatura; o al pintor Leonardo Rapone. Rapone dice de Teresa que es la fanática más empedernida de Cerdeña («Si le hablas mal de la isla, te pega»). Ella dice de él que su vida es de película. 

 

LEONARDO RAPONE

 

A 15 km de la ciudad de Buenos Aires hay una población tranquila de casas bajas: se llama Tres de Febrero. En una de sus calles, Leonardo Rapone abre hoy una reja y luego una puerta. Él va vestido íntegro de negro, el pelo blanco. Y, al entrar, las baldosas del living son blancas y los muebles negros y, al fondo, cuelga un cuadro enorme de colores vivos. 

 

—Se llama Caballeros rojos y reproduce una escena típica del carnaval sardo, La Sartiglia di Oristano —dice Leonardo con una sonrisa de dientes diminutos.

 

Al contrario que Teresa Fantasia, Leonardo no supo de sus raíces sardas hasta cumplidos los 40 años. Una mañana recibió una carta de la embajada italiana en Buenos Aires, donde vive desde los tres años, y se asustó: todavía estaba en edad de realizar el servicio militar. Pero al día siguiente, cuando abrieron la carpeta con su expediente en la embajada, lo que encontró fue un pedido de búsqueda emitido por su familia materna, original de Cerdeña. Poco después sabría que la abuela Emilia indagó sobre su paradero desde el mismo día en que se marchó, en 1949.

La historia de Leonardo empezó tres años antes en Roma, en 1946, cuando Isilda Cacú, una sarda menuda y cobriza lo trajo al mundo. Su padre, Giorgio Rapone, era en cambio alto, rubio y de piel clara. Y cuando Isilda murió más tarde de tuberculosis Giorgio decidió embarcarse junto a su único hijo para probar suerte en Argentina. Allí se dedicó a la construcción, se casó de nuevo con una india toba del norte y tuvo seis hijos más. Nunca volvió a hablar de Italia, de Roma o Cerdeña. (El silencio fue un arma corriente para la inmigración: servía para neutralizar la novedad chocante de América y también para tapar el dolor que dejaban atrás.)

 

Pocos recuerdos familiares: Isilda, madre de Leonardo (izquierda); Leonardo de meses y su madre en Ladispoli, Roma (derecha).

 

Por eso, quizás, en la vida de Leonardo no hay demasiadas huellas de la cultura italiana (sus hijos siguen la estela: solo suspiran ante la bandera argentina). Pero desde hace unos años hay cuadros esparcidos por toda la casa que lo acercan sigilosamente a su origen.  

Y es que otro de los hitos en la vida de Leonardo es la pintura. La descubrió hace unos cuarenta años, de forma casual, mientras mataba el tiempo esperando a los clientes de una frutería que resultó ser un mal negocio. Después, casi sin darse cuenta, coloreó, colgó, gustó y expuso por toda la ciudad. La progresión continuó en ascendente: ganó premios, dio charlas y vendió. También tuvo éxito en Europa, a donde viajó invitado por sus familiares sardos cuando por fin se dio el reencuentro. 

Desde el primer abrazo en Italia, y durante un mes, dice Leonardo que no paró de llorar de emoción. Le impresionó el aire de fortaleza que vio en todos los Cacú; también sus ojeras oscuras y el modo en el que mantenían las tradiciones.

—¿Ves? Esta es una receta que me traje de allá —dice mientras saca un papel de una carpeta repleta de fotos, recortes de diario y notas. En la hoja se lee: «Trufolis. 500g de harina, cinco huevos, sal, ralladura de limón y una cucharadita de levadura». —Se amasa todo y listo. Yo a veces los preparo cuando inauguro una exposición.

Los cuadros de Leonardo se fabrican en la segunda planta de la casa, en un taller pequeño y abarrotado de lienzos. Hay muchas máscaras venecianas; el retrato en blanco y negro de su madre; más escenas del carnaval sardo y también una imponente imagen de una Virgen.

 

—Teresa Fantasia me propuso pintar a Nuestra Señora del Bonaire —dice Leonardo señalando a la Virgen que defiende a los navegantes y que le dio nombre a la ciudad de Buenos Aires en 1536. —Pero yo antes le dije: tengo que chequear. 

 

La pintura la descubrió hace unos cuarenta años, de forma casual, esperando clientes en una frutería

 

Porque para elegir lo que pinta, Leonardo hace esto: desliza un dedo sobre la foto original y, si siente la piel de gallina, sigue adelante. Con la patrona de Cerdeña fue así: al tocar el papel, todo el cuerpo se le erizó. 

 

ANA, PABLO, IRIS

 

 No apo inari, se escucha en un teatro de barrio en San Isidro, una localidad acomodada en la provincia de Buenos Aires. Significa «no hay dinero», y es una de las pocas expresiones sardas que se usarán en toda la obra. Sobre el escenario una decena de actores de todas las edades se esmera en el ensayo general de Pedido de Mano (Su pedidu de sa manu), que en cuatro días se estrenará en el Teatro San Martín de la capital.

La compañía amateur forma parte del Círculo Ítalo Argentino Raíces Sardas, que se fundó en el año 2000 y que es, por consenso, una de las asociaciones más activas del país en la actualidad: además de un coro, ofrece otras actividades esporádicas a su centenar de socios, que, en su mayoría, son descendientes de sardos (aunque muchos de ellos tienen la doble nacionalidad: por un lado, la ciudadanía italiana se transmite de padres a hijos sin límites de generación por un «derecho de sangre»; por el otro, la nacionalidad argentina viene dada por la tierra. O sea, por el lugar en que la persona nació). 

Sin ir más lejos, Pablo Fernández Pira (46), el tesorero del Círculo, es nieto de sardo, de Francesco Michele: «Nosotros creamos la entidad porque sentimos la necesidad de que la cultura de nuestros ancestros no cayera en el olvido», dice, sentado en la terraza de un restaurante junto a Ana Ruiu (57), la presidenta, y a Iris Madau (72), la secretaria. Los tres son el motor de esta asociación. Y los tres hablan bajo el sol en esta espléndida tarde de invierno.

 

Pablo, Iris y Ana 

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El cemento que más compacta la amistad de los tres está hecho de las vivencias que compartieron sus familiares en Buenos Aires

 

—Alguien le preguntó un día a mi padre: «Antonio, ¿por qué te fuiste de Cerdeña?» —dice Iris, que no aparenta sus 72 años pese a las canas—. Y mi padre contó que una mañana, ya cumplidos sus 16 años, el viento de la isla hacía imposible sembrar. Tiraba una semilla y una ráfaga se la devolvía. Entonces dijo: «Yo no me quedo ni un minuto más en una tierra que no me da de comer». 

—Las plagas de langostas también arrasaban los cultivos, ¿sabían? —dice Ana (57), y su pregunta pasa como una nube liviana.

—Por entonces la Argentina era un país muy acogedor, no como otros países donde hubo inmigración —sigue Pablo—. Acá había trabajo, había buen clima y todos los sardos hacían piña. ¿Te acuerdas cuando íbamos al almacén de Ciriaco? —Pablo despliega una sonrisa compacta y mira a Iris, que asiente, divertida. Tras una pausa, resume: «El sardo Ciriaco Meridda se encargaba de juntarlos a todos en San Isidro. Cantaban, reían, comían. Se sentían un poco como en casa». 

 

Las historias de Pablo, Iris y Ana se tocan. Sobre todo la de Pablo y Ana, porque sus raíces provienen del mismo pueblito sardo: Bitti, de 1.700 habitantes. Pero el cemento que más compacta la amistad de los tres está hecho de las vivencias que compartieron sus familiares en Buenos Aires. En la segunda mitad del siglo pasado, se unieron decenas de veces, cientos, para intentar achicar ese hueco de once mil kilómetros que se les había abierto en el pecho.

 

—Yo recuerdo haber ido unas veinte veces al puerto de chica —dice Iris—. Cada vez que venía un sardo, íbamos todos a darle la bienvenida.

—Es verdad —dice Ana, mirando al infinito, como si estuviera viendo una película—. Y la cara de desconcierto de la gente cuando llegaba, ¿te acordás? ¡No entendían nada!

 

En 1954, Rosalía Bocco, la madre de Ana, llegó a Buenos Aires y tampoco entendía nada. Tenía solo 23 años y todo le pareció horrible. El agua marrón del Río de la Plata, sus zapatos de gamuza empantanados en las calles de barro… «¿Para qué vine?», se preguntaba. Pero sabía que no podía volver a Cerdeña. Eso hubiera supuesto una deshonra para la familia.

Y es que un año atrás, Rosalía se había casado en Italia a distancia, como se hacía tantas veces en esa época. Le llamaban «matrimonio por poder» o «per procura». Y consistía en legalizar la unión a pesar de los kilómetros: un cónyuge aquí, el otro allí. Ciriaco Ruiu, el novio, había llegado en 1950 a la Argentina, y enseguida empezó a mantener una intensa correspondencia con su enamorada. Después de dos años de cartas de amor, ambos se convirtieron en marido y mujer. En la ceremonia que se celebró en Bitti, el hermano de Ciriaco ayudó: ocupó el lugar del esposo real. 

Pese a este inicio abrupto, el matrimonio prosperó y tuvo tres hijos. «A otras mujeres les tocaron hombres más difíciles, pero mi padre, por suerte, era bueno y lindo», dice Ana y lanza después una carcajada. 

En la conversación, Pablo, Iris y Ana dicen que volvieron a la isla (hablan de las distintas ciudades de Cerdeña con el tono chismoso de quien domina el terreno). Y dicen que desde entonces el contacto con los familiares se reactivó. Las redes sociales parecen facilitar la comunicación con los amigos, con los parientes. Aunque ni las nuevas tecnologías pueden evitar que los más jóvenes se sientan cada vez menos implicados, cada vez más lejos. Pareciera que el árbol trasplantado el siglo pasado desde la Sardegna hubiera arraigado por fin en un nuevo suelo. Como si las raíces encajaran otra vez en tierra firme. 

 

PIETRO PINTUS

 

—Si no hubiera conocido a Ana Beatriz, ahora estaría en mi pueblo de Nulvi, en la Sardegna.

 

Pedro Pintus tiene la cara llena de surcos, pero los ojos le centellean y su voz no parece salir del pecho enclenque, sino de las profundidades de la Tierra. Tiene 92 años y la energía suficiente para subirse a un escenario de teatro, para fabricar su propio vino en casa y, esta tarde, para preparar al detalle una merienda en su casa de Martínez, en Buenos Aires, y hablar largamente sobre su pasado.

 

«No me arrepiento de nada. Todos tenemos un destino en la vida»

 
 

—Ahora estaría en mi pueblo si no me hubiera casado con Ana Beatriz, ¿me estás escuchando? 

 

En 1955, el curso de la vida de Pietro se torció (o se enderezó) después de conocer en Buenos Aires a Ana Beatriz Vignolo, hija de italianos y profesora de Filosofía y Letras, quien más tarde le daría tres hijos y le esperaría pacientemente de sus viajes hasta 1978, que es cuando Pietro se jubiló y dejó de navegar por el mundo. 

Hasta entonces, trabajó por todos los océanos como mecánico de barcos de YPF, que era por entonces la petrolera estatal argentina. Estuvo en Estados Unidos, en el Golfo Pérsico, en Suecia, Chile o Inglaterra. Y en los descansos, volvía al hogar. Así que cuando se retiró, Pietro aprovechó el tiempo libre para acercarse de nuevo a sus raíces: se vinculó a la Associazione Sardi Uniti en Buenos Aires («allí se estaba como en casa», dice) y viajó dos veces a Cerdeña: en 1988 y en 1992. Se reencontró con los suyos, con sus familiares y sus amigos, y con su antigua casa.

 

—Professor Vacca numero 48 —dice Pietro lentamente para dar la dirección de su infancia. Su acento por fin parece encontrar el idioma correcto. 

 

En Google Maps Professor Vacca es una callecita sin aceras, de casas bajas, mitad piedra, mitad cemento, con persianas verdes y puertas de madera bajitas. De allí salió Pietro, primero, para luchar en la Segunda Guerra Mundial (su cumpleaños número 19 lo pasó en Alejandría, la segunda ciudad de Egipto, empuñando el fusil). Y, más tarde, con 26 años, rumbo a la Argentina. El motivo, el de siempre («Después de la guerra no había nada. No había escuelas, ni iglesias, ni caminos. No había nada, ¿me estás escuchando?»). El sentimiento, al llegar a la nueva tierra, el de siempre también: la misma nostalgia, la misma soledad, las ganas intactas por volver. 

 

«Para los inmigrantes de esa época, no hay queja ninguna posible. Argentina nos cobijó, trajo paz, trabajo y bienestar»

 
 

—Pero para los inmigrantes de esa época, no hay queja ninguna posible: la madre Argentina nos cobijó. Sólo hay agradecimiento. Nos trajo paz, trabajo, bienestar. 


—¿Repetiría todo en su vida tal como fue, Pietro? —la pregunta.


—Yo no me arrepiento de nada. Todos tenemos un destino en la vida —arruga los ojos—. Pero si volviera atrás en el tiempo, no saldría de la Sardegna. No saldría. ¿Me estás escuchando?

Ana Claudia Rodríguez
Ana Claudia Rodríguez
Periodista y antropóloga nacida en Lima (Perú). Colabora, en la actualidad, con grupos de comunicación en España y Argentina. Su corazón se divide entre dos pasiones: las crónicas y el mundo digital.