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ISLAS EN LA ISLA

El Archipiélago de la Maddalena
Simona Manna

ISLAS EN LA ISLA

El Archipiélago de la Maddalena
Simona Manna

El alma de la Maddalena no está en las playas que toman al asalto, cada agosto, las hordas de turistas. Tampoco está en los tours en barca por el archipiélago o en los puestecillos que adornan Piazza Comando. El alma de esta isla está escondida, forjada por la dureza del maestral y defendida por los fortines que durante siglos la protegieron de los invasores. Es alma de isla en la isla, con fronteras sardas pero corazón corso, a mitad de camino entre la Cerdeña que la declaró suya y la Córcega que, con sus pastores, la pobló y le dejó el sonido de una lengua que se habla sólo aquí. Los maddaleninos son hombres fuertes, que se dejan quemar por el sol cuando van a pescar y saben esperar en silencio que las piezas muerdan el anzuelo. Su fuerza viene de lejos: sus antepasados expulsaron a los franceses —bajo el mando de un joven Napoleón— y el maddalenino que dirigió la flota sarda en esa ocasión, Domenico Millelire, recibió la primera medalla de oro de la marina militar italiana. No es casualidad: en esta isla, en el siglo XVIII, los pastores desarrollaron su confianza en los vientos y con los bajíos, engendrando una estirpe de marineros. 

Los maddaleninos no son miedosos: durmieron durante treinta y cinco años a pocos metros de las armas, municiones y submarinos nucleares estacionados en la base militar estadounidense de la isla de Santo Stefano. Y a los americanos, al final, les cogieron incluso cariño: en 2008, cuando se desmanteló la base militar, los despidieron con una pancarta: «Os echaremos de menos». Es cierto, esa pancarta la quisieron sobre todo los comerciantes, cuyas actividades estaban muy alimentadas por la presencia de los dos mil militares y sus respectivas familias, y también aquellos isleños que les alquilaban casas o que habían encontrado trabajo justamente en la base. Pero la verdad es que todos los habitantes de la isla, a pesar de las polémicas por el riesgo de radioactividad y las batallas para echar a los militares de las barras y estrellas, los sintieron más como amigos que como intrusos. 

«Para la isla fueron algo bueno. Trajeron ingresos para muchas familias y siempre se comportaron correctamente con la población y las autoridades. En caso contrario, la policía americana intervenía rápidamente, pero sucedió en pocas ocasiones», me cuenta Bruno. Él nació en La Maddalena, pero alrededor de los 14 años se mudó justo al punto opuesto de Cerdeña, a Cagliari. Desde entonces, cada año vuelve a reencontrarse con ese viento del noroeste con el que creció, ese perfume de scavicciu (siempreviva) que se encuentra en cada rincón, esa gente con la que comparte un dialecto, antiguas costumbres y un amor incondicional por el mar. 

 

Muelle de La Maddalena. Fotografía de Bruno Cordioli.

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La Maddalena es el corazón de un archipiélago que incluye alrededor de sesenta islas e islotes, con un total de 180 kilómetros de costas. Es la única habitada, aparte del pequeño pueblo de Stagnali, en Caprera, y las pocas casas de Santa Maria que se ocupan en verano. El mar que las separa —o une, según el punto de vista— no es como las inquietas aguas de las cercanas Bocas de Bonifacio, que en sus fondos esconden aún restos de antiguos naufragios. Es, al contrario, un mar generoso en colores que hace querer aún cuando se encrespa por el viento y deja a los pescadores en tierra. Es un mar que ha mantenido su pureza a pesar de un turismo cada vez más invasivo. 

«De niño, la Maddalena era una isla llena de mar, sol y libertad. Y todavía es así. Son las mismas aguas en las que me zambullía cuando era un chaval. Cruzábamos el monte bajo a pie y siguiendo el maestral íbamos a bañarnos a Bassa Trinità, con esas maravillosas dunas de arena blanca. El agua era cristalina, espléndida, igual que ahora. Cierto, entonces me zambullía también en el puerto, desde un banco, en Cala Gavina o frente al Almirantazgo. Pero ahora hay demasiado tráfico de barcas y trasbordadores». Estamos hablando de los años 40, cuando para divertirse «se iba a recoger higos chumbos por los caminos de campo, los cogíamos con cañas en cuya punta atábamos latas, y después los pelábamos y nos los comíamos en la playa». En aquellos años, cuenta Bruno, se hacían escapadas «en barca, con la familia, para ir a Santo Stefano, justo en la calita donde ahora hay un resort turístico», o bien «se iba a Caprera, a tomar el fresco en el pinar». Incluso el pueblo continúa como antaño: Corso Garibaldi sigue siendo la calle para pasear, Piazza Comando se prolonga como el lugar de la élite local, Piazza Rossa —así llamada por el antiguo color de su pavimento, ya reformado; a veces los nombres sobreviven a su origen— y sus bares son el punto de encuentro de los isleños. «Por suerte esta isla se ha conservado como era, ha mantenido su identidad y sus bellezas. Este mar no tiene un tráfico excesivo, a pesar del flujo de turistas, hasta el punto de que todavía tiene buena pesca», comenta Bruno. Y lo dice con conocimiento de causa, puesto que desde los tiempos de las zambullidas en el puerto, para él, volver a La Maddalena significa pescar. Una costumbre que se ha convertido en ritual: preparar el cebo, salir cuando aún está oscuro y alejarse lentamente de la isla, escoger una cala en la que detenerse para echar el anzuelo y mirar más allá del horizonte. 

Hay que decir que, si aún hoy en día se puede disfrutar de tanta belleza natural, es también porque desde hace exactamente veinte años el archipiélago se convirtió en Parque Nacional: esto, obviamente, garantizó la protección y salvaguardia del territorio. Quizás para hacer que fuesen más atractivas para los turistas, a algunas playas les pusieron nombres evocativos que los maddaleninos no acaban de digerir bien. «¿Pero qué necesidad hay de llamar “Tahití” a una playa? ¡Su nombre es Cala Coticcio, y no tiene nada que envidar a la Polinesia!», dice Bruno refiriéndose a una encantadora calita de Caprera, difícil de alcanzar a pie —veinte minutos de verdadero trekking— pero realmente única. 

La tumba de Garibaldi en Caprera. Fotografía de Richard Matthews.

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La Maddalena no ha acogido sólo a los americanos. A ella también llegó en 1849, exiliado, uno de los personajes históricos italianos más celebres del mundo, Giuseppe Garibaldi. Se quedó poco tiempo, pero bastó para que se enamorase del lugar, hasta el punto de escribir en una carta que justo aquí había vuelto a hallar «la paz del alma agitada por las peripecias de una vida de tormentas». Y así fue como más adelante compró la isla de Caprera y quiso transcurrir en ella sus últimos veinte años de vida, en una casa blanca a la sombra de un pino plantado en ocasión del nacimiento de su hija Clelia. 

 

Hoy en día esta casa es un museo y viene gente de todas partes para ver el lecho de muerte del «héroe de los dos mundos», cerrado en una vitrina y colocado ante una ventana que mira hacia Córcega. «Para nosotros los maddaleninos Garibaldi es un poco uno de los nuestros: nació en Niza pero escogió este lugar para envejecer, morir y ser enterrado. Es una presencia fuerte, todos conocemos de memoria su casa-museo y sentimos Caprera como una isla garibaldina», cuenta Bruno, entusiasta del nuevo memorial dedicado al general, construido en el antiguo Fuerte Arbuticci, una construcción de época de los Saboya, del s. XIX, en el noreste de la isla. «Aquí, visitar los viejos fuertes siempre ha sido un pasatiempo agradable. De niños la aventura era caminar entre pinos, mirtos y encinas y descubrir estos fuertes abandonados. Fuerte Arbuticci es especialmente hermoso, domina la isla y el mar desde lo alto: convertirlo en un museo de vanguardia, tanto por cómo se ha recuperado el espacio como por la idea de ofrecer un recorrido multimedia sobre la vida de Garibaldi, es el mejor modo de hacer que vuelva a la vida». 

Quien rindió honores a la tumba de Garibaldi en 1923 fue el entonces Presidente del Consejo del Reino de Italia, Benito Mussolini. Volvió diecinueve años después, acogido aún cómo Presidente, pero el destino quiso que un año después, en 1943, el fundador del fascismo llegase a La Maddalena como prisionero. El mismo Mussolini lo recogió en sus diarios: «Hace un año visité La Maddalena entre el entusiasmo de la población. Hoy llego en clandestinidad». Arrestado el 25 de julio por las facciones italianas que, ante el desarrollo de la guerra, querían pactar con los Aliados, el Duce fue llevado en secreto a diferentes lugares (para escapar a los alemanes, que lo buscaban) y fue escondido en la isla del 7 al 27 de agosto, en Villa Webber. Hoy en día, esta mansión, a pesar de su pequeña participación en la Historia y de su belleza, está abandonada. 

«Es propiedad de unos herederos que no consiguen ponerse de acuerdo sobre la venta y han dejado que se derrumbe con el paso de los años. Es una pena, porque es un lugar encantador. Se encuentra en la zona de Padule, sobre un promontorio con vistas fantásticas. La construyó un inglés a finales del siglo XIX, en medio de un pinar. Está abandonada desde los años 30, aparte del paréntesis como prisión de Mussolini, y con el paso de los años la han saqueado y dañado.» Sí, porque aunque sea una propiedad privada, se puede llegar fácilmente a la villa saltando una cancela suelta. Y será el efecto de la Historia pasada por aquí, o la fascinación de los lugares abandonados, pero este conserva una atmósfera sugestiva. El estilo morisco, los techos con frescos, los suelos antiguos, las terrazas que llevan la mirada hacia el mar: todo está en estado ruinoso, pero tiene su encanto. En 2008 volvió a estar de actualidad durante unos pocos días: el entonces Primer Ministro Silvio Berlusconi había escogido La Maddalena para hospedar la reunión del G8 y se había considerado a Villa Webber como una hipotética sede de la cumbre. Pero fueron sólo rumores: las obras en realidad se realizaron en el ex-arsenal militar marítimo y en el antiguo hospital militar, en el pueblo de Moneta, al sureste de la isla. En diez meses se construyeron un hotel, un polo náutico y una palacio de congresos, la Casa del mare de Stefano Boeri, arquitecto de fama mundial: un cubo de vidrio y acero con una trama de celdas suspendido sobre el agua. Al otro lado del Tirreno, en Marsella, Boeri construyó una estructura similar, Villa Mediterranée. ¿La diferencia? Esta última, en un año, ha recibido ya miles de visitantes. La Casa del mare, en cambio, no ha abierto nunca sus puertas. El G8 se reunió en otro lugar y desde el 2009, toda la zona recalificada —cuyos costes fueron financiados no sólo por inversores privados sino también por abundantes fondos públicos— se ha simplemente abandonado a sí misma. El tiempo, la falta de mantenimiento y la humedad están destruyendo lentamente algo que podía servir de apoyo al turismo de la isla. «El G8 era una gran oportunidad para La Maddalena: los americanos se habían ido hacía poco y esta era la ocasión justa para promover nuestros espacios y riquezas y relanzar el turismo. En cualquier caso, una vez que decidieron mover la sede de la cumbre, se podía utilizar lo que ya se había construido: es una verdadera pena que, en cambio, hayan dejado todo así como está».

Pero no sólo podemos hablar de exiliados y presos: a esta isla también han venido algunas personas por su propia voluntad, atraídos por el mar y los vientos, perfectos para quien ama la vela. En los últimos veinte años de su vida, uno de los más grandes actores del cine italiano, Gian Maria Volontè, compró aquí una casa y un barco, de nombre Arzachena, que anclaba en Cala Gavetta. Y aquí fue donde quiso que le enterrasen, en el pequeño cementerio del promontorio sobre el pueblo. Su tumba, una pequeña losa de piedra, lleva grabadas las palabras del poeta Paul Valèry: «El viento se levanta. Hay que intentar vivir».

 
 

Cala Gavetta de día. Acuarela de Bruno Manna.

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Cala Gavetta de noche. Acuarela de Bruno Manna.

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Los maddaleninos no se consideran sardos. «Nos sentimos más cercanos a Córcega. El gallurés es prácticamente corso, visto que las primeras comunidades de esta zona provenían de Córcega», explica Bruno, vinculando las raíces de su gente a una lengua de origen corso injertada en una base galluresa (la Gallura es la región nororiental de Cerdeña, de la que forma parte La Maddalena) y con un ingrediente extra de influencias léxicas y fonéticas de Liguria. «Y Córcega está aún muy presente aquí. Una prueba es el hecho de que un día muy importante para nosotros, el 22 de julio, cuando se festeja a la patrona, Santa Maria Maddalena, siempre está presente el obispo de Ajaccio». 

Cerdeña, en cambio, a pesar de los veinte minutos de transbordador que separan La Maddalena de Palau, está lejos. No es la isla-madre que protege a su pequeña: cuando tienen problemas, los maddaleninos tienen que arreglárselas solos. Y pensando en dificultades Bruno se acuerda de Squarciò: «Un personaje muy conocido en La Maddalena. Pescador e hijo de pescadores, cuando muere su padre y sus hermanos emigran para buscar fortuna, es el único que se queda en la isla con la madre anciana. Para sobrevivir, empieza a pescar utilizando explosivos, y consigue hacer dinero, pero la suerte no le acompaña mucho. Esta historia la cuenta el escritor Franco Solinas en un libro (titulado Squarciò) y describe épocas de extrema dureza para esta comunidad de pescadores, las dificultades y las soluciones, no siempre legales, para arrancarle al mar lo necesario para vivir». 

 

La Maddalena, en cambio, sí protege sus islas-hijas. Budelli, famosa por su playa roja —hasta el punto de que Michelangelo Antonioni rodó allí, en 1964, algunas escenas de El desierto rojo— está en manos privadas desde hace doscientos años. En octubre de 2013, después de la quiebra de la inmobiliaria que tenía la propiedad, fue adquirida en subasta por un neozelandés por tres millones de euros. Una operación algo curiosa, visto que en las 160 hectáreas de la isla más fascinante del Mediterráneo no se puede construir, y, de hecho, a ella se puede llegar sólo si se va acompañado por el personal del Parque. Pero fue precisamente el organismo del Parque Natural de La Maddalena quien, tras este extraño affaire, exigió ante el juez el derecho de prelación (que le daba prioridad frente a otros compradores para hacerse con el terreno) contra el nuevo propietario, derecho que le fue reconocido. Budelli, pues, podrá volver a la familia. 

 
 

El alma de esta isla, decíamos al principio, está a veces escondida, y protegida, y la quema el sol y es paciente, y no tiene miedo. Para mí, está también en los ojos y las palabras de Bruno, mi padre, y toma forma y colores en sus acuarelas, que desde siempre me cuentan mis raíces, como cada vez que nos sentamos a hablar, largo y tendido, sobre su isula añorada. 

Simona Manna
Simona Manna
Periodista. Ama leer, fotografiar y escribir. Trabaja para la agencia periodística italiana AGI. En sus propias palabras: «Orgullosa de ser isleña, testaruda y desconfiada. En fin, sarda».