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10 IMPRESCINDIBLES

del norte de Portugal
Silvia Cruz Lapeña

Es fácil seleccionar «Las diez playas más WOW de Tailandia» desde una redacción de Madrid, Barcelona o Guadalajara y muy barato elaborar la lista de «Los siete bistrós más románticos de París» (por aquello de que quieren nombrarlos Patrimonio Inmaterial de la Humanidad) sin haber pisado el aeropuerto Charles de Gaulle o la Gare de Lyon. Sin oler el Norte de Portugal cualquiera puede hoy seleccionar bares, elegir platos, recomendarle a los demás qué ruta coger para no encontrar atascos e incluso decirles dónde dormir. Ir a los sitios no es garantía de obtener un relato exclusivo, pues el lugar común anida en el ojo, no en el paisaje, pero hay cosas que no, no se pueden contar desde la oficina. Cómo mira la gente del Norte de Portugal es una de ellas.

En el Norte de Portugal, miran de frente, sin tregua, clavando los ojos en los del interlocutor, a quien le exigen máxima atención. El silencio acompaña esa mirada porque apenas hay sonido ambiente: sólo algún pájaro, quizás la lluvia se puede interponer entre dos que conversan. Hay teléfonos móviles, como en todo el planeta, pero en el Norte de Portugal nadie sacó el suyo mientras nos contaba su vida, nos narraba su pueblo o nos invitaba a comer en su mesa en los diez días que Jordi Brescó y yo anduvimos recorriendo los pueblos portugueses que bordean el río Douro. Nadie. Y fueron 93.

Con un portugués del Norte no hay escapatoria, no hay donde esconderse ni distracción posible, menos aún si sabe contar historias. Y no son pocos los que tienen ese don. Por eso, a los portugueses del Norte hay que atenderlos o desaparecer, escucharlos o irse, porque en sus respuestas parecen ordenarte: «Si has preguntado, escucha». De esa observación nace esta lista llena de gente, una que no será la reina del clickbait (obsesión enfermiza por acumular visitas en página web, no importa lo que contengan ni si quién lo cuenta tiene idea de lo que dice o estuvo en el lugar del que nos habla) pero sí es, de alguna forma, una de las muchas radiografía humanas que pueden hacerse en el Norte de Portugal.

Toninho roza el 1,90 metros. Es fuerte y es difícil saber la edad que tiene pues gasta una corpulencia propia de un adolescente. Su hijo Antonio es el chef del Restaurante Tormes, el que está junto a la casa de Eça de Queirós en Santa Cruz do Douro, en el concello de Baião. Allí, desde un valle en altura, se ve el río terraplén abajo. «Aquí viven unas 20.000 personas pero repartidas en núcleos muy pequeños», explica el hombretón sobre una de las dificultades de vivir en una zona donde se hace imprescindible el coche. Entre esas laderas de un verde profundo, Toninho corta embutido, sirve vino, prepara fruta… y nos cuenta que regenta desde hace más de treinta años la Pensão Borges de Baião. «Pero hace unos 80 que pertenece a mi familia». Habla despacio, con tiento, observando atentamente a quien pregunta. Tiene esa calidez única de los hombres colosales, que tienen el pecho vasto porque también su corazón debe ser de otro tamaño. «Nací en Angola», dice como una rareza pero lo extraño es el contraste que hay entre su envergadura y la delicadeza con la que corta la carne, elige el fruto o contesta a las preguntas. Una lindura.

 
 

Tiene 27 años y está al frente de Real Gastronomía, el negocio familiar, desde hace tres. «¿Qué por qué? Porque mi hermano es varón y es el mayor pero yo soy más lanzada», dice con total normalidad la dueña de dos panaderías donde se hace, dice, la mejor bola de Lamego. A bola es un pan gordo y amarillo, a medio camino entre la focaccia y la coca, y que puede contener champiñones, quesos, jamón y todo tipo de embutidos y verduras. «En la Feria da Bola que se celebra en junio, se pueden ver hasta 30 maneras distintas de prepararla», dice Telma con energía. «En el otro local también tengo take-away», añade orgullosa sobre el segundo establecimiento que tiene en la ciudad ubicada entre las regiones de Tras-os-Montes y Alto Douro. Telma es hija de la emigración que regresó de Suiza y algo de la precisión de allí se trajo pues reparte tareas, habla con sus empleadas, atiende clientes y a nosotros con una calma y un rigor impropios de sus pocos años. Cuando ve que se ha acabado a bola que nos sirvió al llegar, pide que nos traigan más, confirmando que hay cosas que no cambian, ni por pueblos ni por generaciones, en el Norte de Portugal.

 
 

En el pueblo que es el principal productor de almendras del país, una mujer cambió de vida hace ya veinte años. Puede parecer algo intrascendente, pero no lo es en entornos como este y menos cuando la protagonista tiene un trabajo fijo, bien pagado y cómodo en una oficina de Redes Energéticas Nacionais. Pero Dina Morais lo aparcó para pasarse siete días de la semana dedicando ocho horas cada jornada a hacer amêndoas cobertas, una delicatesen que se parece a la peladilla sólo en los ingredientes y en el aspecto porque es mucho más fina. «Es duro porque además tengo que atender la tienda donde vendo productos artesanos, pero me gusta más, mucho más», dice mientras mueve las almendras dentro de un perol de cobre caliente. Para hacerlo, se arma de paciencia y de diez dedales con los que se protege las yemas de los dedos. Con 43 años prefirió esa rutina a la de un despacho y hoy regenta su comercio, Arte Sabor e Douro, a un minuto de la Igreja Matriz de Moncorvo. Dina se ha puesto muchas veces ante la cámara, ha contado muchas veces esta historia y ese es su mérito: que aún le suene interesante. Con la bata, el gorro y el delantal tan blancos, su cara sonrosada y sonriente reluce cuando dice: «Soy mucho más feliz ahora».

 
 

«Míralas, videovigilancia de toda la vida», dice Edson y no se refiere a cámaras de seguridad ni a complejos sistemas de vigilancia, sino a las tres señoras que sentadas en una plaza observan con atención a todo el que pasa. «Cuando llegue a casa, mi madre ya sabrá que he estado con unos extraños dando vueltas por el pueblo», dice muerto de risa. Ya en el agua, nuestro guía en Freixo de Espada à Cinta nos invita a navegar por las Arribas do Douro con la Sociedade Transfronteiriça Congida-La Barca y es ahí donde se ve la pasión que gasta el joven por el medio ambiente. Ni los milanos, ni las águilas reales ni los buitres escapan a su ojo entrenado. Pide silencio, lo guarda él y va señalando con sigilo para que avistemos aves y lo hace como quien desvela un gran secreto. «Esas pequeñas casitas blancas de las laderas son palomeras, ahí se criaban palomas, que en épocas de mucha escasez se criaban y se comían», cuenta recordando que también en la frondosidad del bosque tiene espacio la pobreza. Él tiene la espalda ancha, lo demuestra cuando explica cómo reaccionó el pueblo cuando él llegó a vivir y era el único negro. «Ahora tengo una hija rubia y no saben qué decir», explica dando cuenta del carácter endogámico que tienen las poblaciones chiquitas y acostumbrada a que las cosas vayan siempre por el mismo cauce. Y por eso, porque de algún modo también es forastero, Edson es el guía perfecto para visitar este municipio enclavado en el distrito de Braganza.

 
 

Antonio encanta a las piedras. Así se puede resumir el trabajo de un arqueólogo que lo sabe todo sobre el yacimiento de Vila Nova de Foz Côa, donde están los grabados paleolíticos al aire libre más importantes del mundo. Él mismo conduce el jeep que nos lleva hasta el borde del río, donde llegamos con el trasero y la espalda hechos polvo. El peaje, sin embargo, vale la pena, sobre todo al ver la pasión que pone un nombre que nació y creció en la zona, que se sabe de memoria cada camino y que para el coche porque le parece que una culebra quería pasar al otro lado. Los ladridos de unos perros gigantescos, casi salvajes, tampoco alteran a António, que habla sobre sus gruñidos como quien está acostumbrado a tratar con fieras. «Cuando en los años 90 el gobierno quiso construir una presa que habría sumergido los grabados, el pueblo se puso en contra y logró que no se hiciera», dice sobre una historia de resistencia que salvó de la especulación a caballos, venados y toros perfilados con sílex 25.000 años atrás. Cualquier que viste el museo dedicado a las gravuras debería pedir por él: nunca tanta sobriedad fue tan estimulante.

 
 

«Eres muy linda, pero córtate el pelo que pareces una negra», me dice la señora Pires cuando entro por su puerta. Ese es otro modo de ir de frente. Manuela no conoce la corrección pero es imposible enfadarse con ella. Lleva 61 años subida a un tablón de madera que le permite alcanzar el mostrador de mármol en el que amasa cada día entre 600 y mil bollos. Vive en Favaios, localidad donde sólo hay 3.000 personas pero tiene cuatro panaderías porque el producto es tan bueno, que vienen a comprarlo de otras aldeas. También lo exportan, trabajo que hacen los hombres en pequeñas furgonetas, pues el trabajo está divido por sexos y son ellas las que mezclan, hacen los cortes (dos, que aquí la característica es que el panecillo tenga cuatro cantos) y los hornean. A Manuela la llaman «La Barriguda» y si le preguntas por qué, se echa a reír y se señala la panza con la misma falta de reparo con la que se mete con los demás. «Este es un trabajo de diez o doce horas diaria, a veces también se trabaja por la noche», dice llena de brío una mujer que sólo descansa los domingos, y no todos. A ella no parece no afectarle el calor que sale del horno de leña ni el humo que llena la planta baja donde trabaja, una sala cubierta de azulejos blancos y que exhibe como únicos accesorios, los recipientes de madera donde reposa la masa o el pan ya hecho.

 
 

Si no te gusta el vino, habla con Celia. Ella es la responsable de la Quinta do Pessegueiro, una bodega ubicada en Ervedosa do Douro que compró un francés. Cuando aparece con su alta estatura y una sonrisa que no cabe en este texto una sabe que todo va a ir bien. Habla de las vides como si fueran suyas y del modo en que tratan la uva, como si esta fuera humana. «Aquí no se bombea el fruto, cae por su propio peso hasta el subsuelo». Nacida y criada en ese pueblo de apenas 1.000 habitantes estudió Filología Francesa para no tener que trabajar en el campo. «Yo nunca quise saber nada de la uva, pero ya ves, ahora no lo cambiaría por otra cosa». Al volver tras los estudios, la única ocupación posible era ser maestra en el colegio. La hizo, pero un día llegó un empresario de Francia y pidió alguien que hablara su idioma. Y así llegó la hija de un campesino a dirigir una bodega exquisita y brillante, que cuenta con bar para las degustaciones que una puede imaginar en Manhattan, no a orillas del Douro. Célia destaca una de las uvas que trabajan en la bodega, Francisca: otro nombre de mujer y no está solo, pues en la región son muchas las directoras, enólogas, propietarias o relaciones públicas de bodegas que nos reciben y explican por qué el Alto Douro Vinhateiro es Patrimonio Mundial de la Humanidad.

 
 

Beber una copa de porto a las diez de la mañana solo es posible si alguien como Susete se aparece en tu camino. Erguida y bien vestida, como cualquier sumiller, enseguida muestra un rasgo de carácter que escasea entre los de su gremio: la guasa. Su forma de explicar cada trago y su sentido del humor nos recuerdan algo que algunos de sus compañeros han olvidado: que el vino es vida, risa, celebración. En la Quinta da Senhora do Convento, a pocos kilómetros de Tabuaço, la empresa Kranemann States remodela un antiguo convento del siglo XII que convertirá en hotel, pero mientras eso pasa Susete y otras compañeras reciben en el claustro a los clientes que quieren conocer los vino o hacer una degustación. No cuesta imaginarse por qué pusieron aquí un lugar de rezo, formación y recogimiento para religiosas o una iglesia: el silencio es sepulcral y las vistas, relajantes. Aquí no domina el río Douro sino el Távora, donde la gente viene a practicar deportes de aventuras. Todo eso nos cuenta Susete, mientras saca algo de pan y un poco de queso, pues asegura, con gesto pícaro, que las diez de la mañana no es la mejor hora para embriagarse.

 
 

António Oliveira no es alguien que deban conocer quienes tienen la piel como el esparto. Tiene un taller en Armamar donde hace sillones, mesas, estanterías y toda clase de muebles y objetos de decoración que hace tallando maderas recicladas. Ese es su trabajo desde que se lo enseñó su padre y aunque tiene nueve hermanos, sólo le sobrevive uno y junto a él, son los únicos que siguen la tradición familiar. «Es una pena», dice él sobre el futuro de su oficio, y enseguida coge la herramienta y empieza a pulir un tronco como si no hubiera en el mundo nada más importante. António infunde respeto. En su taller, entraron las golondrinas e hicieron un nido en el techo, pero él no sólo no las expulsa, sino que no las molesta y pide algo de silencio para que no se espanten. António tiene un sótano con barricas de vino de oporto que nos invita a probar y es ahí donde una se da cuenta de que su relato no es un lamento, es una crónica. Una del medio rural, de la ambivalencia de vivir en el mejor paraje del mundo pero no quererlo para tus hijos porque da mucha belleza y poco pan. Porque él se alegra de que sus hijas tengan una carrera pero también se queja de que las mantiene lejos. Quizás por eso, alza la copa, brinda con nosotros y quiere, casi nos ruega, que nos quedemos a cenar. Si pasáis por su casa, tocad a su puerta.

 
 

Este portugués ni nos miró a los ojos ni nos estrechó la mano ni nos invitó a comer. Pero nos informó, al menos en parte, de algo que debería querer saber cualquiera que viaja a un país extranjero: de qué se ríen sus habitantes. Como el Norte de Portugal exige coche, a veces durante largo rato, conocimos a Nogueira entre pueblo y pueblo. Solía acompañarnos después del desayuno y sólo teníamos que sintonizar Antena 3 para que se apareciera. El programa se llama Mata-Bicho y por poco portugués que se sepa, es obvio que tras esa voz tan grave y ese tono tan serio hay un ojo canalla que desmenuza temas como la campaña del CDS-PP (Partido Popular de Portugal) contra la propuesta de ley para despenalizar la muerte asistida: «La eutanasia mata». Y no, esa no es la broma, ese era el lema. En asuntos así se detiene Nogueira, una estrella en Portugal que tira de sorna y de llevar al absurdo noticias del día, muchas protagonizadas por políticos, para quitarles hierro pero a la vez poner el acento en asuntos importantes. Por eso, sintonizadlo sin temor a no entender, que quizás el humor sea algo local, de cada idioma y a veces, de cada casa, pero la estupidez humana, esa en la que tan bien repara Bruno, se parece mucho en todas partes.

 

Fotografías de Jordi Brescó

Silvia Cruz Lapeña
Silvia Cruz Lapeña

Silvia Cruz Lapeña es periodista freelance. Colabora habitualmente en El País Semanal, Vanity Fair, RockdeLux, Letras Libres o Deflamenco.com. Es autora de Crónica jonda (Libros del KO, 2017), donde narra el viaje que hizo durante un año por los festivales de flamenco más importantes.