Iniciar sesión
A
  • Altaïr Magazine en Facebook
  • Altaïr Magazine en Twitter
  • Altaïr Magazine en Instagram
Iniciar sesión
¿Aún no estás registrado?

50 AÑOS DE SALVAS

Guinea Ecuatorial
Juan Tomás Ávila Laurel

Las primeras salvas se lanzaron cuando el primer gobernador español puso el pie en tierras guineanas, cuando hubo aquel intercambio de territorios con Portugal en la noche de las correrías coloniales. Fue noche, precisamente porque no fue ayer. Con la alegría de la llegada de aquel prócer —fuera quien fuera— las salvas hicieron acto de presencia por primera vez. Antes España debía pagar un alto tributo a la muerte ofreciendo la vida del brigadier Felipe José de Los Santos, conocido en las crónicas coloniales como Conde de Argelejos. Las salvas lanzadas fueron un gasto de pólvora que se hizo tradicional. Pero para ello había que pasar por la época inglesa de la Guinea insular, pues ingleses y descendientes de esclavos africanos se habían hecho un fuerte en Clarence, comprando ñames y aceite de palma a los levantiscos nativos de la isla Formosa —hoy Bioko— o recordando que se habían establecido para luchar contra la esclavitud.

Pasó el tiempo y el asentamiento español en las tierras guineanas se hizo real, y no precisamente porque en la jefatura hubiera un rey o reina, pero España ya pudo dar nombre a su aventura colonial africana. Qué corto consuelo para una poderosa nación, pensaría un nostálgico, que acababa de perder las Filipinas y Puerto Rico. Entonces, más razones todavía para que en el afianzamiento del hecho colonial se gastaran otros tantos kilos de pólvora en más salvas. Luego, envalentonados, forzaron a los bubis para que trabajaran para ellos. Ellos insistieron que no, trajeron de Cuba a ex presidiarios y convictos para desbrozar bosques y ante la blandura de los elegidos, o la facilidad para constituirse en oligarquía, se creyó que todo aquello no llegaría a ningún puerto. Entonces fue cuando aquella disyuntiva se resolvió con la contratación de miles de nigerianos para trabajar para la metrópoli. Suponemos que aquel brillante hallazgo se celebró con otras salvas lanzadas a la vanidad del racismo más intolerante. 

Corrieron los tiempos y aquello se maduró de verdad, y todo español iniciado en los secretos de la escuela podía saber que allá abajo, en tierras africanas, había lo que antes se llamó Territorios Españoles del Golfo de Guinea, y que en 1926 pasaron a ser provincias españolas, Fernando Poo y Río Muni, y que más tarde se unificó como Provincia del Golfo de Guinea, La Guinea Española. Entre tanto ajetreo para dejar el poso de todo aquel constructo en la Historia, más de una salva se lanzó, ya fuese celebrando fastos inventados, ya fuese para felicitarse por los embarques hacia la Madre Patria de cacao, de café, de maderas nobles africanas y de yuca. Algún mayor reconoció que alguna harina de yuca ayudó para paliar el hambre que se había apoderado de toda España durante la Guerra Civil. Supongo que al final de esta guerra más salvas sonarían para celebrar que el Caudillo había salido vencido gracias a Dios.

Pero en medio de tanta salva, en medio de tanto  esfuerzo por explotar el país y por hincar la bandera rojigualda en todos los rincones del mismo, —y con la suprema ayuda de Dios, que nunca abandona a los que se esfuerzan por difundir la semilla del amor de su Hijo—, nadie se dio cuenta de que en todo aquello no había guineanos. No estaban presentes salvo en una reducida minoría tenida por la selecta. No en vano no sólo se vivía el llamativo hecho de que cualquier nativo debía bajarse de la acera para que pasara un peninsular, hombre blanco de salacot, sino que estaba prohibido por ley que estos nativos se juntaran con las mujeres peninsulares. Mientras, en dirección contraria, los hombres de salacot gozaron lo que pudieron de las mujeres guineanas, ante la repentina mudez de la Madre Iglesia —tan proclive a ver los pecados en todo lo nativo—. Incluso más de un sotanado fue tentado por la carne, sabiendo pecador por la gloria de la sangre derramada por Cristo. Sí, los nativos estaban ahí, se sabía dónde estaban, pero al igual que un grupo grande de ellos se negó a servir a nadie más allá de lo aceptable, la misma España dictó —lo hizo desde el principio— que unos nativos podían ser emancipados (pero no para yacer con blancas a los ojos de nadie) y otros ser simples nativos, sin derecho a aceite de oliva. Y aquella actitud de no querer ver de quién estaban hablando cuando decían aquello de provincias españolas les pasó una gran factura

Ocurrió así: avanzaba el tiempo, y con la misma guerra española, dos guerras mundiales y la gloria final de Franco, los que habían tenido interés por Guinea no se dieron cuenta de que algunas cosas habían cambiado hasta que se toparon con la Comisión de Descolonización de la ONU. No podía estar ocurriendo que la misma Gran Bretaña hubiera descolonizado ya sus territorios y la España siguiera con aquella abominable actitud. Y fue cuando todo se aceleró. Fue cuando España asumió que aquellas provincias se harían autónomas y supongo que la asunción de aquel estatus se celebraría con otra tanda de pólvora lanzada al cielo ecuatorial. El estado de autonomía duró cinco años y se llegó al punto aquel porque los interesados creían que había una manera de burlar el celo descolonizador, que el cacao seguiría llegando a España, que en los bosques guineanos todavía tenían muchísima madera.

Pero España no era una potencia tan fuerte que en sus dominios no se ponía el sol, así que se vio obligada a desprenderse de sus territorios el día 12 de octubre de 1968. Así nació el ala negra de la Hispanidad, con discursos y firmas de los que se encargó el firmísimo ministro de Información don Manuel Fraga Iribarne. Nos imaginamos la cantidad de pólvora que se gastó para celebrar aquellas firmas y discursos, aunque queremos creer que parte de aquel gasto se hizo desde la más solemne hipocresía. Bueno, como todas las salvas lanzadas por acciones del poder. Pero lo hemos de decir aquí porque inmediato a aquellas salvas se presentó ante todos los testigos la verdadera cara del nativo guineano que nadie había querido mostrar, y fue que el heredero de aquellas salvas fue Francisco Macías Nguema, un emancipado que fue mediador entre nativos y colonos en los tribunales montados para los primeros. O sea, el apartheid. Y Macías juramentó que no faltarían las salvas en todo lo que quedaba de porvenir, pero no hizo ninguna sola promesa más.

Unos pocos meses después, ya estaba en profunda riña con el embajador español, desencuentros que terminaron con la retirada vergonzosa del destacamento militar y la consiguiente repatriación de la pólvora española que aún quedaba almacenada. Y todo se mostró. Macías no pudo hacer nada, no pudo mostrar nada, no pudo retener nada, y la esquizofrenia se apoderó de él. Primero abandonó la capital, luego puso su fe en el bloque comunista y cuando aquella esquizofrenia se hizo crítica, se proclamó vitalicio vencedor de los colonialistas y de Juan Fontán y Único Milagro de Guinea Ecuatorial. Mientras pasaba todo aquello, un tercio de la población ya había abandonado el país, los intelectuales del país habían sido eliminados, o se habían «fugado sin motivo» y todo se cerró, como si hubiera un intento para borrar la historia. Se sabe que Masié Nguema Biyogo Ñnegue Ndong, como pasó a llamarse, avergonzado del legado colonial que lo mancilló, comía pan en los palacios donde iba viviendo, aunque estuviera diciendo que el pan era un alimento colonial, y por ello, abominable. 

Hubiera seguido así, con aquella locura no conocida, de no ser porque se descuidó durante su viaje a la selva, hacia sus ancestros. Ah, con Macías no había nada que celebrar, pero de los maestros mismos de la pólvora hizo lanzar muchas salvas para celebrar sus particulares hechos heroicos: la exaltación del poder, el 7 de julio, su nacimiento y, por supuesto, el 12 de octubre, el día que venció a los «colonialistas y agresores españoles». Tanto empeño en no ver la realidad fue contra él, y en setiembre de 1979, once años de aquella aventura, se vio ante un pelotón de fusilamiento y mandado a las regiones más oscuras de la posteridad, asumiendo los mandos militares, y luego los civiles, el teniente coronel Obiang Nguema Mbasogo. Ni toda la pólvora de China hubiera bastado para las salvas con que celebramos nuestra vuelta a la vida. Pero eran salvas por un presente tan aterrador que no podía traer ningún presagio positivo. Fue la manera en que, pasando el tiempo, descubrimos toda la carga de infamia que había detrás de aquella asunción de poder que tuvo lugar el 3 de agosto del 79. Lo que se hizo claro fue que Obiang se convirtió en un gran consumidor de pólvora  y quizá en casi medio siglo haya lanzado más salvas que toda la época colonial. Con él descubrimos que celebrar fastos con motivo inexistente es una de las formas más llamativas de tapar carencias. Con Obiang se huele a pólvora quemada en salvas el 12 de octubre, el 3 de agosto, el 15 de agosto, el 5 de junio y cualquier día que decida que es fiesta de guardar. Todo según su dictatorial y vengativa conveniencia.

Lo necesario es que los guineanos hagamos acallar los cañones y apartemos de nuestro camino a los que han dedicado nuestros recursos a iluminar los fuegos fatuos de su megalomanía. En ello estamos algunos. 

 

Imagen de cabecera, CC Contando Estrelas

Juan Tomás Ávila Laurel
Juan Tomás Ávila Laurel

Escritor ecuatoguineano nacido en la isla de Annobón en 1966 y formado como técnico sanitario. Ha combinado el ensayo sobre la realidad de su país con la narrativa corta y la novela, donde destacan sus obras Avión de ricos, ladrón de cerdos (El Cobre, 2008) y Arde el monte de noche (Calambur, 2009).