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A 15 METROS DE DISTANCIA

Vida en la periferia de Londres
Astrid Otal Beltrán

Una media de ocho trenes pasa cada hora a quince metros de las casas de Mayall Road, en la periferia de Londres. Sus ventanas, sin persianas y con las cortinas sin cerrar, exponen fragmentos de la vida de sus inquilinos, como si fueran diarios íntimos. ¿Qué es lo se queda sin leer desde los vagones?

Mayall Road se ubica en el barrio de Herne Hill, entre la zona 2 y 3 del sur de Londres. En 1869, un constructor compró 360 áreas y edificó una larguera de casas victorianas. Su nombre sirvió para conmemorar al fotógrafo John Mayall Junior, la primera persona en recorrer la ruta entre Londres y Brighton en bicicleta —53,4 millas— en el mismo año de 1869. Esa hilera de viviendas, en la actualidad, permanece casi inalterada: su color nuez moscada, su amplia calle, los tres peldaños de escaleras que preceden a las puertas. Un lugar residencial de propiedades privadas y casas de alquiler social que acoge a jóvenes y familias de inmigrantes. Vecinos de clase media y obrera cuya variedad de ingresos puede percibirse en el diferente estado de las fachadas. Los años, en esa calle, apenas han incorporado señales que limitan la velocidad a veinte, adornos a cuenta del gusto de cada propietario y una señora rubia, fija como una estatua, que bebe cerveza desde la mañana hasta que cae la tarde. Las vías que conectan el tránsito más concurrido del sur de Londres continúan paralelas a quince metros de distancia de la parte trasera de las casas. Y, a sus amplias ventanas siguen sin llegar las persianas, porque en este país los días son demasiado grises.

Por Mayall Road pasa una media de ocho trenes cada hora; Herne Hill es la penúltima parada antes de llegar a las estaciones sureñas de Londres. El promedio diario de pasajeros asciende hasta 178.548 personas, 65.170.020 al año. Cualquiera que tome el tren entre semana sabe que la búsqueda de asiento comienza antes de que las puertas se abran —la vista se agudiza para chequear las opciones desde el andén—, que ningún perfume supera el aroma a muffins y que el mejor compañero de trayecto no es el chico que escucha heavy metal, a las 7:15 de la mañana, con el volumen al máximo, aunque lo haga con cascos.

La capital, para la mayoría que se traslada desde los distritos circundantes, significa trabajo; el tren, vagones en los que invierten más tiempo que el que emplean para la comida y Mayall Road, con su fila de casas de ventanas indiscretas, habitaciones a las que acceder sin tener una copia de las llaves. Quince metros acortan cada día el desconocimiento sobre sus inquilinos. Los pasajeros pueden detenerse en camas desechas, en cocinas destartaladas, en la madre de pelo trenzado que prepara el desayuno con su hijo en brazos. En los escritorios con lámparas minúsculas y papeles esparcidos. En el joven que se coloca unas gafas de sol de la cabeza, aunque el cielo se encuentre nublado. En los perezosos señores que arrastran sus pies con desgana. Y, sin embargo, los fragmentos perceptibles se quedan en íntimas minucias cotidianas. Nadie conoce las historias fuera de los bastidores de las ventanas.

Aishah Matsuraga vive desde que nació con su padre en el número 135: dieciocho años con un traqueteo incesante hasta pasada la medianoche. Los trenes frenan con un sonido lento y decreciente que produce chirridos sensibles para los que sufren dentera. Pero Aishah Matsuraga es indiferente a su ruido, incluso duerme con mayor facilidad donde suena el tráfico. Aishah roza los 160 centímetros de altura, lleva ropa cómoda y unas gafas granates que se posan en su nariz recta y ancha. Su cuarto no es demasiado espacioso, pero encaja un espejo, un estante de libros y una litera. El catre superior, desde que se mudó su hermano, sirve para amontonar todas esas cosas sin otro lugar específico: viejos atuendos y algún que otro juguete de infancia. Quiere estudiar Diseño Industrial, «para crear productos que hagan la vida más fácil», y ahora espera una carta de confirmación de la Universidad de Loughborough. Tiende a soñar y a soltar su risa cuando termina frases modestas y enternecedoras. No cambiaría muchas cosas en su vida, se conforma con desprenderse algún día de la vieja puerta delantera que hay enfrente de su casa y poner otra que no se portee con el aire. Le gusta su hogar, no cree que sea muy distinto a otros lugares: «Aquí la única diferencia es que pueden ver con detalle tu colada». 

 

— Esta casa es un legado. Mis abuelos emigraron desde Jamaica para trabajar, luego fue mi padre quien se quedó a su cargo y yo espero heredarla también.

 

Aishah Matsuraga vive desde que nació con su padre en el número 135: dieciocho años con un traqueteo incesante hasta pasada la media noche.

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Sus abuelos decidieron cruzar el charco hacia Inglaterra, como tantos otros jamaicanos, entre los años 60 y 70. Jamaica había alcanzado la independencia en 1962, pero sus abuelos tenían expectativas puestas en Londres. En el distrito al que pertenece Herne Hill, solo un 40% de la población es blanca de origen británico; una cuarta parte de sus ciudadanos proceden o son descendientes de caribeños y sudafricanos. En Brixton, el barrio contiguo a Herne Hill (a diez minutos andando desde Mayall Road), la media de la población jamaicana aumenta hasta el punto de que se conoce el lugar como Little Jamaica. Y Little Jamaica conserva los sueños de posibilidades y la cultura de los primeros que llegaron: mercados con olor a pimienta negra, curry y licor de café; puestos con madera tallada y marimbas a la venta; calles con maceteros rosas, paredes verdes, verjas rojas y barandillas azules; mensajes en mitad de la acera que dicen: Book stop. Free books. Knowledge is power.

 

Por Mayall Road pasa una media de ocho trenes cada hora; Herne Hill es la penúltima parada antes de llegar a las estaciones sureñas de Londres. El promedio diario de pasajeros asciende hasta 178.548 personas, 65.170.020 al año. Vías desde el balcón de Aishah Matsuraga.

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En Little Jamaica existe un sentimiento de comunidad, una identidad cultural, como describió Stuart Hall, el influyente teórico de origen jamaicano que vivió en Inglaterra desde los 19 años. Ese «yo colectivo o verdadero» definió Hall «que se oculta dentro de los muchos otros yos, más superficiales o artificialmente impuestos, que un pueblo con una historia y una ascendencia compartidas tiene en común». Subjetividades inscritas, suturadas, en un relato. Tres ejemplos. En 1985, la policía irrumpió en la casa de Dorothy Groce en busca de su hijo por estar relacionado con un robo. El hijo no se encontraba en casa, pero la policía disparó en el torso de la madre mientras ella estaba tumbada en la cama. Se quedó paralítica. Las calles de Brixton vivieron 48 horas de disturbios y se llenaron de pancartas antirracistas. Cuando en 1993, Stephen Lawrence fue apuñalado por un grupo de neonazis en una parada de autobús, los culpables fueron absueltos y la policía recabó información para desacreditar a la familia de la víctima. Brixton ardió en protestas. Cuando dieciocho años más tarde, tras la lucha incansable de la familia, se hizo justicia, en Brixton hubo satisfacción. Jamaica la sienten hasta los que ya nacieron en Inglaterra. El 5 de agosto de 2012, durante los Juegos Olímpicos de Londres, las televisiones del barrio —incluidas las de pequeños comercios y peluquerías— y la pantalla gigante del recinto musical Electric Brixton sintonizaron lo que se calificó como los mejores 100 metros lisos de la historia. Brixton iba con Jamaica y Usain Bolt les regaló un nuevo récord olímpico, 9,63 segundos, un día antes del 50 aniversario de la independencia jamaicana tras haber sido colonia inglesa. En Little Jamaica se desgastaron en menos de un minuto más suelas de zapatos en saltos eufóricos que en meses de uso.

El abuelo de Aishah Matsuraga falleció en un accidente laboral. Se encargaba de armar los andamios de una empresa de construcción y cayó de uno de ellos. Su abuela trabajó sin que el agotamiento la derrumbara para sacar el sueldo que antes se conseguía entre dos. Las casas también suelen estar construidas de recuerdos. Aishah Matsuraga fantasea a partir de apariencias desde que era pequeña, y explica: «Cuando miras a extraños, te preguntas si tienen una historia interesante». Su mente crea posibles guiones de vidas: «Por ejemplo, miro y pienso qué tipo de personas serán, si vivirán con su familia o simplemente solas en casa; si tendrán pareja. Si el carrito que arrastran pertenecerá a su primer o a su segundo hijo». La chica con un cuarto a quince metros de la línea principal del sur de Londres no tiene Facebook, ni Twitter, ni Instragram. «La privacidad», reflexiona «es ser capaz de descubrir lo que es apropiado revelar sobre ti públicamente y lo que no. Ahora todo el mundo cuelga fotografías de su vida entera. Creo que es curioso que las personas expongan todo en las redes sociales y luego no estén dispuestas a tener una casa al lado del lugar por donde pasa el tren. Sin embargo, yo, cuando quiero mostrar algo de mí, prefiero que sea en persona». 

Paula Sibilia, en su libro La intimidad como espectáculo, habla de la «sociabilidad líquida» o «cultura somática» de nuestro tiempo, «donde aparece un tipo de yo más epidérmico y dúctil, que se exhibe en la superficie de la piel y de las pantallas». La intimidad ahora se expone a los ojos del mundo. Como el documental Tarnation en el que Jonathan Caouette recopiló las grabaciones en Súper 8 que filmó desde los 11 años. Su madre era esquizofrénica. Como el email que la artista Sophie Calle recibió de su amante y llegó a museos de diferentes países: «Me hubiese gustado que las cosas fuesen de otro modo. Cuídese mucho». Como el vídeo viral de Youtube en el que una chica, frente al ordenador, se frustra por no entonar como Céline Dion. Y a las muestras exhibidas se suma la atracción irresistible por consumir vidas ajenas; un complejo de James Stewart por espiar escenas privadas, incluso sin prismáticos y sin asesinato de por medio: «Aunque no sean grandes vidas, de figuras ilustres o ejemplares, como se ve por todas partes: basta con que sean auténticas, realmente protagonizadas por un yo de verdad», destaca Sibilia. Las intimidades que pueden ser entrevistas desde el trayecto del tren: la habitación poco espaciosa de Aishah Matsuraga, su espejo, su estante de libros y su litera... Y, luego, el gran sofá blanco que su padre sacó al balcón y colocó mirando hacia las vías.

 

—Simplemente nos gusta salir y mirar fuera —responde sorprendida, como si hubiera más rareza en la pregunta que en el hecho de colocar un sofá con vistas a la nada: no hay paisaje, ni montañas, ni una calle singular; nada más que las vías y las malezas que han crecido en los bordes. Ella le encuentra su encanto.

 

No es exhibicionismo, Aishah Matsuraga ni siquiera se para a pensar mucho en que los pasajeros pueden observar secuencias de sus rutinas. «Las vías siempre han estado allí», sintetiza mientras se encoge de hombros. El tren está ligado irremediablemente a su vida y, a veces, hasta crea conexiones efímeras:

 

—Son sobre todo los niños los que te saludan, y yo a veces les devuelvo el saludo. Puedes ver a sus padres diciéndoles: «Oh, no, no mires a las casas». Pero a mí no me importa. Mi padre es el que también me dice: «No les animes a saludar...». Pero yo no tengo realmente nada que esconder y he vivido aquí toda mi vida.

Mayall Road se divide en dos tramos separados por la calle perpendicular Shakespeare Road, que atraviesa los raíles por debajo y sirve para separar los bloques de casas. William Shakespeare vivió a veinte kilómetros de distancia y ahora su nombre pertenece a un vecindario en el que existencias pueden ser leídas desde las ventanillas de un tren. «La intimidad, en Shakespeare, resulta un tema recurrente, casi siempre terrible», apunta Juan Kruz Igerabide, doctor en Filología y profesor de la Universidad del País Vasco: «Tenemos la intimidad sufriente del rey Lear, traicionado por sus propias hijas. La intimidad desesperada de Otelo, reconcomido por los celos. La intimidad ilusionada y romántica con trágico final de los enamorados en Romeo y Julieta. La intimidad terrible en la frontera entre la locura y la cordura de Hamlet, con sus conversaciones íntimas consigo mismo y con el fantasma de su padre. La intimidad de camaradería y pérdida de amistad que ocurre entre Enrique III y Falstaff. La intimidad de la voz shakespeariana en los sonetos, hablando a su amada que va convirtiéndose en dama negra mientras él reflexiona al mismo tiempo sobre la existencia y sus avatares». La intimidad que se despedaza en sus versos:

 

Cuando en sesiones dulces y calladas

hago comparecer a los recuerdos,

suspiro por lo mucho que he deseado

y lloro el bello tiempo que he perdido,

 

Al otro lado de Mayall Road, en la puerta 237, Philippa Luddington cuenta que se mudó hace un año y un día, después de más de 28 años de matrimonio que terminaron en divorcio por «todas las cosas que él hizo».

Philippa Luddington tiene 54 años, tres hijos, dos gatos, unos ojos de aguamarina clara y un tono de voz que calma la tensión presente en el primer encuentro con un desconocido. Viste en casa una túnica azul oscura y unos pantalones piratas de lino. Recoge su cabello blanco en una coleta, excepto los mechones cortos del flequillo. Se levanta a las seis de la mañana entre semana, medita media hora, desayuna y marcha a trabajar. En su trabajo, sigue llevando ropa holgada porque «a los niños de cinco años no les preocupa lo que te pongas». Llegó al número 237 de Mayall Road el 11 de julio de 2014, cuando había decidido separarse, y se encontró en un hogar que no era el suyo, con un baño horroroso, una cocina estrecha y mecanismos de funcionamiento que escapaban a su lógica y gusto. «Incluso las cosas en las que no reparas y pensaba que no tendría que cambiar», explica, «las cambié. Las puertas eran de esas en las que no hay picaporte, que tan solo empujas para abrir». Philippa Luddington parece haber puesto tanto empeño en arreglar la casa como en reconstruir su vida. La chimenea sigue sin gustarle, cree que tendría que ser blanca; pero un año y un día después, las puertas cierran con pestillo.

 

Desde el tren, resulta difícil distinguir con claridad la habitación de Philippa Luddington: las proporciones de su ventana rondan los 70 centímetros de ancho, 105 de largo. Pero en invierno, cuando anochece alrededor de las cuatro de la tarde y las luces de la casa se encienden, puede que se la vea asomada o a los pies de la cama observando los retratos de sus tres hijos (dos chicas, un chico) colgados en la pared. 

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—La intimidad es tu espacio, la comodidad, es cómo quieres que las cosas sean. Vivir tu vida.

 

Y el hogar —añadiría el ensayista Yepes Stork— es la expansión de la intimidad: «La propia casa, la propia habitación, el armario, el cajón donde uno guarda sus secretos, sus diarios de adolescente o las poesías que nunca se ha atrevido a enseñar a nadie, son expresiones de la intimidad. La propia habitación entra en la dimensión propia del sentido del pudor». Desde el tren, resulta difícil distinguir con claridad la habitación de Philippa Luddington: las proporciones de su ventana rondan los 70 centímetros de ancho, 105 de largo. Pero en invierno, cuando anochece alrededor de las cuatro de la tarde y las luces de la casa se encienden, puede que se la vea asomada o a los pies de la cama observando los retratos de sus tres hijos (dos chicas, un chico) colgados en la pared. «Yo lo he intentado y no puedes ver muchos detalles de mi casa. Y, lo que se ve, simplemente pienso, bueno, yo no sé quiénes son ellos, ellos no saben quién soy yo, no hay problema», concluye. Detalles de su vida imperceptibles para los viajeros.

Philippa Luddington llegó a Mayall Road con veinte cajas rebosantes de libros. Donó 17 por falta de espacio y las tres restantes las colocó ordenadamente en las dos altas estanterías de cinco repisas del salón de estar. Vive —entre tantos otros— con Anita Shreve, Jodi Picoult, Anne Tyler y James Lovegrove, su hermano, escritor de ciencia ficción. Still Alice, la última novela devorada, sigue en la mesa que hay delante del sofá. Pocas cosas capturan más su atención que la excentricidad de la familia Mitford, unos aristócratas británicos pobres que vivían en mansiones y llegaron a ser conocidos el siglo pasado por sus escándalos y peculiaridades. «Estaban todos locos», dice mientras abre una de las biografías escritas sobre ellos. Definitivamente, los Mitford no se caracterizaban por la cordura. Seis hermanas y el varón que murió al final de la Segunda Guerra Mundial en Birmania. Diana abandonó al heredero de la cervecera Guinness para casarse con el fundador de la Unión de Fascistas Británicos. Unity también se puso la camisa negra e insultó a los rojos. Años después fracasó en su intento de suicidio pegándose un tiro. Jessica fue comunista. Nancy era una socialista con un amante gaullista. Deborah bailó con John F. Kennedy y tomó té con Adolf Hitler. Pamela viajó en coche sola por Europa, fue una de las primeras mujeres en hacer un vuelo transatlántico, se casó con un científico bisexual fascista y superó su divorcio viviendo en el campo con una amante de los caballos. Philippa posee decenas de vidas ajenas en sus estanterías.

La mujer que se mudó hace un año y un día había vivido dos veces cerca del tren anteriormente, pero nunca tan pegada ni en una línea principal. La primera semana se despertó todas las noches por el ruido del último tren. Ahora duerme del tirón sin percatarse: «Te acostumbras rápido. No he vuelto a despertarme y la verdad es que prefiero los trenes al tráfico de los coches», puntualiza. Compró la casa justo cuando estaba rebajada y justo cuando necesitaba otro lugar donde vivir. «Mi marido se portó mal. Decidí divorciarme y, bueno, obviamente no había otra opción más que mudarse», aclara con tono de humor. La separación puede superarse más rápido si te enamoras de los conceptos idílicos del barrio de Herne Hill: vecinos con vespas aparcadas en las puertas de sus casas, cafés en una plaza repleta de bicicletas apoyadas en los árboles, un piano de colores vivos, a la salida de la estación, con tantos dueños como personas quieran parar a tocar. 

En el piano de la casa de Philippa Luddington suena Franz Schubert. Su hija pequeña tiene talento para la música: sabe cómo tocar el teclado y el chelo. El año que viene quiere ir a estudiar al conservatorio superior de Madrid o Barcelona. Les gusta conversar en la terraza en los intervalos en los que no pasa ningún tren. Ahora se suele sumar Charlotte, la mayor, que tiene todas sus cosas por el sofá «momentáneamente».

 

Los conceptos idílicos del barrio de Herne Hill: vecinos con vespas aparcadas en las puertas de sus casas, cafés en una plaza repleta de bicicletas apoyadas en los árboles, un piano de colores vivos, a la salida de la estación, con tantos dueños como personas quieran parar a tocar. 

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—Acaba de romper con el novio. Ella tiene 28 años, él, 31. Han vivido siete años juntos y se ha preguntado: «Y ahora, ¿qué?». Pienso que quiere casarse, mudarse a otra casa, tener hijos... pero él tiene dudas. Los miedos. Creo que volverán porque han empezado a hablar acerca de alquilar otro piso. Ellos se quieren.

 

Philippa Luddington, a veces, entre medio de sus charlas en el banco de la terraza, se ausenta para preparar café en su cocina alargada y estrecha. Se para en una elevada balda colocada a unos 90 centímetros de la encimera y deduce: «Aquí debía vivir un señor muy alto». Luego se olvida. Ha comenzado a mirar su hogar con menos extrañeza, a desplazar de su mente las habitaciones de su antigua vivienda. Probablemente algún día dejará de referirse a la casa con el determinante y empezará a usar el posesivo «mi». De momento, vuelve, se sienta y charla.

Los pasajeros que cogen el tren de vuelta lo hacen en horarios esparcidos durante la tarde. Los asientos libres no peligran y la gente se acomoda con suspiros de fin de jornada laboral. Los vagones huelen a patatas fritas del McDonalds. Cuando el tren pasa paralelo a unos quince metros de la calle de Mayall Road, muchos de los cuartos tienen las luces encendidas. Una joven quitándose los zapatos, una familia cenando, alguien en su cocina. El reflejo de imágenes que desprenden los televisores. Desconocidos con la ropa lavada en sus tendederos; coladas que tan solo son los prólogos de sus vidas.

Astrid Otal Beltrán
Astrid Otal Beltrán

Periodista. Nació en Huesca, en 1992, pero diría que ahora casa es cualquier lugar donde ofrezcan oportunidades. Inglaterra lo fue por un año. Las crónicas son su excusa para resolver inquietudes. Preguntarse el cómo y el porqué de las cosas.