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AFROPEOS EN GAMBIA

Mezcla creativa de dos mundos
Nat Illumine

Cuando era más joven, mi mejor amigo y yo solíamos imaginar que un día nos iríamos de Londres y montaríamos una comuna en una playa en algún lugar del mundo, donde seríamos libres para escuchar reggae todo el día, fumar copiosas cantidades de hierba y vivir en harmonía para siempre jamás. Un día mi amigo me dijo que había encontrado este país ideal que habíamos estado buscando: la costa sonriente del África Occidental, un pequeño enclave encajonado dentro de Senegal llamado Gambia.

Es cierto que el deseo de montar una comuna es menor ahora que tenemos carreras, niños y unas cuantas décadas a las espaldas, pero desde la primera vez que fui a Gambia, no he podido dejar de volver. Con mi familia, con amigos... Hemos cultivado amistades, formado relaciones, creado emisoras de radio, construido casas y tenido niños. A veces, uno se enamora de un lugar y es imposible dejarlo atrás. 

El estado más pequeño de África, con una población de menos de dos millones de personas, es también conocido afectuosamente como la pequeña Jamaica, por el amor a la cultura de la isla caribeña que se encuentra en Gambia. En sus visitas, los artistas jamaicanos de reggae son tratados como reyes —en 2008, Sizzla fue recibido por el mismo Presidente en el Palacio Real—. La marihuana es abundante, hay fiestas reggae cada día en las playas y los clubs y clamar contra Babylon es un pasatiempo nacional. Como Jamaica, Gambia también fue colonia británica, pero está mucho más cerca de Europa, y mientras algunas zonas de Jamaica son tabú para los turistas, Gambia se enorgullece de su baja criminalidad y de el entorno seguro que ofrece a la gente que trae esos muy deseados dalasis (la moneda nacional), convirtiéndolo en un imán para los turistas europeos. 

 
 

Porque, efectivamente, el turismo es uno de los principales sectores económicos de Gambia. La economía nacional crece lentamente y mucha gente vive de los visitantes. Al contrario que en otros países, en Gambia esto se traduce en una relación de simpatía relajada con el turista. En nuestros primeros viajes al país, por ejemplo, hicimos muchos amigos a través de encuentros casuales, y conocimos personajes brillantes.

Los encantos de Gambia son muchos, sencillos y accesibles. Las fiestas en la playa son una norma —acompañadas de barbacoas de pescado—. Hay pocas cosas que gusten más a mis amigos gambianos que jugar al fútbol y lanzar rimas en la playa, micrófono en mano, hasta la madrugada. Es muy fácil —y merece mucho la pena— alejarse de las trampas turísticas de zonas como Senegambia, la playa y barrio en la periferia de Banjul que reúne la mayor parte de los albergues baratos. En Bakau o Bijilo, los clubes están regentados por locales y en la concurrencia, entregada al baile, se ven menos pieles quemadas. Bajando por la costa, se puede descubrir multitud de pequeños pueblos marineros, como Sanyang.

 

Niños en el pueblo de Lamin.

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Merece la pena también viajar río arriba, especialmente en una barca de pesca —se puede organizar sin dificultades— en vez de tomar los ferries para turistas. Hace falta algo de tiempo, pero llegando hasta Janjangbureh (antiguamente conocida como Georgetown) se puede ver en su hábitat natural al animal más mono pero menos amistoso del mundo, el hipopótamo pigmeo. Dispersos por el país hay parques nacionales donde es fácil observar la fauna de cerca, incluso ejemplares mansos de cocodrilo. Tocarlos es seguro hasta para los niños: una vez, un guía colocó a mi hija de dos años sobre el lomo de un cocodrilo para que mi marido le sacase una foto, mientras yo entraba en pánico y rogaba porque me devolviesen una niña entera.

Como en otros países, el turismo sexual es abundante; no es extraño entrar en un bar para turistas lleno de ingleses blancos, mayores, rodeados de espectaculares mujeres gambianas o senegalesas. Pero el aspecto más interesante es el gran número de mujeres blancas de una cierta edad que entablan relaciones con atractivos hombres africanos, presumiblemente intercambiando el dinero para la matrícula escolar de la familia por algo de amor. Sin embargo, a pesar de este panorama poco saludable, es importante no ser demasiado cínicos. Una de mis amigas más queridas se casó con un gambiano que resulta ser bastante más joven que ella y que ahora mismo le está construyendo en su pueblo, con sus propias manos, una casa para la jubilación (de ambos). 

A unas pocas horas de la costa gambiana se encuentra una de sus lugares más especiales: la isla de Kunta Kinte. El río Gambia se adentra setecientas millas en el continente, y por lo tanto era fundamental para la trata de esclavos transatlántica. Se calcula que tres millones de esclavos fueron llevados río abajo para ser transferidos a América desde aquí. La isla se encuentra en la boca del río, a tan sólo treinta kilómetros del estuario, y se utilizó como puesto comercial desde el siglo XV; al principio perteneció a los portugueses y después se convirtió en un fuerte estratégico por el que pelearon franceses e ingleses.

Para visitarla, zarpamos con una pequeña embarcación a través de los manglares, tendidos sobre el casco mientras los delfines jugueteaban alrededor del bote. Al acercarnos a la isla, los esqueléticos baobabs —sus únicos habitantes— se alzaban majestuosos, un reflejo del peso del pasado de este lugar. Los ingleses la llamaban James Island, y construyeron en ella un fuerte que ahora se está derrumbando en el mar. Las ruinas incluyen los alojamientos de la administración británica, junto con la única celda para esclavos que queda en la estructura, una caja de zapatos en la que se apelotonaban los cautivos. Apenas un rayo de sol entra a través de la portilla por la que los captores pasaban la pequeña ración de fruta del baobab que nutría a los esclavos al comienzo de su agitado viaje sin retorno.

 
 

Aquí llegan visitas turísticas con regularidad, pero es más interesante arribar por uno mismo y empaparse de la historia con el ritmo que se prefiera. A menudo los viajeros lloran en la isla, envueltos por la presencia del pasado, un recordatorio de la crueldad en el encuentro entre Europa y África, hace tanto tiempo.

En la costa cercana a la isla se encuentran los pueblos de Albreda y Juffureh. De este último se dice que es el pueblo donde vivía Kunta Kinte, protagonista de la novela Raíces de Alex Haley —publicada en 1976 y que dio lugar a la famosa serie de televisión—, antes de ser capturado. Las autoridades gambianas se han propuesto capitalizar la popularidad de Raíces y han instalado en el pueblo un rudimentario museo, financiado por Haley, que se planteó la obra como una exploración de su propio legado familiar. El museo, cubre la historia de la trata de esclavos en la zona y está acompañado por la réplica de un barco esclavista, en cuya bodega no tuve el coraje de entrar.

La zona costera ha sido testigo de cómo los jóvenes gambianos están construyendo una floreciente industria cultural. Los músicos, las agencias de publicidad y promoción, los presentadores de televisión, los DJ radiofónicos, los diseñadores de moda y los empresarios están actuando para hacer realidad el potencial virgen de este pequeño estado.

Hay grandes carencias de desarrollo e infraestructuras. Por ejemplo, durante su visita al país, Sizzla (un dios para los gambianos) fue cabeza de cartel de un gigantesco show en el Estadio de la Independencia de Bakau, pero después de cuatro canciones hubo un corte de electricidad que dejó a los fans desolados.

Sin embargo, hay un gran potencial para crear e inspirar. Nuestros amigos Lena y Bankie, por ejemplo, dirigen una agencia de márketing, Hot Ink Media, que trabaja en comunicación en todos los medios, así como en diseño gráfico, fotografía y vídeos musicales. Lena creció en Suecia; su madre es sueca y su padre gambiano; Bankie creció en Gambia y se formó en los Estados Unidos. Se conocieron en Gambia, se casaron y fundaron una familia.  

Lena es fotógrafa, diseñadora gráfica y promotora; ha organizado, por ejemplo, la reciente Fashion Weekend de Gambia, así como un evento mensual de spoken word llamado Word of Mouth. Otro de nuestros amigos es Ndeyfatou Ceesay, un diseñador de moda nacido en Gambia pero criado en Togo, que también ha vivido en Mali, México, Londres y Nueva York. Ahora Ndey desarrolla dos líneas de ropa: Hahatai, ropa de mujer afro/bohemia y una línea de ropa para hombre de alta costura que lanzará pronto con el nombre de Noir. «Nunca he estado tan orgulloso de algo en lo que me haya embarcado», afirma.

Cada miércoles, Lena y Bankie son los anfitriones de una velada en la que, entre juegos de mesa, se discute el estado del mundo creativo en Gambia. «Hay algo de vivir en Gambia que me inspira para crear», me dice Ndey en un pausa durante un juego especialmente ruidoso de Tabú. «Cuando volví a Gambia lancé una marca nueva en menos de seis meses, y es mi mejor trabajo hasta la fecha. Sin duda me voy a quedar más esta vez», dice riendo. Lena también volvió después de pasar un tiempo en Londres y Zimbabue. «Volví para conocer mis raíces y a mi familia mejor, aprender algo más de mi cultura» afirma. «Pero también vine porque necesitaba explorar un nuevo entorno. Gambia tiene mucho potencial y muchísimas oportunidades, tan sólo tienes que tener la creatividad para verlo.»

Lo que le falta a Gambia en la oferta de cultura y ocio —teatros, cines, exposiciones— se compensa con el potencial y la cantidad de talento en bruto. Hay ejemplos en el grupo Black Lynx, que organiza el festival anual Open Mic, el festival de música más grande de Gambia, o en Killa Ace, figura del hip hop local que lidera su propio movimiento, The Cypher. «Aquí se pueden crear muchísimas cosas, porque hay una demanda de actividades creativas, de inspiración», dice Lena. «No podía dejar pasar la oportunidad de hacer realidad estas cosas; inspirarme e inspirar a otros.» Para Ndey, como diseñador de moda, tanto el material como el talento para la costura y la sastrería son abundantes y asequibles aquí; el otro lado de la moneda es que todo el mundo es capaz de diseñar y crear su propia ropa. También hay algo a lo que se refieren, en inglés, como GMT: Gambian Maybe Time, «Zona horaria quizás de Gambia». «El tiempo parece ir más lento en Gambia», apunta Ndey riendo. Sin embargo, Gambia es un lugar donde de verdad es posible hacer que ocurran cosas. «Es un juego abierto a todos», explica. 

 

La fotógrafa y diseñadora Lena Nian.

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Cuando estoy entre estos amigos es cuando de verdad me siento afropea. Al haber viajado por el mundo y residido en Occidente, —al contrario que muchos gambianos— Lena y Ndey pueden entender el concepto de formar parte de dos mundos. «Creo que es un buen modo de describirme», dice Ndey. «Hay una cosa que siempre oigo aquí, en Gambia, y es “tubab nga”. La traducción literal es: “Eres blanco”. Pero el significado verdadero no tiene nada que ver con la raza. Es más un sentimiento relacionado con tener una cultura prestada, que es tuya tanto como la cultura de la que provienes. No es ni un cumplido ni un insulto.»

Lena también se siente identificada con esto: «Es gracioso, porque cuando en Europa me preguntan de dónde soy, esperan que diga Gambia; pero aquí, si digo Gambia, se ríen y dicen “no, no, no”. Al crecer en una ciudad pequeña, siempre destaqué, y lo único que quise siempre fue encajar, hasta el día en que me di cuenta de la fuerza que hay en ser diferente. Así que abrazo lo africano que hay en mí, dándome cuenta de que, sí, soy una mezcla de dos mundos, pero necesito adoptar mi negritud y aprender la historia y cultura de mis orígenes para poder entenderme mejor. Y así, me encuentro en Gambia». Yo también me he encontrado en Gambia, y estoy contenta de ello. Es aquí donde puedo sentirme de verdad afropea. 

 

Fotografías de Jonathan Oppong-Wiafe (la fotografía de cabecera es de Mishimoto). 

Nat Illumine
Nat Illumine
Junto a Johny Pitts y Yomi Bazuaye, Nat Illumine es editora de Afropean, una revista digital multidisciplinaria que explora la interacción social, cultural y estética de las culturas negras y europeas, además de la sinergia de estilos e ideas provocadas por esta unión.