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ANTIFA

(No) violencia y antifascismo cotidiano
Mark Bray

Publicamos un fragmento de Antifa. El manual antifascista, editado por Capitán Swing, el libro del historiador Mark Bray, uno de los organizadores del movimiento Occupy Wall Street y estudioso de la izquierda global.  

A lo largo de esta obra Bray (entre muchas otras cuestiones) abarca la paradoja que resulta ante dos realidades encontradas: El rechazo abierto y sin peros a un pasado fascista frente a la no identificación del neo-fascismo tan creciente en la actualidad.

No hay más que observar los gobiernos mundiales: Jair  Bolsonaro en Brasil, la coalición con la Liga Norte en Italia, el auge de partidos de extrema derecha como Demócratas de Suecia, Frente Nacional en Francia, Amanecer Dorado en Grecia, o Vox en España. El valor de la obra de Bray reside en la  siguiente premisa: es necesario aprender del pasado para no cometer los mismos errores en el presente

Por el momento, su lectura sigue siendo urgente.

Aquí nos brinda algunas tácticas y consejos de la (no) violencia ante la ultra-derecha.

 

Traducción de Miguel A. Pérez

 

Desde Tom Hanks en Salvar al soldado Ryan y Brad Pitt en Malditos bastardos hasta Indiana Jones. Parece que no hay nada que les guste más a los espectadores en Estados Unidos que ver morir a los nazis. Son epítomes de maldad histórica. Cualquier forma de castigo infligida sobre el cuerpo de un nazi proporciona un deleite catártico. Ya sean los golpes en la cabeza con un bate de béisbol del «oso judío» en la película de Tarantino o las hélices de avión que hacen rebanadas al mecánico alemán en En busca del arca perdida. Es una venganza justiciera que se cobra a una distancia cronológica y espacial segura. La Segunda Guerra Mundial es el conflicto menos controvertido en la historia de Estados Unidos. Pocas personas cuestionan la legitimidad de la lucha contra los nazis de finales de la década de 1930 y la de 1940. 

Esos mismos espectadores ¿considerarían igual de heroico enfrentarse a los nazis antes del estallido de la guerra? ¿Cuando el régimen de Hitler ya estaba construyendo los campos de concentración y los guetos? ¿Y antes de que Hitler llegase al poder en 1933? ¿Cómo reaccionarían los estadounidenses ante una película que mostrase a las organizaciones comunistas y socialdemócratas, tales como la Liga de Luchadores Rojos del Frente, el Frente de Hierro contra el Fascismo o Acción Antifascista, en sus enfrentamientos con las tropas de asalto nazis de las décadas de 1920 y 1930? Quiero pensar que la mayoría se mostraría favorable a estas agrupaciones militantes. Saben que el relato termina, en última instancia, en las cámaras de gas.

Entonces, ¿por qué hay tantas personas «alérgicas» no solo a la posibilidad de enfrentarse a los fascistas y supremacistas blancos de forma física, sino incluso a impedir con métodos no violentos sus discursos a favor del Cuarto Reich?

Las razones parecen ser varias. En primer lugar, la mayor parte de las personas tienen una comprensión del fascismo que no permite los términos medios. Eso les impide tomárselo en serio hasta que los nazis llegan al poder. Los comentaristas de centroizquierda o los votantes desilusionados de Hillary Clinton no dejan de quejarse del «fascista de Trump». Pero lo cierto es que muy pocos de ellos piensan que hay una posibilidad real de que un régimen con rasgos fascistas llegue al poder en Estados Unidos. Muchas personas conciben el fascismo solo en términos de regímenes completamente «totalitarios». Su idea de situación es una disyuntiva de «todo o nada». 

El escepticismo respecto a la posibilidad inminente de que haya un Gobierno explícitamente fascista en Estados Unidos parece estar justificado. En todo caso, los militantes dicen que no hay que olvidar que muy pocos se tomaron en serio a los pequeños grupos de seguidores que tenían Mussolini y Hitler cuando empezaron su carrera ascendente. Habría que permanecer vigilantes frente a cualquier expresión de ideas similares a las fascistas. La falta de preocupación por esta posibilidad se ve reforzada por la tendencia a no relacionar las etapas pasadas de la historia con la actual. Como el régimen nazi o la era de la leyes de Jim Crow de segregación racial. Las aportaciones del pasado a la situación política contemporánea se reducen a aforismos moralizantes. Hecho lo cual, la verdadera relevancia de su ejemplo histórico y los elementos de continuidad entre las épocas se pueden considerar irrelevantes para las luchas sociales actuales.

Es más, la posibilidad de que haya un Gobierno auténticamente fascista no es de hecho relevante en lo que respecta a la organización cotidiana. La violencia fascista no es una dicotomía de todo o nada. Incluso en cantidades relativamente pequeñas puede ser muy peligrosa. Por lo tanto, hay que tomársela en serio. Esto resulta dolorosamente evidente a las víctimas de agresiones contra personas transgénero o contra inmigrantes, por ejemplo.

En segundo lugar, muchas personas defienden una especie de «antifascismo liberal». Lo sepan o no. Con esta expresión me refiero a la fe en la capacidad inherente a la esfera pública para filtrar las ideas fascistas. Y en la de las instituciones gubernamentales para impedir el avance de propuestas de este tipo. Se supone que estos elementos son suficientes para proteger a todo el mundo de la violencia fascista. ¿Para qué molestarse en enfrentarse a los nazis? No obstante los antifascistas militantes ponen el ejemplo de la llegada al poder de Mussolini y Hitler por medios legales. Son demostraciones de que los debates razonados y los Gobiernos parlamentarios son falibles a la hora de detener el fascismo. 

Eso no quiere decir que la argumentación política carezca de valor. A menudo, el atractivo de la ideología de extrema derecha es mayor cuando la izquierda no logra las victorias necesarias para responder a las necesidades populares. O cuando no consigue promover sus propios puntos de vista ideológicos. Resistir al fascismo no solo requiere organizaciones militantes. Hay que estar organizado en todos los frentes. Sin embargo, los argumentos contra el fascismo solo pueden tener utilidad en el caso de meros simpatizantes. Es decir, en su potencial base popular. Si se trata de personas muy ideologizadas, que desdeñan los mismos términos del debate, no. 

Cuando los militantes consiguen privar a los fascistas o a los supremacistas blancos de una tribuna desde la que promover sus opiniones, a menudo los «antifascistas liberales» dicen que impedir sus actos es contraproducente. Solo consigue que se les preste más atención. Les permite presentarse como víctimas. Según este argumento, se hará evidente por sí mismo que no tienen nada valioso que ofrecer a la sociedad, si ese es realmente el caso. 

 
 
 

ANTIFA
El manual antifascista

MARK BRAY

CAPITÁN SWING, 2018

 

Ilustración de cabecera detalle de la portada de Antifa

Mark Bray
Mark Bray

Historiador de derechos humanos, terrorismo y radicalismo político en la Europa moderna. Fue uno de los organizadores del movimiento Occupy Wall Street. También autor de Translating Anarchy: The Anarchism of Occupy Wall Street y coeditor de Anarchist Education and the Modern School: A Francisco Ferrer Reader. Su trabajo ha aparecido en medios muy diversos, como The Washington Post, Foreign Policy, Critical Quarterly, ROAR Magazine, así como en numerosos volúmenes editados. Actualmente es profesor en el Dartmouth College.