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AQUÍ MATARON A FEDERICO

Los 82 años de Víznar y Alfacar
María José Carmona

En octubre de 1998 un poeta paró la construcción de un campo de fútbol.

Hacía un año que las autoridades habían concedido los permisos para levantar el estadio. Las máquinas andaban ya removiendo la tierra, cuando la lírica se impuso al deporte rey. Hasta el New York Times se hizo eco de aquel delirio.

El lugar era el municipio granadino de Alfacar. El poeta, Federico García Lorca.

Por aquel entonces, el Unión Deportiva Alfacar, que jugaba en primera división regional, estaba harto de que el viejo campo se les anegara con cuatro gotas. El Ayuntamiento les prometió un suelo más firme donde entrenar, pero tuvo la mala suerte de elegir una ubicación que ya estaba ocupada. Bajo la tierra, a menos de un kilómetro, había decenas de fosas de la Guerra Civil. Dentro, miles de cuerpos de los represaliados.

Entre ellos —se pensaba— también el de Lorca.

Alfacar (5 000 habitantes) y su vecino Víznar (978 habitantes) comparten, además de una pequeña carretera en zigzag, uno de los mayores misterios de nuestra historia reciente: hace 82 años el autor de Bodas de Sangre fue fusilado y supuestamente enterrado aquí, en algún punto desconocido entre ambos pueblos. 

Un informe redactado en 1965 por la Jefatura Superior de Policía de Granada aseguraba que el poeta fue «pasado por armas» en las inmediaciones de un lugar conocido como la Fuente Grande —en el término municipal de Alfacar— y después enterrado a unos dos kilómetros a la derecha «muy a flor de tierra, en un barranco difícil de localizar» —el Barranco de Víznar—.

 
 

Por eso los planes del nuevo campo de fútbol levantaron tanta indignación. La hermana menor de los García Lorca, Isabel, —que entonces tenía 87 años—llegó a escribir una carta al que fuera presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves. En ella le exigía que parase aquella sinrazón, que celebrar goles en un lugar lleno de muertos era de muy mal gusto. Mucho más cuando, entre los muertos, está uno de los literatos más importantes del país.

Así fue como Lorca decantó la balanza entre fútbol y poesía.

Desde entonces, nadie toca esta tierra si no es para buscar a Federico.

 

***

 

La carretera de Víznar a Alfacar, la GR 3101, no abarca más de tres kilómetros. El camino se enrosca a los pies del Parque Natural Sierra de Huétor en paralelo al curso de la acequia de Aynadamar. Una construcción que desde el siglo XI da de beber a Granada.

Esta carretera está señalizada como Lugar de Memoria Histórica de Andalucía. El número de personas fusiladas aquí oscila entre las 2 500 y las 3 000. Casi una por cada metro de asfalto.

«En 1936 toda Víznar se convirtió en cuartel general de Falange Española. Por su altitud, dominaba la parte alta de Granada y además estaba muy cerca del frente republicano. Por eso se levantó aquí la primera bandera de Falange», explica Salvador Ruiz Caballero, cronista de Víznar.

El sometimiento entonces era absoluto. Los hombres que desobedecían eran torturados o enviados a las sacas, las mujeres eran rapadas sin piedad. «Y lo peor llegaba de noche. A las ocho se hacía un recuento en la plaza y se declaraba el toque de queda. Entonces empezaba la danza de la muerte».

Con la caída del sol subían los camiones desde Granada, con unos 30 o 40 condenados. La mayoría eran profesores universitarios, jornaleros, trabajadores de la fábrica de pólvora. Los encerraban en La Colonia, una antigua residencia de verano para niños degenerada en cárcel, donde quedaban en manos de la escuadra negra. 

Durante la madrugada, mientras el pueblo dormía, los camiones llevaban a los reos hasta el barranco. Allí había unos pozos, originalmente usados para buscar agua. Cuando los fusilamientos empezaron, las oquedades se reconvirtieron en fosas comunes.

Cuando Lorca fue detenido un 16 de agosto en casa de su amigo Luis Rosales, lo trajeron hasta aquí, hasta La Colonia. Después, como todos, fue conducido al barranco junto a otros tres represaliados: el maestro Dióscoro Galindo y dos banderilleros de la CNT, Francisco Galadí y Joaquín Arcollas. A partir de ahí el rastro se pierde.

«Mataron a Federico cuando la luz asomaba», decía un poema de Antonio Machado. «El pelotón de verdugos no osó mirarle a la cara», continúa. 

Pero en realidad nadie lo sabe.

 

***

 

En 1948, el francés Claude Couffon fue el primero que tuvo el coraje de viajar a España para preguntar por Lorca. «Nadie quería hablar en Granada de lo que había sucedido. Era peligroso hacer preguntas y era imposible entrar en Víznar», diría en una entrevista años más tarde. «Miedo, olvido y fantasía» fue lo que encontraron todos aquellos que se atrevían a reconstruir los últimos minutos del poeta. 

Solo después de pasear mucho por las tabernas y suplicar la confianza de los parroquianos, Couffon logró alojarse en Víznar, como luego haría en los 50 Agustín Penón —otro investigador nacido en Barcelona pero con pasaporte americano— y en los 60 el irlandés Ian Gibson.

«Se iban a los bares a hablar con la gente, intentaban pasar desapercibidos, entre cerveza y cerveza preguntaban dónde estaban los pozos. Pero nosotros teníamos una contraorden de guardar silencio, de no decir nada a nadie», relata Salvador, el cronista. Él entonces era un niño y, como todos en el pueblo, sabía que la Guardia Civil vigilaba los alrededores del barranco. Hablar más de la cuenta era un riesgo demasiado grande.

«Los niños estábamos entrenados. Si alguien nos preguntaba, nosotros decíamos que Lorca estaba en otro pueblo, en Nívar. Mandábamos al tío a la quinta puñeta para quitárnoslo de encima. No era mala intención, sabías lo que te jugabas».

El régimen enterró primero los huesos del poeta —cuentan que repoblaron con pinos toda la zona para evitar que los muertos subieran para arriba—. Después, impuso la desmemoria a todo el que viviera por allí. 

Nadie mentaba a Federico sin antes taparse la boca. Y pobre de aquel que se atreviese a llevar la contraria. «Un tío mío tuvo que marcharse de Víznar por hablar de Lorca. Él alojó a Agustín Penón en su casa durante un verano. A raíz de aquello lo desterraron», confiesa Gerardo Ruiz, ex concejal del municipio.

 

***

 

Con la democracia, los poetas muertos tuvieron permiso para volver. El 5 de junio de 1976 Fuente Vaqueros, pueblo natal de Lorca, organizó el primer homenaje público a Federico tras la muerte del dictador. 

En Víznar y Alfacar tardaron un poco más. Aunque los vecinos fueron poco a poco despegándose el terror de la carne, en su lugar, apareció la vergüenza. 

«Siempre hemos llevado sobre los hombros el estigma de que aquí mataron a Federico. Incluso se decía que los de Víznar lo habían matado», cuenta Ana Ruiz, la encargada de hacer hoy las visitas al barranco. 

 
 

Durante mucho tiempo, este lugar manchado de sangre siguió proscrito. Solo los gitanos del Sacromonte subían cada madrugada del 17 al 18 de agosto, aniversario del asesinato, para cantarle a su poeta.

«Saber que han matado a tantos aquí es una carga que la gente mayor ha soportado, por eso no han querido nunca atender a turistas ni investigadores. No querían saber nada de este tema», insiste Ana.

Fue a partir del 86 cuando el pueblo se decidió al fin a arreglar cuentas con sus fantasmas. Después de negarlo mil veces, le pusieron el nombre de Federico a una de sus calles. La hasta entonces conocida como calle General Franco. Nunca el tópico de justicia poética había sentado tan bien.

Por entonces, también en Alfacar le dedicaron un parque en un lugar próximo a la Fuente Grande. Tiene una plaza central, donde las paredes recitan fragmentos del Romancero Gitano y Poeta en Nueva York. En un costado, una fuente de piedra riega todo este espacio circular, inmenso como un planeta.

El sitio es agradable, callado. Por eso, los recién casados suben hasta aquí a hacerse fotos los fines de semana. Los demás vienen por otra razón: Este fue el primer lugar donde se pensó que podría estar enterrado Lorca. 

Según indicó el supuesto enterrador, Manolo el comunista, el poeta y sus otros tres compañeros estarían justo aquí, al pie de un olivo. Las excavadoras entraron a buscarles una mañana de 2009. Aguantaron cincuenta y un días a la espera de una pista o de un milagro. 

«Removieron toda la tierra, pero allí no había nada», asegura Fidel Vélez, responsable de mantenimiento del parque. Fue el comienzo de una búsqueda desesperada, el nacimiento de un mito. Sus restos convertidos en Arcadia, en promesa de reconciliación y justicia. Como si sus huesos conjuraran por sí solos los huesos de todos los demás. 

Por eso hubo un segundo intento y un tercero, a unos 400 metros de allí —durante 2014 y 2016—, en una zona llamada Peñón del Colorado. Un terreno que los vecinos conocían bien, el mismo donde se proyectó el frustrado campo de fútbol del Alfacar. 

Una vez más, fracasaron. 

Ahora la Junta de Andalucía acaba de conceder los permisos para una nueva búsqueda —la número cuatro— de su muerto más esquivo. En pocas semanas las excavadoras empezarán a trabajar de nuevo para saldar de una vez esta deuda eterna con la Historia. 

Lo harán bajo la fuente del parque, esa misma que riega la plaza que lleva su nombre, esa donde cada 17 de agosto se reúne el pueblo de Alfacar para recordar la tragedia.

Se cree que los restos podrían estar justo debajo, en el interior de un saco. Y ya hay quien predice que tampoco van a encontrar nada. 

«Las personas mayores dicen una cosa, los investigadores otra. Uno no sabe a qué hacerle caso. Hay tantas versiones», apunta Fidel. Es lo más curioso de este sitio. Basta que una pala toque el suelo para que los viejos nieguen con la cabeza. Nadie encuentra a Federico, pero todos creen saber dónde está. 

«Ojalá algún día eso deje de tener tanta importancia», lamenta Andrés Soria. Es catedrático de Literatura, experto lorquiano y marido de Laura García Lorca, la sobrina del poeta. Como el resto de la familia no está de acuerdo con la excavación. Ni con la próxima ni con ninguna.   

«Lorca no está solo. Su fuerza está en estar con los otros, como uno más. ¿Y si lo encuentran qué?, ¿Lo entierran en una tumba a él solo? Sacar a Lorca de allí es como desligarlo de la Historia».

 

***

 

Los turistas vienen a Víznar y Alfacar por dos cosas: por el sabor de su pan —solo en Alfacar hay más de sesenta hornos tradicionales— y por Federico García Lorca. 

Ambos tienen otros atractivos: restos neolíticos, fósiles marinos, palacios, iglesias de hace cinco siglos pero, siendo sinceros, muy pocos los ven. 

«Raro es el día, sobre todo en verano, que no venga alguien preguntando por la fosa, la Colonia o la Fuente Grande», admite Gerardo Ruiz. Durante sus años como concejal de cultura fue el primero en defender que tenían que abrir el barranco a los visitantes, como un Mauthausen granadino. 

«Al principio algunos vecinos no querían, pero lo sacamos adelante. El barranco forma parte de nuestra cultura y es economía para el pueblo también». La intervención, al tratarse de un parque natural, fue más bien austera. Abrieron un camino de tierra para subir desde la carretera, construyeron unas pequeñas gradas y unas pasarelas de madera, colocaron unas piedras de mármol, a modo de lápidas, para que las familias de los represaliados pudieran poner una placa con sus nombres. 

 
 

Todo —el camino, los puentes, las lápidas— orbita alrededor de una vieja cruz de flores secas y un monolito de piedra donde unas letras de molde gritan: «Lorca eran todos». 

«Para mí esto es un cementerio», cuenta la guía, Ana. Ella, que se reconoce amante de la poesía, reconoce que le encantaría poder hablar a los visitantes sobre Yerma o Bernarda Alba, sobre la vida de Federico. Pero no puede. A ella le toca hablar de su muerte. 

El Lorca símbolo se ha hecho tan fuerte que es capaz de fagocitar al Lorca poeta. El Lorca mito, también. Hoy tanto el barranco como el parque de Alfacar son una suerte de santuario. Los devotos vienen expresamente aquí a leer las obras lorquianas, como queriendo invocar su espíritu. Entre los árboles, bajo las piedras, Fidel y Ana suelen encontrar restos de poesías, cintas de colores, flores, velas.

«Sobre todo los días alrededor del aniversario te encuentras a muchos fanáticos», explica Fidel. 

También los turistas llegan atraídos por el misterio. Algunas empresas organizan tours sobre los días negros de Lorca a cincuenta euros por persona. La propia Diputación de Granada prepara ya para 2020 una ruta turística para seguir las huellas del poeta hasta perderse en estos dos pueblos.

Es curioso. Los mismos vecinos que durante años cerraron los pestillos a todo aquel que preguntara por Federico, se han convertido en embajadores de su memoria. Su nombre ya no hiere. Al contrario, les ha hecho eternos. 

«Ahora se usa a Lorca para todo, como la Coca Cola. Está bien que se haga una ruta, pero debe servir para hablar de todo, también de los otros tres mil muertos. Que no se quede solo en lo anecdótico o lo morboso», advierte el cronista de Víznar.

En poco tiempo, periodistas, investigadores y arqueólogos volverán para abrirle las entrañas a esta zona alta de Granada, a buscar un imposible, a intentar cerrar el capítulo más largo de nuestra Guerra Civil. Mientras, en el aire se respira la misma pregunta. ¿Y si lo encuentran, qué?

María José Carmona
María José Carmona

Reportera independiente especializada en periodismo social y derechos humanos. Escribe para medios españoles como Planeta Futuro (El País), eldiario.es, Público, El Confidencial, El Salto, YorokobuTintaLibre y para la revista internacional Equal Times. En 2016 fue galardonada con el Premio Manos Unidas de Prensa 2016.