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CRÓNICAS DE LAGUNA BLANCA

Lucha y supervivencia
Santiago Dacal Torrado

Había un pequeño traqueteo que paseaba por el falso techo de madera, como si alguien estuviese llamando a la puerta. Con el ruido saltaba el polvo. Nunca supe bien qué es lo que había allí arriba hasta que vi los aguacates. En esta zona de Sudamérica son casi tan grandes como una piña. En ellos hay grandes agujeros, que llegan prácticamente hasta el hueso.

 

—No podemos dejar las paltas fuera, que mira cómo las dejan las ratas —dice Ely a Fabián.

 

El problema es que en la casa de Ely y Fabián no hay nevera. Es por esto por lo que hay ratas, que se esconden en el techo y caminan por las noches. Cuando no hay nadie en casa, o cuando todos están durmiendo, las ratas bajan del techo, llegan a la cocina y empiezan a roer los aguacates, y dejan agujeros redondos y perfectos, como si alguien los hubiese perforado en busca de petróleo. También hay naranjas cerca de los aguacates, pero estas no tienen agujeros. Es evidente que a las ratas no les gustan las naranjas. Y en esta parte de Argentina, en la provincia de Formosa, todo el mundo, o mejor dicho, todo el mundo que cultiva, tiene naranjas: ricas y dulces naranjas que cuelgan de los árboles, o las que no están allá tendidas, se pudren en la tierra.

La casa de Fabián y Ely es una «buena casa», según dicen Fabián y Ely. Hay un cartel en la entrada que asegura que en ese lugar «se dan créditos solo a firma». Si uno entra llega a una sala rectangular que se divide a la mitad. La parte izquierda sirve de cuarto, donde solo entra una cama grande; y la parte derecha se usa de oficina, y es donde Fabián y Ely dan los créditos de la empresa para la que trabajan. Una cómoda y una televisión sirve de frontera entra ambos espacios, y no hay nada más allí.

Si uno sigue adelante llega a otra pequeña sala. Enfrente hay un congelador donde meten la carne las veces que compran carne. Hay una mesa redonda que es donde comen y detrás, una montaña de ropa y trastos que llegan al metro y medio de altura. 

En la cocina no hay agua. De hecho ahora no hay agua en toda la casa. En el baño —donde solo hay un pequeño retrete sin cisterna y una tabla de madera colgada en la pared— es donde están todos los cubos que sirven para fregar, ducharse y cualquier otra actividad doméstica que requiera su uso.

En el predio que tienen alrededor de la casa hay un agujero en el suelo de medio metro de altura que Fabián señaliza con el dedo mientras dice «¡cuidado!» cada vez que pasas un poco cerca.

Hay 7.400 habitantes en Laguna Blanca; y ratas, perros, naranjas y aguacates. Y agujeros en los aguacates.

La tarde en Laguna Blanca flota como una hoja sobre el agua estancada. Los movimientos del pueblo ondulan pesadamente sobre las calles de tierra. Hay hombres viejos sentados en el exterior de sus casas, en sillas de plástico o de metal corroídas por el óxido y que te siguen con la mirada durante toda la avenida sin asfalto. Hace calor durante el día, pese a que es invierno. Y la gente con el calor debe refugiarse, porque en la plaza principal solo hay un hombre, también sentado sobre una silla de plástico y con su barbilla apoyada sobre un bastón, que vende alguna artesanía. Pero no hay compradores. No hay un lugar abierto para comer, ni para tomar una cerveza, ni para conectarse a un ordenador. No hay familias con sus hijos, ni gente haciendo deporte, ni gente haciendo algo, ni gente. De vez en cuando pasa un pibe con la moto y los perros salen de las casas y persiguen ladrando la rueda trasera. Entonces suelta una pierna y la patada les cae justo en el hocico. Es cuando se dan media vuelta, llorando, famélicos, y se vuelven a meter en el agujero por donde habían salido. Decido preguntar al viejo de las artesanías dónde puedo encontrar algo de comer. Entonces el viejo, que sigue apoyado en el bastón, mira a los lados. Nadie. Vacío. Y se ríe.

Sobre la misma ruta 86 dijo que podría haber algún sitio abierto, pero era mentira.

Luego me doy cuenta de que es 19 de junio, y de que es el día del padre en Argentina, y alguien me dice que por eso está todo cerrado, pero el 18 de junio todo era igual, y el 20 de junio todo sería igual. La única diferencia es que las calles huelen a asado y en alguna casa se escucha folclore.

Al final doy con una familia que está fuera comiendo asado. Me invitan a unirme a ellos y pronto les asalta la curiosidad. «¿Qué haces aquí?» «Ah, una nota sobre los Qom» «No hacen más que pedir y no quieren laburar».

Al día siguiente quedaría con Rafael Justo, el referente de salud de la comunidad originaria Qom Napocna Navogoh (La Primavera), que se encuentra al oeste de la provincia de Formosa, a 130 kilómetros de la capital. Hasta entonces comí un poco de asado. Me despedí agradecido de la familia y fui a casa de Ely y Fabián, que llevaban en la cama todo el día, viendo la tele. Me metí en la habitación y volví a escuchar el traqueteo de las ratas, otra vez como si alguien estuviera llamando a la puerta.

Si Rafael Justo tardaba más de media hora significaba que la lluvia había dejado el camino intransitable y que no podría salir de la comunidad. Si eso pasaba tendría que volver a matar el día en el pueblo, buscando bares abiertos y viendo pasar las horas lentamente. A las 11:45 apareció un hombre mayor, cuya cara tenía surcos de tierra sedienta y un cabello blanco y fino como la hierba: era Rafael Justo.

Subí a su moto de 49 CC y pusimos rumbo a la comunidad. Era una mañana soleada, como la gran mayoría de las mañanas en Laguna Blanca, donde lo único que irrumpe el sol son tormentas de lluvia enfurecida que deja a este pueblo originario de Formosa atrapado en un hermetismo aún más profundo del habitual. Los camiones aparecen y desaparecen de la carretera, dejando solo un viento fuerte y cálido que mueve su cabello como un campo de trigo. Rafael se sube la cremallera, camina unos pasos y se posa delante de una pequeña casita, parecida al hogar de una muñeca.

 

El problema es que en la casa de Ely y Fabián no hay nevera. Es por esto por lo que hay ratas, que se esconden en el techo y caminan por las noches. 

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A Rafael Justo es difícil escucharle bien, porque articula el aire de las palabras como un viejo fuelle. No paran de pasar coches y camiones, algo que dificulta aún más la tarea. Así es como comienza a narrar el día que por ahí no pasaron ni coches ni camiones porque su comunidad llevaba cuatro meses cortando ocasionalmente la ruta para exigir mejoras en su calidad de vida. Señala a su derecha —nosotros estábamos allá—, luego señala a su izquierda —llegaron los policías en caballo por allá— se da la vuelta y señala al frente, a la selva —y algunos dispararon por allá— y dándose otra vez la vuelta culmina señalando el lugar en el que estamos —y a Roberto le dio la bala por acá.

Roberto López, un anciano Qom, fue la persona a la que le impactó la bala aquel 24 de Noviembre de 2010.

Se dice que los Qom esperaban a la policía con hachas y machetes, lo que ocasionó que en este enfrentamiento muriera también un policía.

Desde entonces, en ese kilómetro, hay una pequeña casita con flores, y coches y camiones pasando por una carretera prácticamente desértica que recorre en paralelo casi toda la frontera de Paraguay. A un lado de esa carretera —por el sur— está el terreno de los Qom y, al otro lado —por el norte—, una gran extensión de terreno donde se encuentra el Parque Nacional Pilcomayo y las 1200 hectáreas que tradicionalmente habían sido propiedad del pueblo originario, pero que ahora se reparten entre el Estado —que pretende construir allí un centro de estudios agropecuario— y una poderosa familia ganadera de origen paraguayo: los Celía. Esta usurpación de sus tierras ancestrales es una de sus grandes disputas.

Yo había llegado una semana antes en un autobús que dejaba en la garganta el sabor de la gasolina quemada. Pregunté a un hombre en Laguna Blanca si estábamos ya en Laguna Blanca: era Fabián. Fue ese día el que me ofreció alojarme en su casa. Él me mostró el Parque Nacional. Allí, en el lago, al otro lado de la ruta 86, al norte, las horas mueren, pero lo hacen dulcemente. Los últimos rayos del atardecer se cuelan en el embarcadero de madera y convierten a una joven pareja que toma mate en dos siluetas oscuras. Los últimos rayos del atardecer se filtran en el agua quieta y convierten el lago en un espejo cobrizo. Allí encontramos a dos chicos de unos veinte años que estaban haciendo prácticas de guardabosques en el parque. Fue uno de ellos, Danilo, el que se acercó con una canoa y exclamó:

 

— ¡Allí hay un Yacaré!


— ¿Qué es eso? —pregunté.


— Como un caimán pequeño —respondió.

 

Y mientras el atardecer moría todos nos subimos a una canoa y fuimos a ver el caimán. Estaba a unos veinte metros del embarcadero: en ese límite que separa el lago del pantano y que está protegido por la alta maleza.

 

— Tu haz fotos y nosotros dirigimos la canoa —dijeron.

 

Nunca vimos el cocodrilo. Vimos como caía el sol y decidimos marcharnos. Esa misma noche hicimos los cuatro un asado. Llegamos a casa y me duché con los cubos de agua. Al salir del baño había una perra, parecía una mastín, hambrienta y sin el ojo derecho, que pululaba por la cocina en busca de comida. La cocina tenía una puerta desde donde se accedía al patio y por ahí solían entrar los perros abandonados que vagabundeaban por el pueblo. «Plas» «Plas». Dos zapatillazos al suelo y la perra desaparecería con el rabo entre las piernas por el patio, tragada por la noche.

Un miembro de la gendarmería nacional nos da el alto en la entrada de la comunidad, a unos treinta kilómetros de Laguna Blanca. Rafael y el gendarme se saludan amistosamente. No es saludar lo que le interesa al gendarme. Me pide el pasaporte, saber cuántos días voy a estar ahí, qué es lo que voy a hacer exactamente, para qué medio trabajo y unas pocas preguntas más que, según reconoce cuando al fin me deja pasar, está obligado a hacer desde que la Corte Interamericana de Derechos Humanos pusiera allí un control para salvaguardar la seguridad de la comunidad. Pero Rafael no se fía: «Estos son los voceros de la policía formoseña».

Es un hombre viejo peleando con una moto, que tiembla como un martillo eléctrico al paso de la tierra enfangada por la lluvia. La moto parece un barco en un mar embravecido. Hay muchos surcos de barro, donde la rueda se incrusta como un dedo en un pastel de manzana.

Rafael Justo es el referente de salud de la comunidad, un hombre que lleva muchos años peleando por el progreso de la misma.

Pero ahora es un hombre viejo peleando con una moto.

En una ocasión está a punto de caer. Tiene 70 años. Pierde casi por completo el equilibrio. Se toca una pierna. Parece que se ha hecho daño. Vuelve a arrancar y sigue zigzagueando, esquivando los surcos de barro y manteniendo el equilibrio en ese toro mecánico en el que se ha convertido su motocicleta.

Esto solo es el día en el que el camino está en buenas condiciones.

Llegamos por fin a una casa y se baja de la moto. En la casa hay dos niñas originarias que están jugando a perseguirse, que miran a Rafael y me miran a mí, que se detienen por un rato largo, hasta que al final se vuelven a mirar entre ellas y salen corriendo. Rafael se junta con un hombre que va vestido con una camiseta violeta que parece serio.

Su casa es un monto de troncos cuadricular y reforzados con adobe. El techo está hecho con una mezcla de chapa, madera y paja. Hay gallinas revoloteando y perros echados en el pasto, tumbados bajo el sol. Rafael y el hombre comienzan a hablar en Guaraní, idioma nativo. Hablan sobre un colectivo de médicos especializados de Buenos Aires que en los próximos días llegará para tratar a los miembros de la comunidad. Hay problemas de malnutrición infantil, enfermedades de transmisión sexual, problemas hepáticos por intoxicación con el agua, problemas cardíacos por el mal de chaga y después enfermedades comunes como gripes, gastroenteritis y demás infecciones...

Hace poco hubo un gran avance en la comunidad y fue la inclusión de una instalación que dota de agua a las casas. Hasta entonces su forma de recolectar el agua era mirar al cielo y esperar que la lluvia llenara los pozos. También les han instalado un sistema de electricidad por lo que en algunas casas ya hay televisores y en otras incluso se puede divisar hasta alguna antena parabólica de Direct Tv en los techos de madera o paja.

Un 55,2% de Laguna Blanca es pobre según datos del 2014 del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas. Es por eso que la dueña de un almacén se sorprende de que alguien compre carbón para hacer un asado y se sorprende aún más de que alguien compre una botella de Fernet Branca, que cuesta alrededor de unos ocho euros. Un 50% de los hogares en Formosa son también precarios, como lo es la casa de Fabián y Ely, en cuyo patio hacemos ahora un asado y donde no paran de llegar perros famélicos en busca de comida, incluido ese mastín al que le falta el ojo derecho.

Hay pobreza en Formosa. Pero también hay veces que uno alza la vista al cielo y divisa avionetas, que aterrizan en pistas ignotas donde descargan kilos y kilos de cocaína provenientes de Paraguay o de Bolivia. Algunas se descargan en terrenos de concejales, como el del legislador Héctor Palma, donde en 2010 encontraron 700 kilos de cocaína y una pista de aterrizaje clandestina. No se acaba ahí. En Clorinda, a solo a cien kilómetros de Laguna Blanca, hay embarcaciones que cruzan el río Pilcomayo —desde Paraguay— cerca de la Pasarela de la Amistad que une Clorinda —la parte argentina— y Nanawa —la parte paraguaya— con todo tipo de mercancías: droga, tabaco y personas.

 

Es un hombre viejo peleando con una moto, que tiembla como un martillo eléctrico al paso de la tierra enfangada por la lluvia. 

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Por si fuera poco, Edgardo Buscaglia, asesor de la ONU en crimen organizado, afirmó en varios medios de comunicación que el Cártel de Sinaloa —el del famoso Chapo Guzmán— también opera en la provincia con el negocio de la cocaína y la efedrina, esta última utilizada para fabricar drogas sintéticas. Ser la segunda provincia más pobre del país, con regiones selváticas y clima tropical y todo unido a la debilidad institucional convierten a Formosa en el caldo de cultivo perfecto para estos negocios.

Volvemos a montar a la moto. Por el camino vemos casas desperdigadas. No hay una sensación de comunidad unida —al menos en la distribución de los hogares— sino que se encuentra desperdigada en un vasto terreno de 3.300 hectáreas. 

En algunos tramos bajamos de la moto y la llevamos a cuestas. Estamos rodeados de un paisaje de palmeras y maleza. Hay algunas casas que se ven al costado del sendero y que están construidas con material digno. Esas son las casas de aquellos originarios que están a favor del gobernador Gildo Insfrán, una especie de cacique que ostenta el poder desde hace veintiún años. Porque la comunidad está dividida. Por un lado están los más conformistas, que apoyan al gobierno y por su apoyo reciben ayudas como materiales para construir su casa y, por otro lado, están aquellos que cortan la ruta para pedir mejoras y encabezados por su líder Félix Díaz. 

Al final llegamos al destino: la radio Qom. Allí entramos a un pequeño estudio. Hay tres jóvenes de unos dieciocho años controlando la parte técnica delante de un ordenador. Uno de ellos tiene apoyada su cabeza en las rodillas. Ni siquiera se incorpora para saludar. Parece que esté enfermo. Rafael entra a la parte de grabación y coge un micrófono para dar la noticia de la llegada de los médicos en guaraní. Una vez finaliza salimos fuera y allí nos quedamos hablando durante unas horas. En la comunidad hay una farmacia sin medicamentos. Hay una biblioteca sin libros y una escuela sin docentes. La mayoría de los jóvenes Qom no saben ni leer ni escribir. Algunos, como el propio Rafael, viven con miedo y sin querer salir por las noches. La policía formoseña se la tiene jurada. Ya han quemado casas y propinado alguna que otra paliza a algún integrante Qom. Dicen que incluso a Félix Díaz lo han intentado asesinar un par de veces. Es por esto que la Corte Interamericana obliga a la nación a poner allí una gendarmería, para proteger los derechos humanos del colectivo y que no sean atacados ni reprimidos por la policía formoseña.

Los Qom no nadan solo en la miseria, también parecen hacerlo en la desidia. A veces levantan cabeza con algunas iniciativas como la que tiene un equipo de antropólogos de la UBA. Hasta en dos ocasiones vinieron a la comunidad a enseñar a cultivar a los originarios, que tradicionalmente se dedicaban a la caza y a la pesca. Quizás sea por esta razón por la que apenas tienen nada cultivado en sus tres mil hectáreas y por lo que quieren los terrenos que están al otro lado de la ruta y que oficialmente les pertenecía bajo decreto desde 1940: porque con ese terreno podrían dedicarse mejor a la actividad económica de sus ancestros.

En 2007, el gobierno de Gildo Insfrán reconoce a los Celía (ellos se consideran propietarios de estas tierras desde 1939) 600 de estas 5.000 hectáreas y a su vez les expropia otras 600 para construir allí una Facultad Agropecuaria. Es a partir de aquí donde comienzan los conflictos. Ni siquiera pueden utilizar el agua que usaban tradicionalmente ya que esta la solían recoger de Laguna Blanca (el lago), que ahora es propiedad del parque Nacional Pilcomayo, al otro lado de la ruta, y se encuentra protegido. 

Es por todos estos motivos —además de por su precaria condición de vida y la marginalidad a la que les somete el gobierno— por lo que en febrero de 2014 se fueron de Laguna Blanca, recorrieron 1.400 kilómetros y acamparon en el Obelisco, Buenos Aires, reclamando una atención de la presidencia del gobierno kirchnerista que nunca llegó. En diciembre, el recién presidente asumido Mauricio Macri se reunió con ellos, prometiéndoles que solucionarían sus problemas. Los Qom, extasiados tras diez meses de acampada en Capital Federal, decidieron levantar su asentamiento y volver a su tierra, a esperar que Macri cumpliera su promesa. 

Ahí está la comunidad Qom, que ni caza, ni pesca, ni se mueve a caballo, ni se viste con sus propias telas; que usan televisores donde algunos tienen señal por cable, que usan móviles, Whatsapp y Facebook; reclamando tierras ancestrales, apartados sistemáticamente de la sociedad y reprimidos por la policía formoseña. Sumergidos en la segunda provincia más pobre de Argentina, donde la corrupción está a la orden del día. Donde a veces puedes mirar al cielo y ver alguna avioneta que aterrizará con cientos de kilos de cocaína en alguna pista ignota. Y mientras, en el suelo, hay hombres como Rafael Justo, peleando con motos viejas en un sendero de barro interminable para poder entrar o salir de su casa.

Fabián me dijo que me echaría de menos. También me dijo que no tenía amigos. Fabián tiene alrededor de treinta y cinco años y vive en un pueblo donde no pasa absolutamente nada y trabaja para una empresa crediticia que, según lo poco que me explicó, utiliza la usura como medio de lucro. Quizás fuera esa la explicación —aburrimiento, soledad— por la que Fabián me enseñaba como un trofeo a cualquier conocido del pueblo: «Es de España». Pero los conocidos del pueblo respondían con un «ah» y los conocidos del pueblo seguían embotellados en sus quehaceres. La última noche envié ocho o nueve notas de voz haciéndome pasar por Álex Ubago. Eso le divertía. «Es que en este pueblo no pasa nada.... Hay que hacer algo para divertirse... si no...» Y entonces me daba su móvil y me decía «es para mi suegra, es para mi suegra», mientras hundía perversamente la cabeza bajo su cuello. Entonces yo cogía el móvil y hacía una nota de voz diciendo que era Álex Ubago y que me moría por conocerla. Y Fabián entonces se desternillaba. Al poco tiempo su prima llamó. «¿En serio eres Álex Ubago?» Y yo respondía, «sí claro, estoy viajando por Formosa y conocí a Fabián y me quedé a dormir en su casa». 

 

Al final llegamos al destino: la radio Qom. Allí entramos a un pequeño estudio.

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Al día siguiente me desperté temprano. Por cincuenta pesos conseguí un billete en bus para Clorinda que salía a las 5:30 de la mañana. Durante todo el viaje estuve deseando que amaneciera para atravesar la frontera hacia Paraguay. Eran las 06:20 cuando el autobús me dejó en la Pasarela de la Amistad. Era aún de noche. Cambié un poco de dinero antes de atravesar el puente. Sellé mi salida de Argentina. Sellé mi entrada a Paraguay. La noche era cerrada. Me iba de Laguna Blanca, lo más seguro que para siempre, entre el desconcierto y el hastío. Mientras atravesaba el puente, oí un «chof» a mi lado izquierdo. Me acerqué y metí mi ojo en los agujeros de la valla metálica. Ahí estaba el río, y la noche, y un hombre con el ígneo resplandor del cigarro, fumando en la orilla. Contemplaba una embarcación que acababa de meterse en el agua, con algún tipo de mercancía en unos sacos, al mismísimo lado de la frontera. El hombre de la orilla me miró, mientras seguía fumando. Volví a mirar al frente, donde estaban los autobuses que te llevan a Asunción. Seguí caminando sin mirar atrás. 

Santiago Dacal Torrado
Santiago Dacal Torrado

Podría decir que me paso la vida intentando escapar de la mediocridad. Ahora estoy intentándolo —solo intentándolo— en América Latina, donde de paso procuro encontrar alguna que otra buena historia sobre la que escribir. Algunas de ellas acaban en Planos Americanos, revista narrativa que he cofundado junto a la periodista y compañera Paula Baldrich.