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BARCELONA,

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Catalina Lobo-Guerrero

—Has dado tantas vueltas como el baúl de la Piquer.

 

Me dijo una de mis amigas catalanas, después de contarle que en los últimos diez años había empacado mi vida en dos maletas de 23 kilos y las había arrastrado por cuatro países diferentes. 

¿El baúl de quién?

De Concha Piquer, me explicó. La actriz y cantante española, la Gran Señora de la Copla, que viajaba a todas partes con todos sus enseres, incluso botellas de aceite de oliva, porque a donde llegara de gira armaba su casa. 

Me causó mucha gracia la expresión. Armarme una casa —sin tantos chécheres— era lo que había pretendido, inútilmente, en cada uno de los lugares a donde había llegado y de los que me había ido, a veces por gusto, a veces por disgusto. Barcelona era un nuevo intento de ponerle fin a mi desarraigo y tenía tantas ganas de que fuera el último o que al menos ese tiempo de prueba durara más que el año que autorizaba mi visado.

El dueño del piso que alquilé, en una finca del siglo XIX, me ayudó a subir mis 23 kilos reglamentarios por las escaleras empinadas, que parecían el escenario perfecto para una escena de películas de Ed Wood. Mientras ascendía, con la mano izquierda apoyada en la baranda de madera lisa, hacía un inventario mental de todas las grietas y huecos en los muros descascarados y manchados por el paso de tantas estaciones. 

La escasa luz natural de las ventanas de los pisos superiores, y la artificial y blanquecina de unos tubos de neón terroríficos, iluminaban toda una gama de grises y lo que quedaba de los frescos originales: una cenefa de hojitas decorativas en amarillo mareado, casi marrón, que iba de una puerta a otra. Vi también algunas huellas sucias, marcas y rayones de quién sabe cuántos muebles, cajas, coches de bebé o bicicletas de anteriores inquilinos que habían armado casa en cada uno de los apartamentos. Yo era solo la última en llegar. 

Me sentí tan afortunada de vivir en un piso con una entrada tan teatral y decadente, pero reformado por dentro, con el buen gusto y el buen juicio de preservar los baldosines originales de colores, los techos altos, las puertas de madera maciza. Estaba recién pintado, todo de blanco, y tenía una galería amplia y llena de luz. Instalé allí mi escritorio y una silla de lectura, que miraban a una pared donde el retrato inconfundible del genio del jazz, con labios poderosos y apretados, y su voz ronca me invitaba a quedarme horas allí... Give me a kiss to build a dream on, and my imagination will thrive upon that kiss...

Las ventanas de la galería daban al sol en la mañana y a la Plaza Sant Galdric, donde los payeses traían sus tomates y fresas, hortalizas y hierbas, cebollas blancas y rojas, calabazas y alcachofas, duraznos e higos y lo que hubiera de temporada, cada día, menos los domingos. Alrededor de esa imagen bucólica y colorida, dos cafés habían instalado mesas coquetas para servir cañas y tapas. Y la música no faltaba nunca, gracias a los artistas callejeros con un repertorio variadísimo. Vivía en un lugar feliz. 

 

***

 

Estaba en el mejor lugar de la ciudad, «en su corazón», me dijeron. A pocas cuadras de la Plaza Cataluña, a media de La Rambla, a escasos metros del Mercat de la Boquería. Solo tenía que bajar esa escalera y atravesar la doble puerta de madera, grafiteada de azul y blanco, sobre el Carrer del Carme, para tener a Barcelona a mis pies.

Podía ir andando a todas partes y a todas horas. Ninguna de las otras ciudades en las que había vivido antes me había dado ese lujo. Podía medirla en pasos, incluso. De la puerta de entrada de la finca hasta La Rambla había 109. Exactos. Todo lo demás quedaba a más de ciento cincuenta, a miles y más, que calculaba ya no en pasos sino en minutos: a 15, a 30 o a una hora andando a un ritmo constante, ni rápido ni lento. 

Caminaba feliz por las anchas avenidas arboladas del Eixample y por los pasajes angostos y carrers chuecos, que no llevaban a ninguna parte. Me perdía, sobre todo al principio, pero nunca me sentí perdida en ese laberinto que es la Ciutat Vella. Mis suelas encontraban, intuitivamente —y cuando no, abría Google Maps— el regreso a ese piso que no era mío pero había adoptado por un año ¿o tal vez más?

Me sentía muy a gusto de estar en esa ciudad de cara al mar, aunque para verlo tuviera que andar 15 minutos. Respiraba encantada ese aire limpio con 80 por ciento de humedad, relamía la sal del viento en mi boca, me relajaba con el arrullo de las olas y el aleteo de las gaviotas sobrevolando ese Passeig Marítim de la Barceloneta, que aunque fuera un invento posterior —una Venice Beach improvisada de arena remolcada para los famosos juegos olímpicos del 92— había resultado más que bien. A finales de septiembre, las playas seguían colmadas de trotadores, patineteros, paseadores de perros, turistas y aficionados al bronceo que aprovechaban ese sol espléndido, de fin de verano, que calienta el alma pero no te quema. 

¡Benvinguts! ¡Bienvenidos! ¡Welcome! 

Vivía en una ciudad abierta, multicultural, tolerante a los inmigrantes de todas partes del mundo, a los junkies, las trabajadoras sexuales, los nudistas, las parejas del mismo sexo, judíos, musulmanes, ateos, católicos, anarquistas, derechistas, izquierdistas, feministas y machistas y los que no creen en categorías fijas ni estrictas. 

Vivía en una ciudad con tanta historia expuesta —ruinas romanas, muros medievales, catedrales góticas, edificios modernistas con esquinas derretidas y adefesios de vidrios brillantes e inservibles. 

Vivía entre parques, plazas y terrazas. Bibliotecas públicas con un catálogo envidiable. Librerías y cafés para todos los gustos. Museos de arte y parte. Centros cívicos y centros médicos. Y sedes barriales de cuanta causa política exista. 

Vivía en una ciudad con consciencia de lo público, traducida en una excelente red de transporte y servicios básicos, y una planeación urbanística imitable con buenas vías, esquinas chatas, ciclo rutas, y súper manzanas. 

Barcelona era una metrópoli incluyente de tantas ciudades, personas, culturas e historias que parecían convivir armónicamente, a pesar de que los nacionalismos se asomaban por los balcones con banderas esteladas o españolas. Nunca las interpreté como una amenaza a ese buen clima y convivencia pacífica, sino como una invitación a ser testigo de un suceso único, un momento específico, algo que no sabía bien cómo definir o entender pero me intrigaba: ¿lucha legítima, entusiasmo pasajero, manipulación política? 

Sentí que había llegado al lugar correcto y en el mejor momento. Me aburro en los lugares donde nunca pasa nada y Barcelona parecía ser, además, el centro de debate y discusión de lo que ya no era o, más bien, de lo que ahora era Europa.

Mi contrato de arrendamiento empezó a cumplirse, justamente, el 1 de octubre de 2017. En la mañana salí a recorrer escuelas, donde la gente quería votar por su falso referendo independentista y la Guardia Española trataba de impedirlo, a coñazos. Al final de la tarde regresé agotada y con una mezcla de desconcierto triste y expectativa por lo que había pasado y lo que podría suceder, con Cataluña y con Catalina, y no supe muy bien qué hacer con el resto de las horas de ese inolvidable primer domingo «en casa». 

 

***

 

A principios de año empecé a sentirme engañada. Barcelona tenía palmeras y periquitos verdes, el verano había sido tan largo y el otoño tan benévolo, ¿cómo era posible que en febrero y en marzo estuviéramos a punto de nieve? Los locales me repetían que no era una temporada normal. Quizás era por el calentamiento del planeta.  

Soy una criatura tropical, pero hiberné. Me refugié, me aislé del mundo exterior y apenas salía a lo estrictamente necesario. Pasaba gran parte del tiempo escribiendo y leyendo en la galería, con ventanas dobles, a prueba de frío, tratando de captar los pocos rayos de sol, acompañada por mi amigo Louis... when I´m alone with my fancies, i´ll be with you, weaving romances... making believe they´re true y protegida por mi otro amigo, Bruce Lee, cuya imagen gigante, de cuerpo entero y en pose defensiva, estaba pintada detrás de la puerta de entrada y cuyas sabias palabras... Be like water... me resultaban tan difíciles de practicar.

Me sentía congelada, a pesar de la calefacción al tope. Como consecuencia de mi encierro, además del diezmo paulatino de mis niveles de vitamina D, afiné mucho más el oído y aprendí a conocer mejor a mis vecinos o más bien a sus sonidos: el taconeo de la marroquí sobre el tablado en el piso de arriba, cuando volvía a la media noche; el cotorreo y las quejas de las bolivianas del piso de abajo mientras hacían su desayuno, antes de las 9; los ladridos del perro de la española de enfrente, cada vez que alguien subía y bajaba por las escaleras; y los acordes del violín de la hija adolescente de la argentina del entrepiso, que ascendían por la escalera y se colaban entre las grietas y los huecos de los muros, y que el maestro flexible de kung fu los dejaba entrar para ver si me alegraban.   

Al llegar la primavera me desperté de mi letargo y entumecimiento. Saqué cuentas y supe  que Barcelona y la compañía de gas que alimentaba los radiadores se estaban tragando todos mis ahorros y que con una habitación desocupada en «el corazón de la ciudad» —y en el mío— lo mejor era arrendarla. Pero no quería un compañero de piso fijo. Quizás con algunos días al mes sería suficiente.

Luego de un viaje exprés a Ikea para amueblar la habitación con lo más básico, y unos retoques y sugerencias de una amiga Instagramer, lo empecé a promocionar por Airbnb, esa plataforma tan odiada por algunos y tan amada por viajeros que no pueden o no quieren pagar por los hoteles que, con algunas excepciones, son lugares no-lugares y da lo mismo donde estén. Y que, al menos en Barcelona, ha permitido que el 57 por ciento de los usuarios que ofrecen hospedaje en sus casas puedan seguir pagando la renta, cada vez más elevada, u obtener ingresos adicionales, ante la falta de otras opciones de empleo más convencionales. 

Me cercioré de que no estuviera violando ninguna norma. No tenía que tramitar una licencia porque no era un negocio de alojamiento permanente. Para ese momento ni siquiera había que registrarse ante el Ajuntament. A las pocas horas de subir las fotos de la habitación en mi cuenta, tenía más de cinco solicitudes. Todos eran hombres. No tenía interés alguno en limpiar su mala puntería en mi baño o andar tapándome, si a la media noche iba por agua a la cocina. Si iba a compartir «mi casa» con extraños, lo mejor sería que fueran lo más parecidos a mí: mujeres de clase media que viajan solas en aerolíneas low cost, aprovechando las últimas ofertas.

La primera que llegó fue una húngara que vivía en Malta y huía, por unos días, de una mala relación. Luego se quedó una aupair polaca cuyo vuelo retrasado —gracias Ryanair— aterrizó a las dos de la mañana. Se hospedaron también una suiza de mamá colombiana que venía a hacerse un tatuaje en la espalda y dos gringas: la gringa-midwest se enfermó y apenas salió de la habitación, la gringa-turca hizo lo mismo pero no estaba sola y subestimó mi oído de tísica.

Vino una alemana de cincuenta y largos, aficionada a los museos de arte, que se ahogaba al subir por la escalera de la muerte.Vino una arquitecta rusa que compraba frutas para mi desayuno y no sabía quién era Svetlana Aleksiévich. Vino una joven coreana que estudiaba inglés en Irlanda y era fanática del Barça. 

Con algunas interactué más que con otras, con algunas hubo más o menos en común. Solo se quedaban por uno o dos días, pero el guión básico para que se sintieran cómodas —y de paso me evaluaran positivamente como anfitriona en la plataforma— era el siguiente: Good morning. Good night. How was your trip? This is your room. Your set of keys. Here is the bathroom, here is the kitchen. Wifi username and password. You´re at walking distance from almost all the main attractions. Take this free map. If you must, the closest metro is Liceu. Bus 59 takes you to the beach. Beware of pickpockets. Enjoy! 

 

***

 

Lo tenía que haber sabido, lo tenía que haber visto en ese «Salve», un poco escondido, encima de las escaleras que conectan a los apartamentos con el vestíbulo de la entrada. Durante meses, cada vez que lo cruzaba pensaba en el significado de esa palabra. ¿Había sido un saludo, una forma de bienvenida —¿en latín o en italiano?—cuando fue escrita por primera vez sobre el muro? Pero dos siglos después era una alerta, un llamado de auxilio: salvar la finca, la escalera dramática, los mosaicos, las grietas, los vidrios coloreados, cada uno de sus pisos y a sus residentes.  

Pensaba que nuestra mayor amenaza, a comienzos del verano, y de la que se quejaban tan frecuentemente las bolivianas en la cocina y la señora de en frente, eran las cucarachas. Las chiquitas, esas que parecen almendras con patas, se habían metido alguna vez por la ventana de la cocina. Pero las grandes, las más oscuras y del tamaño de mi dedo meñique, no. Instalé trampas en todas las esquinas, compré todos los sprays posibles para mantener a raya a esas invasoras que encontraba, siempre, a la entrada de la finca y en algunos escalones. No sé si fue por la cantidad de veneno que puse o por el poder y la fortaleza del amigo Lee, que jamás atravesaban mi puerta. 

Supuse que había más porque en la calle también había cada vez más basura y más orines y cerveza derramada. Y aunque todas las noches pasara el carrito de limpieza por la plaza y los del servicio de basura recogieran las bolsas, los escombros, los restos de muebles y de objetos que se amontonaban cerca de los contenedores al final de la cuadra, no eliminaban la plaga. Las cucarachas, quizás, eran solo un síntoma, una consecuencia y no una causa: cada vez había más gente.

Justo cuando empezó a haber mayor demanda de alojamiento mi emprendimiento fracasó. La única huésped que hablaba español —una maestra de preescolar argentina, de Córdoba, y demasiado sociable— se encontró, de casualidad, en la puerta de la entrada con la señora Cristina, la gran jefa de la finca que vivía dos pisos más arriba. Esa tarde me enteré que yo había estado violando las normas internas a las que se habían acogido todos los vecinos, fueran propietarios o no: estaba terminantemente prohibido arrendar pisos o habitaciones a turistas. Ellos, no las cucarachas, eran el mayor peligro. 

No lo había percibido así hasta ese momento, quizás porque los primeros meses estaba muy concentrada descubriendo todo lo maravillosa que era la ciudad —quizás porque había sido una extranjera —¿una turista más? enamorada de Barcelona. Lo había ignorado durante el invierno, cuando decidí aislarme por completo de todo lo que había a mi alrededor. Y en la primavera, en vez de ver a los viajeros como una amenaza, los había visto como una gran oportunidad, una forma de hacerme unos euros extra, una manera de conocer un poco de las vidas de otras mujeres, una forma de experimentar algo que jamás había hecho antes porque no había tenido esa necesidad: armarme una casa con extraños.  

Por hacerlo había roto el equilibrio perfecto que había en esa finca. La mitad de sus habitantes eran españoles, la otra mitad éramos extranjeros. Y había que estar unidos, viniéramos de donde viniéramos —Colombia, Argentina, Bolivia, Marruecos—contra esa otra categoría que en los últimos años, en vez de ser bienvenida en el barrio, había mutado a enemiga: turista. 

 

***

 

El verano me obligó a abandonar a Louis Give me a kiss before you leave me, and my imagination will feed my hungry heart y a la galería, que se había convertido en una sauna. Al abrir sus ventanas dobles, de día y de noche, buscando algo de fresco, no solo entraban las cucarachas voladoras sino todo el ruido de la plaza, especialmente el de los músicos que tocaban su predecible repertorio.

El acordeonista abría el show con su propia versión de Despacito, seguido de la Tarantela, Ciao Bella y la Lambada. El conjunto desafinado de rumba catalana me mareaba con su Romerito bueno, Romerito malo. El trío de señores destemplados de boleros tradicionales cantaban Solamente una vez... cada vez.  Y el peor rockero de la historia...

¡Hello people!— asustaba con su voz carrasposa al llegar a la plaza. Habría servido como extra para la escena de muertos vivientes de Ed Wood en la escalera por su extrema flacura, los ojos mal pintados con delineador negro, rapado con una cresta dispareja, las uñas sucias y una mascota con la piel veteada y de bozal. Era la versión satanic-grunge del perroflauta, sin un rincón libre de tatuajes, descamisado pero con chaleco y pantalón de cuero. Su numerito estrella era un himno al banano y lo cantaba a los gritos, acompañado por una guitarra maltrecha y desafinada: 

¡¡¡¡ME GUSTA EL PLÁTANO POR EL POTASIOOOOO, POTASIOOOOOOO!!!!!!

Lo veía desde mi balcón y lo esquivaba cuando coincidíamos a ras de suelo, en la plaza Sant Galdric, a la que bajaba con cada vez más pereza a comprar frutas y verduras. Me gustaba ir, sobre todo, al puesto que atendía Keita, un payés muy simpático —nacido en Mali y casado con una catalana— de una enorme sonrisa, en la que se destacaban unas encías gorditas y todos los dientes separados entre sí. A Keita le encantaban los turistas, le iba muy bien con ellos porque en el verano le compraban muchos duraznos, paraguayos, ciruelas y cerezas. 

En cambio a los dueños de Polleríes 152, en diagonal al puesto de Keita, en el lado este de la Boquería, no. En el mostrador había lo que hay en cualquier pollería que se respete: patas, pechugas, alas, cabezas, corazones o incluso el animal completo, sin plumas, la carne rosada, la garra amarilla, el ojo gris y seco. Y entre una bandeja y otra, cartelitos en inglés: NO PHOTOS PLEASE, THIS IS NOT A TOURIST ATTRACTION. 

Pero lo era, solo porque estaba en La Boquería, rodeado de otros puestos, que las tres generaciones que habían estado allí habían visto mutar, dejando de ofrecer los alimentos básicos en cualquier cocina para vender limonadas de coco, conos de jamón de bellota, chocolates y quesos gourmet, comida vegana y tapas a precios descarados. Lo que había sido uno de los grandes mercados de la ciudad ya no lo era.  

Solo algunos puestos, como el de Polleries 152, resistían. El hijo de la dueña me decía que trataría de seguir con el negocio que había empezado su abuela, lo que más pudiera, pero cada vez había más guiris o japoneses o mireyes mexicanos de vacaciones que pasaban por el lado y hacían caras de asco. Y sacaban sus teléfonos para tomarles fotos a los pollos descuartizados pero jamás compraban unas alitas, unos huevos frescos y, en cambio, mortificaban a la propietaria, que se quejaba —¡Turistes tontos!—con los que todavía comprábamos en su negocio. ¡Adeu, merci! 

 

***

 

Be like water...

Pero mi barrio, —la zona cero, según mis amigos locales que trataban de evitarla a toda costa— se sentía cada vez más sofocante, más estrecho, cada vez más falso y cutre, con sus artículos de playa en oferta. Motos y bicis aparcadas. Restaurantes-trampa de paella, paella, paella; tapas, tapas, tapas; sangría sangría sangría. Pero también breakfast, brunch, lunch, dinner. Mojitos. Pizza. Margaritas. Nachos. Coffee Shop aka marihuana. Y un exceso de carteles promocionando conciertos, flamenco, Djs, y summer parties a las que nunca quería ir, como a La Rambla.

Trataba de evitarla como pudiera. Saturada de los kioskos de souvenirs y chucherías. Las floristerías que, además de los tradicionales ramos, vendían los cactus más mini y semillas de plantas con formas de penes y vulvas. Los retratistas que engachaban a sus clientes con el rostro caricaturizado de Shakira o Leo Messi. Las estatuas humanas con pinturas ocres y plateadas y... un guiri que un día se sentó en la matera de un árbol, con sombrero de Indiana Jones, descalzo, un tatuaje del símbolo Om hindú en el brazo, a leer un libro sobre el Che Guevara y puso al frente un cartelito improvisado: Traveling is f*****ing expensive

¿Qué era? ¿Una protesta o happening artístico? ¿Una atracción más en la «parquematización» de la ciudad? ¿una foto cliché para que los demás subieran a Instagram?  O quizás el último colmo del turismo, sacando su vasito al frente, como el resto de pedigüeños sobre la vía, pero sin esa pose arrodillada y rendida, tan incómoda y tan practicada, a los pies de los misericordiosos. 

Be like water... 

Me irritaba tanto tumulto, el ruido de las maletas de rueditas sobre el asfalto rallado por líneas diagonales que logran ese efecto óptico de que el piso también se mueve con los caminantes, como el agua —La Rambla es un río asfaltado— y a lado y lado pasaban los taxis negros y amarillos al acecho de unos pies cansados que no saben o no quieren tomar los buses lentos, porque siempre había un atasco. 

La gente desfilaba por esa enorme pasarela, distraída por las tiendas de todos los gustos y precios, pero especialmente las gift shops con toritos, trajes de manolas, abanicos y camisetas del 10 o de lo las últimas series de Netflix, made in China

¿Cuántos miraban los edificios preciosos con sus letreros de «Se Vende»? ¿Por cuánto? ¿Para montar qué tipo de negocio? ¿Quién vive hoy sobre La Rambla? Miraban, eso sí, el balcón del Museo Erótico, adornado con flores falsas y con una Marilyn Monroe, poco curvilínea, que saludaba a los paseantes mientras un ventilador hacía elevar la falda de su vestido blanco halter, para que se le vieran más que las piernas. 

Oh... ah... foto aquí y foto allá. La Rambla era una sucesión de selfies y selfie-sticks. La prueba de que el Yo —con mayúscula—estuvo allí— en hijabs y en bikinis, en tenis o tacones. Cheeeeeezz. 

Be like water...

Pero ¿cómo? ante los turistes tontos que me atropellaban por andar mirando sus pantallas, y en ellas sus cuentas de Facebook, su Whatsapp, su Instagram, su Tinder o Google Maps. Y seguir las recomendaciones —aunque sean fake— de Trip Advisor, para encontrar falafel, pasta, churros, gaufres, wifi o currency exchange. 

Be like water...

Y escurrirse al ver las sombrillitas, las banderitas —insignia inconfundible de los guías de los cruceros que desembarcaban con los pasajeros y se movían como un banco de peces, obstruyendo el flujo del escaso aire, del estrecho espacio, parándose en las calles más angostas para escuchar explicaciones fundamentales:Crema Catalana is the Spanish version of Crème Brûlé

Be like water...

Y huir también de los grupos de amigos que iban en despedidas de solteros y solteras y que se delataban por un velo ordinario en la cabeza o las mismas camisetas Good boys go to heaven, bad boys come to Barcelona. 

Be like water...

Pero nada fluía entre la ola de calor y el río desbordado de gente. Brotaba con fuerza a la altura de la Plaza Cataluña, frente a los manteros africanos que vendían carteras falsas y las barreras de los Mossos de Esquadra —post atentado jihadista— y desembocaba en el Passeig Colon, frente a la estatua más engañosa de toda la ciudad. 

Nadie miraba al gran «descubridor» de América sino a sus custodios de hierro negro forjado. Los ocho leones, soberbios y majestuosos, con su musculatura perfecta sufrían con dignidad el acoso de los visitantes que se montaban encima de sus lomos, se metían entre sus patas, halaban sus crestas y colas y hasta se atrevían a besarles la nariz. Si rugieran, si mordieran, si arañaran, si pudieran hablar: No baixi, Don Cristobal.

 

***

 

De allá venía yo, del otro lado del océano que Colón señalaba con el dedo. De esa parte del mundo de donde eran la mitad de los acentos que escuchaba a mi alrededor y que me pedían ayuda o direcciones. ¿Qué más prueba de que no era una turista más? Y, sin embargo, antes de cumplir mi año reglamentario y autorizado, Barcelona me expulsaba.  

El «corazón de la ciudad» era una fachada donde encontraba cada vez más intolerancia, en mi y en otros. Un cascarón desalmado sin esa vida de barrio que necesita de ciertas rutinas y horarios, costumbres que observaba y envidiaba en la cotidianidad de mis amigos que habitaban las partes no turísticas ni «gentrificadas» de El Raval, de San Antoni o de Gracia. Allí la vida fluía a otro ritmo: el del que no tiene prisa porque se queda, porque lo más probable es que mañana o en cinco años, también va a estar allí, como el que atiende en la frutería de la cuadra o en el café de la esquina.

Yo había querido quedarme y encontrar ese ritmo. Cruzar la línea divisoria e invisible entre los que están plantados y los que están de paso. Pero no bastaba con un mero deseo y voluntad. Quedarme era un proceso que había comenzado mal por el barrio en el que vivía y había estado lleno de trabas legales porque no soy europea, ni millonaria, y porque como freelance no tenía contratos fijos con ninguna institución o empresa. Y, aunque una abogada migratoria me lo sugirió como la mejor alternativa, no estaba dispuesta a buscarme un marido, ni falso ni verdadero, en el último minuto, ni pensaba endeudarme para estudiar cualquier cosa en una universidad-negocio de dudosa calidad, con tal de no entrar en esa categoría, aún más injusta y despreciada que la de turista: «sin papeles». 

La realidad turística —ir a un lugar por placer— y la migratoria —irse a otro lugar buscando una mejor vida, si te lo permiten— habían chocado con mis planes originales de armarme una casa en Barcelona. Louis Armstrong me lo cantaba clarito Leave me one thing before we part... y Bruce Lee me indicaba la puerta de salida. Si me faltaban señales para terminar de convencerme que estaba en el lugar equivocado, a principios de septiembre una tormenta se metió por una rendija de la cocina. La mitad del piso era un gran charco para el momento en que me desperté, a las 3 de la mañana, sobresaltada por los truenos. Esa madrugada «mi casa» finalmente hizo agua. 

Empaqué, una vez más, mi vida en dos maletas de máximo 23 kilos. Regalé ropa y libros y otros objetos que no podía o no quería volver a trastear de un lado a otro, como la Piquer. Desapegarme y dejar atrás cualquier cosa que pesara demasiado, incluida la idea de que en Barcelona, —¿si us plau?— podría haberme armado una casa y plantado raíces.

Justo en esos días de últimos abrazos y despedidas, descubrí, gracias al único vínculo de sangre y de familia que tenía en la ciudad, que mi tatarabuela paterna era catalana. Y que, además, había nacido en Barcelona. Había emigrado por amor, y aunque había enviudado luego de su marido colombiano, jamás había regresado a España. 

Mi única conexión con ella, la señora Manuela María del Carmen Canals Llinás y García —además de la genética, porque ya ni sus apellidos llevo— era haber vivido durante una temporada como tal vez ella lo había hecho antes de zarpar a América: en una finca de finales del siglo XIX —galería soleada, escalones empinados— y un portón de madera que atravesaba para andar, ni rápido, ni lento, por los carrers estrechos, los mercats y las ramblas llenos de gente, la ciudad que se ensanchaba, tratando de adaptarse a un mundo cada vez más chico, frenético y complejo. 

 

Imagen de cabercera, CC JasonParis

Catalina Lobo-Guerrero
Catalina Lobo-Guerrero

Ha sido una reportera con suerte. Llegó a Nueva York un mes antes de la elección de Barack Obama, aterrizó en Caracas dos días antes de la muerte de Hugo Chávez, llegó a Colombia faltando días para la firma del acuerdo de paz entre las FARC y el gobierno, a Cuba cuando anunciaron la muerte de Fidel Castro, y a Barcelona justo antes del referéndum del 1 de octubre. Escribió a la carrera sobre estos sucesos y otras noticias para Estados Unidos, América Latina y España. Ultimamente ha estado investigando lo que hay entre sus cuatro paredes y escribiendo lento y reposado.

 
 

Twitter: @clobo_guerrero