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BARRIO ALTO

Lisboa condensada
M. Ángeles Fernández
J. Marcos
 

No descansa. Sube y baja a través de una sempiterna retahíla de rúas adoquinadas, un rompecabezas de figuras y formas que serpentean a izquierda y a derecha, un poco por allí y otro por acá, mejor por la segunda porque la siguiente es muy empinada, pégate a la pared donde el paso está demasiado estrecho y el viejo tranvía amarillo apenas deja espacio para otros egos, ahora gira, después tuerce, baja y sube, y otra vez, arriba y abajo, sigue, cualquier esquina es perfecta para un café si el cansancio no cede, hasta que la noche ponga la fiestas y las copas. Y así lleva más de cinco siglos.

Barrio Alto es el orgasmo de Lisboa. Sin él la capital portuguesa sería un mundo sin saudade ni artistas ni Erasmus ni tal vez fado ni seguro séptima colina, sobre la que se asienta; sería una ciudad igualmente hermosa pero incapaz de cuestionarse a sí misma y mudarse otra, en otras, de cincelarse con la arcilla de sus moradores y visitantes. Quitad el punto y no habrá línea. Quitad Barrio Alto y no habrá Lisboa.

Tal vez sea una exageración afirmar que Bairro Alto hace posible Lisboa, pero sin duda contribuye a ello. Enmarcado entre las calles O Século, Dom Pedro V, Misericórdia, Loreto y Combro, la zona vive en una ebullición constante desde su construcción a finales del siglo XVI: hay panaderías que sirven expressos por 50 céntimos y hay adolescentes con sangrías en la mano, hay fadistas y hay reporteros de esta época y de la anterior, hay vida y hay arte, hay vendedores de hachís poco discretos y hay dinero sobre todo extranjero. Hay también ropa tendida aunque llueva y hay miles de adoquines bien dispuestos. Barrio Alto. 501 años de historia le contemplan.

«Quem não viu Lisboa não viu coisa boa» («Quien no vio Lisboa no vio cosa buena»), se decía en la primera década del siglo XVI aprovechando la rima en asonante. Las victorias conseguidas por la Armada lusa en la India y el «descubrimiento» de Brasil dejaban una perspectiva de futuro radiante para el reino de Manuel I, el rey que soñó con una metrópoli cabeza de imperio. Una urbe que brillara en la Europa renacentista, para lo cual se instaló junto con su corte en un área predominantemente rural.

Comienza a plantearse así, entre 1498 y 1514, un núcleo urbano para una ciudad nueva, que inicialmente recibe el nombre de Vila Nova de Andrade. Las calles eran anchas y los edificios presumían de fachadas lisas y contiguas, según los parámetros de la época. Altos funcionarios fueron los primeros moradores de aquel distrito que asomaba.

Mediado el mismo siglo XVI llegan los jesuitas, que introducen una nueva dinámica, con puntos emblemáticos como la ermita de San Roque, después convertida en la iglesia que el escritor Norberto Moreira bautizó como «el cerebro de Barrio Alto», hoy una parca fachada blanca que conserva el estilo manierista barroco y saluda desde la plaza Trindade Coelho. El Barrio Alto era por aquel entonces un atractivo sin par para los grandes topógrafos europeos. Y los topógrafos fundaron academias, y las academias trajeron polos de cultura, y los polos de cultura pusieron la moda, y la moda atrajo a los aristócratas de la época, y los aristócratas de la época se mezclaron paulatinamente con pequeños funcionarios ávidos de ascenso.

 

El Elevador de Santa Justa es una de las formas más rápidas de llegar de La Baixa al Barrio Alto. Fotografía: Bárbara M. Díez

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En ese trajín estaba Bairro Alto cuando el reloj del 1 de noviembre de 1755 dio las nueve y media de la mañana. Primero un seísmo. Después un maremoto. Y más tarde un incendio. Diez minutos de destrucción. Hasta 100.000 vidas truncadas según la Historia. Pues bien, la sobriedad de la séptima de las colinas sobre las que se levanta Lisboa (en realidad las elevaciones son más pero se la conoce como la ciudad de las siete colinas), la de San Roque, permitió a Barrio Alto salvar los muebles.

Sobre aquellos destrozos se erigen los nuevos lugares, el puñado de rincones y recovecos que son hoy Barrio Alto. «Fue proyectado para albergar a las familias más nobles de la ciudad, porque fue poco sacudido por el terremoto y el tsunami. Se construyeron palacios que aún hoy existen, como el Conservatorio de Música, en muy mal estado. Más tarde se edificaron construcciones más austeras, pero rítmicas y cromáticas», explica la arquitecta lisboeta Ana Barros.

Destaca la plaza de Camões, donde se cruzan todas las manifestaciones que acoge la capital, erguida sobre las ruinas del Palácio do Marquês de Marialva. La nobleza se retiró a las afueras sin reconstruir sus aposentos, mientras los vientos de los siglos XIX y XX levantan el flequillo de un distrito que mudaba. Porque la identidad de la barriada crecía, subía y bajaba para volver a crecer, en torno a tres polos: periodismo, música y prostitución. Sobre su tartán de azulejos crecieron las principales redacciones periodísticas. Atrapada en aquella mística, alguna todavía se resiste de hecho a marcharse, como la del deportivo A Bola

Aquellos primeros periodistas compartían luna y estrellas con rufianes y proxenetas, con bebedores, bebidos y prostitutas, con sudores, vicios, frenesí y placeres. Lo dejó escrito el dramaturgo Fernando Schwalbach en su obra O vicio em Lisboa («El vicio en Lisboa»). Barrio Alto ha estado siempre lleno de seres estrambóticos, de hombres que vuelven a liar cigarrillos ya fumados, de mujeres viejas con pañuelos atados a la cabeza, de habitantes de la calle que viven de noche lo que no duermen de día, de trovadores cantando sus dolores y amores perdidos. Las casas de fado por montera. Los prostíbulos de puertas abiertas.

Barrio Alto ha sido, es (y dicen que siempre será) una representación condensada de la vida lisboeta. «Bairro Alto es un rincón de libertad, de desahogo. Funciona como una exposición humana viva y dinámica», describe el periodista luso António Oliveira. Las intrahistorias para reportajes empapan más que la humedad lisboeta: «La historia de los edificios, las vidas de quienes llegaron del Norte en los años 50, o eso que está tan de moda, los jóvenes emprendedores que abren pequeños negocios, algunos con más perspectivas de futuro que otros», enumera enfoques periodísticos el jornalista.

Bairro Alto sigue siendo hoy la quintaesencia de Lisboa, allí donde la verdadera misión no es descubrir sino estar, donde no se trata de llegar sino de experimentar. Vía de escape de la moral más conservadora y católica impuesta durante la dictadura (1926-1974), y eje de contracultura después de la Revolución de los Claveles, es el eclecticismo hecho vecindario.

Al socaire de sus rúas es donde invierten hoy sus horas los muchos estudiantes extranjeros que acoge la ciudad, donde los erasmus prueban y aprueban esa otra universidad, la de la vida. Con maestros sin pizarra, la séptima colina tiene algo dentro que no tiene nombre: esa cosa es lo que más es Barrio Alto. Lo que no cabe en los planes académicos oficiales, resbala de los edictos municipales y apenas vislumbran las guías turísticas, una mezcolanza grabada en el corazón de sus habitantes, perennes o caducos. Camaleónico donde los haya, el barrio cambia entre el día y la noche: «Durante el día es típico con sus vecinos de toda la vida, con su ropa tendida, y por la noche es un lugar de encuentro y de fiesta», traza Paula García, quien llegó a la ciudad con una beca para unos meses que empiezan a ser años.

Lisboeta y cosmopolita a la vez. Portugués y del mundo. «Con tiendas de comestibles y tabernas de ancianos durante el día, y cientos de bares y restaurantes por la noche, con música, alcohol y conversaciones en casi todas las puertas, con personas de todo el mundo», pinta el artista plástico Rui Mourao, quien no escatima en recomendaciones de galerías, salas, terrazas, esquinas. 

 

Frente al Barrio de la Alfama se sitúa el mirador de San Pedro de Alcántara. (CC Antonio Martínez)

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Trotamundos donde los haya porque recibe a muchos sin reservarse el derecho de admisión para nadie. Es una verdad manida pero la vida aquí da más de mil vueltas. Se experimenta en dosis altas. También en sentido orográfico, como muestra el privilegiado punto de vista que ofrece el mirador de San Pedro de Alcántara, con vistas al Castelo de São Jorge, la Sé de Lisboa (catedral) y Alfama, ese otro barrio con solera.

La prostitución se ha buscado otras esquinas, sobre todo desde su ilegalización en 1963. Y ahora el negocio se frota las manos con turistas y artistas. La renovación es total y muy palpable desde 1994, cuando la ciudad fue declarada Capital Europea de la Cultura, apostando por el proyecto de rehabilitación integral llamado «Séptima Colina».

Quien nunca huyó fue el fado: el lamento portugués está por todos lados, envasado para turistas en adegas (bodegas). Muy cerca anda la emblemática escultura de bronce del literato Fernando Pessoa (Rua Garrett, 120). Mercerías antiquísimas junto a locales cool. Fusión de tradición y vanguardia. Mezcolanza de generaciones y sabores. Y siempre el tranvía.

Todos hablan de Bairro Alto, que está repleto de memorias y todavía sigue siendo como lanzarse cuesta abajo y que te golpee el viento en la cara. Tan de repente. Lleva más de cinco siglos encapsulado en el centro lisboeta. Siempre despierto. Un barrio con adoquines y cuestas, las de la séptima colina de Lisboa. Ese lugar donde puede pasar tanto que dormir(se) es incluso una temeridad.

 

EN LA IMAGEN DE CABECERA EL ELEVADOR DE BICA (CC MARCK FISCHER)

M. Ángeles Fernández
M. Ángeles Fernández
Periodista en constante búsqueda, de historias, de retos, de caminos y de contradicciones. El deseo y la inquietud de no detenerme, avanzando o retrocediendo, me han llevado a varios lugares, nuevos estudios y renovadas dudas. Lucho por entender y cuestionar cuanto nos rodea, a través de (intra)historias y palabras. La denuncia de las desigualdades es un empeño y dar la visibilidad arrebatada a las mujeres una obsesión. Desplazada.
J. Marcos
J. Marcos

Padece curiosidad crónica y arrastra una inquietud caótica que sazona con meticulosidad extrema (ha pasado horas decidiendo la ubicación de una coma). Va de allí para acá convenciéndose de que sus pasiones están íntimamente ligadas a la productividad: tal vez por eso lo del Periodismo (freelance, que no gratuito) y tal vez por eso lo de la Filosofía (ahora como doctorando periférico). Últimamente se dedica a no encajar en la mayoría de lugares. A veces cuenta historias.