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BOVARISMO EN LA CAMPIÑA INGLESA

Vida portátil (VI)
Juan Trejo

Esto ocurrió tres años antes del Brexit.

El primero de los escritores a los que vi o creí ver, o tal vez intuí o soñé durante aquel viaje por Inglaterra fue David Lodge. Me crucé con él unos pocos segundos en el aeropuerto de Heathrow, estaba de pie en la cola de facturación de una compañía aérea norteamericana, acompañado por dos mujeres, una tan mayor como él y otra de mediana edad pero de aspecto bastante estrafalario, vestida con atuendo deportivo fosforescente. 

Me sorprendió que Lodge llevase puesta una gorra con el logotipo de una conocida multinacional alimenticia, pues me dio la impresión de que le hacía parecer un pobre jubilado voluntarioso pero inoperante. Y todavía me sorprendió más que, a pesar de seguir luciendo aquel impenitente flequillo juvenil por debajo de la visera, su rostro denotase un oscuro desasosiego, como si estuviese abrumado debido a la cantidad de gente que corría por allí de un lado para otro. 

Supongo que, en una situación así, me habría gustado imaginar a Lodge en un rincón, o acodado en la barra de una de las cafeterías del aeropuerto, o a cierta altura, como levitando pulcramente por encima de la multitud y del tráfago, con una chaqueta de tweed con coderas, luciendo esa familiar sonrisa suya a medio camino entre la compasión y la ironía. Aunque, bien mirado, supongo que también me habría gustado imaginarlo más joven, con unos veinticinco o treinta años menos, como cuando escribió esto en Noticias del Paraíso: «La única manera de parar el turismo, legislación aparte, consiste en demostrar a la gente que en realidad no disfrutan cuando salen de vacaciones, sino que se entregan a un ritual supersticioso. No es una coincidencia que el turismo ascienda precisamente al declinar la religión. Es el nuevo opio del pueblo, y como tal debe ser denunciado».

En cualquier caso, mientras atravesaba el vestíbulo de Heathrow alejándome de David Lodge envidié su maravillosa capacidad de observación, su perspicaz puntería a la hora de escoger los detalles en los que incidir para realizar una descripción breve y eficaz. Me habría gustado disponer de sus dones narrativos para poder decir algo certero e incluso agradable sobre el propio Lodge. Pero solo me quedé con el tema de la edad. Lo vi muy mayor. Y no había modo de sacarle punta a esa cuestión sin resultar ofensivo; entre otras razones, porque tampoco disponía de su irreprochable sentido del humor.

Para subsanar esas carencias, quise decirle a mi mujer: «¿Te has fijado? Era David Lodge». Simplemente por compartir el momento. Pero habría supuesto tal esfuerzo crear el contexto necesario para que ella entendiese lo que ese encuentro podía significar para mí, que lo dejé correr. 

Había acabado de escribir mi segunda novela hacía poco más de un mes. Durante los últimos seis años había dedicado los veranos, casi en exclusividad, a intentar liquidar ese proyecto literario. Pero que le hubiese puesto el punto final no implicaba que me sintiese tranquilo o confiado, dispuesto a disfrutar relajadamente de unas verdaderas vacaciones, todo lo contrario. Por una parte, no verme sometido a la obligación de escribir, tal vez por la falta de costumbre, me hacía sentir inútil, como una marioneta dentro de su caja; o como un albatros en tierra, si se prefiere. Por otra parte, el hecho de haber acabado mi segunda novela me había llevado a verme atosigado por dudas que afectaban seriamente a la visión que tenía de mí mismo al proyectarme en un futuro inmediato. Cabía suponer, por ejemplo, que acabaría publicando esa segunda novela, pero ¿me convertiría eso en escritor? Y en caso de ser así, ¿qué implicaba serlo? 

Siempre que había estado en Londres, ya fuese solo o con la familia, me había alojado en las inmediaciones de la estación Victoria. Más por costumbre que por comodidad. En esta ocasión, sin embargo, Victoria iba a ser tan solo otra estación de paso en nuestro tránsito hacia el hotel, ubicado en el Royal Victoria Dock, distrito de Newham, junto al Centro de Exposiciones ExCel; es decir, en el quinto infierno. Pero no nos importaba que se tratase de una zona desolada y sin atractivo alguno, ya que Londres al completo iba a ser para nosotros un lugar de paso, pues estábamos en Inglaterra para recorrer durante unos días la campiña.

Estaba convencido de que pasar unos días en la campiña inglesa, un lugar en el que suponía que no abundaban los estímulos intelectuales que suelen alimentar la vertiente más ansiosa de mi espíritu, despejaría mi mente y permitiría que mis dudas se calmasen. 

Ubicar la campiña en el mapa de Inglaterra, sin embargo, no resulta tan sencillo como podría suponerse. Suaves colinas y caminos de tierra flanqueados por muretes de rocas, así como pueblos pintorescos bien conservados, los hay en Inglaterra a montones, por lo visto. Pero existe una zona denominada los Costwolds, un amplio triángulo cuyos vértices los marcan Bristol, Oxford y Stratford-upon-Avon, donde la densidad de parajes de singular belleza es especialmente elevada. Ahí era donde pensábamos dirigirnos en cuanto saliésemos de Londres. 

Pero antes de alquilar un coche y ponernos en ruta pasamos un par de días en la ciudad. Aprovechamos para visitar, entre otros lugares de interés, la tienda de Twinings, la famosa marca de tés, situada en el Strand, muy cerquita de los Reales Tribunales de Justicia. Fue allí donde vi o creí ver, o tal vez intuí o soñé con el segundo de los escritores con los que iba a cruzarme durante ese viaje. Se trataba de Martin Amis.

Estaba haciendo tiempo en la acera junto a mis hijos, mientras mi mujer pagaba en la tienda, cuando pasó a nuestro lado, solo y con cierta celeridad, el autor de Dinero. Iba fumando con el ceño fruncido. Me sorteó por la derecha, permitiéndome apreciar desde lo alto la dimensión de sus entradas, imposibles de disimular a pesar de que ya no llegarían a convertirse en calvicie absoluta. Amis me recordó ligeramente a mi difunto suegro, supongo que por su aire de matoncillo de barrio en horas bajas, camino de una indeseada jubilación. Bajito y cabezón como él lo era, eso seguro, y resultaba evidente que la mala leche había moldeado sus líneas de expresión facial con persistencia. De espaldas, su cabellera entrecana, del mismo color que el humo de tabaco que iba dejando atrás, no parecía tan escasa. 

En esta ocasión no lo pude evitar y dije, con un tono que denotaba asombro y desconcierto y, por qué no decirlo, también algo de nostalgia: «Es Martin Amis». Mis hijos me miraron, y después miraron hacia la figura que iba empequeñeciendo de manera intermitente entre la multitud, y luego se miraron entre ellos. Y el mayor dijo: «Martin Amis, ¿el jugador del Arsenal?». A lo que el pequeño replicó, con algo de las maneras de su abuelo materno: «No te enteras de nada. Pero si era un viejo. ¡Martin Amis el entrenador del Southampton!». 

Cuando mi mujer salió de la tienda Twinings incidí de nuevo: «Acabo de ver a Martin Amis». «¿Ah, sí?» se limitó a responder mientras comprobaba el estado de sus compras. «Es extraño», le dije. «Pensaba que vivía en Brooklyn. ¿Por qué estará aquí?», «Mmm», respondió mi mujer camino ya de la parada del metro. «La primera reseña que publiqué fue de un libro suyo, La información. ¿Te lo había contado?», añadí con una sonrisa boba. Entre nosotros dos se impuso un silencio momentáneo, roto finalmente por las palabras de mi mujer: «Qué bonita la tienda de Twinings, ¿verdad?»

Mis hijos, por su parte, seguían discutiendo sobre aspectos de la Premier League que a mí se me escapaban por completo, parecían hablar en una jerga futurista que me hacía sentir mayor y desfasado. Pensé entonces en aquellas palabras de Martin Amis que había leído años atrás en La guerra contra el cliché: «La gente tiene hijos por una razón muy importante, aunque tal vez no sea buena. Por más que nadie sepa qué serán cuando crezcan, los hijos prolongan nuestra andadura vital. Nos ayudan a liberarnos del desierto biológico, en el que los únicos sonidos que oiríamos serían los jadeos del sexo y la muerte».

A la mañana siguiente alquilamos un Vauxhall Corsa de color pistacho en un concesionario que había dentro de las instalaciones del ExCel, lo cargamos con nuestras maletas y nos fuimos de Londres. No comentaré nada sobre la dificultad que supone conducir con el volante a la derecha (¡esas infernales rotondas invertidas!), ni del calvario que entrañó cruzar la capital de Gran Bretaña en hora punta. Lo importante era que por fin estábamos en ruta. Sin embargo, mi mujer había previsto un par de paradas de camino a los Costwolds. La primera de ellas fue Stonehenge. La segunda sería Glastonbury, una vez establecidos ya en la casita que habíamos alquilado en Axbrigde, pocos kilómetros al sur de Bristol; el que iba a ser durante varios días nuestro primer cuartel de operaciones.

El lugar donde está enclavado el conjunto megalítico de Stonehenge es, en esencia, una inmensa llanura con levísimas elevaciones aquí y allá que apenas pueden ser descritas como lomas. Hay varias poblaciones en los alrededores de dicha llanura, pero por alguna extraña razón no se aprecia marca de civilización alguna a medida que te acercas a Stonehenge. Todo es verde, tranquilo, solitario, aislado. Es decir, el inquietante paraje ideal para un encuentro con seres alienígenas o de otras dimensiones.

A pesar de ser esencialmente una gigantesca llanura, desde la carretera resulta imposible avistar las rocas, lo que obliga a trazar una amplia vuelta de varios kilómetros hasta llegar a la entrada principal del recinto, denominado ahora Stonehenge Visitor Centre. Las instalaciones de acceso tienen ese aire desapegado y aséptico propio de cierta arquitectura contemporánea que no te permite saber, a primera vista, si te encuentras en un Centro de Atención Primaria, en una estación de tren de alta velocidad o en un tanatorio. Entrar resulta muy caro y la tienda de regalos es muy aburrida, pero para dirigirte al conjunto megalítico te obligan a montar en unos vehículos todoterreno que recuerdan gozosamente a los transportes de Parque Jurásico.

Aun así, resultaba un tanto extraño recorrer a pie el perímetro del conjunto megalítico siguiendo el trazado de un camino de asfalto. Tal vez lo que pretendieron con ese diseño los dueños de aquel tinglado, English Heritage, fue hacer que resultase totalmente palpable la sensación de anacronismo que lo presidía todo allí, pues daba la impresión de que estábamos rodeando un incomprensible y maltrecho radiotelescopio de la edad de piedra.

En eso andaba pensando, sin dejar por ello de sacarle fotos a las rocas como cualquier otro turista, cuando en la pequeña pantalla digital de mi cámara, en una de las esquinas, vi o creí ver, o tal vez intuí o soñé con la tercera escritora con la que iba a cruzarme durante ese viaje. Se trataba de A.S. Byatt.

Ella llegaba y nosotros nos íbamos pero, como no podía ser de otro modo, me detuve a observarla durante unos segundos. Iba con otras cuatro mujeres. Vestían todas de un modo muy similar: pantalones vaqueros holgados, cortavientos o chubasqueros de marcas reconocibles y colores básicos y cómodas zapatillas de running con gruesa suela de goma. Otro detalle más: todas ellas tenían el pelo corto, peinado con cierto descuido; la autora de Posesión era la única que no lo llevaba teñido. 

Atisbé su rostro apenas durante unos segundos, y estaba a treinta metros de distancia, pero lo reconocí al instante porque aprecié en él, una vez más, lo que a mí siempre me ha parecido un inconfundible gesto de seria alegría, de confianza serena y de seguridad en sí misma y en su posición como escritora. Qué envidia, me dije sin moverme un ápice. Siempre he envidiado a Antonia Susan Byatt. Es cierto que la composición de su cara me recuerda, Dios me perdone, a la del Pato Donald, aunque un tanto más redondeada y grave, pero su mirada es tan penetrante, tan plena de inteligencia y de esa poderosa voluntad que tanto se asemeja al anhelo de trascendencia. Y además escribe como yo creo que escribiría Johann Sebastian Bach: con una predisposición natural a la armonía que posibilita la perfecta convivencia de la rotundidad y la ligereza.

«Nada de ideas sino es en las cosas», me dije con la cabeza gacha, apesadumbrado, mientras me dirigía de vuelta al vehículo todoterreno. Pero no lo dije pensando en William Carlos Williams, sino en Byatt citando al poeta de Paterson en un magistral relato suyo, «Material en bruto», incluido en El libro negro de los cuentos. También me vinieron a la mente las primeras líneas de ese mismo relato, que solía tener muy presentes en esa época: «Intentad evitar lo falso, lo forzado. Escribid sobre aquello que verdaderamente conozcáis. Convertidlo en algo nuevo. No inventéis un melodrama por el gusto del melodrama. No intentéis correr, y mucho menos volar, antes de que seáis capaces de andar con comodidad.»

No tenía presentes esas palabras por casualidad. Ya he dicho que había acabado de escribir mi segunda novela hacía poco. Pasé seis años redactándola, un proceso duro y complejo. Cuando por fin decidí poner el punto final me sentí lo bastante satisfecho, al menos durante un rato, como para presentarla a un famoso premio literario. Si ver a Byatt junto al conjunto megalítico incidió en mi malestar fue porque en mi novela hablaba de cosas que conocía, pero también de muchas otras que no conocía en absoluto. Tenía la sensación de que en aquellas quinientas páginas había intentado abarcar el mundo al completo, o como mínimo una visión completa del mundo, y ahora, a ratos, me sentía absurdo debido a lo pretencioso de mi afán. Tal vez había querido correr, o volar, antes de sentirme cómodo caminando. 

Seguramente fue la oscura energía que generaban esas dudas la que convocó la presencia de la siguiente escritora que vi o creí ver, o tal vez intuí o soñé en ese viaje por Inglaterra. Se trataba de Zadie Smith. 

Llevábamos un par de días instalados en Axbridge. Habíamos alquilado una casita de madera, poco más que una cabaña prefabricada, enclavada en las instalaciones de algo que podría haber pasado por un camping de costumbres híbridas. Habíamos estado en Glastonbury, visitando su famosa Abadía, o lo que queda de ella, para ver el lugar en el que supuestamente enterraron a Arturo y Ginebra, y también habíamos recorrido lo que se conoce como el Pozo del Cáliz, un delicioso e imbricado jardín donde supuestamente se reunían en tiempos remotos seres feéricos y dotadas mujeres capaces de comunicarse con ellos. Aunque lo que más me interesó fue todo el negocio que habían montado en el pueblo alrededor de esas supuestas creencias paganas. 

Imbuidos precisamente por lo que allí denominaban la «Leyenda de Avalon», subimos una tarde hasta la Torre de San Miguel, situada en lo alto del único cerro que había por los alrededores, un lugar al que había que ascender a pie, superando un desnivel más que considerable, con la promesa de dominar desde allí, a falta de recompensas más esotéricas, una vista completa de toda la comarca. 

Fue durante el ascenso a la Torre cuando me crucé con Zadie Smith.

Iba resoplando a mucha distancia de mis hijos, que no dejaban de recordarme obscenamente mi patética forma física. Smith descendía deprisa, seguida a duras penas por un tipo delgado de barba rala que apenas podía mantenerle el ritmo; supuse que era su marido, Nick Laird. Parecían haber discutido o bien estar de mal humor por alguna cuestión ajena al entorno. A pesar de tener poco aire en los pulmones, pensé que siempre que había visto a la autora de Dientes blancos me había dado la impresión de que estaba enfadada, enfadada con todo y con todos. Pensé también que su habitual displicencia olímpica, propia de quien se sabe por encima del común de los mortales debido a su talento literario, la había convertido en una entidad inaccesible y admirable a partes iguales. Para mí, como mínimo, lo era desde hacía mucho tiempo, por su poderío narrativo, por descontado, pero también por haber alcanzado el éxito mundial con su primera novela, a los veinticinco años, y por no haber dudado de su papel como escritora ni del lugar que ocupaba en el mundillo literario desde entonces.

Sí, había envidiado siempre a Zadie Smith, aunque por razones mucho más mundanas de que las que me llevaban a envidiar a A.S. Byatt.

Tras ese encuentro con la autora de Sobre la belleza, mi incomodidad y mi nerviosismo se hicieron patentes y me resultó imposible disimularlos. Porque todos esos encuentros teóricamente fortuitos no podían ser producto de la casualidad o del azar. Mirándolos en conjunto, de hecho, daba la impresión de que estuviesen interpelándome directamente. Sin duda esas apariciones tenían que significar algo, me dije, pero ¿qué? 

En los días siguientes visitamos Bath, la elegante y discreta ciudad donde se encuentra el Jane Austen Centre, y Avebury, donde puede recorrerse uno de los monumentos neolíticos más grandes de Europa, mucho mayor, por ejemplo, que el de Stonehenge. 

Después nos instalamos en Cheltenham, donde habíamos alquilado la segunda casita que haría las veces de cuartel de operaciones. Y fue a partir de entonces cuando nos entregamos al supuesto placer de recorrer carreteras comarcales y permitir que el GPS, que hablaba en un castellano psicodélico, recalculase una y otra vez las rutas que habían de conducirnos a rincones como Bourton-on-the-water, Bibury o Chipping Campdem, llevándonos por caminos de tierra flanqueados por muretes de rocas que atravesaban suaves colinas…

Es decir, pudimos vivir con intensidad la campiña inglesa. Sin embargo, la experiencia no produjo en mí el efecto que había esperado cuando planeamos ese viaje. 

De hecho, en uno de los muchos pueblecitos encantadores que visitamos, Castle Combe, seguramente el más hermoso de todos ellos, vi o creí ver, o tal vez intuí o soñé no ya con un escritor, si no con dos a la vez. Se trataba de Evelyn Waugh y de Ian McEwan. 

Habíamos entrado en un pequeño pub junto Market Cross, el único del pueblo que estaba abierto. Era media tarde y nos apetecía tomar un refrigerio para poder seguir transitando por aquellas estrechas carreteras un par de hora más. Ian McEwan atendía tras la barra. Evelyn Waugh estaba sentado en un taburete tomándose una pinta de cerveza tostada. Le pedí a mi mujer y a mis hijos que se sentasen en la terraza interior y yo fui a pedir nuestra consumición, como el que decide proteger a su familia y acude en solitario a enfrentarse a una amenaza desconocida. Mientras me acercaba, oí decir a Waugh: «¿Qué dejaba a mi espalda? ¿La juventud? ¿La adolescencia? ¿El amor romántico? Lo mágico de todas estas cosas, el compendio del joven mago». Tras pronunciar esas palabras, con aquella voz modulada y nostálgica que sonaba a antiguo imperio, bajó con dificultad del taburete debido a su corpulencia y se encaminó hacia el lavabo dándome la espalda.

Me apoyé entonces en la barra, forrada de escay rojo, y le pedí al camarero McEwan las bebidas. En su gesto creí apreciar un ligero deje de burla, pero intenté no darle importancia. A pesar de mis esfuerzos, sin embargo, la situación resultaba muy perturbadora, cuando no directamente estrambótica. McEwan no tardó en colocar una pequeña bandeja de metal frente a mí, dejó los vasos encima y me comunicó el importe. Supongo que estaba empezando a acostumbrarme a la deficitaria relación calidad-precio de los pubs británicos, porque pagué sin rechistar. Cuando me disponía a salir a la terraza, con la bandeja ya en las manos, McEwan, que siempre me ha recordado a David Carradine, aunque sus gafas de montura metálica le hagan parecer un implacable inspector de Hacienda, me miró fijamente y apuntándome con el mentón, me dijo: «Qué relajante debió de ser, en otra época, ser próspero y creer que una fuerza sobrenatural omnisciente había asignado a cada persona su posición en la vida». Yo quise librarme de su mano, pero no me soltó al primer intento y no quise dar un tirón para no verter los refrescos. Sonrió y, solo cuando yo le correspondí con otra forzada sonrisa, me dejó marchar.

No le comenté nada de lo ocurrido ni a mi mujer ni a mis hijos. No habría sabido qué decirles. Me bebí la Cocacola en silencio, intentando recuperar la compostura. Si alguien me hubiese preguntado en ese momento sobre mi situación, le habría dicho que estaba tenso, nervioso, y que tenía unas ganas locas de salir de allí y volver a la carretera. Pero si me hiciesen esa misma pregunta hoy en día, a casi cuatro años de distancia, me limitaría a decir que tenía miedo y que no sabía por qué.

Al día siguiente estuvimos en Stratdford-upon-Avon, el pueblo natal de William Shakespeare. Iba a ser la última escala de nuestro recorrido por los Costwolds. Después de eso regresaríamos a Londres para tomar el avión de vuelta a casa. 

Habida cuenta de que había sido yo el que había propuesto visitar Stratdford-upon-Avon, a modo de remate significativo a nuestras vacaciones, debería tal vez haberme sentido conmovido al entrar en la que se supone que fue la vivienda de la familia Shakespeare. Pero no sentí nada especial, si acaso una extraña sensación de incongruencia. Luego pasamos junto al solar de la que fue la casa del propio William, adquirida con los beneficios de sus obras representadas en Londres, convertida ahora en un anodino jardín, completamente olvidable. Y por último recorrimos el camino que lleva hasta la Holy Trinity Church, donde en teoría está enterrado el autor de Hamlet, completando así una suerte de peregrinación carente de cualquier clase de fe y marcada, sobre todo, por la desgana.

«Buen amigo, por Jesús, abstente/ de cavar el polvo aquí encerrado./ Bendito sea el hombre que respete estas piedras/ y maldito el que remueva mis huesos». Eso es lo que puede leerse en la lápida de la supuesta tumba de William Shakespeare, enmarcada por un cutre cordón azul y señalada por un indigno cartel con letras doradas apoyado en el suelo. Los huesos de William Shakespeare podían estar allí, bajo tierra, o no, pero lo cierto era que importaba bien poco. Tal vez ese sea el auténtico lugar de un escritor, me dije, que tu nombre presida una tumba aleatoria, cutre y prescindible, sin valor real alguno.  

No sé si a esas alturas mi familia estaba pendiente de mi estado ánimo, pero les conduje de regreso a Chentelham sumido en una profunda decepción. No sé qué había pretendido encontrar en Stratdford-upon-Avon, pero fuera lo que fuese no lo encontré. Tal vez se debía simplemente a lo que había escrito Lodge en Noticias del Paraíso, eso de que la gente no disfruta realmente cuando sale de vacaciones, sino que se entrega a un ritual supersticioso, y que no es una coincidencia que el turismo ascienda en importancia precisamente al declinar la religión. 

A la mañana siguiente, después de arreglar la casa, hacer las maletas y cargarlas en el coche, me dispuse a devolverle las llaves a la casera. A nuestra llegada, había sido mi mujer la que habló con ella. Vivía en la planta de arriba, que disponía de una entrada autónoma a la que se accedía por unas escaleras exteriores de madera. Tuve que llamar un par de veces antes de escuchar unos pasos lentos que se aproximaban. Cuando se abrió la puerta, me hallé frente a una mujer mayor, una anciana, corpulenta y no muy alta, vestida con algo parecido a una bata ligera de color oscuro. Su rostro ancho y de rasgos muy definidos era un variado muestrario de arrugas. Tenía el pelo ondulado, totalmente blanco, y lo llevaba recogido en un moño en la parte trasera de su cráneo, invisible desde mi perspectiva. Tenía los ojos hundidos, pero no tanto físicamente como a nivel conceptual, pues parecía mirar desde una profundidad personal insondable. Y sonreía de manera acogedora a pesar de carecer casi por completo de labio superior. 

Me quedé mudo. Paralizado. La anciana miró hacia mi mano derecha, en la que sostenía las llaves. Me hizo un gesto sin dejar de sonreír. Yo se las tendí. «¿Han estado a gusto en la casa?», me preguntó con una voz curiosamente tintineante, casi juvenil. «Sí, sí», respondí arrobado como un adolescente. «Hemos estado muy bien. La casa es genial». Ella reforzó la sonrisa, añadiéndole un toque juguetón, y dijo: «Tal vez le interese saber que ahí abajo se han alojado personas importantes. Escritores famosos». «¿Ah, sí?», repliqué. Ella asintió con solemnidad, con una socarronería cada vez más evidente. «Le di cobijo a Kazuo Ishiguro cuando todavía era estudiante. Y antes aun durmió en esa casa William Boyd. ¿Qué le parece?». «Impresionante», respondí, incapaz de añadir nada más. Permanecí inmóvil durante unos segundos, asintiendo como un muñeco de plástico. «Deje que le diga una cosa», me dijo la anciana poniéndose seria sin previo aviso. «No solamente resulta infantil que un escritor persiga que los lectores vean lo que él ve, y que entiendan la estructura y la intención de lo que escribe como él lo ve. Que el autor desee esto demuestra que no ha entendido el punto más fundamental: a saber, que un texto está vivo y es poderoso, fructificador y capaz de remover el pensamiento y la discusión solamente cuando su forma, intencionalidad y plan no se comprenden, debido a que el momento de captar la forma, la intencionalidad y el plan coincide con el momento en que no queda ya nada por extraer.» Seguí asintiendo, porque quería mostrarme amable, aunque no estaba muy seguro de haber captado o entendido el significado de lo que acababa de decirme. Ante mi inacción, la anciana dio un paso atrás y agarró el pomo de la puerta desde dentro, dispuesta a despedirse. «Bueno», dijo. «Espero que tengan muy buen viaje de vuelta. Tal vez volvamos a vernos en otra ocasión. Yo seguiré aquí», remató con una sonrisa más radiante incluso que aquella con la que me había recibido. «Sí, por qué no. Muchas gracias por todo», declaré yo.

Estaba por darme la vuelta para bajar las escaleras y la anciana había empezado a cerrar la puerta a mi espalda cuando me detuve y, haciendo acopio del poco valor que corría por mis venas, le pregunté: «Usted es Doris Lessing, ¿verdad?». 

Juan Trejo
Juan Trejo

Nació en Barcelona en 1970. Es escritor, traductor y profesor. Autor de tres novelas, El fin de la Guerra Fría, La máquina del porvenir, que se alzó en 2014 con el X Premio Tusquets Editores de Novela, y La otra parte del mundo (2017)