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CAMINOS

DE BIRMANIA
Juan Caparrós

Juan Caparrós y Celeste Medina nos traen historias de Birmania representadas en diferentes fotografías. Repásalas una a una y recorre imagen a imagen, estampa a estampa, los caminos de Birmania. 

 

En la pagoda más grande del mundo, que por alguna rara razón está en Rangún, una señora nos pide que nos saquemos una foto con su hija; al rato, en el parque más grande de la ciudad, cuatro nenas monje vestidas con túnicas rosas nos sacan una foto con sus grandes teléfonos modernos. Esto es Rangún ahora. Mañana ya nadie querrá una foto con nosotros, ayer no había ni con quién ni con qué hacerlas. Rangún todavía acarrea su pasado, pero con hilos cada vez más finos; todavía nos es ajena y memorable.

Es mediodía, el calor es importante y los buses destartalados pasan y pasan. Sería tan fácil tomar alguno, pero caminamos. Cuanto más tercermundista es una ciudad más hay que pensar por dónde, cómo caminar. En cualquier ciudad de primer mundo uno camina pensando en cosas porque no es necesario pensar en el camino. Aquí, en Rangún, cuando uno camina, lo mejor es no pensar en ninguna otra cosa. Las veredas son el reino de los vendedores de lo que se te ocurra, desde un cangrejo vivo hasta un martillo muerto; el lugar más propicio para los caminantes es la calle, entre autos, motos infinitas y bocinas incesantes y cinco millones de personas y cien mil perros sueltos, peligrosos.

Por encima, gruesos cables negros dominan el espacio aéreo. Entre ellos se llegan a ver edificios en proceso de descomposición con centenares de antenas de televisión. Igual de descuidados están esos pedazos de carne que cuelgan de postes y esos pescados pescados —doblemente muertos— apilados sobre mantas en el suelo de un mercado al aire libre —sólo que el aire ni es libre ni es aire—: son treinta y tantos grados, olores impactantes. 

 

Es nuestro segundo día y ellos todavía no se acostumbraron a nosotros y no dejan de mirarnos; nosotros todavía no nos acostumbramos a ellos y no dejamos de mirarlos. En su vestimenta prima la igualdad de género: mujeres y hombres se visten con polleras largas, camisas de manga larga y ojotas; hombres y mujeres escupen con gran repertorio. Es bien temprano y caminamos hasta el alejado highlight of Rangún, la pagoda más grande del mundo. En una de sus puertas les parece que mi pantalón es demasiado corto y que tienen que venderme algo para taparme las piernas. El precio de la entrada me parece excesivo o tenemos poca plata; si además hay que pagar un extra por la cobertura, decidimos que mejor entre Ella sola. El lugar es para foto y Ella no se lo quiere perder, ni el lugar ni mucho menos las fotos del lugar. Tengo una hora y media para esperarlas; mientras camino alrededor del recinto encuentro una escalerita despoblada y sin dorado. Subo mirando para todos lados —más perseguido que el Chapo— y llego hasta Ella, sus fotos y la gran pagoda con más oro que todos los dientes bolivianos juntos. En la pagoda hay miles y miles, y todos parecen tener algo que hacer, algo que pedir, algo que ofrecer: la religión al palo.

Después vamos a la única sinagoga de la ciudad y posiblemente del país, que acoge a la media docena de judíos de Rangún. Al entrar nos enteramos de que el lider del judaísmo birmano murió el año pasado. Seguimos hacia el mercado más grande de la ciudad; al entrar vemos que murió hace años, el mercado se transformó en un galpón muy grande y muy limpio repleto de vendedores de bijouterie para nosotros. Habíamos leído del bar estilo inglés del hotel más tradicional de la ciudad y decidimos ir a buscarlo: al llegar vemos que murió hace meses. El gran edificio está sumergido en una obra de restauración para transformarlo en un hotel pretensioso más. Hoy es un día de pérdidas y ni siquiera tenemos donde ahogarlas.

Después se hace de noche, después de madrugada: son las 6 de la mañana y estamos tomando una gaseosa en una mesa de un bar en la estación de buses más grande y caótica que haya visto nunca, esperando que uno de los miles que se ven y pasan sea el nuestro. La estación es un claro reflejo de lo más irritante de la ciudad. Del caos, del desorden y de la polución de todo tipo. Pero olvida la otra gran parte de Rangún, la que la hace auténtica, llamativa y atrapante. La de las pagodas milenarias en rotondas contemporáneas, la de los mercados interminables, los edificios ingleses olvidados; la de las sonrisas birmanas.

 

Birmania tiene su propio huso horario, media hora menos que en Tailandia o tres horas y media más que en Europa: son muy precisos. Birmania tiene su propia forma de vestir: esas faldas o polleras formadas por grandes tubos de tela sin costuras que se ajustan a cada rato para no quedar en bolas. Por eso los muchachos birmanos tienen su propia forma de mear, agachados y levantándose la pollera o falda, como una señorita. La falda o pollera parece una prenda muy cómoda pero tiene un problema: no contempla bolsillos. Entonces los grandes celulares tienen que ir a presión entre el culo y la pollera o falda, lo que parece inestable e incómodo. La falda o pollera choca con la modernidad.

Birmania tiene su propia crema para la cara: un extracto cremoso que se obtiene de raspar las ramas de un árbol particular y se llama tanaka. Todos, salvo los más pretenciosos, la usan; su principal función es proteger la piel del sol incansable. Birmania tiene su propio chicle, unas hojas que preparan y venden en la calle. Las pegan con una pasta blanca y un polvo rojo. Al masticarlas los birmanos tienen la boca llena de litros de saliva roja que necesitan escupir cada cinco minutos con unos ruidos fenomenales. El chicle les tiñe los dientes de rojo. La moda de usar dientes tecla de piano es otra de muchas que todavía no llegaron. Para estar a la moda y combinar con los dientes, muchos hombres se tiñen la barba de naranja.

 

Bagan es una de las más bellas materializaciones de la estupidez humana. Una gran demostración de lo idiota que es el hombre cuando acciona su poder sólo para mostrar y demostrar cuánto tiene. Produciendo, en muchos casos, espacios bastante increíbles y por tanto, las mayores atracciones turísticas del mundo. Bagan, a diferencia de muchas otras bellas materializaciones de la estupidez, todavía no está arruinado ni por la cantidad de gente ni por el control exhaustivo que logra que impidas disfrutar y conocer. El espacio es tan amplio, los templos, espacios, vistas, caminos y recovecos son tantos que solo media docena de ellos están atestados de turistas de la foto con pose y grito; el resto están allí, como si nadie los hubiese visto en los últimos 500 años.

Dicen que en algún momento los templos y templetes fueron casi cinco mil en estos campos aún más salvajes y que ahora quedan en pie sólo la mitad, suficientes como para nunca poder conocerlos todos. Fueron construidos entre los siglos XI y XIII, durante la época de esplendor de los reinos birmanos y la llegada triunfante del budismo. Primero los mongoles y después los terremotos hicieron un trabajo incompleto de destrucción durante los siete siglos siguientes. El primero de nosotros —viajeros asombrados pero sólo él asombroso— en pasear por Bagán fue Marco Polo a principios del XIII. Hoy todavía, la libertad es casi total para entrar en ellos, tocarlos, apreciarlos e incluso treparlos y descubrir las vistas más increíbles del campo más budista.

Después de un día en esos campos tropicales plagados de pagodas decidimos que era mejor irnos. Que nunca un segundo día iba a tener el impacto de la novedad y que era mejor quedarnos con esa sensación de espectáculo único, irrepetible.

 

Birmania tiene un solo calzado, la ojota. Pero siempre varios talles más grandes que como los occidentales creemos que se deben usar. Birmania tiene su propia forma de manejar: los autos van por la derecha de la calle y los conductores también, a la derecha de sus autos. Es una triste muestra de descolonización incompleta: mantuvieron el lugar del conductor que les impuso Inglaterra pero cambiando la disposición de los carriles. En la práctica es un peligro, el conductor no ve si vienen autos de la mano contraria. Y más aún, cuando las rutas no tienen carriles ni división en el medio y las asfaltan a mano y los bordes fueron hechos por borrachos. En general se trata de guapeza y ocupar más ruta que el otro. O, simplemente tocar bocina, único recurso vial utilizado en Birmania. La bocina reemplazó el orden, las señales de tránsito, las luces.

Birmania tiene sus propios animales domésticos, como el búfalo y el gallo. A los gallos los abrazan, a los búfalos, lógicamente, los pasean. Birmania no tiene veredas dignas de tal nombre: nadie cree que sea necesario separar la circulación de peatones y la de vehículos. En Birmania todavía se corta la luz todos los días y las grandes cadenas americanas de comida no se animaron a llegar.

 

Acá sacan a pasear los búfalos con correa. Acá agarran a los gallos para acariciarlos. Acá hay tres calles asfaltadas, ocho de tierra y nueve pagodas. Tipó —como llaman los locales a Hsipaw— es un pueblo a siete horas de bus de Mandalay hacia el norte, a 12 horas de tren de Mandalay hacia el norte: 150 kilómetros al norte de Mandalay.

Por suerte no hay nada que hacer. Salimos a caminar por la calle principal del pueblo, nos cruzamos con el mercado, el negocio de electrodomésticos, dos bancos, una decena de boliches para comer y otro par de farmacias y quioscos, los pescados habituales cociéndose al sol. El pueblo le da la espalda a un río marrón y caudaloso y nosotros intentamos llegar a él por un camino de tierra que va embarrándose cada vez más mientras el pueblo se transforma en campos verdes muy verdes de arroz inundados, muy inundados. Un perro nos ladra y un gallo nos mira con desgano cuando nos damos cuenta de que estamos en el patio de la casa de dos chicos que nos miran. La casa da al río que buscábamos. Cada vez es más mediodía y seguimos por la sombra que no hay. Al costado de la calle, un chiringuito de paja hace de peluquería y tres señores en un banco de madera esperan que el exitoso peluquero termine de rapar a un cuarto. Nos hacen un lugar en el banco y esperamos con ellos. Los tres señores se cortan el pelo y es mi turno de sentarme en la silla ancha de madera gastada. El peluquero me pregunta cómo quiero el corte –supongo, por sus gestos– y me parece que lo hace por amabilidad o por costumbre, porque a los tres señores anteriores les cortó igual. Así que por amabilidad o por costumbre le señalo los pelos recién cortados de mis antecesores. Cuando termina, para mi sorpresa, no parezco del todo birmano.

Seguimos y llegamos al final del pueblo, a una zona que llaman Little Bagan, mucho más little que bagan: son tres pagodas de piedra caídas, grandes como una jirafa joven. Con más calor que hambre paramos en una esquina con grandes vaporeras sobre fuegos de leña. Un chico no para de poner dentro de ellas bollos de suave pan casi dulce rellenos de pollo y cebolla. Pedimos dos y luego dos más y me comería otros dos, pero sé que a la noche voy a volver a comerlos.    

 

Al otro día alquilamos bicicletas para ir un poco más allá. Intentamos ir hacia un manantial pero la temporada de lluvias no nos ayuda y la gente que nos cruzamos tampoco. Los senderos están súper embarrados cuando no inundados, y la gente nos hace gestos guiándonos por caminos que deben haber planificado para el futuro, porque hoy no existen. Nos damos por vencidos. Ahora queremos llegar a una cascada que parece —a priori— más accesible. Vamos por una ruta semi asfaltada y doblamos por un camino de tierra que cruza un cementerio budista y pegado, uno chino. Seguimos y el humo de un basural –que parece más perdido que nosotros– nos envuelve, aceleramos y de nuevo nos rodea un verde muy verde como si nunca hubiese habido basura ni muertos. El camino se vuelve angosto y las bicicletas, una carga. Las dejamos y seguimos a pie hasta la cascada, furiosa por las fuertes lluvias de los últimos días y meses. Estamos solos frente a una pared de agua marrón que nos moja, refresca y relaja con su temible rugido.

Ya fuimos a comer cuatro veces los bollos adictivos, ya caminamos por las tres asfaltadas y las ocho de tierra varias veces, ya tomamos cerveza sentados al costado del río, ya intentamos jugar al ping pong y al pool. Ya no sabemos cómo seguir haciendo nada. Y nos dicen que más allá hay un pueblo con un gran lago, o un lago con un pequeño pueblo: se llama Inle, es casi famoso.

 

Birmania tiene su propia comida, pero es una sola y la llaman arroz. Se trata de un plato de arroz con verduras verdes fermentadas, cebolla seca y dos pequeñísimos pedazos de una carne muy grasosa con su salsa. Es lo que comen a cualquier hora, varias veces al día. Si uno pregunta en los restoranes más populares o puestos en la calle qué hay para comer, lo más común es que te miren con cara de qué estás preguntando tonto, arroz; así lo llaman: simplemente arroz, pero es un poco más feo que simplemente arroz. Y después te cobran lo que sea. Birmania no tiene precios escritos: ni en la carta de un restorán ni en los pocos supermercados, ni siquiera en los nuevos shopping malls. Hay que preguntar por cada uno o confiar en la intuición y la misericordia birmana.

En Birmania una fruta en la calle, sin ningún valor agregado, puede valer el doble que un plato de comida –bueno, de arroz– en cualquier puesto. En Birmania el agua es una amenaza aterradora. 

 

Ya hemos tomado demasiados buses, y no queremos más. El único tren que conseguimos tiene cuatro vagones y alguien nos dice que alguna vez llegará a Thazi. También nos dice que son unos 150 kilómetros; serán, calculamos, cuatro o cinco horas. Aquí la velocidad de los trenes debe ser directamente proporcional a su precio: éste es muy muy barato. Birmania tiene los trenes más lentos y baratos del mundo, casi nunca aceleran a más de 25 km por hora y parecen ser los que dejaron los ingleses cuando se fueron a mediados del siglo pasado. Un pasaje por 24 horas en ordinary class cuesta un euro. Lo que cuesta más es sobrevivir 24 horas en sus bancos de madera estilo plaza, pero ellos lo logran.

Nosotros, hoy, vamos en upper class porque somos gente rica: vale unas tres veces más que ordinary class –dos euros cada uno– pero nos damos el lujo de sentarnos en asientos gastados de resorte. En el vagón lujoso somos media docena de turistas y varias decenas de locales con mejor pasar.

Nuestros compañeros de tren, todos birmanos, llevan grandes bolsones con comida como si fueran a pasar hambre en un país lejano y aislado. Una señora se acuesta en el suelo, un señor abraza a una gallina como nunca abrazó a su esposa, una bebé se mea y se caga encima y los padres tienen que cambiarle la ropa por quinta vez. Suben señoras a venderte el plato de arroz y nadie quiere quedarse sin comer. Sube un señor que plastifica documentos con una vela y una plancha de metal y nadie cree necesitarlo.

Por las ventanas, siempre abiertas, se ven —entre gotas de lluvia— montes verdes tropicales envueltos en nubes. El tren va eludiendo como puede los montes y ríos de agua y lodo que bajan por las laderas mientras el verde y las ramas van entrando al vagón y golpean a algún desprevenido. Cada hora paramos en alguna estación chica desde la cual se ven siete u ocho casas de paja y muchos chicos jugando en el barro. En los 15 minutos de parada señoras con bandejas en las cabezas venden por las ventanas frutas, verduras, arroces, huevos duros y otros objetos comestibles no identificados. 

 

Llevamos cinco horas de viaje y el tren sigue atravesando con parsimonia montes neblinosos mientras llueve cada vez más. Los viajeros conversan, se estiran, duermen, fuman; cada uno de ellos ya se comió dos platos de arroz con su corona de verduras fermentadas y alguna salsa, por lo menos. Cada uno de ellos ya escupió 114 veces con su ruido correspondiente, hizo unas 15 gárgaras y eructó un par de veces después de cada arroz. Todos ellos están en patas —como siempre— y ponen los pies en cada lugar posible del tren.

Dos señoras con un nene chiquito compran una bolsa de mandarinas y nos regalan dos. Un señor sentado delante nuestro ya compró una docena de bolsones de verdura y fuma mientras se acomoda el pelo incansablemente. El tren sigue y sigue y las estaciones con tres ranchos se repiten mientras por la ventana el paisaje extraordinario también se repite. Empieza a oscurecer; tras 11 horas de viaje, por la ventana sólo se ve el negro y alguna rama que se lanza al ataque. Adentro hay cada vez más bichos que molestan pero no lastiman.

Ahora llevamos 13 horas, y aparecen de pronto unas luces:son pagodas en el medio del campo. Al rato el tren se para en Thazi. Son las nueve de la noche y estamos en ninguna parte; más tarde, nos dicen, el tren volverá a salir para una ciudad 400 kilómetros al sur llamada Bagó. Teníamos pensado, por la hora, quedarnos a dormir acá, en este pueblo del que no sabemos nada. Pero, ya que estamos, sacamos tickets para seguir sentados en los mismos asientos otro buen rato, a ver si les encontramos el gusto. Sobre el andén, muchas familias duermen sobre lonas y no sabemos si esperan otro tren o un futuro mejor. No parece que esta noche vaya a llegar ninguno de los dos. 

 

En Birmania no existen las monedas: deben ser más caras de fabricar que su valor de mercado y los billetes están súper arruinados, como los buses. Pero cuando uno intenta cambiar plata, revisan que los billetes extranjeros sean nuevos sin una marca. En Birmania, Buda es la persona más amada, adorada y rica. A cada monje que pide plata —o sea todos— y en cada pagoda —o sea muchas—, todos los birmanos —no monjes— entregan un billete, sin distinción social. En Birmania está la pagoda más grande del mundo construida con más oro del que atesora Inglaterra en su banco central.

En Birmania todos los niños nos sonríen y nos dicen hello. En Birmania su gente no puede dejar de mirarnos y nosotros no podemos dejar de mirarlos. Birmania es único, todavía, por quién sabe cuánto tiempo más. 

 

FOTOGRAFÍAS DE CELESTE MEDINA

JUXTAPOSE DE BERTA JIMENEZ

Juan  Caparrós
Juan Caparrós

Cocinero y Licenciado en Cs. Política en la Universidad de Buenos Aires. Un poco Argentino, muy hincha de Boca, incluso porteño. Por ahora, un jóven viajero sin cámara pero siempre acompañado de su fotógrafa y todo lo demás. Cuando sea grande quiere ser escritor.