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CIUDAD EN PROGRESO

Apuntes para (des)entender Shijiazhuang
María Pérez Cordero

El tren aminora la velocidad y anuncia que nos acercamos a Shijiazhuang. Mi compañero de asiento ha tratado sin mucho éxito un amago de conversación, a lo que sólo he podido responderle con un vago encogimiento de hombros y una compungida expresión de «no entiendo-ni-una-palabra». Me ve despistada, agudizando los sentidos ante lo desconocido y buscando ávida alguna señal que pueda leer para saber si mi rumbo es correcto, así que me pregunta algo acompañado de unos gestos que interpreto como un «¿Dónde vas?». Le muestro mi billete y, seguidamente y haciendo gala de un lenguaje universal, se señala el pecho con el dedo mientras asiente: él también se dirige a la capital de la provincia de Hebei.

Hebei… Mirando un mapa es fácil de localizar, pues es esa provincia que rodea a la capital de China, y, a la vez, es una gran desconocida. Antes de llegar investigué un poco sobre mi nuevo destino y la información que encontré se vio reducida a índices de contaminación desmesurados, fotos borrosas por una niebla tóxica, una larga lista de fábricas e industrias de todo tipo —desde el sector textil hasta el farmacéutico— y una ausencia casi total de lugares de interés turístico y cultural. Así que, sin muchas expectativas, hice mis maletas y me embarqué.

Mi compañero de asiento se empeñó en llevarme las maletas cuando llegamos a nuestra estación. Primero me mostré escéptica e intenté hacerle entender que no era necesario, pues esa repentina y desinteresada ayuda no suele estar en el menú del día y, tristemente, resulta algo inusual. Pero el caballero insistió tanto que no pude negarme a que las cogiera y acarreara con ellas hasta la salida. Allí me esperaban para recogerme y le indiqué a mi amable compañero que aquellas personas venían por mí. Charlaron brevemente y hasta que pareció asegurarse de quién era yo, qué hacía allí, de dónde venía y, sobre todo, que me dejaba en buenas manos, no soltó mi equipaje. Minuto uno y ya había un punto a favor de este lugar.

 

Vía auxiliar para motocicletas en el centro de Shijiazhuang.

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Salir de la estación fue un choque sensitivo intenso: los olores (a ¿humo?, ¿humanidad?, ¿humedad?), la espesa niebla tóxica que difuminaba la luz de las farolas en plena noche y una gran multitud de personas. Todo aquello no era un mito. Shijiazhuang es una ciudad mediana en China, con una población de unos nueve millones de habitantes que incrementa día a día. Hablamos de una ciudad joven, que ha ido creciendo desde que se implantaran líneas de ferrocarril para conectar Pekín con otras ciudades relevantes del interior. Tales líneas pasaban por Shijiazhuang y fomentaron el comercio y la economía de la zona, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial.

Pero la Shijiazhuang por la que paseo hoy en día ha contado con otro gran impulso para su desarrollo. Lejos de la glamurosa Shanghái y tras la fachada de la cosmopolita Pekín, Shijiazhuang resulta ser un claro reflejo del progreso desbocado actual en el que se halla inmerso el gigante asiático. Algo palpable, visible y cuantificable con un sólo vistazo al horizonte urbano: grúas que se elevan varias decenas de pisos, esqueletos de vigas y cemento, nuevas carreteras y conglomerados que se multiplican a la velocidad de la luz. Es posible no reconocer la calle que has habitado los últimos meses si te ausentas apenas unas semanas y de repente te encuentras la acera levantada, nuevos comercios, la calle cortada o una incipiente arboleda. Un nuevo skyline para satisfacer una demanda creciente: la de ese número al alza de almas que buscan encontrar su hueco y mejorar su vida en medio de este progreso acelerado.

La economía emergente que constituye China ha atraído a un gran número de personas desde las zonas rurales a la capital para buscar un futuro mejor. Es fácil ver en las calles personas de distintas procedencias, incluidas las minorías étnicas,  trabajando en la construcción, la industria, en los mercados ambulantes o estudiando en alguna de sus numerosas universidades. Es por ello que el mapa humano de esta ciudad es más rico de lo que pueden permitirse ciudades a la vanguardia de la modernidad, pues el coste de la vida en otros puntos de China no permitiría experimentar una inmersión cultural de estas características en unos cuantos kilómetros cuadrados. Ciudades como Shijiazhuang muestran la cara oculta del verdadero cambio económico, social y cultural del país a través de una comunidad que lleva puesta una sonrisa como carta de presentación y que carga con la responsabilidad de hacer el trabajo duro tras bambalinas.

 

Remodelación de una calle céntrica de la ciudad.

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Puesto callejero de un inmigrante rural en Shijiazhuang.

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Un anciano exhibe sus dotes de caligrafía china mientras unas jóvenes pasean en la calle.

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Sin embargo, hay una diferencia clara entre generaciones. China se ha abierto al mundo, con condiciones, y esa influencia es clara en la juventud. Las personas mayores de cuarenta años han conocido la escasez de todo, y aún hoy se sorprenden ante la presencia de un extranjero por la calle porque es probable que sea la primera vez que lo vean. Tienen un profundo respeto por sus mayores, son personas muy familiares y se preocupan por la comunidad. Valores que parecen olvidarse en el apogeo del desarrollo, donde lo impersonal y la individualidad ganan la partida. Valores que son, a menudo, relegados a un segundo plano y que solemos olvidar con facilidad.

Los jóvenes, en cambio, ansían conocer y descubrir por ellos mismos lo que ven en la televisión y no se sorprenden ante lo foráneo, sino que lo admiran e, incluso, tratan de imitarlo a su manera. Pero lo que es realmente sorprendente es que ese hecho no conlleva una renuncia a sus creencias o aspiraciones más tradicionales: una casa, una familia, poder mantener ambas cosas y tener trabajo es la panacea para el ciudadano medio. A menudo me sorprende ese equilibrio entre lo profundamente arraigado y lo nuevo, cómo podemos ver a jóvenes ataviados con la última moda que rechazan una hamburguesa por una buena sopa de fideos, o esa disposición a ayudar a cualquiera en cualquier momento, el contraste de ancianos en los parques haciendo taichi frente a una juventud que se hunde en las pantallas de sus smartphones.

 

Jóvenes juegan al baloncesto con camisetas de sus ídolos.

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Aún en su nube de polvo, Shijiazhuang encierra y muestra una verdad sobre la sociedad china: que el progreso hace mella, para bien y para mal, pero que una idiosincrasia no se construye en dos días; que este periodo de adaptación va a llevar mucho más tiempo; y que quizás ahí podamos encontrar la fórmula para adaptar unos valores que se pierden entre cafés sorbidos con pajita y restaurantes de comida rápida con wifi sin perdernos nosotros por el camino. Que esta radiografía urbana nos va mostrar un esqueleto que está mudando sus huesos, mientras que el electrocardiograma nos señala un corazón mucho más real y que, por el momento, no sufre de arritmias severas. 

 

Fotografía de cabecera: multitud de parejas practican sus habilidades de bailes de salón en el parque.

María Pérez Cordero
María Pérez Cordero

Licenciada en Filología Hispánica por la UGR, realizó estudios de fotografía en Granada y se dedica a la enseñanza del español en China, lo que le da pasaporte de viajera didáctica.