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COLORES DE UN RELATO MARROQUí

Al ritmo del sol y la luna
Pau Riera Dejuan
 

El desierto es uno de los binomios más bonitos y extremos que existen. En ningún otro sitio del mundo el Sol y la Luna tienen tanto protagonismo como encima de las dunas. En Marruecos, sin embargo, este binomio se hace extensible a todo el país y a muchas de las esperanzas de su gente.

El sol es el motor y, mientras está vivo y despierto, el bullicio de las ciudades se nutre de él. Su gente vive reposadamente inquieta mientras esperan que caiga la noche para entrar en un ordenado descontrol. Durante el día existen dos velocidades distintas: el punto muerto y el ralentí.

La parsimonia es el estado preferido de los que, durante las horas de sol, se dedican a ver pasar el día. Se juntan, hablan, toman té y miran a todo aquel que pasa por la medina de Meknès. Todos admiran los colores que toman vida con los destellos de luz que se cuelan a través de los pequeños espacios que dejan las monótonas casas, componentes de un laberinto imposible de callejones vacíos y esquinas inútiles.

Cuando el sol desaparece, sin embargo, los olores consiguen la consistencia que el sol les había robado durante el día y las estrellas ocupan el lugar del astro magno, dando vida a las ciudades y sus habitantes. La exuberante fragancia de las decenas de especias que esperan en cada pequeña tienda se mezclan con los vasos humeantes del dulce té.

Es entonces cuando pueblos mágicos como Chauen se transforman. Si de día el blanco y el azul se funden en un tono cálido y tranquilo, por la noche los colores añiles transmiten vida. El bullicio de la plaza Uta El-Hammam nutre de color todas las callejuelas que se encuentran alrededor de la Alcazaba y las túnicas, absolutas protagonistas durante el día, por la noche dejan paso a la música y los aromas de las cocinas.

 

La parsimonia es el estado preferido de los que, durante las horas de sol, se dedican a ver pasar el día.

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Cuando el sol desaparece, sin embargo, los olores consiguen la consistencia que el sol les había robado durante el día.

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Los minaretes son los únicos privilegiados que, desde su posición, observan como día tras día las sombras se alargan en la infinidad de tejados que permiten moverse por las ciudades sin tocar ni un solo momento el suelo polvoriento. Estos cascos antiguos recuerdan incansablemente la historia de victorias y derrotas mientras asisten impasibles a la esperanza de una migración que cambie la vida de los que se van y consiguen no volver. Verde esperanza le dirían algunos. Negro luto contarían otros desde el fondo del mar.

La gente agradecida y sonriente del Marruecos rural tiene cada tarde una cita con la paleta de colores que ofrece el magnífico pero breve instante en que el sol ilumina las copas de los olivos que dominan los paisajes del Norte. El mar trae la brisa fresca y la esperanza de una vida mejor. A medida que la vista se desplaza hacia el Sur, el color verde del campo y el azul de Chauen dejan paso a las tonalidades marrones de la tierra yerma. A través de las profundas gargantas del Todra, con el Atlas controlando cada paso, se cruza la línea imaginaria que divide el país. Del verde alegre al beis apagado.

 

Los extranjeros contaban que es la primera vez que veían una tormenta de arena. Pocas veces deben haber estado en el desierto, piensa Ayrad.

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Los niños beben de la pasividad de los mayores —siempre hombres— que, medio sentados medio de píe, viven anclados en la sombra. Entre inocentes manos levantadas, en busca de saludos de los que cruzan el país con el desierto en la mirilla del objetivo, aparece otro país de mujeres cargadas con pesados bultos a la espalda —nunca hombres—.

El único color que ven los ojos a medida que la proximidad del desierto se hace patente es el amarillo de la arena caliente. La única tonalidad diferente la ponen las mil y una túnicas. No hay una igual a otra. Los tintes llamativos brillan con la puesta de sol pero se vuelven anodinos con la tenue luz de la luna. El vasto desierto es la mejor explicación de este país. Un mundo con dos vidas: una iluminada y en silencio, otra a oscuras y vital.

Los acordes de los gmbri y el ritmo de las darkabas y las qarqabas marcan el inicio de un ritual que se repite noche tras noche en las casbas cercanas a Merzouga. La música se puede escuchar desde las cercanas montañas que marcan la frontera con Argelia. Si en las grandes ciudades del centro y norte del país el ritmo con el que se vive es pausado y tranquilo, en los pueblos que rodean los límites del desierto el compás es inexistente.

En este territorio de sed, el agua está a veces a unos cuantos kilómetros de distancia y el trayecto encima del burro, cargado con grandes recipientes vacíos, se hace agotador a la vuelta. El sol va cayendo y el frío de la noche se hace patente cuando ya se divisa el final del camino.

A Ayrad le espera toda su familia para cenar. Un poco de cuscús con unas cuantas verduras, un trozo de pollo y mucho té. Hablarán de la tormenta de arena que ha cogido desprevenidos a unos turistas mientras intentaban encontrar el camino de vuelta a su hotel. Las hermanas cuentan que los han acogido en esta misma sala mientras esperaban en balde que amainara el fuerte viento. Los extranjeros contaban que es la primera vez que veían una tormenta de arena. Pocas veces deben haber estado en el desierto, piensa Ayrad.

 

El sol es el motor y mientras está vivo y despierto, el bullicio de las ciudades se nutre de él. Su gente vive reposadamente inquieta.

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A él, la tempestad le ha pillado cuando estaba llegando al pozo. Un turbante y el vaivén del burro es todo el refugio que tenía. Pero para los habitantes del desierto, un «poco» de arena es el menor de los problemas. Esta no es tierra de nadie y lo es de todos. La lucha diaria se basa en sobrevivir entendiendo unos parajes que a veces dan frutos en abundancia y otras son puro yermo.

Cuando acaban la frugal cena, Ayrad y sus hermanas salen al tejado mientras los padres acaban de recoger los platos. Es el único momento del día en que realmente pueden descansar y charlar sin la atenta mirada de los mayores. Hablarán de lo mismo que la noche anterior: irse o no irse de ahí. Ayrad, el único hijo de la familia, sueña con llegar hasta el Norte y saltar a España. Es consciente, sin embargo, que no puede hacerlo. Le han adjudicado demasiadas responsabilidades como para poder permitirse dejarlo todo atrás y buscar un futuro mejor. Por eso anima a sus dos hermanas a estudiar. La escuela de su pueblo no les ofrecerá muchos más aprendizajes y no quiere que ambas vivan toda la vida haciendo quince kilómetros de ida y quince más de vuelta para poder tener agua.

 

En el desierto, la lucha diaria se basa en sobrevivir entendiendo unos parajes que a veces dan frutos en abundancia y otras son puro yermo.

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Se irán a dormir sin haber avanzado en su plan de escape. Mientras se levantan y se dirigen a la habitación, Ayrad observa la gran duna que monopoliza el paisaje que se ve desde su casa. Se puede notar el frío que emana de las toneladas de arena que tantas horas han quemado durante el día.

El límite de las dunas se confunde con el cielo y cuesta divisar dónde acaban unas y empieza el otro. Apenas se ve ninguna luz y esta noche las estrellas brillan con especial fuerza. A pesar de no haber luna, Ayrad sabe exactamente dónde empieza el camino que tantas veces ha soñado recorrer para enfilar rumbo al Norte. Si pudiera recorrerlo, se daría cuenta que es una senda llena de complejidades y de peligros.

Se despide de este futuro como lo hace cada noche y cierra los ojos.

Pau  Riera Dejuan
Pau Riera Dejuan

Ha estudiado periodismo porque lo que más le gusta es escribir y retratar lo que ve con una cámara. Poco a poco va comprobando que viajar es la mejor manera de entender el mundo y sobre todo al otro. Enamorándose de África y del Sudeste Asiático.

 
 

En Twitter: @21pauriera