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La nueva era del motosharing
Marta Bofill

«Esta ciudad ya no es lo que era», resuenan las palabras de mi padre en mi cabeza. No es más que un pensamiento robado, qué sabré yo de esa Barcelona que solo sé imaginar en blanco y negro. Los sermones de mi padre suelen terminar con una coletilla que invoca a tiempos superados, alegatos que tienen más de nostalgia que de verdad, pero que consiguen producir en mí una sensación parecida a la de «menuda fiesta te perdiste anoche».

Imagino a mi padre andando por la ciudad con muchísimo menos kilometraje en sus pies, rodeado de coches, taxis, motos y autobuses destinados a convertirse en artículos vintage. Más allá de alguna bicicleta desgastada, su primer vehículo propio con el que circular por Barcelona no lo tuvo hasta los 21, una Moto Guzzi Feria de 49 cilindradas que le pilló justo en la época que empezaba a salir con mi madre. Aunque muy lejos de ser de alta gama, recorrer las calles con su propia moto le hacía sentir un privilegiado. 

La primera vez que me monté en una moto fue con mi padre, lo vivía como si fuera una atracción. Me fijaba en absolutamente todo y quería que esos viajes fueran eternos. En ese momento me convertía en una turista diminuta con una imaginación desbordante propia de los mejores espectadores, los niños. 

La etapa como espectadora se acabó y ahora he llegado a la misma edad que tenía mi padre cuando chuleaba con su Guzzi. Sin embargo, mi estreno como motorista en la ciudad no ha sido con una moto propia, sino con una eCooltra, uno de los distintos servicios de motos eléctricas para compartir que ya se encuentran en muchas ciudades. Descargas la app en tu móvil, reservas la moto más cercana a ti y pagas los minutos que la utilices. Ni parkings, ni seguros, ni responsabilidades, ese era el trato. Pero olvidé leer la letra pequeña: el glamour no puede ir de acompañante.

Se me ocurren escenas poderosas de un videoclip de Rosalía en los que cabalga una motocicleta cuya grandeza le hace justicia. Luego llega mi padre con su romanticismo cuando habla de sus primeros viajes en moto y lo empeora. Ahora me encuentro encajando las hebillas de un casco tipo Jet de color pistacho con una imagen de mi misma fundida en esas dos ideas. Acto seguido me veo reflejada en el retrovisor derecho de mi eCooltra y siento que mis expectativas me la han vuelto a jugar. Tras la torpeza de varios intentos fallidos consigo bajar el caballete y arrancar mi nuevo juguete compartido. Alguien antes que yo terminó su viaje en una de las aceras entre las calles Valencia y Paseo de Gracia, a quien le he tomado el relevo. Cuando termine yo lo hará otra persona, y así sucesivamente.

Los primeros metros que recorro me alivian todas las dudas de las primeras veces. Aunque el vehículo es algo abultado y pesado, se desliza con una suavidad y un silencio que contrasta con el barullo de la ciudad. Algunos años atrás llevar una moto por Barcelona era una experiencia algo más vibrante. Las calles estaban adoquinadas y surcadas de los raíles de los tranvías que todavía esperaban ser desalojados de su lugar, lo que despertaba los sentidos de los motoristas cuando el suelo se humedecía. Ahora en cambio las ruedas avanzan con la delicadeza de una caricia al pasar sobre el asfalto. 

 
 

Una vez tanteado silenciosamente el terreno de juego por el centro de la Ciudad Condal me adentro en tierra hostil: Las Ramblas, una de las calles más transitadas. A medida que voy descendiendo por los estrechos carriles laterales de este simbólico paseo observo los acuerdos no escritos que se han ido estableciendo para que motos y coches coexistan en el caos. Hay tantas motos que los demás usuarios se han adaptado a circular mientras son serpenteados. En más de una ocasión me encuentro encajonada entre toda clase de vehículos y tengo que frenar para dejar paso a los turistas que se cuelan por los huecos que encuentran con tal de economizar un segundo de su tiempo. 

En los años 80, cuando mi padre tenía mi edad, Barcelona tenía muchos menos visitantes, incluso la famosa y céntrica avenida peatonal de la Puerta del Ángel era una calle por donde los vehículos podían circular. Había menos tráfico y aparcar no era misión imposible, hoy el número de motos matriculadas en la ciudad multiplica por cuatro las plazas de estacionamiento. Como peatona no me perjudica nada de eso, crecí en una Barcelona saturada y mis pulmones son de ciudad. Pero encima de la moto la perspectiva es completamente diferente.

Ante esta situación, los servicios de vehículos eléctricos compartidos han plantado la semilla que está revolucionando la movilidad urbana. Además de eximir de la responsabilidad y el coste de mantener un vehículo, contribuyen a hacer de la ciudad un lugar más sostenible y tecnológico. La fantasía de cualquier «smart city».

«Barcelona se ha vuelto un lugar muy impersonal», otra de las frases cliché de mi padre. 

 

Artículo realizado con la colaboración de

 
 
Marta Bofill
Marta Bofill

Periodista recién nacida sin intención de vivir del oficio sino a través de él. Feminista en eterna (de)construcción. Ha vivido en Dinamarca y se ha especializado en cultura y sociedad.