Article voces
Iniciar sesión
A
  • Altaïr Magazine en Facebook
  • Altaïr Magazine en Twitter
  • Altaïr Magazine en Pinterest
Iniciar sesión
¿Aún no estás registrado?

CUANDO LOS CHICLEROS

nos llevaron a conocer El Mirador
Carolina Gamazo Aramendía

Hace solo una media hora que la lluvia ha cesado. El día está clareando. Una decena de pavos celados caminan por el escampado del campamento, abierto en mitad de la selva. Las cocineras hacen el desayuno en un rancho de madera, cubierto con palma; detrás, un arriero prepara las mulas. Mientras me bebo un café soluble, escucho hablar a las cocineras sobre un bebé abandonado en Carmelita y espero a que vengan los demás compañeros. El azul claro va abriéndose espacio entre la noche cuando empiezan a llegar. Retomamos el camino. 

Todavía nos quedan 28 kilómetros de caminata para llegar a El Mirador, una mastodóntica ciudad maya construida en el año 300 a.n.e., al norte de lo que hoy es Guatemala, en el departamento de Petén. Alejada 50 kilómetros, solo transitables a pie, de la comunidad más cercana. Una imponente ciudad pre-clásica cubierta hoy por la selva que un día, hace dos mil años, los mayas depredaron y supuso el fin de una de las civilizaciones más desarrolladas de América.

Ambrosio Marín avanza delante de mí, un paso tras otro, tras otro, con unas piernas largas y arqueadas que sujetan cuerpo sin apenas carne. Tiene 64 años, una piel muy morena y un bigote tupido. Es un hombre de selva. Uno de los tres ex chicleros designados como guías en el camino hacia El Mirador. Conoce tanto el sonido de los pájaros, como el olor de los animales, como las dos plantas que hay que mezclar para salvarse de la picadura de la boa amarilla. Aunque lo importante, me explica, es mentalizarse de que no te vas a morir. 

Su comunidad, Carmelita, es un ex campamento de chicleros, asentados en la selva hace 100 años. Los primeros en explorar nuevamente el tupido bosque tropical tras el colapso de los mayas. Mujeres y hombres que llegaron en busca del árbol que contenía la resina del chicle. Se adentraban por semanas en la selva. Cuadrillas de chicleros, las cocineras, las mulas, los arrieros. En sus paseos por la selva, en sus idas y venidas, entradas y salidas, para encontrar los ejemplares de chico-zapote, los chicleros descubrieron las ciudades que los mayas dejaron abandonadas. Comenzaron a toparse con las pirámides, los fosos, a caminar por los restos de las calzadas. Fueron los primeros en conocer El Mirador. Y Tintal, y Wakná, y Naqbé, Uaxactún o La Florida, como me contarán más tarde.

El día está soleado y el cielo azul, pero solo vemos árboles. Para no aburrirnos ni desesperarnos ante la monotonía de la selva, Ambrocio me va dando sus nombres. Palmas de guano, con lo que se construyen los techos de las casas, finos y rectos ejemplares de Valerio, los mejores para las paredes. Árboles pimienta, con el tronco liso, la corteza recién mudada y un aroma, a su paso, que te abre las fosas nasales y te embriaga. 

En la selva no hay horizonte, solo unos pocos metros antes de que todo se vuelva oscuridad repleta de vida. Yo voy mirando la camiseta blanca del guía como punto de continuación. Un punto que se amplía o se reduce, brilla o se oscurece, dependiendo de los espacios que le da la selva al sol. Si un árbol se ha caído y derribado otros en el desplome, la luz se vuelve intensa y el blanco de la camiseta brilla hasta cegarme. Mientras seguimos caminando, pasamos por un pedazo de roca abierto, una pequeña cueva. Es un entierro maya saqueado. 

 

—Una vez, un chiclero, Chorro de Humo, sacó una estructura y encontró una tumba real, con una cámara y 25 libras de jade, —cuenta Hugo, de pestañas largas, pequeño y risueño —Se las vendió a la contratista de chicle Carmelita, a Doña Josefina Contreras.

Los mayas eran enterrados con jade y otras piedras preciosas para garantizar la riqueza tras la muerte. Y, cuando la selva empezó a poblarse, los vivos vieron una forma de garantizarse la riqueza en vida. La práctica de los saqueos, una constante durante todo el siglo XX, se intensificó a partir de los años 70, aprovechando la inestabilidad política y falta de control de las fronteras durante el conflicto armado. Hoy en día, hay piezas mayas, glifos, estelas, grabados, códices y vasijas repartidos por todo el mundo, tanto en colecciones privadas como en museos estatales. 

 

—¿Por cuánto le vendió las 25 libras de jade? Les pregunto.

—A saber por cuántas botellas de guaro (alcohol). —Bromea Ambrocio—Él bebía mucho. Dicen que le cambió las 25 libras de jade por 25 pachas de guaro. Era muy moreno y fumaba mucho, de ahí viene Chorro de Humo. 

 

Seguimos andando, un paso, tras otro, tras otro. Ahora vamos por un camino donde el barro es tan espeso que es peligroso hundirse, decidimos sortearlo y caminar por el sendero de las mulas.  

 

—A mí un viejito me contaba que con una tranca abrían las tumbas. Encontraron un vaso bien bonito de cerámica, estilo códice. Q70 (10 euros) les dieron por ese vaso. Agrega Adrián, nuestro tercer guía. —Aquí no hay dinero. Por cualquier cosa cambiaban lo que encontraban.

 

Mientras seguimos la ruta, me cuentan que fue otro chiclero, Abraham, quien descubrió Wakná, otra ciudad maya ubicada en la cuenca de El Mirador; mientras fue el propio Chorro de Humo fue quien acompañó al arqueólogo Richard Hansen, director de El Mirador, a Naqbé. 

 

«Al jaguar no hay que tenerle miedo. Al puma tampoco. Al que sí hay que temer es al jabalí, porque ellos van en manada». 

+
 

Según los estudios realizados, los mayas habitaron esta zona desde el año 2600 a.n.e. Del 800 al 600 a.n.e. pasaron al sedentarismo y a construir plataformas en núcleos urbanos. La primera ciudad de la que se conocen restos es Naqbé, 15 kilómetros más retirada de El Mirador, en una ruta que también ofrece la cooperativa de Carmelita. Han sido reportadas un total 51 ciudades mayas en toda la cuenca de El Mirador y 178 en toda la Reserva de la Biosfera Maya. 

Desde Naqbé, los mayas habrían llegado a El Mirador, donde construyeron una impresionante ciudad, de la que aún queda muchísimo por investigar. El Periódico pre-clásico es aún un misterio. No se conoce el nombre ni la huella de sus gobernantes. Según las imágenes LIDAR, que puede escanear bajo la vegetación, se ha encontrado una gran red de calzadas, un total de 270 kilómetros, que unía unas ciudades mayas con otras, que pudieron ser, en su día, gobernadas por la gran dinastía del reino Kan. 

El esplendor de los mayas vino entre el año 200 a.n.e. y el 900 d.n.e., cuando abandonaron Tikal y esta región, y comenzaron a desplazarse hacia México y Belice. La selva se regeneró y ocultó todas sus huellas. El Mirador fue una de las ciudades que más tarde se reportó. Fue en 1930, cuando el famoso piloto de avioneta, Charles Lindbergh, avistó en un vuelo de Campeche a Chetumal unos montículos de piedra, cambió su ruta, y descubrió las pirámides de El Mirador.

Seguimos caminando. Se empieza a escuchar un pájaro, con un silbido muy agudo, cantando una especie de canción. 

 

—¡El loro amazónico! ¡Miren! ¡Ese es el loro amazónico! —grita Ambrocio—. Seguro que por ahí andará el tucán. El tucán y loro amazónico son amigos.  

 

Ambrocio cuenta adivinanzas, chistes y anécdotas. Me explica cómo se ataban con cuerdas para subir al árbol, rajaban la corteza y ponían una bolsa en la que iba cayendo la resina del chicle. También tuvo mulas y trabajó en la caza deportiva del pavo celado, y también se construyó una casa en San Benito, un pueblo de Petén, pero se deprimió y regresó a la selva. 

Hemos llegado al campamento del Sompopero. Estamos sentados en unos troncos caído. Karen, la cocinera, nos ofrece pedazos de sandía, que comemos mientras nos quitamos los zapatos y miramos como nuestras manos y nuestros pies están hinchados. Estamos a punto de llegar a La Muerta, el inicio de El Mirador. Allí encontraremos el petrograbado que demuestra de que esta ciudad estuvo reinada por la dinastía Kan. Un grabado clave en la búsqueda del origen de los mayas. Ambrocio cuenta que fue Adrián quien encontró el petrograbado. 

Adrián lleva un pañuelo rojo anudado al cuello y una riñonera con un Micky Mouse en la cintura. Está sentado en una piedra fumando un cigarro. «Mil quetzales me dieron», dice. 

 

—Fue pura coincidencia del destino. Una parte del monumento se miraba desde una parte del camino. Y, como yo andaba buscando monumentos, me llamó la atención. Me metí y empecé a limpiar la piedra. Y me di cuenta de que estaba tallada. Vino Richard Hansen y me tomaron unas fotos ahí. Relata Adrián. 

 

Cuando los investigadores limpiaron, se dieron cuenta de que fue tallado sobre roca natural. Se trata de dos máscaras. Una representa a Chac, el dios de la lluvia, asociado a la dinastía Kan. Además, aparece una línea grabada de textos. En uno de ellos, el glifo emblema de esta dinastía: La cabeza de la serpiente.

Seguimos caminando y, en un momento, Adrián y Ambrocio empiezan a husmear, y se miran. «Por aquí ha pasado un jaguar», dice Adrián. Ambrocio me sigue dando consejos.  

 

—Al jaguar no hay que tenerle miedo. Al puma tampoco. Al que sí hay que temer es al jabalí, porque ellos van en manada. Cuando veas a un jabalí, te tienes que encaramar a un árbol. 

Finalmente llegamos a la entrada de El Mirador. Desde aquí, la ciudad se extiende por 9 kilómetros cuadrados. Esta recoge el complejo de los Monos, y el de los Faisanes, el del Tigre, el de la Danta. Los suburbios, las canteras. 

Montamos las tiendas de campaña y comenzamos el ascenso a la pirámide del Tigre, la segunda más grande de El Mirador, con una base de 140 metros cuadrados y 55 metros de alto. Está cubierta de tierra, matorrales y árboles. Al principio, más que una pirámide, parece que estamos subiendo una montaña. 

 

Este es el verdadero espectáculo, un horizonte de 2,1 millones de hectáreas de bosque tropical, la Reserva de la Biosfera Maya. 

+
 

Es solo al llegar al primer descanso cuando empiezo a sentir que esa civilización fue grande. Sobre una base de piedra aparecen tres moles, posicionadas con simetría: los vértices de un triángulo. Se trata del patrón triádico, aplicado por los mayas en las construcciones del preclásico tardío y que, según los investigadores, replica el fogón cósmico de la creación, representado en la constelación de Orión. Todavía falta subir varios metros más hasta la cúspide de la mole más grande del triángulo. Ese es el verdadero espectáculo, un horizonte de 2,1 millones de hectáreas de bosque tropical, la Reserva de la Biosfera Maya, actualmente la segunda extensión de bosque continuo más grande de América, después del Amazonas. Antes de que el sol se ponga, quien aparece es Richard Hansen, el director de El Mirador, un estadounidense inconfundible.

Hansen lleva investigando el proyecto de El Mirador desde hace más de treinta años. Me cuenta que llegó al Mirador en 1978. Él conocía Tikal y, cuando le llamaron para llegar a este sitio, cambió todos sus planes, y, en retrospectiva, toda su vida, para centrarse en el estudio de esta imponente ciudad. Sus descubrimientos en los siguientes años revolucionaron todo el conocimiento que se tenía de la civilización maya hasta el momento. Tikal era clásico, su esplendor fue del año 200 al 900. Lo mismo pensaban de El Mirador.

 

—Me asignaron el edificio Garra de Jaguar y me dijeron que, por su complejidad, tenía que ser del año 700 o 800 d.n.e. Pero, cuando llegué al suelo, encontré vasijas preclásicas. Me di cuenta de databan de mil años antes de lo que pensaban. ¡Mil años! 

 

Es decir, mientras en el resto de América las poblaciones eran cazadoras y recolectoras, los mayas habían construido esta imponente ciudad.

 

—Todo se colapsó en el 150 d.n.e. El problema fue la ambición de los gobernantes. Empezaron a construir paredes cada vez más gruesas. Había muchos árboles, mucha gente, mucha fuerza de trabajo. Para hacer la cal para el estuco, hay que quemar piedra caliza con madera verde. Desnudaron su bosque y el barro natural se fue hacia sus pantanos húmedos. Se quedaron sin agua ni lodo para sus campos agrícolas. El impacto ecológico fue tan fuerte que tuvieron abandonaron la ciudad. 

—¿Para qué usaban las pirámides? 

—Esto eran centros ceremoniales, como catedrales. Aquí se subían los sacerdotes, y gobernantes y predicaban. Desde abajo se escucha cada palabra. Una noche escuchamos a una pareja haciendo el amor, dándole duro, y se escuchaba cada detalle. 

 

Acabamos de terminar de cenar. La noche está completamente negra y ha comenzado a llover con fuerza. Se escucha el choque de las gotas contra las hojas de los árboles, contra la lona que cubre el campamento, contra los charcos. Estoy regresando a mi tienda cuando escucho mi nombre. Ambrocio me busca. Adrián y Hugo rodean algo que iluminan con una linterna. Una serpiente se está comiendo a una rana. La tiene paralizada, agarrada por el cuello. Mientras vemos como va muriendo, cuentan anécdotas de serpientes. Cuando vieron una boa mazacuata —oxcán, en maya, boa constrictor— comerse a una serpiente cola de hueso. Los conjuros que se pueden hacer con la boa, recogidos en el Libro Infernal. La lluvia, la oscuridad, la rana moribunda y los conjuros van generando un ambiente de misterio. 

 

—Ahí se la va comiendo. Siguen relatando —dice Adrián. 

—Ya la mató —añade el arriero.

—Bueno muchachos, me voy a cagar —concluye Ambrocio.

Al día siguiente paseamos por todo El Mirador, un paseo agotador, con una temperatura y una humedad que hace impensable imaginar cómo miles de hombres —dicen que fueron 3000 hombres durante treinta años—, cargaron a sus espaldas millones de piedras hasta llegar a construir pirámides de 2 800 000 metros cúbicos que contiene la Danta, la pirámide más voluminosa del mundo. Antecedidos por Richard Hansen, nos adentramos en un túnel de la pirámide Garra de Jaguar, sujeta con puntales, no apta para claustrofóbicos.  

Mientras avanzamos, aparece el acceso a una especie de recámara. Solo caben dos personas a la vez. Hansen enfoca con una linterna: se trata de un gran un dibujo de color rojo, pintado con óxido de amatita. Es un dios pintado hace 2 300 años. «No habíamos visto esta calidad de manifestaciones culturales tan tempranas. Normalmente, si hay un edifico de esa época, está destruido por el tiempo. Pero ellos construían encima, una pirámide sobre otra, lo que ha permitido que se conservaran», explica. 

Al salir nuevamente nos pega un golpe de calor. Seguimos bajo la guía de Ambrocio, que nos va explicando todos los restos mayas —las estelas, la piedra donde hacían sacrificios de niños, los glifos— con la misma emoción que nos explicaba los pájaros de la selva. Llegamos al friso donde aparecen Hunapú e Ixbalanqué, los hermanos que protagonizan el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas. Este glifo, encontrado en 2007, data de aproximadamente del año 200 a.n.e. 

Hemos terminado la jornada y nos queda el colofón. La Danta. Nuevamente la montaña, nuevamente el patrón triádico, el esfuerzo de imaginar que miles de hombres llevaron a la espalda las piedras, una a una, para construir esa inmensa mole. En la cima, la belleza cegadora. Una selva verde, brillante, que se extiende hasta el final de la vista, en los cuatro puntos cardinales de esa porción del planeta tierra. 

Imagino que estoy sobre el mástil de un barco, desde el que contemplo la inmensidad de un mar verde. Pero no estoy en un mástil. Es más impresionante. Estoy en la cima de una pirámide hecha de cal y caliza hace dos milenios. Construida por una de las civilizaciones más desarrolladas del mundo que, un día, se marchó. Y hoy nadie habita la zona. Ni un solo ser humano. Sólo árboles, y árboles, y miles de animales. Y, en ese momento, yo. Bueno, y los chicleros. Y un grupo de periodistas pasando cámaras de video. Y una familia, de unas 10 personas, con abuelo incluido, y un palo de selfie convertido en una potencial arma. Y, a varios metros, una madre mona zaraguate, con una cría, colgada de un árbol, observándonos con curiosidad. 

Carolina Gamazo Aramendía
Carolina Gamazo Aramendía

Estudió periodismo en la Universidad de Navarra y más tarde un postgrado en Información Internacional en la Universidad Complutense de Madrid, que le llevó a Guatemala. En el país centroamericano ha trabajado en Prensa Libre, El Periódico y Plaza Pública entre otros.