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CUBA ACABARÁ SIENDO

Un recuerdo
Manuel Madrid

Publicamos un fragmento de Caladas de Cuba. Crónica del verano del deshielo de Manuel Madrid, en el que narra los meses en los Estados Unidos volvió a entablar relación diplomática con el país. 

 
 

Cuba acabará siendo un recuerdo, como todo. Buscaré un espacio generoso para que eche raíces la palma y crezca derecho y henchido su tronco hasta coronarme de hojas plumosas el hipocampo. Cuántos nombres de personas, lugares e historias desearía retener eternamente. Pero la memoria es frágil, escurridiza, y de lo más traidora. Me dispongo a salir al rescate de todo ese caudal volátil, cada día más desdibujado dentro de mí, y no por ello reemplazable. Sí, es verdad. Cada momento tiene su medida y su atmósfera en ese coto privado del alma, por cuyas grietas van filtrándose como pétalos dispersos las huellas del tiempo poseído. Y antes de que el olvido pueda con todo, y ya no sepa siquiera leer la letra de esta balada, es mi deseo volcar sobre una cuartilla, a modo de desahogo, o buenamente como prueba de vida, las impresiones que me causaron aquellos flamígeros e inacabables días de julio, cada minuto vivido en esa florida jaula que imagino con pajaritos entretenidos en el trapecio, picoteando de puro aburrimiento el alpiste, mojándose la lengua con agua dosificada y permitiéndose la única distracción de ver el mundo entre rejas, y estar al acecho del primer descuido del celoso amo del calabozo. Vidas confinadas a un espacio restringido, administrado con severas reglas de juego que, sin embargo, no constriñen la imaginación, porque ella suele volar sin bridas. ¿Qué surco deja en el individuo saberse prisionero bajo una apariencia de libertad? ¿Qué magia tiene la existencia cuando estás obligado a ponerte antifaz, cuando el ardid te acorrala y no puedes escabullirte del cuento de hadas? ¿Qué creencia puede aliviar este cautiverio?

Sensaciones contradictorias nublan la percepción del viajero tras una momentánea estancia en la antigua Fernandina. Lo ameno e idílico llega a ser mortal; lo común de la belleza se vuelve insoportable. ¿Cómo es posible explicar semejante paradoja? De nada sirve abarcar la isla con los ojos del encanto y la fascinación. La mirada indiscreta del reportero se pierde como una lagartija traviesa y viene a chocarse con lo indebido y lo chirriante: silencios violentos, insinuaciones capciosas, advertencias y observaciones sabuesas. En nombre de la libertad se han consumado hombradas con devoción prodigada en el imaginario colectivo y unos cuantos nombres (Martí, Maceo, Batista, Fidel, Ernesto, Camilo, Raúl) se repiten como mantras para instruir a la muchachada en el camino de la victoria o de la infamia. Pero el alimento de un pueblo no puede ser solo la Historia, ya sea burilada en plata o en el cuero del bongó. Un mar de fábulas hace espuma en boca de los voceros del Estado, y de tan remotas y repetidas aburren y exasperan. «¡En Cuba sin fula no hay alimento!», profiere con mala gana el desprovisto de chuleta y manteca. La masa del populacho, firme en su indeliberado vagar para agenciarse unas pocas libras de arroz y frijoles, aguanta entre exhortaciones a la resistencia. Y se tuesta a fuego medio, como frituritas de malanga.

¿Quién le garantiza a un cubano que cada nuevo amanecer no será el espejismo de otro día de sol, café y lindo son? ¿Verdaderamente todo es de todos con este sistema de organización? En esta latitud, inclemente para todo cuerpo viviente, la realidad es austera hasta lo indecible. Y siniestra y disparatada, pues se ha asumido su condición vitalicia, lo que impide esbozar hasta la más apremiante de las quimeras. Cuba y sus malditos agravios, sus alegatos desatendidos, sus cajas de truenos, sus vedados, sus dinastías, sus ruegos sin réplicas y sus palabras mudas. Un asombroso y regalado cosmos en el archipiélago de las Antillas con espinas de pargo en las orillas. Y nada, ni la naturaleza desbocada ni los bloqueos ni los totalitarismos, han logrado hundirla. Lo heroico para los compañeros, más allá de levantar el puño con rabia, es que la teta no se haya secado y alcance para todos. Pero esa es una versión tan inocente como complaciente cuando la carencia te condena a la subsistencia. El portador de la libreta  que hace cola en las bodegas para comprar productos racionados se lleva pollo por pescado y, con suerte, leche en polvo para los chamas. Los salarios, descompensados y minúsculos (¡prueben a vivir con 15 dólares al mes!), hacen que hasta comprar el repuesto de un simple grifo o cualquier producto para el aseo personal sea una odisea. Y sucede en la primera nación del mundo en erradicar la transmisión del virus del VIH y la sífilis de madres a hijos, paso de gigante hacia una generación libre de sida.

El capital de un cubano es el tiempo. Y cuánto pesa. Qué lento transita cuando no nos pertenece del todo, ¿verdad? Antes de morir, ¿a quién no le gustaría vivir como soñó? Eso se preguntan aquí tantos jóvenes para los que la vida es una cuenta atrás hasta el día de marcharse. Huidas planificadas, y tantas veces abortadas... Mientras ese afán continúe sin fechar la existencia es concebida como una imperiosa lucha, una búsqueda desesperada para hallar soluciones al desperfecto, para destronar al fin la insipidez de la rutina y hacer del atolladero un surtidor de pesos convertibles. Vivir en una espontaneidad vigilada genera frustraciones, atenuadas en parte, a modo de consuelo forzoso, por la esperanza en un mañana distinto. Lo inevitable es que la espera induzca al delirio, o cuando menos a lanzarse al mar en busca de lo imposible.

Advertir el misterio de la aurora desde un balcón volado de La Habana no es solo un pasatiempo, sino el más saludable espectáculo. Mirar desde atalayas descompuestas el callejeo es para el anónimo centinela un deleite asequible, un placer sin cargo, una manera de estar en el mundo sin dejar surcos, sin dar motivos para la interpelación. Ante las ruinas es inevitable fantasear. La curiosidad empuja al fisgón a traspasar los zaguanes y enfilar augustas escaleras donde tropiezan la paciencia del achacoso y la calentura del pubescente. ¡Bendita curiosidad! Siempre hay un extraño que asoma por un ventanal o se encarama al voladizo más alto para soltar la mirada, descubrir algo capaz de relegar la mismidad y generar puras evasiones transitorias. Contemplar la desesperación de esos hombres y mujeres pensativos es turbador: figuras de carne y hueso plantadas en un decorado decrépito, rajado por el tiempo, sostenido de milagro; laberintos de hierro, madera y zinc en cuyos aleros emerge feliz el helecho y agarra exóticamente la yagruma creando insólitos bosquecillos aéreos a modo de poéticas armaduras. «Cada hombre comiendo fragmentos de la isla, cada hombre mordiendo el sitio dejado por su sombra», escribía el poeta Virgilio Piñera en 1943, el mismo en que el surrealista Wifredo Lam pasmó al totémico Picasso con esa visión sobrenatural de la espiritualidad afrocubana en La Jungla, obra cumbre del arte latinoamericano, pintada en papel de embalaje y representación de todo lo que Cuba concita: la herencia negra del mundo africano y el barroquismo oriental; el duelo cromático entre el verde de los montes habitados por demonios silvestres y el azul hiriente del Caribe, y esas referencias omnipresentes (palmeras, plataneros, cañas de azúcar, hojas de tabaco) que envuelven unos cuerpos espigados y carnisecos con los pies sobre el verdín, acechados por los dioses y espíritus que habitan en la manigua tropical. Ahí, en la maraña, los creyentes de la religión yoruba, que mantienen vivas ceremonias y mitos de los esclavos que llegaron a la isla salpicados de saliva de látigo desde tantos lugares de África, presienten formas y espectros que determinan su destino. Ríos, astros, nubes y piedras son para ellos seres vivos con los que es posible comunicarse. 

La calle es un cacareo. El bigardo del bici-taxi, el carretillero de la esquina cargado de aguacates, boniatos y tamarindos, el viejito harapiento que no puede con su alma, la temba que ofrece a los caminantes un cafetico recién colado, el hojalatero con su costal de botes de marca registrada, el arrugado voceador del 'Granma'... ¡Oh, vieja Habana! Ciudad abisal, de realidades convergentes, tocada por la gracia de la llovizna vespertina, con amor apuntalada, cobijo de negros y blancos que bailan resolutos al compás del abismo. Desde el Palacio de Pascua, en el corazón del centro histórico, se atisba toda la decrepitud de una trama urbana que caduca con temerario encanto. Socavones y barrizales delante del portal más preciado; escaleras que no conducen a ninguna parte; azoteas que brindan un paisaje de película antigua devorado por la herrumbre, el moho y el salitre. La oscuridad parece un efecto teatral, una condena temporal a palidecer en la penumbra, a marchar en medio de la nocturnidad, a no saber dónde se pisa, a orientarse con los ojos cerrados hacia la bahía para jugar al galanteo y piruetear si hace falta en el Malecón, que es, según el escritor Leonardo Padura, «mucho más que un parapeto contra las marejadas del norte o el banco público quizás más largo y concurrido del mundo; en realidad, constituye la barrera física y psicológica donde han terminado o comenzado los sueños y posibilidades de tantos cubanos». Desde el castillo de San Salvador de la Punta, junto a la Embajada de España, hasta el legendario Hotel Nacional, mozas de piel sedosa y brillante, hipnotizantes como la Rita Labelle que inventaron Trueba y Mariscal, se mueven con campaneo provocando a su paso olas de fervor. Los pies y los pensamientos más delirantes se van detrás de ellas en el gran escaparate habanero, donde los figurantes parecen seres libres en la caza de semejantes y contrarios. En los corrillos, nervudos y calientes muchachos se muestran de lo más ansiosos por templarse a una pepilla. En el hormigón se mezclan el azúcar y la sal: pescadores de sardinas, comepipas, jugadores de dominó, rellenadores de fosforeras, maniseros («si te quieres por el pico divertir, cómete un cucuruchito de maní», cantaba Machín), buzos hurgando en los tanques de basura, pretenciosos a la caza del extranjero, abuelas desesperadas que acuden al muro en el ocaso a relajarse y vaciar el cerebro ante el ponto encabritado. Son las nueve de la noche y el estampido remoto de un tiro de cañón sacude la rada habanera. Desde la fortaleza colonial de San Carlos de la Cabaña las luces jaspean el horizonte, con su laberinto de techumbres y terrazas. Ya nadie dice adiós a barcos de vapor. El mar tirita y la luna riela en el fondeadero, presto para otra noche de poesía.        

Es una suerte poder elegir, y no nos damos cuenta hasta que nuestra fortuna se ve trastocada, aunque sea efímeramente, pongamos que durante un viaje, la experiencia que enciende todos nuestros sentidos, nos pone en alerta constante y nos regala el invaluable placer del intercambio. Una calamidad, y de las grandes, puede ser que nuestra vida se vea reducida a helados de dos sabores, fresa y chocolate, como veíamos en el largometraje de Juan Carlos Tabío y Tomás Gutiérrez Alea, alegoría fantástica sobre la fascinación y la incomprensión del enamoramiento más lunático en un contexto de proyectos truncados, y en una Cuba de hace décadas, que no dista de la del corriente, por mucho que se reabran embajadas y flameen banderas estrelladas. Cuando la más elemental cotidianidad se ve limitada porque el dinero no da ni para mudar de blusa, cuando no te permiten conocer qué hay más allá de la última ondulación del océano y te sientes aprisionado en tu propio país, cuando en la playa te supervisan y el Ejército patrulla entre las tumbonas ajustándose porras y esposas, cuando se te caen los dientes y no tienes ni chicles para disimular las concavidades (¡maldita la gracia de 'Daniel, el travieso'!), digamos que la vida es una irritante obligación, un infeliz trámite en lugar de una oportunidad para crecer y construir. Hay quien persigue a los que desprecian los caminos trillados, y por ello se les difama y arrincona, y hasta se les hace desaparecer y se les mata. Hay lugares que se tildan de culturales donde hay libros y autores prohibidos, donde no se puede profesar la fe sin que la integridad se vea afectada, donde hay que juramentar la voluntad ante retratos de hombres y mujeres que fueron y ya no son. Aquí, en el corazón del Trópico, en esta isla de aguas calientes y palmas regias y tiesas como el hocico de los peces trompeteros, es fácil tropezar con gente retumbante con lo superfluo y disimulada y prudente con lo importante, madres buscando alternativas a la murria, anónimos que se encomiendan a espíritus para tener buena estrella, para que el hado les sorprenda con algo favorable o, al menos, atípico; muchachitos que acabarán prostituyéndose para alcanzar lo que no tienen sin preguntarse qué cosa será eso de la moral y la ética. Cuando no te dejan elegir y es el Estado el que toma decisiones por ti, hasta el punto de secuestrar hasta tu última pretensión, las opciones no son más de dos, y cada cual peor. Aún así hay quienes se empeñan en que haya tres y cuatro, y por ello les tildan de gusanos, disidentes y hasta contrarrevolucionarios. Qué mundo más inasequible aquel en el que vale tanto una vaca como la vida de quien atenta contra ella. Ese lugar existe, y sería aún más maravilloso si no hubiera miedo a que un «buen vecino» te delatase por tener antojos o por querer expresarte de modo diferente. La isla de la fruta bomba, la papaya de pulpa anaranjada y gusto a melón, se exprime al calor del verano. El jugo sabe a veces a gloria, a veces a hiel. La alegría nace y muere cada día. 

Para el correligionario del régimen apuntar en la dirección equivocada es pecado venial. ¿Acaso los ojos del totalitarismo ven más allá de la maldad o la artimaña? Qué precio más alto ha de pagar el individuo que cuestiona la versión oficial, que desoye orientaciones y obra bajo su propia responsabilidad. En tiempos del Cid era el destierro. En Cuba hoy es el confinamiento, la humillación pública, el desprestigio y el estigma de traidor y nocivo lo que espera a todo aquel que practica la divergencia. Las nuevas generaciones, más apáticas que fanáticas, son propensas a la tecnología y desafían a la ideología gobernante, encarnando una nueva revolución, silenciosa a la par que imparable, que amenaza con tragarse a los dinosaurios. El tiempo nos lo dirá. Pocos dudan de que el fin de una era se está aproximando y lo que está por venir es un tiempo de interrogantes. ¿Quién tiene fuerzas para impulsar la nave a buen puerto? 

La libertad no es un fulgor suave y placentero como la felicidad. Es una aspiración colectiva que se presenta a veces en forma de simulacro. Es voluntad, movimiento, independencia. Es avanzar sin temor a las sombras. Es la posibilidad de expresarse, de asumir riesgos, marcarse metas, entregarse al azar y deslizarse hasta el infinito a sabiendas de que en el trayecto manarán dudas y habrá intersecciones. Es el anhelo que mueve al recluido, el sueño de hombres y mujeres tristes, el salvoconducto para el bienestar. Es rebelarse ante el abrazo ladino, desprenderse de la ambigüedad y unirse al viento (¿acaso hay mayor placer que sentirse todopoderoso en el universo?). Es facilidad frente al impedimento, opción y perspectiva. Tal vez sea la única luz en mitad del apagón. Ya le decía Don Quijote a Sancho que la libertad es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos: «Con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida». Y si lo dijo un loco lúcido allá por 1600, más de una centuria después de que Colón pusiera sus pies en Cayo Bariay, en la provincia de Holguín, qué no van a contar hoy los cubanos de sus anhelos y de sus padecimientos. 

 

Imagen de cabecera, detalle de la portada Caladas de Cuba

 
 

CALADAS DE CUBA

MANUEL MADRID

2017

Manuel Madrid
Manuel Madrid

Murcia, 1979. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Redactor de noticias locales de La Verdad desde 2010. Cada sábado publica la columna de opinión «La Vereda del Capitán». Autor del libro de crónicas de viajes Amarás América y Caladas de Cuba.