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HISTORIA DE OTRO VIAJE

CIE y deportaciones
Clara Asín Ferrer
 

Si viajas en uno de estos vuelos, no tienes papeles. Son vuelos inesperados, cómplices de la nocturnidad y, sobre todo, del silencio. El trayecto será gratis, pero el precio a pagar es muy alto; puedes dejar tu vida, familia, amigos y trabajo. No tienes elección; no es una invitación, es una orden. Estos viajes los organiza Frontex, la agencia de control de fronteras más grande del mundo, junto a algunos países del viejo continente. España es a veces país anfitrión o host country: pone al servicio de otros países un vuelo rumbo al territorio de destino. A veces fleta sus propios aviones y en ocasiones se vale de vuelos comerciales. Desde 2011, el Estado español ha destinado más de 30 millones de euros a esta actividad. Si viajas en uno de estos vuelos, no colgarás en Facebook una fotografía de la pantalla con el destino al que te diriges, ni de las colas de embarque, ni tampoco de las despedidas. Si viajas en uno de estos vuelos, significa que te están deportando. 

Podríamos escribir la historia de los «otros viajes» como el relato de una infamia o como una crónica urbana con analepsis y flashbacks clarificadores, con el recuerdo como recurso literario para explicar que, por ejemplo, en estos momentos, en Europa se deporta a refugiados que están aquí porque huyen de unas guerras en las que estuvieron o están implicados nuestros países.

Podríamos trazar una perspectiva histórica. Estos «otros viajes» se remontan a tiempos donde el colonialismo y la esclavitud eran prácticas comunes —en cierto modo, yo los redescubrí hace dos años en Trinidad, Cuba: en su Museo de Historia vi los mapas de navegación del comercio transatlántico de esclavos—. Pienso en los rebeldes cubanos enviados a Fernando Poo por la corona española en 1896, en las purgas de Stalin en los años 30, en Estados Unidos, en el imperio asirio. La deportación siempre ha estado presente. Hoy es Idomeni, mañana Melilla o Madrid. Antes eran las galeras, ahora los barcos y, sobre todo, los aviones.

Ainhoa Nadia Douhaibi Arrazola, miembro de Stop Deportación, es coautora del libro Paremos los Vuelos (Cambalache, 2014). Parte del libro se dedica a contar este sistema de los «otros viajes», un relato siniestro de vuelos en los que las personas son tratadas como mercancía. Si decides vivir en un Estado como España y eres migrante, el reloj de la burocracia corre en tu contra. Ainhoa explica el proceso desde la llegada —en un primer estado administrativo de irregularidad— hasta conseguir el permiso de residencia y trabajo. Una odisea en la que obtener una ocupación regulada es la clave del éxito; aunque no una garantía. Resulta complejo y hay muchas posibilidades. Todas ellas llevan a una conclusión: la capacidad para ejercer los derechos como ciudadano queda totalmente mermada. No tienes libertad de movimiento, no puedes politizarte, no puedes participar en movimientos sociales o beberte una cerveza por la calle. Cualquier falta administrativa es un borrón en tu expediente y una excusa para acelerar tu deportación. A ello se suma todo el discurso de los medios y de la política europea, que muestran la deportación como un instrumento de regulación de los flujos migratorios, lo cual perjudica el imaginario social que te rodea.

 

—La migración nunca se podrá regular —opina Ainhoa—. Los estados deportan y mercantilizan los cuerpos de las personas, sus vidas, como un ejercicio de soberanía. Un Estado demuestra así el control que tiene sobre los migrantes y el tipo de personas que quiere que vivan allí. Si no eres productivo, a la calle.

—¿Los países «de origen» también son cómplices de los «otros viajes»?

—Sí, claro. Son conocedores de la deportación de sus conciudadanos y muchas veces colaboran en el proceso.

 

La complicidad de los países que expulsan y los que reciben, los países de origen, se sella a través de acuerdos internacionales en los que se prometen ayudas al desarrollo. Así funciona el Plan África, aprobado en 2006: «Yo te devuelvo a tu gente, pero invierto en la explotación de empresas españolas en el territorio». Además, todos los acuerdos bilaterales de readmisión —pactos que pasan inadvertidos en los telediarios— tienen graves carencias en materia de protección de los derechos fundamentales de las personas, como ocurre en el caso de Marruecos.

Andas por la calle, no hay prisa, estás volviendo de tu trabajo. Unos policías solicitan que les acompañes, te piden la documentación, pero no tienes papeles. Te llevan a comisaría y, si tienes una orden de expulsión previa, pueden sacarte del país en menos de 72 horas. O puede que te lleven a un Centro de Internamiento de Extranjeros (hay ocho en toda España). Estos centros se fundaron en 1985 en el marco de la primera Ley de Extranjería, bajo el mandato del PSOE, y se consolidaron en toda Europa a partir de 1995 después del acuerdo de Schengen sobre política migratoria común. En la página web del Ministerio de Interior señalan que la estancia máxima en estos centros es de 60 días. Quizás después de este periodo nunca más vuelvas a volver a ver la que era hasta ahora tu casa, o quizás sí.

 

—¿Cómo relacionasteis las redadas con los vuelos?— le pregunto a Ainhoa.

—Unas compañeras de Asturias empezaron a observar que había redadas de carácter racista que respondían a unos mismos patrones en diferentes puntos del Estado y que tenían lugar días antes de que salieran los vuelos.

—Intuisteis que se organizaban a propósito.

—Los vuelos de deportación son un mecanismo represivo muy sofisticado, de gran preparación burocrática. También había una complicidad de las instituciones, pero nadie decía nada.

 

Hay cientos de testimonios de organizaciones de Derechos Humanos que denuncian la arbitrariedad de estas detenciones y, sobre todo, el carácter racista de las mismas. El año pasado, la ONU suspendió al Estado español por prácticas contrarias a los Derechos Humanos. Uso recurrente de los CIE: racismo y malos tratos policiales.

Pero tú, aunque la ONU y las organizaciones de Derechos Humanos te avalen, sigues esperando en la celda. Puedes permanecer allí sin ser informado de qué ocurrirá contigo. Como explica Santiago Alba Rico en su artículo «Turismo, la mirada caníbal», «turismo y emigración suponen dos formas de desplazamiento político», por lo que el viaje y todo lo que representa puede entenderse de la misma manera. El CIE podría ser el servicio de hotel que proporcionan las aerolíneas si un vuelo se retrasa o ha ocurrido una inclemencia meteorológica. Todo cubierto, sin problemas.

El servicio de transfer al aeropuerto es gratis, sea desde el CIE o desde comisaría. Te acompaña la policía en todo momento. Siempre hay dos escoltas por deportado.

Subes al avión. La señora que viaja delante de ti te mira con intriga. Ella va a Senegal a descansar. Los policías te atan las muñecas con unas bridas, por precaución. Son elementos de contención: lazos de seguridad, prendas inmovilizadoras. En el protocolo del viaje se especifica: «En ningún caso la aplicación de las medidas coercitivas podrá comprometer las funciones vitales del repatriado». Regularon este procedimiento a raíz de la muerte por asfixia de Osamuyia Aikpitanhi debido a un amordazamiento en 2007. Es importante que no pierdas la calma; aunque si te pones nervioso o te intentas resistir pueden sedarte. Un médico, funcionario de la policía, te aplicará la sedación forzosa «por motivos de seguridad». Lo permite el protocolo.

Te fijas en los otros pasajeros. Están inmortalizando cada momento de ese vuelo, de ese viaje. Seguramente no lo olviden nunca. Tú recuerdas la primera vez que llegaste a Barajas, te mareaste en el avión. No has podido despedirte de tu familia, tampoco has avisado en el trabajo. Las azafatas empiezan a explicar las medidas de seguridad. Las bridas te están empezando a hacer rozaduras y te escuecen por la mezcla de sudor y sangre. 

 

—Entre dos y cuatro veces al año un representante del Defensor del Pueblo hace supervisiones de estos vuelos —señala Ainhoa.

 

«Abróchense los cinturones, mantengan el respaldo de su asiento en posición vertical», dice una azafata cuando empiezan las maniobras para el aterrizaje. Te has pasado el vuelo pensando que no podrás volver a España en cinco o diez años. Ves a los turistas desperezarse en los asientos, miras por la ventana y observas un paisaje que ya no reconoces; el transcurso del tiempo ha hecho su trabajo. 

Los principales destinos de los vuelos de deportación son Colombia, Nigeria, Senegal, Ecuador y Mauritania. A la cabeza de los vuelos fletados exclusivamente para devolver a inmigrantes irregulares a sus países de origen están los de Marruecos, y también se sabe de vuelos dirigidos a Mali. Llegues a donde llegues, a la salida del aeropuerto, los turistas se dirigen a los autobuses, pero antes de subir una azafata les pasa una encuesta sobre la atención al cliente. Porque al fin y al cabo son parte del negocio, como tú.

 

—Espacio para las piernas: ☹

—Entretenimiento durante el viaje: ☹

—Atención al cliente: ☹

—Comodidad del vuelo: ☹

—Experiencia del vuelo: ☹

—Relación calidad-precio: ☹ 

—Comentarios: ¿?

 

La Declaración Universal de Derechos Humanos, en sus artículos 13 y 141, reconoce el derecho de toda persona a circular libremente, a salir y regresar a su país y, en caso de persecución, solicitar asilo y gozar de él en cualquier país. Este último derecho es uno de los que se incumple sistemáticamente en los CIE, antes del «otro viaje».

 

—¿Cuando llegan al país de origen pueden poner algún tipo de reclamación?

—¿Qué reclamación van a poner? —pregunta Ainhoa—. En los «otros viajes» no hay reclamaciones. Si el país que te ha expulsado no se ha preocupado en ningún momento de tus derechos o de tu situación, ¿cómo va a preocuparse cuando ya estés deportado?

 

En la cabecera, imagen del juicio popular contra el CIE de la Zona Franca de Barcelona a comienzos de 2016. 

Clara Asín Ferrer
Clara Asín Ferrer

Periodista y comunicadora especializada en Cultura y Derechos Humanos. Inquieta por naturaleza, viaja mentalmente desde pequeña. Siempre busca historias mirando al pasado para transformar el futuro. Se mudó a Barcelona para ejercer la profesión de su vida y defiende los Derechos Humanos desde Irídia.

 
 

En Twitter: @Colombine_9