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DESDE EL LADO ESTE DE LA ESCASEZ

La otra Malabo
Juan Tomás Ávila Laurel

Malabo. Sí, Malabo: la capital de un sitio lleno de negros que desde el año del Señor de 1968 se llama Guinea Ecuatorial. Un país sin gentilicio: los académicos no se han puesto de acuerdo en cómo se llaman sus habitantes. Al parecer ser académico guineano es un asunto de holgazanes. Pero no vamos a hablar de estos excelentísimos señores esta vez. Allá ellos con lo que quieran que se diga de ellos.

Un servidor sale de su casa, —cercana a uno de los palacios que el general y presidente Obiang mandó construir «para no vivir como un pájaro»— y toma una calle hacia arriba para evitar pasar delante de una iglesia de culto sospechoso para luego bajar por la cuesta. Este es un barrio nuevo. Antes esto estaba lleno de árboles y había una plantación de café. Pero la zona pasó directamente a los bolsillos de unos suertudos tras ser declarada área urbanizable. Fue cuando aparecieron los chinos y se pusieron a cavar. Pensábamos que los chinos ya habían excavado toda la zona, pero está claro que no. ¿Cómo es posible que se hayan atrevido a repetir lo que ya había en un sitio desgraciado de la capital llamado Campo Yaoundé? —barrio famoso por su nula planificación urbanística—. Es decir, por detrás, en la llanura en la que antes se sembraba un café húmedo que no podía competir con el etíope, sí que hubo ingenieros y gente del poder con intención de poner algo de orden. Nunca pensaron que la avaricia de los dueños de la antigua finca iba a ser tanta, y que lo pondrían todo a vender, o que dijeron que el terreno sobrante ya no estaría a la vista de nadie y lo dejaron de las manos de Dios. Así, a la letra.

Entonces empiezas a caminar y vas pensando en cómo hacen los presumidos habitantes de aquella nueva zona para meter en sus casas los inmensos electrodomésticos que suelen adquirir. Incluso si te pones dramático, piensas en cómo resuelven el asunto de llevar por aquellos diabólicos callejones un ataúd recto con su inquilino dentro. O cómo explicarían a un atareado carpintero que en realidad lo que necesitan es un ataúd flexible, que permita llevar al fallecido por aquellos caminos de manera que su cabeza esté en una esquina mientras sus pies estén en otra, a la vez que los familiares lo lloran. Y ¡ah!, fuego, fuego. ¡Fuego!. ¿Qué harían los vecinos en caso de que, por el despiste de un cocinero cualquiera, se prenda fuego sobre el montón de tablas y chapas de hojalata donde se resguardan de la lluvia? Porque fuego suele haber siempre, y es necesario. Pero en las nuevas formas de instalarse de los convecinos de cierto general, no hay sitio para la manguera: no tendría sentido llamar a los bomberos. ¡Válgame Dieu, Señor, qué ganas de tener una vida complicada!

Como el sitio sobre el que hablamos hace cuesta abajo, y un servidor tiene cierta información del lugar en que ha nacido, sigue bajando porque sabe que allá abajo está el río. Sí, precisamente uno de los ríos que la familia del general creyó que había que limpiar y canalizar. Pero que todo quedó, como ya dejamos consignado, en un engaño lleno de perfidia. Mientras se baja la cuesta, buscando por dónde te conduciría el callejón, en tu cabeza bullen los entierros en ataúd recto o los doblados en forma de L. También bulle en tu cabeza el fuego imposible de apagar y la memoria de elefante que deben tener los moradores para saber regresar a sus casas de tablas, o a sus casas de cemento con aire acondicionado. Casas metidas en tal maremágnum que se diría que se podía ser rico, pero rico de verdad. De estos de pantalla plana y antena parabólica, y vivir en un sitio que es la nada, pues no llegó allá la ciencia de los ingenieros del Ministerio de Obras Públicas, Vivienda y Urbanismo. (Esto si el ministerio este sigue llamándose así) . ¡Qué barullo!, ¡qué intrincado!, ¡qué barroco en la suciedad de un desorden que verdaderamente asfixia!. Sigues bajando, sabiendo que allí abajo está el río que pretendes cruzar y tener un alivio. Miras a los vecinos con mirada de forastero para que te indiquen el camino; o sea, que te diga cómo salir de la puerta de su casa a otro sitio que no es la misma, al río, por ejemplo. Y es que viendo la manera de vivir y las caras de los moradores, sabes que si no supieran del río y de cómo se llega, serían rastafaris. Pero de los que no tocan el agua o de los que solamente se lavan en un cubo una vez al mes.

Pasando entre aquellas casas tomas la primera calle que sale y, tras ocho segundos, doblas a la derecha. Es una calle de paredes ridículas en la que debes de ir con cuidado por lo que puedes llegar a pisar. A cualquiera que vieras lo miras con desconfianza, pero con las ganas en la punta de la lengua. Porque podría ocurrir que no estuvieras yendo bien y acabes preguntado por el camino para no acabar en el salón de una casa ajena. ¡Parece mentira! Y llegas al río. Es como, claro, un oasis. Un río conocido por todos los malabeños. Pero se te hace desconocido, hasta que llegaste allá habías estado perdido, como transportado a un pequeño poblado donde perdiste la noción del tiempo debido a la dureza de cerviz de los vecinos. O debido a la mala suerte que tuvieron de no saber ceder espacios para tener aire para respirar. Ah, el oasis, el río que fue conocido durante años como Matadero. Llegas allá y lo ves todo, lo bueno, lo malo y lo intuíble. Es bueno decir que sería la porción del río que correspondería al trozo de barrio que te tocó atravesar. Allá alguien lavando ropa; cerca, una mujer lavando los platos, las ollas y toda la cubertería de la casa; y más de una en menesteres diversos, incluso. Y como si creyera que nadie lo estuviese mirando, o que no hubiese ningún interés por su actividad, habría en la otra orilla —pero en el mismo tramo fluvial—, el convecino que con jabón o gel de cualquier país —con su marca ostensible— estropajo, se embarca en la tarea de dejar su cuerpo libre de la impureza de vivir allá, o de trabajar en otro sitio de menos esperanza. Hombres y mujeres bañándose.Y podía darse el caso de que quisieran emular a Eva y se desprendieran íntegramente de sus vestimentas, para el temblor de los platos o la indiferencia de la mujer que estuviera lavando la ropa. Todo esto en el tramo que la Providencia ha querido que discurra por un poblado que, en realidad, es un barrio que no está nada lejos del centro mismo de la capital de Guinea Ecuatorial.

Claro, ves el panorama. Lo miras todo de reojo. No vaya a ser que alguien piense que en vez de que se creyera que te extrañas por la confluencia de lavado de ropa—lavado de cubertería—, lavado de útiles de cocina y aseado de nalgas en el mismo sitio, lo que te interesa es mirar si allá, algo apartado, hay un émulo de Eva que se desprende de las imperfecciones de la vida en ropa de Adán. Y en el asunto pueda haber un pecado en la cuenta del que fuera curioso más allá de la cuenta. Y ves el puente y sientes cierto alivio. Bueno, el puente son palos hincados en el lecho fluvial mismo, sobre los que pusieron tablas y algún hierro y listo. Obra maestra de la ingeniería local, a metro y medio del agua. Sales de allí. Y encima del puente, ves que el agua corre. Pero con todo lo que le echan, que es mucho: del cuerpo, de los platos y, lamentablemente, de las casas vecinas —estos cobijos levantados en dos semanas, o en varios meses, pero como si sus dueños hubieran estado en un concurso de quién sabe asfixiar mejor—. Al pensar en el correr del agua, ves que al pie del montículo los vecinos del otro lado al que vas han descubierto que debajo de cierta roca ha brotado el agua, y entonces es agua de beber. Nadie ha tenido tiempo para decirles que agua con buen aspecto podría ser. Pero que es un engaño del terreno, pues es del mismo río que viene de lejos y ha atravesado otros barrios. ¿Para qué les has de aguar la fiesta? Que hagan acopio de esta agua, la pongan en la cabeza y suban la cuesta para guiarte a la otra parte de una zona que ya no puede recibir el nombre de barrio. Y te llevas la mano a la cabeza otra vez. ¿Cómo es posible que el vendedor de este terreno, finca grande como varios campos del fútbol, no pensase que ganaría más obligando a los que compraron parcelas que respeten los caminos comunes?

Resoplas, porque la subida es pronunciada y te encuentras en otro babel. Un laberinto diabólico que te lleva sin remedio a pensar en cómo salen de casa ya no con un ataúd, sino con sus camas y neveras y mesas. ¿De quién depende esta comunidad?, ¿qué dicen de sí mismos los que la habitan?, ¿qué dicen de los demás? ¿qué dicen del «desarrollo sin precedentes» que se pregona en la radio de su país? Sigues andando y haces lo mismo que en la otra orilla; ocho segundos en recto, doblas hacia la derecha, seis en recto y doblas hacia arriba, buscando un camino que te lleve a un punto donde nadie te mire con sospecha porque sería un camino común, una calle o una carretera. Y recorriendo aquel sitio diabólico, vas leyendo y descubres que tienen bares, incluso restaurantes. Al menos, levantados con la pobre técnica con que levantaron sus pobres viviendas. Y dicho sin que en alguna hubiera una antigua intención de distinguirse de las demás. Al seguir leyendo los carteles que trabajosamente han ido colgando en sus casas, o pintados en la pared con carbón, descubres que de paso en paso hay uno que hace mención de la disponibilidad de saldo. Hay saldo, rezan los carteles. Saldo, la carga dineraria para que los teléfonos puedan servir a sus celosos dueños. Y claro, razonas inmediatamente y dices: normal que haya tanta oferta de saldo. ¿Cómo se sale de aquí si no es llamando por teléfono a alguien para que te guíe a un sitio conocido?

Doblas todas las esquinas posibles y ves por la cara a todos los moradores, ajenos y no tan ajenos a tu tránsito por su laberíntica república. Y alcanzas una calle que te puede llevar a un sitio conocido. Desde arriba miras atrás, para recordar el camino, por si acaso, Y dices para tus adentros que estos de aquí, residentes de una capital cuyos dirigentes presumen de su desarrollo, suelen bajar al río ese a satisfacer muchas de sus necesidades. Y suben con el agua en la cabeza a este horno hecho por sus propias manos. La calle abordada te permite andar con soltura, pero luego descubres otras novedades. Qué poco saben de oficios los que han nacido a partir de un año determinado. Esto lo decimos por lo mal que lo ensamblan y lo pulen todo. Incluso para las casas más espaciosas, de estas en cuyo tejado se asoma una antena parabólica que lleva a las pantallas planas de los presumidos la telenovela o el fútbol de todas las ligas importantes. Pues sí, qué pocos saben todos los artesanos que cobran para levantar estas casas. Qué malos albañiles, qué infames carpinteros, qué calamidad de torneros. Solamente por la calidad de estas obras, se colige la urgencia con la que el dinero ha llegado a las manos de sus dueños y la extrema necesidad de levantar cualquier cosa para meter a la familia. Incluso casas de estas hay, con todo vallado con intención de ser señorial, con columnas dóricas o bantúes rematadas casi siempre por águilas, en que la arena y la pintura se vienen abajo a la par. Como si fuera una apelación al desgraciado que firmó semejante bodrio. O la puesta en evidencia de un engaño que el dueño que lo pagó no supo ver. Otra vez, ¡qué calamidad!

Nota incisiva: ¿A que parecería querer buscar más patas al gato si dijéramos que un laberinto como el descrito es una muestra en pequeño de lo que es el país? Porque también parecería mentira que se creyera que, el que vendía los terrenos borró de la cabeza de los que compraban parcelas la idea de destinar unos centímetros para el uso común. ¡Qué manera más tonta de dejar que la ambición impida enterrar a un muerto en condiciones!

Sigues andando y antes de llegar a ninguna parte, ves algo que había que denunciar en cualquier casa de palabra de este país; esto forma parte del secreto de los chinos. Resulta que como no hay indicaciones de nada, te guías por tu mano izquierda y la misma te lleva a un sitio en que hay un río que no te sonaría. Pero que podría ser un afluente del mismo Matadero cuyo nombre no ha llegado a nosotros. Pues este río captó la atención de los listos que convencieron al presidente de que iba a quedar la mar de bonito si se consiguiera canalizar y sanear; esto del que hemos dicho dos palabras arriba. Como de este asunto ya hemos hablado tantas veces, hemos de terminar diciendo que andando, vimos los bloques de piedra de aquel proyecto. Una hermosa previsión en caso de que los ríos desbordaran. Pues río dejó de haber, o fue un sufrimiento hidrológico transitorio, pero el caso es que al pie de los montones de piedra había una señora que lavaba en unas aguas estancadas. Aguas tan quietas y amenazantes que parecía increíble que estuviera alguien ahí, lavando ropa de hombre, de niño, de mujer y la suya. Incluso cualquiera que lo viera y no viviera en los entornos podía dudar de si era una mujer normal lavando o, era simple figuración para ser captada con smartphone. Río desfalleciente de agua podrida, llena de puntos negros y sin atisbo alguno de que había estado en movimiento en los dos últimos meses. ¡Válganos Dios otra vez!, ¿cómo era posible que una persona viva pudiera poner sus pies en aquellas aguas infectadas y se atreviera, además, a meter ropa alguna en la misma? E inmediatamente pensamos en los grados que debía alcanzar el autoclave en que se esterilizarían las ropas una vez lavadas. Porque la situación lo exigía. ¿Quién era ella?, ¿quién la pagaba, ¿cuánto recibía? Pero si ni siquiera se inmutaba. Entonces no era la primera vez ni la única que acudía a aquel río canalizado y saneado a lavar sus ropas. ¡Jesús José y María! Mirándola varias veces por última vez, para asegurar que no era una aparición fantasmagórica, el que esto escribe mira arriba para descubrir si en la llanura había alguien que se extrañaba de que un foráneo hacía lo mismo por ver una cosa normal: lavar en un río señalado por el Gobierno de esta república.

Alcanzada la llanura, y en los terrenos de estos donde la masificación no es tanta y el entorno proporciona un respiro, ves una realidad que es recurrente a medida que te encaminas a núcleos mejor trazados. ¿Dónde consiguen el agua los moradores de estos barrios malabeños que conocen tan bien los taxistas? De ningún sitio. Los que mandan sí que dejaron que se trazaran las calles, pero no hicieron ninguna previsión sobre qué beberían los que se instalen, y que se las arreglen solitos, que ya estamos en Guinea Mejor. ¿Y saben qué se descubre recorriendo palmo a palmo estos barrios populosos donde viven todas las chicas conectadas por teléfonos inteligentes? Pues cada ciertos pasos hay un hombre más rico que todos que tiene una casa grande, coches grandes y mucho terreno para hacer una valla llamativa, rematada la mayor parte de las veces por águilas que alzan el vuelo. Mansiones, diríamos, de no ser porque el entorno es el mismo. Pues son estos dueños los que, como una costumbre sobre la que debemos investigar, sacan de su recinto una manguera. Y allí van los vecinos, ordenados para no acabar lanzándose puños o insultos, a recibir un cubo, o dos, o tres, del agua del pozo del señor. Un hombre rico que no solamente tiene esta casa y la valla aguilada, sino más dinero para encontrar el agua en las profundidades de su terreno y vivir como virrey. Pero la realidad que no desmiente ningún otro hecho es que todos estos señores, o casi todos en una proporción abrumadora, son del mismo sitio. Conclusión a la que se llega cuando se lee la matrícula de alguno de sus flamantes coches: WN 398 C. Esto es un ejemplo, y si coincide con alguno, que venga a darnos las gracias. ¿Alguien sabe de qué se trata y dónde es este sitio reflejado en las matrículas y que ha dado vida a estos hombres generosos con sus congéneres? Queridos señores de Wele Nzas, —provincia de Guinea Ecuatorial— muchas gracias por la ayuda que prestáis a los guineanos que os han tocado de vecinos en este asunto de tener un poco de agua para todas las necesidades del día. Que Dieu o Nzambi os lo pague. Pero como lo cortés no quita lo valiente, os diré que tenéis este agua porque sois de la misma provincia que el general-presidente Obiang, de la misma provincia de Masié. Y que entonces, al tener los principales cargos tenéis más dinero, así que administráis el agua que es de todos. Ah, el lector que quiera fruncir el ceño y crea que hay un punto malicioso en esta observación geográfica, que nos acompañe en el recorrido y se dará cuenta de la exactitud de estas apreciaciones. Y de paso, se hará un profundo bien: conocerá mejor a sus ciudadanos.

Llegado al sitio de las aguas, nos metemos en el terreno de lo político, porque cualquiera de los dueños de las mangueras puede ser un ministro, o como poco, un diputado. Y como lo más probables es que lo sea, el misterio de cómo barrios enteros dependen de la benevolencia de un señor se empieza a resolver. Este misterio también forma parte del secreto de los chinos. Y es que en otros barrios más holgados ves estos edificios vallados y cuando te informas mejor descubres que cada uno de ellos dispone agua propia por haber podido alcanzar la del subsuelo. Y si es un sitio con las calles trazadas y con tendido eléctrico, puedes acabar preguntado si la falta de agua corriente para todos no puede ser debido a un plan premeditado, pues ¿no sería un negocio rentable esto de perforar el suelo para los ricos en busca de un agua común? Creemos que podría formar parte del secreto de los chinos por su incansable actividad cavadora. Aquí es donde es justo mirar de reojo a los guineanos y preguntarles por lo que quieren. Porque es un asunto de querer. Aguzando el oído, se oye el tráfico, señal inequívoca de que nos aproximamos a una calle importante de un barrio con mucho nombre. Y nos abandonamos a la dictadura de la circulación vial. Y es que los taxistas son de otro pelaje. Lo siguiente será visitar el mercado y ver si es cierto esto de que cada cierto tiempo, titís —tipo de primate—, culebras y cocodrilos son desollados o chamuscados a la vista de los curiosos mientras que los que han pagado por ello se limpian las glándulas gustativas.

Juan Tomás Ávila Laurel
Juan Tomás Ávila Laurel

Escritor ecuatoguineano nacido en la isla de Annobón en 1966 y formado como técnico sanitario. Ha combinado el ensayo sobre la realidad de su país con la narrativa corta y la novela, donde destacan sus obras Avión de ricos, ladrón de cerdos (El Cobre, 2008) y Arde el monte de noche (Calambur, 2009).