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DESTROY THE MIND, DESTROY THE BODY

But you cannot destroy the heart
Carlos Velázquez

Maldita hipocresía del adicto, ningún drogo nos libramos de ella. Tarde o temprano nos estalla en el hocico. 

En una carne asada en casa del Dr. Lao, La paleta payaso adoptó el papel de señora promotora de la paz cuando El zorro se puso needle de piedra. No importa que tan atascado seas, un adicto nunca pierde una oportunidad de ponerse paternalista. De treparse al pedestal de la supremacía moral en relación a los desmadres del otro. Pero el karma es un bumerán. Y aho cómo le encanta ensañarse con los afectos a los golpes de pecho. 

Semanas después el crico interno de La paleta payaso despertó y fue mi turno de ponerme santurrón. «Métete todo el perico que quieras, pero no le pegues a la Rocky Balboa», le imploré. Pero no existe cura para la profesión de minero. Recayó bonito, se fumó la renta de varios meses y su casera lo echó. El suplemento cultural al que lo jalé a colaborar le debía dinero. En principio porque La paleta payaso no puede expedir facturas. Los yonquis no pagan impuestos. Le escribió al contador para amenazarlo. Le especificó que si no le pagaba sus tres mil quinientos pesos lo esperaría afuera del diario para golpearlo. 

Me encabroné. No con La paleta payaso, con la piedra y toda la jodidez que promueve. Detestaba al puto crack con todo mi corazón. Le prometí a mi adicto interior que yo jamás caería tan bajo. Yo era drogadicto, pero decente. Fue una reacción infantil. Qué pendejo fui, no sospechaba que a la vuelta de la esquina me esperaba el salto desde el bungee sin el arnés de seguridad bien amarrado.

Nadar también es una droga. Y como el adicto que soy, comencé a obsesionarme con la natación. Experimentar el rush de la nadada es como meterte una línea. Si es buena te quieres meter otra de inmediato. Si es mala necesitas meterte otra a güevo. Los adictos nos aburrimos con facilidad. No me bastó con nadar. Me inscribí en el equipo, el entrenamiento para competencia era lo que ansiedad de adicto reclamaba. 

A orillas de la piscina los nadadores intercambian tips, se corrigen el estilo entre sí y se hacen recomendaciones. Proteína, carnitina, BCCAs, cretinina, son algunas de las sustancias que utilizan para mejorar el rendimiento. Yo me bebía mi agua de aminoácidos todas las mañanas antes de entrar a la alberca. Entre otros ingredientes contiene taurina, el principal ingrediente de las bebidas energizantes, Red Bull, Boost, Monster, Four Loko, es decir: la cocaína para los pobres. Debido a mis años en las drogas, el aminoácido no me levantaba ni madre. Y como yo no conozco otra cosa que la velocidad, le pedí a la Diva, un compa musculoca, que me recomendara algo para sentir más el power en el agua.

El idiota me recomendó un quemador de grasa. Pero no era un asunto de vanidad. Era cuestión de drogas. «Cómprate el puto quemador», recalcó. Le pregunté qué contenía. «Ginseng, yerbas y cafeína». Bajé la guardia. Sí, yo, el Doctor Laboratorio, el obseso con las etiquetas de contenido de todo medicamento que se me cruza en el camino, hasta de los putos envases de champú, el coctelero, el metomedetodo. Detrás de toda sobredosis está el descuido. Puedes ser el drogo perfecto, pero basta perder el control un segundo para que esa pifia te mande al otro barrio. Sin cuestionarlo comencé a consumir hydroxycut. Al cabo que yo era la bestia de las sustancias, gozaba de toda la autoridad del mundo para experimentar con lo que se me hinchara. No he sido un consumidor explícito de ketamina, pero cuántas galletas de mota no son espolvoreadas con esa chingadera.

El hechizo tóxico del hydroxycut fue imperceptible. No experimenté un subidón radical. Sin embargo, comencé a nadar cincuenta metros de mariposa con aletas y paracaídas, el elevador del edificio se había descompuesto y trepaba los tres pisos corriendo, cogía como asesino serial, bebía el doble. En ningún momento me detuve a pesar en mi desempeño. Estaba demasiado ocupado con el Mundial. Comencé la ingesta una semana después de que inició Rusia 2018. Una pastilla al día, y los días de partido, casi todos, dos. No sé cómo pero me las arreglaba para dormir unas horas. No existía una sola señal de alarma. Pero lo que ocurría es que estaba bailando Toxic de Britney Spears a tope. 

En teoría me estaba comportando como un deportista. Con la diferencia de que la gente que va al gimnasio se alimenta correctamente, no toma alcohol y menos drogas. Y como es recurrente en todo adicto, comencé a fantasear. En cuanto esta madre me pegue lo voy a usar para escribir y no habrá poder divino que me detenga. Qué estúpido, no me percataba de mi estadazo. 

La primera y única advertencia se presentó en la CDMX. Al aterrizar cumplí con el ritual de siempre, llamar al díler. Al mismo al que le compro desde hace ochos años. Aspiré un par de líneas y la droga no me supo ni a calctose. A estas alturas de mi vida sólo consumo droga de este díler, por su calidad y porque lo benigno del corte. Y porque nunca te va a estafar. Su producto es de los mejores de la ciudad. Me serví un par más. No las sentí. Pero en lugar de poner atención, ignoré por completo lo que mi cuerpo me decía. ¿Acaso era un problema?

La noche del 14 de julio me topé con Whitney Houston. Un cabrón al que apodan así por su adicción al cristal. Pipa de vidrio, soplete en miniatura. Tantas veces me había jurado no probar el crack, lo había satanizado, hice berrinches, tiré bla bla blas, pero en cuanto lo vi el puto simbiótico que incuba en mí comenzó a babear. Fumarlo siempre me ha parecido una degradación insoportable. La miseria humana en pleno ejercicio. Pero por la nariz era otra cosa. La última ocasión que lo había probado, con El zorro, duré 48 horotas sin dormir. Sólo dos rayitas, me prometí. En cuanto la meta entró a mi sistema me relajé, hice el mundo a un lado. Hacía quince días que no me metía coca. En verdad necesitaba un entremés. La bronca fue que no paré. 

Diez líneas después me fui a dormir. Lo insólito es que lo conseguí. A las cinco de la mañana abrí los ojos. Me sentía hecho mierda. Qué puta cruda, pensé. Había llegado a la una a la cantina. Tenía suficiente alcohol en la sangre para sentir que el final del mundo se aproximaba. A las siete, dos horas después de revolcarme en la cama, me dije que aquello no se trataba de una cruda. Tenía una cita en el Chalio’s Bar para ver la final del Mundial. Asaríamos carne y nos empedaríamos. Esperaba ese momento desde hacía semanas. Pero no pude salir de casa. El Francia contra Croacia comenzó y me quedé en petrificado en el sofá de la sala.

Lo que sentí mientras duraba el partido no ha sido consignado en la literatura. Había leído tanta ficción sobre el consumo de drogas, incluso libros de corte médico, pero nada era equiparable. Una garra me tomaba de la médula espinal y me jalaba hacia abajo cientos de metros. Y yo me despeñaba sin moverme del sillón. Uno no sospecha jamás que el cuerpo albergue sensaciones de este tipo. Pero me resistía a despegarme de la pantalla. Había apostado y el resultado me importaba por sobre todas las cosas. En realidad trataba de ignorar lo que se estaba desatando en mí, pero era inútil. Destapé una cerveza, no aguanté el primer trago.

En cuanto se acabó el juego me fui a la Cruz Roja. Traía la presión arterial en 180/120. Me la bajaron a 150/100 y me dejaron ir. En cuanto llegué a casa me volvió a subir. Era domingo, en las calles de París se desataban disturbios por el triunfo de Francia y yo vivía mi propio día de campo particular. Decidí que si aquel día ocurría algo, como por ejemplo que me cargaran el payaso, quería tener a mi lado sólo a una persona: al Chavo. Le marqué y me llevó al sanatorio.

Lo único en lo que podía pensar, además de no morir, era en mi hija. En quién la llevaría a las clases de piano y a la natación si yo faltara. No podía traicionarla de tal manera. Me la había pasado abriendo el hocico de lo tanto que me importaba para terminar saliéndole con esa chingadera. En 1995 Casino me había marcado de manera peculiar. Nicky Santoro, el personaje interpretado por Joe Pecsi, era un matón, pero siempre estaba en casa para hacerle el desayuno a su hijo. La enseñanza de Scorsese es que puedes ser todo lo hijo de puta que quieras siempre que fueras un buen padre. Y yo sabía que me podía meter todo lo que quisiera pero sin fallarle a mi hija.

El urgenciólogo me echó la luz en las pupilas. «Andas bien puesto —me dijo—, qué te metiste». En dos minutos le hice un resumen de las pasadas tres semanas. Entró a internet a revisar la tabla de contenidos del hydroxycut. «Contiene yombina», me dijo. «Con razón, traes en el organismo, junto con eso, coca, meta, cafeína sintética, sidernafil, un alto nivel de alcohol en sangre. Tienes suerte de haber llegado aquí en pie. El electrocardiograma salió normal. Agradécele a la nadada. Si no fuera por eso ya te hubieras infartado. Y a tu edad, no te salvas.»  

Me informó que no me bajaría la presión con captopril porque volvería a subir. Me recetó un medicamento para la insuficiencia cardíaca. En mi horizonte se perfilaban quince días de reposo absoluto y caldito de pollo. Le agradecí con la mano en el corazón. «Cualquier día que se te vuelvan a pasar las rayitas aquí te espero», me dijo a modo de despedida. Salí del hospital sintiéndome igual de jodido, pero agradecido con el devenir. «No importa en cuantos problemas me meta —me dije—, mientras tenga la capacidad de poder salir de ellos voy a estar bien.

Estaba en shock, no había pronosticado que mi compulsión por la natación me pondría en riesgo. Fue la combinación, pero olvidé por completo que estaba en hydroxycut cuando me metí el cristal. Bajé la guardia y en ese segundo en que mis brazos dejaron de cubrirme el rostro me entró una combinación que casi me manda a la lona. Algo saqué de la experiencia. Ahora sé que el día que quiera suicidarme no voy a tener que falsificar una receta para conseguir un arsenal de clonazepam o conectar heroína de dudosa calidad, bastará con que vaya a GNC y me compre dos botes de hydroxycut. La verdadera guerra contra las drogas no se ha presentado.

En el coche el Chavo me reprochó el performance. Soporté el regaño pese a que provenía de una persona que según yo no comprende la adicción. Lo que no esperaba de un abstemio era que me diera una lección. «Eres un profesional —me dijo—, es tu trabajo. Te pagan por drogarte. Tienes que ser cuidadoso. No arañar los límites». Sí, mi amigo el ñoño, el cabrón más buena persona en el mundo me estaba diciendo cosas sobre mí mismo que yo no había reflexionado. Me acababa de dar la cachetada con el guante más blanquísimo que la coca más pura del Perú. En los veinte años de amistad nunca había reparado en lo sabio que es el cabrón.

Entramos a su casa y me recostó en su cama. Pusimos una película: Road House con Patrick Swayze. Y recordé esa escena de Pulp Fiction en la que Mia Wallace recibe la inyección de adrenalina en el corazón para librarla de la sobredosis. El cine es elocuente en sus representaciones. Lo de la aguja en el pecho del personaje es una hipérbole, pero es justo lo que ocurre cuando uno traspasa la línea. Así me sentía yo mientras veía en pantalla a Jeff Healey tocar Roadhouse blues, como Mia Wallace en el coche de Vincent Vega cuando este la lleva a casa. Con la puta cola entre las patas. 

Vaya manera de acabar un mundial.

 

Imagen de cabecera, CC Tyler Doering

Carlos Velázquez
Carlos Velázquez

Escritor y cronista norteño mexicano que lleva tatuada una parte de la generación beat en el antebrazo. Es un apasionado de la música que se define a sí mismo como «perverso narcisista», «lacayo» y «ganapán». Además de sus columnas periodísticas, es autor de los libros Cuco Sánchez blues, La Biblia Vaquera y La marrana negra de la literatura rosa. El karma de vivir al norte fue su primer libro de crónicas.