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DON PABLO

Mis noches (y días) en un resort
Cristian Segura
Berta Jiménez Luesma

Puedes leer «Miss Luxury» —la primera parte de esta crónica —AQUÍ

 

DÍA 4.

El grupo necesita abastecerse de medicamentos antes de salir hacia el Salto del Limón. Santa Bárbara tiene varias boticas pero don Julio lleva la comitiva a la farmacia de Pueblo Príncipe. Esta farmacia es un establecimiento del mundo desarrollado, concebida para el turista occidental. Pueblo Príncipe es una urbanización fundada por Don Pablo –el auténtico, el prócer de Samaná, no el falso don Pablo Casado estrella del karaoke–, además de espacio comercial de casitas de colores, en medio de Santa Bárbara. El lugar parece el escenario de un de parque temático aunque don Julio asegura que en alguna de las casas residen directivos de Bahía Príncipe. Vivir allí debe ser lo más parecido a vivir en una tienda de souvenirs de Disney World.

En el Salto del Limón, como en la farmacia de Pueblo Príncipe, también está todo preparado para el turista occidental, persona con sobrepeso y/o alérgica a andar por una naturaleza no domesticada. El Salto del Limón es una cascada. Desde la recepción del parque hasta la cascada solo hay un paseo de media hora a pie, sin embargo la excursión se realiza a caballo. Medio centenar de nativos se agolpan en la recepción vestidos con una camiseta roja; cada camiseta lleva impreso su nombre y un número. Cada uno de ellos cuida de un caballo; algunos equinos son propiedad de la empresa que gestiona las visitas y otros, de los guías. Caballo y guía forman un equipo que una vez al día llevarán al turista hasta la cascada en una excursión de 25 minutos de ida y otros 25 de vuelta. La retribución será la propina.

El capataz canta el número y el guía, con desgana, se levanta para preparar la montura. Mi porteador es el número 176, de nombre Carlos Mota. Tiene 16 años, estudia la secundaria y explica que quiere ser ingeniero de caminos. Hace cuatro meses que es acompañante de turistas en el Salto del Limón, un empleo que heredó de su padre. Es un sobresueldo que viene bien en una familia de campesinos en un pueblo vecino de unos 100 habitantes. Mota confirma que por su pueblo, La Guazara, no recuerda que haya pasado ninguno de los europeos que se agolpan a los pies de la cascada del Limón.

De vuelta, superada la única loma que hay que hacer a pie –por ser demasiado vertical para el caballo–, una porteadora abanica a una turista asiática que no aguanta el bochorno. El itinerario solo tiene 1,5 kilómetros de longitud, pero a medio camino hay un bar de avituallamiento. Los guías esperan en el bar –sin consumir, los precios son prohibitivos– a que los turistas se decidan a subir de nuevo a los caballos. El río del Limón acompaña el camino entre una vegetación clara, parecida a la de un bosque prepirenaico. Pregunto a Mota qué grandes animales salvajes pueden encontrarse en la región de Samaná y responde que no hay grandes animales, ningún tipo de venado: «Lo más grande que encontrarás son culebrillas».

En La Manzana, el restaurante de salida de las expediciones, descubro a la turista asiática del soponcio, ya recuperada, hartándose de comida en el bufé. Nos cobran por una cerveza el equivalente a 5 dólares, un atraco a mano armada en República Dominicana y en Sebastopol. Los dos chicos que sirven las bebidas miran con el móvil un documental de animales colgado en youtube. Son imágenes de rapaces y felinos cazando. Les interrumpo siguiendo los movimientos de una lechuza zampándose un ratón en un paisaje nevado de Canadá. «Me gustan estos animales porque yo también soy un depredador», dice el que parece que está al mando. Uno de ellos lleva una gorra de los Chicago Bulls, una camiseta con el logo de Gucci y lo que parece un Rolex de oro. «El negocio va bien», digo, pero el chico, que se llama Ismosis, asegura que nada de lo que lleva es auténtico: «Todo es fantasía, todo es chipi». Ismosis es el encargado de hacer fotografías a los turistas. Su mujer y su hija de 5 años viven en Conneticut, Estados Unidos.

Don Julio aparece poco más tarde y al ser informado del precio de las cervezas exige que nos devuelvan el dinero. El camarero-depredador levanta la vista del móvil y pregunta: «¿Quién lo dice?». A lo que Don Julio responde: «Lo digo yo». El dinero nos es devuelto de inmediato y la casa acaba invitándonos.

El almuerzo está preparado en Grand Bahía Príncipe El Portillo, un resort como los resorts que uno tiene en mente cuando se imagina unas vacaciones en el Caribe. La entrada a El Portillo es un escenario ideal para rodar un videoclip de Enrique Iglesias adentrándose en la jungla para salvar a su chica, y luego celebrarlo haciendo el amor en un jacuzzi frente al mar: hay un aeródromo cerrado desde 2012, una pista que era lugar de llegada de aviones privados de inquilinos de las villas más suntuosas en la zona turística de los municipios de El Portillo y de Las Terrenas. El aeródromo parece hoy una pista camuflada de la guerrilla del coronel Tapioca. Entre el aeródromo y la playa se encuentra el resort de Bahía Príncipe. Solo acceder al resort el visitante descubre la zona de espectáculos nocturnos Las Vegas; un poco más adelante, una rotonda distribuye el tráfico presidida por la escultura de un gran caballo erguido en sus patas traseras, una escultura que encajaría en la mansión de un magnate del gas en Volgogrado.

 
 

El resort El Portillo tiene 606 habitaciones y en el lugar trabajan 650 personas, según la información que nos ofrece Vladimir Reyes, asistente de ventas de la zona Norte. La mayoría de edificios son complejos de habitaciones como los de la película Florida Project. En algunas habitaciones, cuando se trata de una luna de miel o un cumpleaños, cuelgan dos globos blancos en la puerta y una cinta blanca con el lema correspondiente: «happy honeymoon; happy 50th anniversary». A estos huéspedes especiales también se le obsequia con una botella de champán; champán dominicano, puntualiza el personal.

Reyes nos describe la arquitectura del resort como «casas de estilo dominicano». Recorremos el complejo en dos coches eléctricos de golf mientras escuchamos con cara de escepticismo a Reyes: «Estos edificios tienen las características del pueblo dominicano, los colores llamativos de sus casas». Las únicas casas con «colores llamativos» que hemos visto en Samaná han sido las de Pueblo Príncipe, la urbanización artificial con la farmacia para turistas. La mayoría más absoluta de viviendas que he observado en Samaná son chabolas de planchas de madera o construcciones de dos plantas de ladrillo, construidas probablemente por la misma familia inquilina; sus colores son todas las posibles tonalidades de gris.

La inspección a las habitaciones genera otro momento de dudas. Se nos anuncia que se está modernizando la decoración interior, «de un diseño caribeño, más propio de los 80, a un concepto más minimalista, más blanco, más fresco». Nos muestran dos estancias, una de estilo caribeño y otra de estilo minimalista. El cambio que detecto consiste básicamente en retirar las colchas con flores y el mobiliario de madera oscura, y colgar cuadros más abstractos. El grupo asiente dando por entendido en qué consiste lo de «más minimalista», pero yo no lo pillo. Además, ¿no eran «los colores llamativos», tradicionales dominicanos, una característica de este resort? Persigo a Reyes para que me aporte más detalles hasta que consigo que deje de subirse en mismo carro eléctrico que yo.

 

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El resort El Portillo tiene múltiples piscinas y una playa kilométrica llenas hasta la bandera. En una de las piscinas hay una caseta para tomar libros prestados. Hay un centenar de tomos, son sobre todo best sellers de bolsillo, con argumentos románticos, policíacos o de aventuras históricas. Los hay en francés, inglés, alemán, italiano, ruso y holandés, pero ninguno en castellano. La chica que se encarga de gestionar la minibiblioteca alega que nadie deja libros en castellano –los libros son de segunda mano, de clientes que ya los han leído.

El almuerzo es en una terraza recogida bajo una carpa. Aparece don Joel para interesarse sobre nuestra estancia. Su small talk es de una profesionalidad que acompleja: sabe que alguien ha tenido que ir a la farmacia y pregunta cómo está; pregunta si la excursión al Salto del Limón ha sido dura, si hemos contado los escalones, nos recomienda protección solar y nos cuenta que en la antigua colonia francesa de Las Terrenas, nuestra parada final del día, él compra su baguette de pan y los bollos del desayuno. Don Joel continúa llevando su riñonera. Se aparta un momento para contestar una llamada de teléfono. Quiero creer que es para informar de las coordenadas de un desembarco de contrabando, o para enviar a alguien a cobrar unas deudas, pero la realidad debe ser más mundana.

Tras la comida abandonamos El Portillo en dirección a Las Terrenas, exactamente en el mismo momento en el que un chico del departamento de animación llamado Sandy convoca a los huéspedes para sumarse la actividad de tiro con arco. Las Terrenas fue durante años el único municipio de Samaná acondicionado para el turismo extranjero. Fue una aventura de emprendedores franceses, en la década de los 80, procedentes de las Antillas Francesas. Las Terrenas es hoy un pueblo de veraneo sorprendentemente parecido a Castelldefels. Lo más espectacular de Las Terrenas es el hotel y centro comercial Puerto Plaza, formado por dos edificios con forma de yate. De lejos pueden confundirse con dos cruceros embarrancados. Es uno de los monumentos kitsch más destacables que pueden encontrarse en el planeta Tierra. De aquí a 1.000 años, nada construido por el hombre en Samaná tendrá interés para los historiadores, excepto Puerto Plaza.

En Las Terrenas hay extranjeros circulando en bicicleta, en motocicleta y en todo terrenos. Es el único municipio de la región en el que veo a veraneantes y locales mezclándose por la calle. Es el único lugar en el que consigo encontrar prensa: la venden en una casa de cambio. El dependiente me cobra y me entrega los periódicos con una mano mientras con la otra aguanta una escopeta recortada. 

El diario Hoy recoge unas declaraciones de Joel Santos, presidente de la patronal hotelera dominicana, congratulándose del establecimiento de relaciones diplomáticas entre su Gobierno y el de la República Popular China. La República Dominicana era hasta el mes de mayo uno de los 19 Estados que todavía reconocía al gobierno de Taiwán –heredero de los perdedores de la guerra civil que llevó el comunismo al poder– como el legítimo representante de China. La pela es la pela y finalmente, setenta años después, los chinos han ganado otra ficha en América Latina. Para Santos, el cambio es maná caído del cielo porque permitirá, según sus palabras, alcanzar el objetivo de recibir 10 millones de turistas al año.

La noche en nuestro resort está amenizada por las asistentas de Rolando, esta vez vestidas de Santa Claus, y por un grupo de bailarines, cuatro hombres y tres mujeres, que representan el espectáculo Las Vegas Show. Las Vegas Show está concebido como tortura para los artistas: es una contrarreloj de una docena de números musicales en la que durante una hora deben cambiarse de vestuario y desarrollar una coreografía diferente cada vez que salen al escenario. Apunto las coreografías más destacables: playback de una canción de Cher con vestidos inspirados en el Carnaval de Río y en el antiguo Egipto; el musical El Rey león cantado en alemán –también en playback; playback de Christina Aguilera; adaptación de Mouline Rouge; homenaje a Bollywood, ellas vestidas con ropas tradicionales tailandesas, ellos disfrazados de faquir; baile con canción de las Pussy Cat Dolls, la bailarina principal aparece disfrazada de bola de luces de discoteca; tributo a Elvis Presley.

Otra vez en la cama, un imprevisto interrumpe el merecido descanso: por el grupo de whatsapp de la misión-pesebre, una de las periodistas lamenta que no puede dormir por culpa del croar de una rana. En recepción ya habían sido advertidos pero no han podido dar con el batracio. Dicen que se trata de un maco toro, un sapo gigante. Me presento voluntario y salgo a los jardines en busca del animal. Consigo que el guardia de la entrada me acompañe en la cacería y tras una hora deambulando por las instalaciones, damos con él: no es ningún sapo, es una rana vulgar, escondida en una arqueta inundada. Tras quince minutos intentando capturarlo con las manos, aparece otro trabajador del resort. «Don Pablo [Casado], no meta la mano ahí, esta agua está contaminadas», me alerta el hombre. Los dos empleados quieren matarlo con palos de escoba pero no dan con él. Finalmente, ya hartos de la situación, a uno de ellos se le ocurre regar la arqueta con lejía.

Al cabo de dos horas, la rana vuelve a croar.

 

DÍA 5.

El hotel nos tiene reservada la mañana para sesiones dewellness –yoga y masajes. Me excuso educadamente y me escapo a la playa del resort. Mi media hora tostándome al sol coincide con una demostración por parte de un miembro del equipo de animación de trepar a una palmera y abrir cocos con una piedra. El público son un grupo de alemanes, altos y fornidos, que se lo pasan en grande intentando reventar un coco. En la playa suena música; son melodías dulces, bachata o merengue. En cualquier lugar del resort suena música. Ya que no podemos gozar del sonido del mar, del romper de las olas, de los pajaritos, pido a Eddy, el DJ de la playa, que pinche Raputín, pero me informa que Bahía Príncipe prohibe el reguetón. Rolando me indica que es por las letras, «son demasiado explícitas». 

 

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El mediodía está reservado para la inspección en el enésimo y último resort del viaje, Bahía Príncipe Cayacoa. Se construyó en una colina que corona Santa Barbará de Samaná. Cayacoa era un cacique indígena que se enfrentó a Cristóbal Colón. Hoy es un hotel propiedad de españoles, un emblema del grupo Piñero que dirige desde hace dos meses el austríaco Wilhelm Pirngruber. Pirngruber es un veterano del sector hotelero. Su anterior puesto de mando en el grupo de los Piñero era en Jamaica. La mayor parte de su carrera la desarrolló en Hawaii. «Me fui de Austria en 1979, me fui de vacaciones, y no volví», explica Pirngruber. 

Randar será nuestro guía en la visita a Cayacoa. Randar es bello, es la envidia de los hombres que lo rodean. Las mujeres del grupo lo han bautizado como «rompe camisas» porque incluso si vistiera con un saco de harina, marcaría los bíceps y los pectorales. Tiene unos ojos negros como una noche sin luna. Son unos ojos tan seductores que una chica de la misión-pesebre pregunta si se los maquilla. No se maquilla, asegura Randar, satisfecho por el impacto que causa. Randar tiene 27 años y hace cinco meses que trabaja en Bahía Príncipe. Anteriormente, durante año y medio respondía llamadas en el call center de atención al cliente para España que tiene Ikea en la República Dominicana.

Randar suelta de carrerilla la clasificación de habitaciones del resort Cayacoa; todas combinan las palabras «standard», «suite», «superior», «junior». También da cuenta de la transformación en las habitaciones, del estilo caribeño al más minimalista. Sigo sin entenderlo y me aparto de la comitiva. Descubro que hay un casino, tiendas y un tenderete de libros en el que tampoco hay nada para leer en castellano. El nivel de alcoholismo entre los clientes de la piscina principal es notable. La piscina tiene una de barras de bar con taburetes sumergidos. No hay que salir del agua para que te sirvan un mojito o un whiskazo.

 
 

Descubro el comedor principal cuando quedan diez minutos para la una. Una veintena de huéspedes esperan de pie frente al acceso, todavía cerrado. Tienen hambre. Cuando abren las puertas, a la una en punto, entran en el salón como los toros en San Fermines, como si hubieran estado desde las seis de la mañana trabajando, subidos en un andamio. Los cocineros y los camareros forman un pasillo de bienvenida y aplauden a los primeros en entrar. Es un ritual cortesía que se dedica a los primeros comensales. Un alemán cruza el pasillo saludando y chocando los cinco con el equipo de cocina.

La tarde del último día en Samaná la dedico a hacer turismo por Santa Bárbara, la capital provincial. En la calle principal hay unos pocos establecimientos de souvenirs. En la gift shop Yanida me atiende el hermano de Yanida, que es la propietaria. Me ofrece unos cigarros. Pregunto el precio: «Esto es tabaco dominicano. Para este tabaco no hay precio, nace de la Tierra», dice el hermano de Yanida. Los cigarros llevan vitolas falsas de Cohiba, que es una marca de habanos, cubanos. 

Al lado de Gift Shop Yanida se anuncia Pascal, un establecimiento que tiene tres líneas de negocio: hace piercings, copias de llave y alquila carpas para fiestas. 

El mercado municipal es la principal atracción turística del núcleo urbano de Santa Bárbara, según don Julio. Es un mercado pequeño y sucio, un lugar para aprovisionarse de alimentos básicos y salir corriendo. Su encanto para el visitante europeo o norteamericano reside precisamente en lo diferente que es de su Carrefour o Tesco. En el mercado hay una tiendecita de una santera: Botánica Santa Clara, «remedios para el cuerpo y para los espíritus». La santera atiende a una mujer que se ha peleado con su marido. Me observa de reojo y con desdén, dice que los turistas miran pero no compran.

En la estación de autobuses de Santa Bárbara, un niño llora desconsolado: su madre se ha marchado a Santo Domingo a trabajar y lo ha dejado con la abuela. Observo la escena y la abuela ve una oportunidad para que el crío pare de berrear: «No llores que te está mirando el señor rico. ¿Qué pensará». La reacción del niño es llorar todavía más.

Me pierdo por las callejuelas de Santa Bárbara y tras una hora andando hago un alto en el camino en la calle Wilmore, en un banco de piedra, junto a dos hombres. Trabajan en el campo y disfrutan de sus horas de asueto. Me explican que estamos sentados en la entrada de Ramoneta, el prostíbulo más antiguo de Santa Bárbara. Es un antro cochambroso, como el mercado, y pido a mis informadores si Ramoneta también es un reclamo turístico, extremo que confirman.

Vuelvo a detenerme media hora más tarde, en el pabellón de deportes Arnold Fedor Lalane. Hay un montón de gente agolpándose en la entrada. Dentro se celebra un mitin político presidido por el gobernador, Enriquillo Lalane, sentado en una mesa con media docena de políticos más, todos blancos ante un público mayoritariamente negro. Enriquillo Lalane expone una serie de mejoras en la política agrícola del Gobierno que no entiendo pero que los asistentes reciben con aplausos y caras de compromiso.

Del polideportivo Arnold Fedor Lalane salto a Pueblo Príncipe. De vez en cuando desembarcan grupos de turistas en Pueblo Príncipe, transportados en minibuses; se adentran en la urbanización, para salir al cabo de unos pocos minutos tras descubrir que ahí no hay nada que hacer. Dos haitianos persiguen a los extranjeros para que les den unas monedas. El guardia jurado de Pueblo Príncipe los echa pero vuelven enseguida.

La continuación urbanística de Pueblo Príncipe son los bares del malecón. En uno de ellos ocupamos una mesa para beber unas cervezas. La música, reguetón, suena fuerte. Los clientes a última hora de la tarde somos cuatro españoles, un extranjero con una prostituta y la hija de la propietaria, una niña de unos 6 años absorta con los dibujos animados que le han sintonizado en la televisión del local.

La cena de despedida en el resort coincide con la noche de gastronomía española. El ágape va precedido por una degustación de sangría. Nos sirven un culín de sangría en una copa de champán, como si fuera un Krug cosecha de 1928. Explico a Dilcia, la ejecutiva de ventas compañera de Randar, sentada a mi lado, que la sangría en España es una bebida corriente y moliente que se bebe a litros, pero no termina de creerme. El postre estrella es algo que se presenta como «crema catalana» pero que en realidad es un arroz con leche marrón, por la cantidad ingente de canela que lleva.

Tras la cena hay un espectáculo de circo en la piscina y luego una breve sesión de baile que, por normativa de Bahía Príncipe, finalizará a las 23:30. El equipo de animación de Rolando se apunta a bailar con tanta dedicación que uno duda si lo hacen por placer o por obligación contractual. El que menea mejor el culo es Álex, alias Chihuahua, la mano derecha de Rolando. A Chihuahua lo llaman así porque es canijo y porque ríe como Perro Pulgoso, el personaje de dibujos de Hanna-Barbera. Chihuahua me confiesa que con Rolando compiten a ver cuál de los dos memoriza más nombres de huéspedes. Para él soy don Pablo.

 
 

Ramón y Ángel, dos veinteañeros, uno mayordomo, el otro botones del servicio de habitaciones del resort, se apuntan al final de fiesta. Congeniamos a pie de piscina y me ofrecen ir a Cielito para despedir mi semana en Samaná. Cielito es el club de Santa Bárbara en el que don Julio advertía a las chicas que no fueran porque les darían muela. Nos subimos tres en el ciclomotor de Ángel. Recorremos la carretera solitaria, entre palmeras y villorrios dormidos. 20 minutos en una moto de 50 centímetros cúbicos, con tres hombres apretujados sobre ella, dan para muchas confidencias. Ramón y Ángel me confiesan que están enamorados de las periodistas más jóvenes de la misión-pesebre. Ángel quiere invitar a una de ellas al hotel de su padrastro, un alemán que se casó con su madre.

Nuestra entrada en Cielito pasa desapercibida pese a que Ramón y Ángel todavía visten con el uniforme del hotel. En Cielito están acostumbrados a la visita de empleados de las empresas de Piñero. De hecho, el camarero había sido barman en uno de sus resorts. En Cielito hay treinta personas, 25 hombres y 5 mujeres. Soy el único extranjero y Ramón y Ángel me siguen a todas partes para que, avisan, no me pase nada. En el baño no entran y un tipo aprovecha para acercarse y pedirme que le invite a una cerveza. Me lo llevo a la barra para pagarle la bebida pero Ángel y Ramón me lo impiden. Pregunto por qué, no lo saben pero no se fían. Otro chico entabla conversación conmigo presentándose como mecánico de los botes del grupo Piñero; Ramón lo echa casi a patadas. Me acerco a un grupo que fuma una pipa de agua y Ramón se coloca detrás de mí. Me siento como si hubiera caído en un gag de los Monty Phyton. Al final, allí por donde paso, se hace el vacío. Me quedo con Ramón y Ángel en la barra bebiendo cervezas, que insisten en pagar ellos. Cuando el nivel etílico ya es considerable, desenfundo el arma periodística para intentar sonsacarles algún secreto oscuro de Bahía Príncipe. Pero no sale nada, ambos hablan maravillas de sus empleadores y de sus condiciones laborales.

Al día siguiente, siete horas más tarde de salir de Cielito, coincidiremos de nuevo en la recepción del hotel, en el acto de despedida que han organizado. Cuatro miembros del equipo de animación nos dedican el baile corporativo de rigor. Cuando termina Yo Volveré, Álex, alias Chihuahua, conecta su ordenador a los altavoces y anuncia que tiene una canción para el señor Casado: es Raputín, mi reguetón. Chihuahua consigue emocionarme. El director del hotel arquea las cejas, con semblante grave, dando pasitos nerviosos, pensando en la normativa de la empresa. Pero Raputín sigue sonando a todo trapo mientras todos bailan y perrean. En el último minuto consigo estar a la altura del nombre por el que me conocieron en Samaná: Don Pablo.

 

Los contenidos editoriales y periodísticos de este artículo son responsabilidad exclusiva de Altaïr Magazine, que en este caso ha contado con la colaboración de

 
 
 
Cristian Segura
Cristian Segura

Periodista y escritor catalán. Actualmente trabaja en El País. El 2011 ganó el premio Josep Pla de narrativa por El cau del conill. Su último libro La sombra del ombú es un reportaje sobre las razones del suicidio. 

 
 
Berta Jiménez Luesma
Berta Jiménez Luesma

Periodista de largo, larguísimo aliento.Vive en un estado constante de tranquilidad nerviosa. Solo sabe hablar con preguntas. Boli desenfundado y gafas violetas. Masterizada en criminología.