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10 INGOBERNABLES

La ruda de doña Sebastiana
June Fernández

Publicamos un fragmento de una de las crónicas de 10 Ingobernables. Historias de transgresión y rebeldíael libro de la periodista vasca y madre orgullosa de Pikara Magazine, June Fernández, ilustrado por Susanna Martín y editado por Libros del K.O. 

 

«Siempre lo humillan a uno».

«Yo estaba acompañando a una mujer a la que le arrancaron el huipil en la calle, la dejaron desnuda ahí en Chichi. Teníamos pruebas y testigos, y trabajamos bien el caso. La asustaron con que sería ella la que tendría que pagar 25.000 quetzales. Llorando, llegó a mi casa. Si llega a estar sola, los hubiera tenido que pagar. Pero yo fui con ella y la apoyé, le dieron 500 quetzales, menos de lo que costó construir el huipil. Los abogados asustan a una, que si usted no puede hablar en español, que si no tiene dinero, que mejor vas a la cárcel porque no puedes pagar la multa. Siempre lo humillan a uno. ¿Qué sentirían esos jueces, esos abogados, si los dejan desnudos en público? ¿No pasarían vergüenza?».

Doña Sebastiana necesita contar muchas historias, las suyas y las de las otras mujeres. Si se las guarda, se le acumulan dentro de la cabeza y le duele. También le duele la espalda de tanto caminar por las comunidades. Tiene 63 años, pero las arrugas y las canas, los dolores y el cansancio imprimen alguno más. Recorre los caminos de tierra de su cantón de Chichicastenango (El Quiché, Guatemala) bamboleándose, porque le pesan los años y los problemas. Los propios y los de las mujeres a las que apoya. Mujeres como ella, indígenas, rurales, pobres; maltratadas y discriminadas por ser mujeres indígenas, rurales y pobres. Mujeres que no tienen plata para pagar a un abogado, porque no tienen ni para alimentar a su familia. Pero tienen a doña Sebastiana, que no espera dinero y que comparte lo que tiene: tortilla y atol para que no desfallezcan mientras esperan a que se haga justicia.

 

***

 

Dice que está cansada, pero no para quieta. Hoy está en Huehuetenango, a 93 kilómetros de su casa, participando en un taller de prevención de violencia machista dirigido a las autoridades ancestrales —guías espirituales, comadronas y curanderas mayas— y a líderes y lideresas comunitarias. Ha organizado a 60 mujeres en su cantón de Chichicastenango y visita a las de otras doce comunidades aledañas.

La cita es en las ruinas mayas de Zaculeu, la capital del reino Mam, conquistado después por el reino K’iche’ de Q’umarkaj y atacada en 1525 por el conquistador español Gonzalo de Alvarado y Contreras. El sitio fue restaurado a principios del siglo XX por la multinacional estadounidense United Fruit Company, esa que controlaba la producción agrícola (del plátano, sobre todo) en Centroamérica y el Caribe, hasta el 40% en el caso de Guatemala; esa que sobornaba a los gobernantes locales para no pagar impuestos; esa que reprimía con violencia las protestas de sus trabajadores; esa que contó en Guatemala con su propio presidente del Gobierno, Manuel Estrada Cabrera (1898-1920), accionista de la empresa que la convirtió en la primera fuerza económica del país.

Además de controlar la producción y el comercio agrícola, además de controlar gobiernos, la compañía estadounidense se dedicó también a conservar el patrimonio cultural maya para estimular el turismo gringo y para presumir de «compromiso con el entendimiento entre las dos Américas». Un siglo después, ese entendimiento se refleja en las licencias que el Gobierno guatemalteco concede a empresas extranjeras para desarrollar proyectos hidroeléctricos y mineros. Un siglo después, ya no hay United Fruit Company, pero Estados Unidos sigue siendo la potencia que más explota los recursos naturales en un país en el que un tercio de su población vive por debajo del umbral de la pobreza (subsistiendo con menos de dos dólares al día). Los gobiernos guatemaltecos siguen protegiendo los intereses de las multinacionales. Las fuerzas de seguridad del Estado hostigan, desalojan con violencia y criminalizan a quienes protestan contra los megaproyectos.

Estamos en campaña electoral. En la carretera de Ciudad de Guatemala a Huehuetenango, las vallas  que promocionan al político de turno están manchadas de pintura roja y de pintadas que denuncian la corrupción. Huehuetenango es uno de los departamentos en los que más se nota la presencia de empresas extractivistas y la tenaz oposición pacífica de las comunidades indígenas. Pero Zaculeu, símbolo de esa cultura maya masacrada y expoliada por los siglos de los siglos, permanece ajena a la conflictividad. Sus templos piramidales, aislados entre pinares, siguen invitando a la quietud, aunque las remodelaciones le han dado un aspecto de escenario de cartón piedra que le resta solemnidad.

El autobús colorido en el que viajan los líderes y lideresas que ha convocado Majawil Q’ij se detiene en el parqueo y el grupo se apea alegre, encantado de interrumpir su rutina con una jornada de debate y turismo. Pasan de largo los puestos de madera que ofrecen souvenirs y aperitivos a la entrada del recinto. No hay tiempo que perder; son las diez de la mañana y hay que apurarse porque las capacitaciones duran horas y la noche cae hacia las seis de la tarde.

 
 

Doña Sebastiana. Dibujo de Susanna Martín. 

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La comitiva se detiene entre dos pirámides y se arrodilla formando un círculo. En el centro, un altar elaborado con velas y ramilletes de margaritas rojas, amarillas, blancas y moradas. Las mujeres, vestidas con sus huipiles estampados y faldas tradicionales —en contraste con los atuendos occidentales, camisa y vaqueros, de los hombres—, se ponen en la cabeza las servilletas dobladas para protegerse del sol; así llaman a las telas rayadas que usan también como morrales. El grupo se hinca para mostrar respeto a los abuelos, a las abuelas, los antepasados. Y a Ajaw, que es el universo y la vida misma. El creador de todo, la creadora de todo.

«Cada persona que viene a este mundo, si es mujer, trae algo de hombre; si es hombre, trae algo de mujer. Eso es la dualidad, el principio básico de la cosmovisión maya», explica el formador, un tipo de unos 50 años, con coleta, ojos de topo y unas gafas redondas a lo John Lennon que le dan un aire de profesor universitario de los ochenta. El machismo, la idea de que la mujer es inferior, nada tiene que ver con la tradición maya, en la que no hay mujeres brotando de costillas masculinas. La cosmovisión maya se basa en la armonía, el equilibrio, el respeto entre las personas y el respeto a la madre tierra.

Rodean el altar un hombre y una mujer mayores, una chica y un chico jóvenes. Rezan, en quiché, mam o español, mezclando expresiones de la tradición maya con oraciones católicas o evangélicas:

 

¡Oh, tú, Tzaqol, Bitol! ¡Míranos, escúchanos! ¡No nos dejes, no nos desampares, oh, Dios, que estás en el cielo y en la tierra, corazón del cielo, corazón de la tierra! ¡Danos nuestra descendencia, nuestra sucesión, mientras camine el sol y haya claridad! ¡Que amanezca, que llegue la aurora! ¡Danos muchos buenos caminos, caminos planos! ¡Que los pueblos tengan paz, mucha paz y sean felices!; ¡y danos buena vida y útil existencia!

¡Oh, tú, Huracán, Chipi Caculhá, Raxa Caculha, Chipi Nanauac, Raxa Nanauac! 

 

Concluida la invocación, se dividen en grupos pequeños para poner en común el trabajo que realizaron en la primera jornada. El formador les pidió que escribieran las leyes que deben regir el comportamiento de las mujeres, de los hombres, de los niños y niñas y de la comunidad. Esos listados les servirán para intentar desbrozar qué valores y tradiciones son propios de la tradición maya y, de estos, cuáles interesa conservar y cuáles desechar por caducos. 

Doña Sebastiana no quiere perderse nada del taller, así que nos pide que esperemos hasta la refacción, el descanso en el que se sirve café y una macedonia. A simple vista, es una abuela entrañable, de sonrisa y abrazo fácil. Chiquitita, apenas un metro y medio, y redonda, con los brazos entrelazados sobre su vientre abultado, recuerda a un gorrioncillo. Lleva la larga melena entrecana recogida en una trenza que deja a la vista los pendientes de aro dorados. Tiene los labios finos, nariz aguileña, ojos pequeños y rasgados. Viste un huipil rojizo de motivos geométricos, tejido por ella a mano, y cubre su falda con un delantal rosa fucsia lleno de lazos. Ese delantal es como la chistera de un mago, en él guarda papeles, recuerdos, trozos de pan para sus gallinas. También lleva un bolso grande, regalo de una oenegé, a rebosar de mercancía: las artesanías que elabora junto con su hija y que vende, si se tercia, en reuniones como las de hoy.

Doña Sebastiana habla de corrido, con un timbre de voz claro y cantarín. Su castellano no es fluido (pronuncia las f como j; «jui» en vez de «fui»), pero prefiere intentar expresarse sola y que Xun, uno de los trabajadores de Majawil Q’'ij, la traduzca del quiché solo cuando no encuentre las palabras en español. «Yo no sé ni leer ni escribir, pero en mi mente lo dejo escrito, pues, porque todo lo que nos dan en las capacitaciones, siempre yo lo guardo». Doña Sebastiana se toma las actividades de la asociación muy en serio porque fueron su salvavidas. La coordinadora de Majawil Q’ij, María Morales, fue la primera que la ayudó cuando empezó a visitar a organizaciones sociales para pedir ayuda. «Por ella es que estoy aquí ahorita», dice. Aquí en Zaculeu y, probablemente, aquí en la Tierra.

 
 
 

10 INGOBERNABLES

Historias de transgresión y rebeldía

JUNE FERNÁNDEZ

LIBROS DEL K.O., 2016

 

Ilustración de cabecera de Susanna Martín

June  Fernández
June Fernández

Periodista. Madre orgullosa de Pikara Magazine. Colaboro con Eldiario.es, Diagonal, Altaïr Magazine y Argia. Me gusta contar historias de personas libres y rebeldes. También me gusta romper tabúes y provocar cortocircuitos contra los sectarismos (el mío incluido).