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¿DÓNDE ACABA EL PAPEL?

Viaje a Seúl entre signos de interrogación (I)
Jorge Carrión

¿Por qué?
¿Por qué?
¿Por qué? 

Ocupar un día brillante con preguntas
Para niños de cinco años
Seguramente ellos saben
Que sin esos porqués
Todo sería nada.

Ko Un
(traducción de Indira Díaz)

 

Me encuentro en Corea del Sur, el país de LG y de Samsung, el país de Qualcomm Mirasol, el dispositivo electrónico de Kyobo que permite leer libros en color. Me encuentro en el país del mundo con más porcentaje de ciudadanos con teléfono móvil inteligente: más del 90% de los surcoreanos están conectados a las redes. Me encuentro en un país dividido desde 1948 entre capitalistas y comunistas, entre la órbita estadounidense y la soviética, yo mismo dividido entre la vigilia y el sueño. Mejor dicho: entre la melatonina y el jet lag, completamente atontado.

En todo eso pienso sin demasiada lucidez desde lo alto del Lotte Castle Deoksugung, un edificio de apartamentos con su propio centro comercial y su propia librería en la planta baja, durante mi primera madrugada en Seúl, mientras miro por la ventana el amanecer metalizado. En los alrededores de este rascacielos la oscuridad se deshace sobre las gradas del estadio de un colegio femenino, semicirculares y venerables como un teatro romano, frente a la embajada de Rusia en Corea, un bloque macizo lleno de antenas parabólicas, ambos espacios rodeados de pantallas que permanecen encendidas las veinticuatro horas del día y de la noche. 

En España todavía es ayer y la población conectada no llega al 80%, pienso antes de volver a dormirme un rato: he viajado al futuro.

¿Cómo es esa frontera hecha de tiempo? ¿Una gradación horaria? ¿Dónde acaba el presente y comienza el futuro?

El día que le llamaron los promotores del centro-comercial-fabricado-con contenedores-de-barcos más grande del mundo, Lee Kiseob estaba en la nueva sede de su librería Thanksbooks, que había tenido que abandonar un local más grande, con servicio de cafetería, por problemas económicos. 

«No me interesaba abrir una sucursal de Thanksbooks, con la misma estética y el mismo concepto, en Commonground, porque cada zona tiene su identidad y cada librería debe encontrar el modo de dialogar con ella», me dice este librero de lentes circulares, pelo abundante y negro, que no deja de sonreír, «y aquí teníamos que desarrollar un concepto vinculado con la zona universitaria en que nos encontramos y con el metal de los contenedores».  

Por eso la puerta corrediza es antigua, de madera, de hanok o casa tradicional coreana. Por eso hay que subir unos escalones y toda la superficie está recubierta de parqué: para marcar una transición. Una vez dentro te reencuentras con el metal en las mesas y las estanterías. 

Index se estructura en tres niveles: el superior es el de la cafetería, donde no se ofrece café expreso, sino filtrado, de la marca Index; el central es el de la librería, curada como si se tratara de una galería de arte, con los libros ordenados alfabéticamente según etiquetas como «D of Design», «U of Used» o «W of With»; y el inferior está dedicado a los pósteres, clasificados en grandes cajoneras.  

«A nuestros socios de Graphic Magazine y a mí nos pareció el tipo de texto más cercano estéticamente a los contenedores», comenta mi guía, que también es diseñador gráfico, «nuestros pósteres son libros de una única página, escritos por artistas, músicos, escritores y diseñadores, son nuestra principal seña de identidad».

 
 

¿Dónde termina la identidad de un librero y comienza la de su librería? ¿En qué espacio de negociación con un edificio o un barrio o una ciudad el espíritu de la librería se contrae o se expande?

«En los últimos años ha habido una explosión de editoriales independientes, de revistas en papel y de pequeñas librerías, abrir un pequeño negocio, unipersonal, vinculado con los libros es una buena manera de escapar de la presión neoliberal del mundo profesional coreano», me cuenta la librera Cha Kyoung hee, quien se presenta en su tarjeta como «Bookshop Editor».

Aunque abre normalmente a mediodía, nos ha ofrecido el local a las diez de la mañana para que pueda entrevistar aquí a Han Kang. «Es una librería muy literaria, donde estaremos muy tranquilos», me dijo anoche por e-mail la escritora coreana.

Ni siquiera quienes han vivido siempre en Seúl escapan del caos de sus direcciones postales. «¿Jorge?», me ha preguntado unos minutos antes alguien a mis espaldas. Han Kang también estaba perdida en estos callejones que circundan una especie de fortaleza construida en los años 50 por inmigrantes de Corea del Norte. Y eso que es cliente habitual y que el próximo martes tiene que volver para una lectura, con motivo de la publicación de sus relatos reunidos. Al final hemos llegado a Goyo, nos hemos sentado y, con un café que nos ha obsequiado Cha Kyoung hee, hemos comenzado a conversar. 

Va vestida con tejanos negros y un jersey de lana también negro en la parte inferior, pero con un perfil gris bordado en la superior, que evoca el de una ciudad de rascacielos. Cabello lacio, también oscuro, sin maquillaje: la única nota de color está en las agujas de su reloj, que son rojas. Irradia una calma tensa, a punto de desaparecer. Todo en ella es discreto menos su discurso, que acompasa con gestos suaves y no obstantes cargados de una sutil determinación. La semana que viene cumplirá cuarenta y ocho años. Está acostumbrada a las entrevistas.

La autora de La vegetariana fue vegetariana durante unos años, «pero me enfermé y mi médico me obligó a comer pescado, sigo sin comer carnes rojas». Aunque le gustan las plantas, no tiene demasiadas porque vive en un piso y no tiene jardín. Se considera feminista, porque «lo eres si estás en contra del sexismo». Le gusta viajar, pero no los hoteles, «son muy solitarios, prefiero quedarme durante un largo tiempo cuando viajo, en casa de amigos o en apartamentos, en los lugares que me interesan». Seúl es una ciudad monstruosa, «demasiado grande, pero no lo cambiaría por un lugar más tranquilo, quiero vivir aquí, porque Corea es el paisaje de mi literatura».

¿Cómo contar un país que en 1948 se rompió en dos partes radicalmente distintas, cuyo paisaje está brutalmente escindido? ¿Mediante novelas o películas o exposiciones o crónicas también interrumpidas?

Index se inauguró en noviembre de 2017: hace exactamente un año. Durante estos días de finales de 2018 en que desciende lenta pero constante la temperatura visito otras librerías también nuevas. Historybooks, con su gran e icónica rueda de la historia en el escaparate, abrió antes del verano. Y la editorial IANÑ, que publica libros de arte desde 2007, se decidió en marzo a inaugurar un espacio de venta de libros: The Reference.

 
 

Hojeo uno de ellos: A Blow Up, de Seung Woo Back, un libro de fotografías hecho con los fragmentos de los negativos que la censura de Corea del Norte le entregó en la frontera, después de recortar con unas tijeras todas las imágenes no autorizadas. El fotógrafo surcoreano tardó muchos años en darse cuenta de que en aquel material mutilado había un relato más elocuente del país gemelo que en los perfectos negativos originales. 

En Seuol Selection, un pequeño local especializado en libros sobre Corea, situado en un sótano frente al Palacio Gyeongbokgung y muy cerca del Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Seúl, consulto el catálogo de la última bienal de arte de Gwangju, donde se exhibió por primera vez arte norcoreano reciente. Muchas de las obras eran colectivas, todas eran académicas: la carrera de artista, como la de escritor, es una de las opciones profesionales que puede escoger un joven del país más hermético del mundo. Pero en el cuadro En la Exposición Internacional, de Choe Chang Ho, me encuentro con una imagen inesperada: cuatro mujeres, en un taller de pintor decimonónico, miran la pantalla de un Mac portátil. En el centro del realismo socialista, el máximo emblema del capitalismo digital. En la escenografía del pasado, el diseño del futuro.

Desde los Juegos Olímpicos de invierno celebrados en PyeongChang se ha precipitado el deshielo: las librerías toman la temperatura de los cambios. Por eso en Veranda Books, la más hipster de las que visito, un local encantador de techo abuhardillado que vende sobre todo libros ilustrados, en el barrio de los hanoks más antiguos y por tanto con más turistas, no me extraña encontrarme con varios libros y postales sobre el tema del turismo. Después de que sus ciudadanos hayan recorrido el mundo, Corea se prepara ahora para ser ella misma un destino turístico. La frontera con el norte es una de las principales atracciones. Y las librerías y las bibliotecas, que no dejan de multiplicarse, están camino de serlo.

¿Qué superficie refleja con más precisión una cultura? ¿Qué superficies pueden o no representarla? ¿No es todo viaje una búsqueda de lentes, de miradores y de espejos?

«Durante esta década las librerías de Seúl han cambiado radicalmente, antes eran todas iguales, ahora cada una tiene sus señas de identidad y merece la pena visitarlas», me dice Lee Kiseob antes de despedirnos, mientras tres chicas se hacen fotos frente al expositor de postales de Index. En una se lee: «There is always another kind of game» («Siempre hay otro tipo de juego»).

Somos varios los turistas culturales que nos hacemos fotografías en la alucinante Stairfield Library. Atravesada por escaleras mecánicas, la biblioteca de cincuenta mil volúmenes ordenados en hasta veinticinco pisos de anaqueles —que fue inaugurada el 31 de mayo de 2017— ocupa con sus estanterías imperiales y sus mesas de lectura el hall y algunos laterales del centro comercial Coex. Pero la mayoría de quienes han venido hasta aquí lo han hecho para reunirse o para leer, no para subir imágenes a Instagram.

 

También hacemos fotos los turistas que recorremos la librería Kyobo, la más famosa de Seúl, admirados por la armónica integración de las secciones de libros —de varios cientos de metros cuadrados— con las de tecnología y objetos de regalo; y por sus cafeterías. 

Bookpark, en un gran complejo cultural Hannam-dong del barrio de Itaewon (y propiedad de Interpark, el Amazon coreano), podría convertirse en un tercer icono turístico: en el mejor lugar para hacer la foto de sus estanterías kilométricas y verticales, llenas de libros, hay una señal con el perfil de una cámara. Una cámara del siglo XX, porque los iconos son más lentos que las realidades.

La misma señal te la encuentras en la biblioteca metropolitana de Seúl, junto al ayuntamiento, señalando el espectacular anfiteatro lector, de madera, que desciende hacia la sección infantil de la biblioteca. A pocos metros, en la entrada de Kyobo hay unas gradas que, según me dicen, en cuanto llega el buen tiempo se llenan de gente leyendo. En Book by Book y en la Starfield Library también hay grandes escalones de madera en los que sentarse para leer. 

En esa vasta red de interconexiones que es el metro de Seúl, en cambio, no ves a nadie leyendo libros: en ese espacio predominan, un mundo congelado en el silencio, los teléfonos móviles.

¿Dónde acaba la ciudad y comienza el teatro?

 
 

Han Kang pone sobre la mesa los tres volúmenes de su narrativa breve. «Son veinte años de cuentos, son muy importantes para mí», me explica en inglés, lentamente pero con precisión y fluidez. Esos textos conectan a la mujer adulta con la joven que quería ser escritora. Proviene de una familia pobre, de una casa donde no había casi muebles, pero sí muchos libros: «mi padre era en los años 70 un joven novelista, ahora es un autor prolífico, pero entonces no teníamos ni una mesa donde comer, aunque sí teníamos una gran biblioteca, donde yo disfrutaba de total libertad para leer lo que quisiera: la lectura era mi territorio». 

Cuando estaba en la escuela secundaria le gustaba imaginar que Seúl se pronunciaba como soul, como alma: «Recuerdo que fue entonces, a los diecisiete años, cuando me compré por primera vez un libro, el inicio de mi propia biblioteca, en una pequeña librería de Suyu-ri, aquí en Seúl, donde crecí después de nuestra mudanza desde Gwangju». El libro era un poemario de Han Yong-un titulado Tu silencio.

Empezó a escribir poesía en la adolescencia, los cuentos llegaron en la universidad. En los años 90, en Corea tenías que ganar un premio para poder ser considerado como escritor: «Yo gané el que organizaba un diario importante, y publiqué algunos poemas en una revista, así me convertí en escritora, ahora el sistema ya no es tan estricto, pero entonces funcionaba así, aunque suene raro para alguien de Europa». A los veintiocho publicó su primera novela, que se podría traducir como Cuernos negros, y trata de una mujer que desaparece. Su novio y una amiga se embarcan en un viaje de búsqueda. Le pregunto si todavía la satisface: «Es bastante larga, como cuatro veces la extensión de La vegetariana, trabajé en ella tres años, fue una experiencia profunda, sí, todavía me gusta».

¿Puede ser una única persona la mejor vía de acceso al alma de una ciudad, de un país entero? ¿Y una librería? ¿Y una biblioteca? ¿Y un dispositivo tecnológico? ¿Y un libro?

Tongmungwan pasa desapercibida en plena Gwanhun-dong, una calle muy transitada de locales de artesanía y souvenirs. Una placa en la fachada (de «Seoul Future Heritage») y un diploma enmarcado en el interior certifican su valor patrimonial. Abrió sus puertas en 1934: es la librería más antigua de Corea. La mayoría de los libros muestran caracteres chinos, lo que significa que los clientes habituales no son tanto lectores comunes coreanos como académicos y coleccionistas de toda Asia, particularmente de China y Japón. También se encuentran a la venta documentos históricos, diarios, panfletos políticos. Tras el mostrador, al fondo del pasillo central de anaqueles metálicos, literalmente sepultado bajo los libros que se acumulan en la gran estantería de madera oscura, se encuentra el representante de la tercera generación de libreros. Lee Jong-un —encogido, orgulloso— me cuenta que solamente se mudaron en una ocasión, en 1957, unos pocos metros en la misma calle.

A los diecisiete años Lee Gyeom-no, el fundador de la librería, se fue de casa, en la actual Corea del Norte, con la intención de estudiar en Japón, pero un terremoto en la poderosa isla vecina interrumpió sus planes. Se quedó en Seúl y empezó a trabajar en una librería anticuaria, no por amor a los libros —según tanto repitió después—, sino por hambre. El hambre de alimentos se puede saciar: la de lectura, para bien o para mal, es insaciable. Durante décadas no sólo compró y vendió libros, también publicó a eruditos de todo el país y recuperó documentos y libros robados para devolverlos o donarlos a las principales bibliotecas nacionales. Cuando en plenos bombardeos de 1950 tuvo que escoger entre salvar de su casa una colección de ochenta libros antiguos o la vajilla o el colchón o los cuadros, no dudó ni un momento. Murió a los 97 años, cuatro años después de saldar una deuda pendiente. Durante una reunión de los miembros de las dos ramas de la familia, separadas durante casi medio siglo por la nueva frontera, en el año 2000 Lee Gyeom-no se reencontró con Ryu Ryeol, también bibliófilo como él, también un sabio, y le pagó el medio millón de wones que le debía de derechos de autor por el libro que le publicó antes de la guerra. Sin deudas, ya podía descansar en paz.

 

¿Serán en realidad Corea del Norte y Corea del Sur el mismo país en dos universos paralelos?

 

Fotografías de Jorge Carrión

Aquí finaliza la primera parte. Puedes leer la segunda aquí.

Jorge Carrión
Jorge Carrión

Escritor, crítico cultural y director del Máster en Creación Literaria de la UPF-BSM. Escribe regularmente en The New York Times en Español y Altaïr Magazine. Sus últimos libros publicados son crónicas que ensayan o ensayos que narran: Librerías. Edición aumentada (Anagrama, 2016), Barcelona. Libro de los pasajes (Galaxia Gutenberg, 2017) y Gótico (MNAC/Norma, 2018)