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LABERINTO DAKAR

Nuevo monográfico en papel
Altaïr Magazine

SEGUIMOS CON NUESTRA VUELTA AL PAPEL Y ESTA VEZ VISITAMOS DAKAR, LA CAPITAL DE SENEGAL. AQUÍ PODEÍS SABER MÁS SOBRE ESTE NUEVO NÚMERO Y DÓNDE COMPRARLO, Y A CONTINUACIÓN OS DEJAMOS NUESTRO EDITORIAL SOBRE ESTA CIUDAD APASIONANTE Y LOS COLABORADORES QUE NOS HAN ACOMPAÑADO EN ESTE VIAJE.

 
 

Este especial 360º de Altaïr Magazine sobre la gran capital de África occidental, Dakar, está recorrido por una corriente subterránea de amor y odio que es muy potente en las historias de los escritores Ken Bugul, Massamba Guèye y Boubacar Boris Diop.

En sus textos se saborea el regusto amargo del aderezo de la nostalgia por una ciudad que ya nunca más podrá ser. Bugul, Guèye y Diop, ya mayores, reconocen que Dakar —en su pasmoso crecimiento y su poderosa entropía— se les escapa de las manos y les desquicia casi en la misma medida —contradicciones humanas— que les atrapa con sus placeres, su mar y su fuerza vital.

Puede que también fuera «odio» (y, quién sabe, si quizás no amor, al menos respeto mutuo) el que se profesaron en vida las dos figuras intelectuales más importantes del Senegal moderno, el presidente-poeta Léopold Sédar Senghor y el escritor, historiador, antropólogo y matemático Cheikh Anta Diop.

 

Un muchacho se lanza al agua desde el muelle de Gorée, la isla frente al punto de Dakar, famosa por su museo sobre la trata de esclavos. (c) Mamadou Gomis

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No es un sentimiento extraño al propósito que se plantea Altaïr Magazine acercándoos los vericuetos del proceloso océano llamado Dakar, donde nadan millones de personas. Nuestro reto es reflejar cómo, por encima de los problemas del desarrollo urbano en África —y también de los clichés del afropesimismo que, con precisión de cirujano, extirpa Boris Diop— existe una identidad múltiple, vibrante, animada, contradictoria y fecunda.

De esa ciudad que se mueve nos habla el joven cineasta de Pikine Keba Danso quien, con su Ciné Banlieu, persigue el rastro dejado por Touki Bouki, por Diop Mambèty y por Ousmane Sembéne. También se nota ese latido callejero en los vestidos y las palabras de la estilista Adama Paris, recientemente elegida una de las diez mujeres más poderosas de África; y en la desacomplejada escena cultural que nos muestra Ken Aicha Sy. Dakar, como toda megaurbe, vive inmersa en sus conflictos, pero siempre miró al mundo que había más allá de Senegal y de África.

 

(c) Mamadou Gomis

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Modernidades globales también heredadas de una esplendorosa tradición cultural y crítica, de civismo político y de compromiso, que se puede leer en las proclamas contra la corrupción política del enérgico Fadel Barro, uno de los jóvenes líderes africanos más respetados.

Y una afirmación rotunda: las grandes ciudades africanas no existen para formar una suerte de segunda división o liga B de los destinos mundiales. De Ciudad del Cabo a Nairobi o Maputo y de Lagos a Dakar o Douala, existen, también, para ser vividas y disfrutadas más allá de las postales turísticas estandarizadas, que, en el caso del África negra, deben llevar siempre el preceptivo elefante, el no menos importante baobab, el acostumbrado tambor ancestral y un destacado atardecer rojo.

 

La policía senegalesa en las protestas de 2012 contra el entonces presidente Abdoulaye Wade (en el póster al fondo). (c) Mamadou Gomis

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Contra todo eso nos previenen los textos del profesor Cissé, en su análisis de la relación entre la ciudad y China; la crónica del fallecido Oumar Ndao —que siempre aseguró que la Dakar real era un poco clandestina—, y también las personalísimas imágenes del gran fotodocumentalista Mamadou Gomis, que ilustra casi todo este 360º alrededor de una ciudad en la que todos los barrios tienen un nombre con ritmo (Derklé, Liberté, Plateau, Dieuppeul, Boabab, Pikine, Guediawaye, Rufisque, Parcelles, Almadies, Yoff, Patte d’Oie, Hann, Ouakam, SICAP...), pero ninguno tiene la historia y la personalidad de la centenaria Medina, como nos cuenta el profesor Gaye.

Dicen los libros de historia que Ndakaaru (Dakar, en wólof) es una ciudad joven... Puede que sea cierto, pero, si se leen los trabajos del veterano profesor de historia senegalés Abdoulaye Bathilly, se descubre que «hace seis mil años» se instalaron por estas costas los primeros habitantes, que eran, según los vestigios hallados en el islote de Sarpan, «pescadores intrépidos» que vivían en el actual Cabo Manuel. Las guerras posteriores (en los siglos XVII y XVIII) y los conflictos (en Ndiambour y en Kajoor) acabaron dando lugar a algo parecido al primer precedente real de lo que empezaba a ser Dakar, un lugar que, en 1843 y según los textos coloniales franceses, no era más que «unos cuantos centenares de chozas».

 

Espectadores de un combate de lamb, o lucha senegalesa, en el estadio Demba Diop de Dakar. (c) Mamadou Gomis

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Hoy, en cambio Dakar es...
una ciudad
que cambia todos los días,
tolerante y abierta, donde Alá sigue siendo «grande», pero sabe convivir;
en construcción permanente,
de chinos que vienen de Kaifeng, pero viven en Centenaire,
que desorienta;
donde cualquier acera es un comercio,
vibrante, elegante y coqueta,
de descampados inmensos;
donde los periódicos se cuelgan al sol como la ropa,
con campesinos urbanos,
en la que el ruido y el silencio son la misma cosa,
de buenas olas para el surf que tienen nombres
como Phillippes o Vivier,
donde tocar el claxon es el deporte más popular, después de la lamb,
donde a los coches les salen colas en forma de amuletos;
con historia,
donde el centro son las afueras,
de mercados gigantes,
en la que el renacimiento africano mira al océano,
y donde la vida es un laberinto improbable.

 

En la playa de Yoff, un muchacho lava los corderos que después llevará a vender al mercado. (c) Mamadou Gomis

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En los últimos años Dakar ha crecido más (aún más). Sería necio negar que ha mejorado mucho sus infraestructuras viales, pero eso no ha hecho aún que la vida de la mayoría de los ciudadanos sea mejor: siguen en muchas zonas las inundaciones, los cortes eléctricos, los problemas sanitarios, la falta de agua potable y los problemas con la basura.

Pero si no nos dejamos intimidar por eso, ni tampoco por los atascos y la contaminación; si no nos amedrenta esa visión de guía turística occidental que nos conmina a escapar de ella para, como denuncia en nuestro 360º la editora Ghael Samb, buscar tópicas fotografías de postal... descubriremos una ciudad tan fascinante y contradictoria como la propia vida, llena de amor y de odio.

Dakar, un caos con apariencia armónica, atractivo y cruel; de tráfico lento y caminar ligero, donde no es necesario soñar, sólo hay que abrir bien los ojos.

 

PERE ORTÍN

DIRECTOR DE ALTAÏR MAGAZINE

 

DAKAR. CAPITAL DE UNA ÁFRICA DIFERENTE

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En Altaïr Magazine somos también productores de nuestro contenido. Escribimos, dibujamos, editamos, grabamos vídeo, ilustramos y fotografiamos, entre otras tareas a desarrollar en el viaje del día a día.